domingo, 21 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 23 DE MAYO

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SAN JUAN BAUTISTA DE ROSSI. Nació en Voltaggio, provincia de Génova (Italia), el año 1698. A los trece años, huérfano de padre, se trasladó a Roma, a casa de un tío suyo sacerdote. Para dar cauce a la vocación sacerdotal que sentía desde pequeño, estudió en el Colegio Romano de los Jesuitas, y en 1721 se ordenó de sacerdote. En el tiempo de estudiante sufrió los primeros ataques de epilepsia, que lo atormentarían toda su vida. Ya presbítero, se entregó con mayor entusiasmo al apostolado que había iniciado con anterioridad entre los estudiantes, los pobres y los marginados, los enfermos y los niños abandonados, a todos los cuales aliviaba y evangelizaba. Al mismo tiempo atendía el confesonario y era un excelente director espiritual. En línea con su empeño pastoral y caritativo fundó la Pía Unión de sacerdotes seculares de Santa Galla, tomando el nombre del Hospital u hospicio de Pobres del que era capellán. Fundó también un hospicio para mujeres sin casa y desamparadas. En los últimos meses de su vida, se agravó la epilepsia y le hizo pasar un calvario. Murió en Roma el 23 de mayo de 1764.

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San Desiderio. Fue elegido obispo de Langres (Francia) en la primera mitad del siglo IV. Asistió al concilio de Sárdica del año 343, en el que se trató de la doctrina arriana y se discutió la causa de san Atanasio, como afirma el propio san Atanasio. Cuando se acercaban a su ciudad las tropas de invasión bárbaras, temiendo el saqueo y otros males para la población, se sintió obligado a ir a visitar el jefe bárbaro para interceder en favor de su pueblo. Pero el jefe bárbaro reaccionó de manera violenta y mandó que lo decapitaran. Era el año 355.


San Efebo. Fue obispo de Nápoles (Italia). Gobernó santamente el pueblo de Dios y le sirvió con fidelidad en el siglo IV.

San Eutiquio. Según nos cuenta el papa san Gregorio Magno, Eutiquio llevó primero vida solitaria junto con san Florencio y otros ermitaños que se les fueron uniendo en los alrededores de Nursia (Umbría, Italia). Más tarde fue elegido abad del monasterio de Valle Castoriana, en las laderas de los montes Sibilinos, al que dio un gran prestigio. Murió el año 487.

San Guiberto de Gembloux. Nació en la región de Namur (Bélgica) a finales del siglo IX de familia acomodada. De joven abrazó la carrera militar. Después cambió el rumbo de su vida y dedicó sus posesiones de Gembloux a la construcción de un monasterio que confió a los monjes de Gorze, en el que ingresó. Se negó a ser abad de aquel nuevo monasterio y se trasladó al cercano monasterio de Gorze, en el que murió el año 962.

San Honorato. Fue abad de Subiaco (Lazio, Italia), monasterio en el que vivió san Benito antes de irse a Montecasino. Murió a finales del siglo VI.

Santos Lucio y compañeros mártires. El año 259, Lucio, Montano, Julián, Victórico, Víctor y Donaciano fueron martirizados en Cartago (Túnez), en tiempo del emperador Valeriano, por confesar la religión y la fe que habían aprendido de san Cipriano.

Santos Mártires de Capadocia. Son un grupo de cristianos, cuyos nombres no nos constan, que fueron torturados y asesinados quebrándoles las piernas, el año 303, en Capadocia (Turquía), por causa de su fe, durante la persecución del emperador Maximiano.

Santos Mártires de Mesopotamia. Conmemoración de un grupo de mártires, de los que no nos constan los nombres, que fueron inmolados en Mesopotamia el año 303, durante la persecución del emperador Maximiano. Los colgaron de los pies, cabeza abajo, los sofocaron con humo y los quemaron luego a fuego lento.

San Miguel de Sinada. Nació en Sinada de Frigia (Turquía) de familia rica a mediados del siglo VIII. Estudió en Constantinopla y abrazó la vida monástica en el monasterio de la orilla asiática del Bósforo; allí recibió la ordenación sacerdotal. Acreditado como monje culto y piadoso, le eligieron obispo de su ciudad. Hombre de paz, favoreció la concordia entre griegos y latinos, y cumplió las misiones pacificadoras que le encomendó el emperador. Cuando el nuevo emperador León V el Armenio quiso acabar con el culto a las sagradas imágenes, él proclamó que se atenía a la fe ortodoxa y no a los mandatos del emperador, por lo que fue desterrado y en el destierro murió el año 826.

San Siagrio. Lo eligieron obispo de Niza (Francia) cuando tenía treinta y tres años. Al parecer estaba emparentado con la familia real carolingia. Edificó un monasterio sobre el sepulcro de san Poncio. Murió el año 787.

San Spes o Esperanza. Fue abad del monasterio de Nursia (Umbría, Italia) y durante cuarenta años soportó la ceguera con admirable paciencia. Murió en torno al año 517.

Beatos José Kurzawa y Vicente Matuszewski. Sacerdotes diocesanos polacos, coadjutor y párroco respectivamente de la parroquia de Osiecyni. José nació en 1910 y recibió la ordenación sacerdotal en 1936; además de vicario parroquial, era prefecto de las escuelas locales, muy apreciado de todos por su mansedumbre y bondad. Vicente nació en 1869 y se ordenó de sacerdote en 1895; estuvo destinado en diferentes parroquias en las que trabajó con gran entrega y mucho fruto. Cuando llegaron los nazis, estos sacerdotes rehusaron marcharse de sus puestos y continuaron trabajando lo mejor que podían; incluso sacaron a la calle la procesión del Corpus. El 23 de mayo de 1940 la policía nazi los sacó de su parroquia y los obligó a subir en un coche, que tomó la carretera de Witowo. Antes de llegar a esta ciudad, los hicieron bajar y los asesinaron a tiros de pistola.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15,9-11).

Pensamiento franciscano:

Hablando de la devoción de san Francisco a los ángeles, escribe Celano: «Tenía en muchísima veneración y amor a los ángeles, que están con nosotros en la lucha y van con nosotros entre las sombras de la muerte. Decía que a tales compañeros había que venerarlos en todo lugar; que había que invocar, cuando menos, a los que son nuestros custodios. Enseñaba a no ofender la vista de ellos y a no osar hacer en su presencia lo que no se haría delante de los hombres» (2 Cel 197).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios Padre, confiando en Jesucristo, mediador nuestro, y dejándonos guiar por el Espíritu, nuestro maestro.

-Para que la Iglesia permanezca humilde, como María, a la escucha del Espíritu y atenta a los signos de los tiempos.

-Para que los pastores de la Iglesia, dóciles al Espíritu, abran caminos a la palabra de Dios y al Evangelio en el mundo de hoy.

-Para que trabajemos por la paz en nuestra sociedad, procurando el diálogo, el respeto mutuo, la reconciliación.

-El Señor permanece a nuestro lado, según su promesa. Oremos para que, celebrando la Eucaristía y guardando su palabra, no tiemble ni se acobarde nuestro corazón.

Oración: Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, tu Hijo, que se ha quedado con nosotros para siempre y hace suya nuestra plegaria. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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MARÍA, LA EUCARISTÍA, LA PALABRA
Benedicto XVI, Regina Caeli del 9 de mayo de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

Mayo es un mes amado y resulta agradable por diversos aspectos. En nuestro hemisferio la primavera avanza con un florecimiento abundante y colorido; el clima, normalmente, es favorable a los paseos y a las excursiones. Para la liturgia, mayo siempre pertenece al tiempo de Pascua, el tiempo del «aleluya», de la manifestación del misterio de Cristo en la luz de la resurrección y de la fe pascual; y es el tiempo de la espera del Espíritu Santo, que descendió con poder sobre la Iglesia naciente en Pentecostés. Con ambos contextos, el «natural» y el «litúrgico», armoniza bien la tradición de la Iglesia de dedicar el mes de mayo a la Virgen María. Ella, en efecto, es la flor más hermosa que ha brotado de la creación, la «rosa» que apareció en la plenitud de los tiempos, cuando Dios, enviando a su Hijo, dio al mundo una nueva primavera. Y es al mismo tiempo protagonista humilde y discreta de los primeros pasos de la comunidad cristiana: María es su corazón espiritual, porque su misma presencia en medio de los discípulos es memoria viva del Señor Jesús y prenda del don de su Espíritu.

El Evangelio de este domingo (VI de Pascua - C), tomado del capítulo 14 de san Juan, nos ofrece un retrato espiritual implícito de la Virgen María, donde Jesús dice: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23). Estas expresiones van dirigidas a los discípulos, pero se pueden aplicar en sumo grado precisamente a aquella que es la primera y perfecta discípula de Jesús. En efecto, María fue la primera que guardó plenamente la palabra de su Hijo, demostrando así que lo amaba no sólo como madre, sino antes aún como sierva humilde y obediente; por esto Dios Padre la amó y en ella puso su morada la Santísima Trinidad. Además, donde Jesús promete a sus amigos que el Espíritu Santo los asistirá ayudándoles a recordar cada palabra suya y a comprenderla profundamente (cf. Jn 14,26), ¿cómo no pensar en María que en su corazón, templo del Espíritu, meditaba e interpretaba fielmente todo lo que su Hijo decía y hacía? De este modo, ya antes y sobre todo después de la Pascua, la Madre de Jesús se convirtió también en la Madre y el modelo de la Iglesia.

[Después del «Regina caeli»] Dirijo un saludo especial al pueblo brasileño que se va a reunir en su capital, Brasilia, para celebrar el XVI Congreso eucarístico nacional. En el lema del Congreso aparecen las palabras de los discípulos de Emaús «Quédate con nosotros, Señor», expresión del deseo que palpita en el corazón de todo ser humano. Es justamente en el Santísimo Sacramento del altar donde Jesús muestra su voluntad de estar con nosotros, de vivir en nosotros, de entregarse a nosotros. Su adoración nos lleva a reconocer la primacía de Dios, pues sólo él puede transformar el corazón de los hombres, llevándolos a la unión con Cristo en un solo cuerpo. De hecho, al recibir el Cuerpo del Señor resucitado, experimentamos la comunión con un amor que no podemos quedarnos para nosotros mismos: exige ser comunicado a los demás para poder construir así una sociedad más justa.

La liturgia de este día nos recuerda que la paz se funda en el amor de Dios y en la fidelidad a su Palabra. Poniendo esta Palabra en el centro de su vida, el cristiano goza de la paz interior a pesar de las pruebas, puesto que está convencido de la presencia divina a su lado. Tened la valentía de amar, leer y meditar la Palabra de Dios en vuestra familia. Es el camino ideal para que se conviertan en hogares de paz.

En este domingo del tiempo pascual la liturgia nos invita a vivir el amor a Cristo, que se concreta en la escucha y el cumplimiento de su Palabra. Una palabra que sigue encendiendo los corazones e iluminando la vida de fe, por la acción del Espíritu Santo, verdadero guía permanente de la Iglesia. Pidamos a la Santísima Virgen María que nos ayude a acoger con gozo los dones que él nos da.

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DE LA ORACIÓN Y CONTEMPLACIÓN
Juan Casiano, Conferencia 10, 6-7

En esto consiste la suma de toda perfección: en que toda la vida 
se convierta en una única e ininterrumpida oración.

Únicamente contemplan con ojos purísimos la divinidad de Cristo los que, subiendo desde la llanura de los pensamientos y acciones bajos y terrenos, se retiran con él a la soledad de la alta montaña. Este monte, libre del tumulto de todo pensamiento y pasión terrena y alejado del desorden de todos los vicios, sublimado con una fe purísima y la excelsitud de las virtudes, revela la gloria del rostro de Cristo y la imagen de su claridad a los que merecieron contemplarlo con un alma limpia.

Cierto que Jesús se deja ver también de los que viven en las ciudades, en los pueblos y en las aldeas, es decir, de los que en la vida activa se entregan al trabajo; pero no se les manifiesta con aquel esplendor con que apareció a los que con él pudieron subir -como Pedro, Santiago y Juan- al mencionado monte de las virtudes. Por eso, en la soledad Dios se apareció a Moisés y habló a Elías.

Queriendo nuestro Señor confirmar esta doctrina y dejarnos un ejemplo de pureza perfecta, y aun cuando él que es la fuente misma de la inviolable santidad, no necesitase, para conseguirla, el ambiente exterior del retiro y de la soledad, sin embargo subió al monte a solas para orar. Con esta actitud quiso enseñarnos que si también nosotros queremos orar a Dios con corazón puro y virgen, debemos apartarnos como él del bullicio y confusión de las turbas, a fin de que, aún viviendo en este cuerpo, podamos conformarnos de algún modo con aquella felicidad prometida a los santos en la vida eterna, de suerte que incluso para nosotros Dios lo será todo para todos.

Entonces veremos perfectamente realizada en nosotros la oración que nuestro Salvador dirigió al Padre por sus discípulos, diciendo: Que el amor que me tenías esté en ellos, como también yo estoy en ellos. Y de nuevo: Que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, cuando aquel amor perfecto de Dios, con el que él nos amó primero, pase a nuestro corazón, cumpliéndose así esta oración del Señor, de la que nuestra fe nos asegura que no puede ser desoída.

Así será cuando todo nuestro amor, todo nuestro deseo, todo nuestro afán, todos nuestros esfuerzos, todo nuestro pensamiento, todas nuestras esperanzas estén puestas en Dios, y se trasvase a nuestra mente y a nuestros sentidos aquella unidad que ahora reina entre el Padre y el Hijo, el Hijo y el Padre; y así como Dios nos ama con un amor sincero, puro e indisoluble, así también nosotros podamos unirnos a él mediante un amor perenne e inseparable. Es decir, que estaremos de tal manera unidos a él, que Dios sea toda nuestra respiración, toda nuestra intelección, toda nuestra locución. Así llegaremos a la meta de que hemos hablado, meta en que el mismo Señor, orando, deseaba se cumpliera en nosotros: Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros. Y de nuevo: Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy.

