sábado, 20 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 21 DE MAYO



SAN EUGENIO DE MAZENOD. Fundador de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. Nació en Aix-en-Provence (Francia) en 1782. Cuando estalló la Revolución Francesa, su familia, de la alta sociedad, tuvo que exiliarse a Italia, y, cuando en 1802 pudo regresar a su patria, estaba destrozada y en la miseria. Entró en el seminario San Sulpicio de París, y en 1811 era ordenado de sacerdote en Amiens. Vuelve a Aix de Provenza y ejerce su sacerdocio atendiendo a los prisioneros, los jóvenes, las domésticas y los campesinos. Pronto se le unen otros sacerdotes celosos. En 1826, el Papa aprueba su nueva Congregación, centrada en la formación espiritual profunda y en la vida comunitaria, al mismo tiempo que en la evangelización, extendida a las misiones extranjeras. Nombrado más tarde obispo de Marsella, tuvo que sufrir la hostilidad de las autoridades, pero logró renovar material y espiritualmente la vida de su diócesis y darle un gran impulso, al tiempo que cuidaba de sus Oblatos. Murió en Marsella el 21 de mayo de 1861.



SANTOS CRISTÓBAL MAGALLANES Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES DE MÉXICO EN EL SIGLO XX. El 21 de mayo del año 2000, el papa Juan Pablo II canonizó a 25 mártires de la persecución religiosa desatada en México; 22 eran sacerdotes del clero secular y 3 jóvenes laicos, colaboradores de sus párrocos; todos ellos aceptaron libre y serenamente el martirio en distintos lugares y fechas, de 1915 a 1937, como testimonio de su fe, perdonando explícitamente a sus perseguidores. La fiesta particular de cada uno se celebra el día de su muerte. He aquí sus nombres y la fecha de su martirio:

Cristóbal Magallanes, 25 de mayo de 1927;
Agustín Caloca, 25 de mayo de 1927;
Atilano Cruz, 1 de julio de 1928;
David Galván, 30 de enero de 1915;
David Roldán (laico), 15 de agosto de 1926;
David Uribe, 12 de abril de 1927;
Jenaro Sánchez, 18 enero de 1927;
Jesús Méndez, 5 de febrero de 1928;
José Isabel Flores, 21 de junio de 1927;
José María Robles, 26 de junio de 1927;
Julio Álvarez, 30 de marzo de 1927;
Justino Orona, 1 de julio de 1928;
Luis Batis, 15 de agosto de 1926;
Manuel Morales (laico), 15 de agosto de 1926;
Margarito Flores, 12 de noviembre de 1927;
Mateo Correa, 6 de febrero de 1927;
Miguel de la Mora, 7 de agosto de 1927;
Pedro de Jesús Maldonado, 11 de febrero de 1937;
Pedro Esqueda, 22 de noviembre de 1927;
Rodrigo Aguilar, 28 de octubre de 1927;
Román Adame, 21 de abril 1927;
Sabas Reyes, 13 de abril de 1927;
Salvador Lara (laico), 15 de agosto de 1926;
Toribio Romo, 25 de febrero de 1928;
Tranquilino Ubiarco, 5 de octubre de 1928.

Oración: Dios todopoderoso y eterno, que a san Cristóbal y a sus compañeros los hiciste fieles a Cristo Rey hasta el martirio, concédenos, por su intercesión, perseverar en la confesión de la fe verdadera y poder ajustarnos siempre a los mandatos de tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




BEATOS MANUEL GÓMEZ GONZÁLEZ Y ADILIO DARONCH. El sacerdote Manuel y su monaguillo Adilio fueron fusilados juntos el 21 de mayo de 1924 en la floresta de Feijao Miúdo (Brasil), por militares revolucionarios, cuando se dirigían a Três Passos. Fueron beatificados el año 2007. