martes, 23 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 24 DE MAYO

 

DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE SAN FRANCISCO EN ASÍS. San Francisco murió el año 1226. Dos años después, en 1228, el papa Gregorio IX lo canonizó en Asís y mandó que se levantara una suntuosa iglesia en las afueras de la ciudad para su sepultura. Él mismo puso la primera piedra y la distinguió con el título de «Cabeza y Madre» de la Orden de los Menores. Terminadas en lo fundamental las obras, el 25 de mayo de 1230 fue solemnemente trasladado el cuerpo de san Francisco desde la iglesia de San Jorge, donde había sido sepultado después de su muerte, a la nueva basílica. Más tarde, el 25 de mayo de 1253, Inocencio IV consagró personalmente y con gran solemnidad esta iglesia. Y Benedicto XIV la elevó a la dignidad de Basílica patriarcal y Capilla papal el 25 de marzo de 1754.- Oración: Señor, tú que edificas el templo de tu gloria con piedras vivas y elegidas, multiplica en tu Iglesia los dones del Espíritu Santo, a fin de que tu pueblo, por intercesión de nuestro Padre san Francisco, crezca siempre para edificación de la Jerusalén celeste. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SANTOS AGUSTÍN YI KWANG-HON Y COMPAÑEROS MÁRTIRES. Son un grupo de nueve coreanos, seglares y fervientes cristianos, que se mantuvieron firmes en su fe a pesar de la cárcel y las torturas, y fueron decapitados en Seúl el 24 de mayo de 1839. Estos son sus nombres: Agustín Yi Kwanghon, en cuya casa se leían las Sagradas Escrituras; era de familia aristocrática, casado y padre de familia, y su mujer y una hija sufrieron después el martirio. Águeda Kim A-gi, madre de familia, catecúmena que recibió el bautismo en la cárcel. Damián Nam Myong Hyog, catequista, él y su mujer, que también sería martirizada, colaboraron con la iglesia y albergaron al obispo. Magdalena Kim Obi, era viuda y colaboraba con los misioneros. Bárbara Han A-gi, casada y madre de familia, desempañaba en la misión la tarea de catequista y enfermera. Ana Pak A-gi, casada y madre de familia, permaneció firme en la fe hasta el martirio, aun cuando el marido y un hijo que habían apostatado le pedían que ella hiciera lo mismo. Águeda Yi Sosa, huérfana y luego viuda y sin familia. Lucía Pak Huisun, hermana de la también mártir santa María Pak, prestó servicio en la corte real y rehusó el enamoramiento del rey, dejó la corte, su padre no la admitió en casa por ser cristiana y se fue a vivir con otros familiares. Pedro Kwon Tugin, de familia aristocrática, casado, comerciante, se mantuvo firme en la fe en medio de atroces torturas y cuando su mujer y su cuñado habían apostatado y le pedían que hiciera él lo mismo.



BEATO JUAN DE PRADO. Sacerdote franciscano, misionero y mártir en Marruecos. Nació en Morgovejo, provincia de León (España), el año 1563. Siendo estudiante en Salamanca ingresó en la Provincia observante de San Gabriel, en la que profesó en 1585. Ordenado de sacerdote, destacó por su fervorosa predicación de la palabra de Dios. La Orden le confió cargos de responsabilidad, guardián, maestro de novicios, consejero del Provincial, y a la vez se dedicó a un intenso y fructífero apostolado. Su Provincia se dividió en dos, y a él lo eligieron primer Provincial de la nueva de San Diego en Andalucía, región en la que fomentó el culto a la Inmaculada Concepción. Intentó llevar a cabo su vocación misionera en la Isla de Guadalupe, a la que no pudo llegar. Luego se sintió llamado a atender a los cristianos que estaban cautivos de los musulmanes, y ya mayor, en 1630, marchó con dos compañeros a Marruecos. Pronto fueron apresados y llevados ante el rey. El beato Juan, después de sufrir crueles tormentos, acabó sus días en la hoguera el 24 de mayo de 1631 en Marrakech.

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Santos Donaciano y Rogaciano. Eran hermanos y vivían en Nantes (Francia). Donaciano había recibido el bautismo y predicaba la fe cristiana. Durante la persecución del emperador Diocleciano o del emperador Decio, no se sabe con seguridad, fue arrestado y encarcelado cuando aún era un adolescente. Intentaron que Rogaciano, que aún era catecúmeno, adorara a los ídolos, pero no lo consiguieron, por lo que lo encerraron junto a su hermano. Fueron torturados por algún tiempo y después ejecutados. Rogaciano deseaba recibir el bautismo y Donaciano, dándole un beso, rogó a Dios que concediese a quien no había sido inmerso en la fuente bautismal el ser bañado en su propia sangre. Era hacia el año 304.

Santa Juana. Conmemoración de este personaje del Nuevo Testamento: Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, que había sido curada por Jesús y que, con otras mujeres, lo seguía a él y a sus apóstoles y los servía con sus bienes (Lc 8,1-3). Además, estuvo al pie de la cruz, observó como enterraban al Señor, la mañana de la Resurrección fue al sepulcro, que encontró vacío, y dio la noticia a los apóstoles (cf. Lc 23,49 - 24,10).

San Manahén. Conmemoración de este otro personaje del Nuevo Testamento. De él nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles: «Había en la Iglesia fundada en Antioquía profetas y maestros: Bernabé, Simeón llamado Níger, Lucio el cirenense, Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo» (Hch 13,1).

San Sérvulo. Sufrió el martirio en Trieste (Italia) en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Simeón Estilita el Joven. Se le llama «el Joven» para distinguirlo del santo del mismo nombre que vivió un siglo antes. Nació en Antioquía el año 520. Ingresó en la vida monástica y a los veinte años, siguiendo el ejemplo algunos santos varones, optó por vivir en lo alto de una columna, dedicado enteramente al trato íntimo y constante con Dios. Por su buena fama, el patriarca de Antioquía lo ordenó de sacerdote. Para librarse de la gente que acudía a él, se trasladó a una montaña solitaria que después tomó el nombre de «Monte Admirable» (Siria). No le faltaron discípulos y seguidores. Destacó por su humildad, caridad y sobriedad. Murió el año 592.

Santos Mártires de Filipópolis o Plovdiv. Conmemoración de treinta y ocho santos mártires que, según la tradición, fueron decapitados en Filipópolis, en Tracia (hoy Plovdiv, en Bulgaria), en torno al año 304, en tiempo de los emperadores Diocleciano y Maximiano.

San Vicente de Lérins. Nació en el norte de Francia e ingresó en el monasterio de la isla de Lérins, fundado por san Honorato, cerca de Cannes (Francia), y allí recibió la ordenación sacerdotal. En este floreciente centro de cultura y espiritualidad compuso su Commonitorium, opúsculo importante contra las herejías, y otros textos cristológicos y trinitarios. Profundo conocedor de la Sagrada Escritura y poseedor de una gran cultura humanista, sus escritos destacan por el vigor y elegancia del estilo y por la claridad y precisión del pensamiento. Murió hacia el año 450.

San Zoelo. Sufrió el martirio en Listra de Licaonia (hoy Zoldera, en Turquía), en una fecha desconocida del siglo II o III.

Beato Felipe de Piacenza. Sacerdote de la Orden de Ermitaños de San Agustín, que murió en Piacenza (Emilia, Italia) el año 1306.

Beato Luis Ceferino Moreau. Nació en Bécancour (Quebec, Canadá) el año 1824. Se ordenó de sacerdote en 1846 y trabajó en la catedral y curia diocesana de Montreal. Pasó luego a la nueva diócesis de Saint-Hyacinthe, en la que colaboró con sucesivos obispos hasta que, en 1875, lo nombraron a él obispo. Fundó parroquias, escuelas, centros benéficos, visitó la diócesis hasta el último pueblo, levantó la catedral, estuvo cerca de sus sacerdotes, a los que consultaba, estimulaba, atendía. Fundó la Unión de San José, asociación laica para atender a los trabajadores, y la Congregación de Hijas de San José, como instituto contemplativo a la vez que dedicado a la formación de los campesinos pobres. Murió en Saint-Hyacinthe el año 1901.




PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico :

San Pablo escribió a los Corintios: «Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!", sino por el Espíritu Santo. Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común» (1 Cor 12,3-7).

Pensamiento franciscano :

Admonición de san Francisco: «Todo el que envidia a su hermano por el bien que el Señor dice y hace en él, incurre en el pecado de blasfemia, porque envidia al mismo Altísimo, que es quien dice y hace todo bien» (Adm 8,3).

Orar con la Iglesia :

Dirijamos nuestra oración al Padre, confiando en la materna intercesión de María.

-Por la Iglesia: para que, conducida por el Espíritu al conocimiento pleno de la verdad y siguiendo las huellas de María, haga hoy presentes las palabras y las obras de Jesús.

-Por la humanidad: para que, fijando la mirada en Cristo y acogiendo el don del Espíritu, se renueve en la luz de la resurrección y recobre toda esperanza.

-Por cuantos han perdido el sentido de la vida: para que, superando lo negativo, lleguen a descubrir a Cristo resucitado que nos da su Espíritu.

-Por todos los creyentes: para que aprendamos de María a acercarnos a los divinos misterios con la humildad del corazón y la obediencia de la fe.

Oración: Dios, Padre bueno, que acoges siempre las oraciones de los pequeños y humildes, por intercesión de María, te rogamos que nos llenes del Espíritu de tu Hijo para que en todo hagamos tu voluntad. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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PENTECOSTÉS, LA IGLESIA, LA VIRGEN MARÍA
Benedicto XVI, Regina Caeli del 23 de mayo de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

Cincuenta días después de la Pascua, celebramos la solemnidad de Pentecostés, en la que recordamos la manifestación del poder del Espíritu Santo, el cual -como viento y como fuego- descendió sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo y los hizo capaces de predicar con valentía el Evangelio a todas las naciones (cf. Hch 2,1-13). Sin embargo, el misterio de Pentecostés, que justamente nosotros identificamos con ese acontecimiento, verdadero «bautismo» de la Iglesia, no se limita a él. En efecto, la Iglesia vive constantemente de la efusión del Espíritu Santo, sin el cual se quedaría sin fuerzas, como una barca de vela a la que le faltara el viento. Pentecostés se renueva de modo particular en algunos momentos fuertes, tanto en ámbito local como universal, tanto en pequeñas asambleas como en grandes convocatorias.

Los concilios, por ejemplo, han tenido sesiones que se han visto gratificadas por efusiones especiales del Espíritu Santo, y entre ellos está ciertamente el concilio ecuménico Vaticano II. Podemos recordar también el célebre encuentro de los movimientos eclesiales con el venerable Juan Pablo II, aquí en la plaza de San Pedro, precisamente en Pentecostés de 1998. Pero la Iglesia conoce innumerables «pentecostés» que vivifican las comunidades locales: pensemos en las liturgias, especialmente en las que se viven en momentos especiales para la vida de la comunidad, en las cuales se percibe de modo evidente la fuerza de Dios infundiendo en las almas alegría y entusiasmo. Pensemos en las numerosas asambleas de oración, en las cuales los jóvenes sienten claramente la llamada de Dios a enraizar su vida en su amor, incluso consagrándose totalmente a él.

Por lo tanto, no hay Iglesia sin Pentecostés. Y quiero añadir: no hay Pentecostés sin la Virgen María. Así fue al inicio, en el Cenáculo, donde los discípulos «perseveraban en la oración con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la Madre de Jesús, y de sus hermanos», como nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (1,14). Y así es siempre, en cada lugar y en cada época. Fui testigo de ello nuevamente hace pocos días, en Fátima. En efecto, ¿qué vivió esa inmensa multitud en la explanada del santuario, donde todos éramos realmente un solo corazón y una sola alma? Era un renovado Pentecostés. En medio de nosotros estaba María, la Madre de Jesús. Esta es la experiencia típica de los grandes santuarios marianos -Lourdes, Guadalupe, Pompeya, Loreto- o también de los más pequeños: en cualquier lugar donde los cristianos se reúnen en oración con María, el Señor dona su Espíritu.

Queridos amigos, en esta fiesta de Pentecostés, también nosotros queremos estar espiritualmente unidos a la Madre de Cristo y de la Iglesia invocando con fe una renovada efusión del divino Paráclito. La invocamos por toda la Iglesia, y de modo particular en este Año sacerdotal por todos los ministros del Evangelio, a fin de que el mensaje de la salvación se anuncie a todas las naciones.

[Después del Regina Caeli] En este día, en el que se celebra la solemnidad de Pentecostés, os invito a rezar de un modo especial por la Iglesia, para que sus miembros, fortalecidos con la gracia del Espíritu Santo, sientan cada día más la alegría de pertenecer a la gran familia de los discípulos de Cristo y, con fe viva, esperanza firme y ardiente caridad, den testimonio en el mundo del Evangelio de la salvación.

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EL SEÑOR EXALTA A SUS SANTOS
PARA REAVIVAR LA FE DE LOS HOMBRES
De la Constitución Fidélis Dóminus,
del papa Benedicto XIV (25-III-1754)

Fiel es el Señor a su palabra, al decir frecuentemente en la Sagrada Escritura que exaltará a los que se constituyeron en imágenes fieles de su Hijo por el ejercicio de la virtud de la humildad, reservando para ellos todo honor y gloria no sólo en el reino de los cielos, sino también en el mundo presente, para su propia exaltación y aumento de la fe en los demás hombres.

Ejemplo vivo lo hallamos en el bienaventurado Francisco. Este santo varón puso especial empeño en verse pequeño y humilde ante su propia consideración y ante la estima de los demás; y hoy, por declaración expresa de la santa Madre Iglesia, es honrado entre los amigos de Dios en el cielo, y en toda la tierra. Su cuerpo glorioso, fiel trasunto de la mortificación de Cristo hasta el lecho de su muerte, ahora resplandece en sepulcro glorioso, convertido además en santuario famoso, adonde concurren los pueblos de todo el mundo a postrarse con fervor y devoción, mientras se multiplican allí los signos y prodigios.

No habían transcurrido dos años de su muerte, cuando se iniciaron las obras en lugar digno para custodiar con suma piedad sus restos mortales, en las afueras de la ciudad de Asís, junto a las murallas; lugar que el papa Gregorio IX, nuestro predecesor, hizo suyo y transfirió la propiedad a la Santa Sede Apostólica, reservando todos los derechos inherentes a la iglesia que se construiría en dicho lugar en dependencia directa y perpetua de la misma Sede Apostólica.

En la ciudad de Asís el mismo papa Gregorio IX canonizó al patriarca Francisco, y aprovechó esta efemérides para colocar él personalmente la primera piedra de la nueva iglesia, que nombró «Cabeza y Madre» de la Orden de los Menores, concediendo especiales prerrogativas y privilegios a este magnífico templo, que luego acrecentarían los romanos Pontífices.

Terminadas felizmente las obras de este magnífico templo, el 25 de mayo del año 1230, con solemne pompa fue trasladado el cuerpo de san Francisco; y el domingo anterior a la fiesta de la Ascensión del Señor, 25 de mayo de 1253, personalmente, el papa Inocencio IV, con gran solemnidad, celebró el rito de la consagración de esta iglesia.

Así pues, Nos, a ejemplo de nuestros predecesores, deseamos acrecentar su esplendor y gloria, puesto que estamos seguros de que el Patriarca seráfico impetrará del Señor más abundantes bendiciones y gracias celestes para la Iglesia Romana, cuanto la Sede Apostólica más engrandezca su extraordinaria figura. Por tanto, por la presente Constitución, valedera para siempre, erigimos dicha iglesia de San Francisco en Basílica patriarcal y Capilla papal.