Este ha de ser en efecto el ideal del solitario; a esto debe tender todo su esfuerzo: merecer, mientras todavía está en este cuerpo, entrar en posesión de la imagen de la futura felicidad, y comenzar a gozar por anticipado en esta vida y en la medida de lo posible, las arras de aquella vida y de aquella gloria celestiales.

Yo diría que tal es el fin de toda perfección: que el alma, aligerada de todo el peso de la carne, tienda a diario a la sublimidad de las cosas espirituales, hasta que toda su vida, y cada movimiento de su corazón, se conviertan en una única e ininterrumpida oración.

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LA DEVOCIÓN A MARÍA
EN SAN FRANCISCO Y SANTA CLARA DE ASÍS
por Leonardo Lehmann, capuchino

María en la comunión de los Santos

Otro aspecto de la devoción de Francisco a María se encuentra en el hecho de que él la invoca junto a otros santos. La Antífona, después de haber catalogado los privilegios esenciales de María recibidos de Dios, desemboca en la súplica: «Ruega por nosotros, junto con el arcángel san Miguel y todas las virtudes del cielo y con todos los santos». «Ruega por nosotros» era y es la conocida respuesta a cada invocación en las letanías de los santos. Lo que aquí impacta es la ampliación de la breve petición. Francisco pone a María no sola, sino en compañía de los ángeles y de los santos. Miguel es llamado por su nombre, porque Francisco nutría por él una especial veneración, como se deduce también de la Exhortación a la alabanza de Dios, donde se encuentran el saludo angélico a María, la alabanza de la Trinidad y la invocación a Miguel: «Salve, María, llena de gracia, el Señor está contigo ... Bendita sea la santa Trinidad e indivisa Unidad. San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla» (ExhAlD).

Recordemos también lo que escribió Fr. León de su puño y letra en el margen superior del pergamino que le dio Francisco como remedio contra una tentación espiritual, y hoy conservado en Asís como precioso autógrafo tanto de Fr. Francisco como de Fr. León. Sobre el lado del pergamino que contiene la Bendición a Fr. León con el signo "T", está escrito con tinta roja: «El bienaventurado Francisco, dos años antes de su muerte, hizo una cuaresma en el monte Alverna en honor de la bienaventurada Virgen María, madre de Dios, y del bienaventurado Miguel arcángel, desde la fiesta de la Asunción de santa María Virgen hasta la fiesta de san Miguel arcángel; y la mano de Dios se posó sobre él mediante la visión y las palabras del serafín y la impresión de las llagas de Cristo en su cuerpo».

Una semejante comunión de los santos aparece de nuevo en el Padrenuestro de Francisco, donde él alarga de este modo la quinta petición del modelo dado por Jesús: «Y perdona nuestras ofensas (Mt 6,12): por tu inefable misericordia, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos e intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos» (ParPN 7).

Una visión más explícita y más completa de la comunión de los santos la tenemos en el largo capítulo 23 de la Regla no bulada. La primera parte del mismo es una acción de gracias, una especie de prefacio a causa del repetido «Te damos gracias», y la segunda parte es una fuerte exhortación a todos los estados de vida y a todas las gentes para que amemos, sirvamos y demos gracias al sumo Dios eterno, Trinidad y Unidad, Creador, Redentor y Salvador. Después del triple «te damos gracias» en los primeros ocho versos, sigue la constatación de nuestra caída y de nuestra condición deplorable. «Y porque todos nosotros, míseros y pecadores, no somos dignos de nombrarte», debemos recurrir a los mediadores: Cristo, María, los ángeles y los santos. Sigue toda una letanía de los santos que, en algunos momentos, se distingue de las letanías oficiales, especialmente en el optimismo de reconocer la presencia de los santos no sólo en el pasado, sino también en el presente y en el futuro (cf. 1 R 23,6).

En las dos últimas plegarias citadas, María aparece a la cabeza de los santos invocados. Sabedor de que «ningún hombre es digno de hacer de ti mención» (Cánt 2), Francisco suplica en primer lugar a María, la «llena de gracia», después a los ángeles y a los santos para que intercedan por él, por su fraternidad, por la Iglesia, peregrina hacia la patria eterna, y por toda la humanidad. Él ve en estrecha unión a la iglesia terrena, todavía expuesta a muchos peligros, y a la Iglesia celeste, que goza de la plena comunión con Dios, sumo bien. Deseando llegar al reino de Dios, «donde se halla la visión manifiesta de ti, el perfecto amor a ti, tu dichosa compañía, la fruición de ti por siempre» (ParPN 4), la Iglesia peregrina debe ponerse, día a día, en contacto con la celeste por medio de la oración.

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