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CONTEMPLAR Y VIVIR CON FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS
EL MISTERIO DE CRISTO EUCARÍSTICO
por Michel Hubaut, franciscano

Cuando Dios inventa un nuevo signo de presencia

¿Cómo no traicionar lo que Dios inventa para hacernos una señal: la Eucaristía? Cada época, con su sensibilidad propia, ha tratado de acoger y de vivir este sacramento de la nueva presencia de Cristo. A despecho de algunas derivas pasajeras, la Iglesia ha mantenido siempre, en el transcurso de los siglos, el difícil equilibrio de su fe entre dos tendencias extremas y opuestas: el simbolismo y el realismo.

Para los simbolistas, la eucaristía no es más que una figura, un símbolo que nos recuerda los gestos de Jesús: el pan repartido no es el signo de su cuerpo real, de su persona viviente y glorificada. Los realistas, a su vez, tienden casi a identificar la nueva presencia de Cristo con su cuerpo histórico, carnal. ¿No se ha llegado incluso a recomendar deglutir, tragar sin masticar «la hostia» para no lesionar al Señor? Esta tendencia cosifica al extremo una realidad espiritual. (Recordemos, de paso, que «espiritual» no quiere decir «irreal». Y lo real es más que lo sensible). Esta tendencia olvida sobre todo que entre Jesús de Nazaret y el Cristo resucitado hay identidad de persona, pero no de estado.

El Cristo de Pascua no es un cuerpo simplemente vuelto a la vida, a la manera de Lázaro, sino un cuerpo nuevo, transfigurado por el Espíritu. Jesús resucitado inaugura una nueva manera de ser hombre-vivo-en-relación-con-Dios-y sus hermanos. Este misterio lo sugieren bien, en los relatos de apariciones, nuestros evangelistas que insisten unas veces sobre la identidad, otras sobre la novedad. (Lucas 24,36-43, que se dirige a los Griegos, que ya creen en la inmortalidad del alma, insiste en el realismo de la presencia de Cristo resucitado, que es distinto de un puro espíritu. Véase también Jn 20,27. En cuanto a Mateo 28,17, que se dirige a los semitas, insiste en la novedad de la condición del Señor). Por eso, cuando hablamos del «cuerpo» de Cristo eucarístico, no lo reducimos a nuestra condición carnal actual. Se trata de su «cuerpo glorificado», de su persona hoy viva en el reino del Padre: «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». El cristiano nada tiene de antropófago y Cristo no es «el divino prisionero del tabernáculo». Nosotros comulgamos con su nueva presencia, real, con su carne vivificada por el Espíritu. Es como decir que esta nueva condición de Cristo vivo escapa completamente a toda representación humana. Estamos limitados por las categorías del espacio y del tiempo.

No se podría, pues, reprender al hombre por su tendencia a reducir este misterio de la fe a esquemas de pensamiento que le son familiares. Así, después del siglo XIX, asaz inclinado a un exceso de realismo, nuestra época se verá, a su vez, más tentada por el simbolismo. La vigilancia de la fe se impone siempre para conservar en toda su pureza esta última revelación de Dios.

Francisco, como cada uno de nosotros, es tributario de una época que posee sus riquezas y sus derivas latentes. El siglo XIII reaccionó contra una ola de herejía simbolista. Tuvo, pues, la tendencia a insistir en el realismo de este sacramento. El vocabulario de Clara lleva su marchamo.

Pero veremos cómo el impulso de su amor, purificado y esclarecido por el Espíritu del Señor, le dio una inteligencia espiritual bastante fina para rectificar las inepcias inevitables del lenguaje humano. Se salta la trampa de palabras siempre inadecuadas para expresar cabalmente la novedad de Cristo eucarístico. Alcanza de golpe el corazón de este «misterio de la fe» que sobrepasará siempre nuestros pobres abordajes, aun teológicos. Francisco, con humildad y admiración, acoge este sacramento de Dios como un don incomparable que la Iglesia recibe, contempla y ahonda sin cesar.

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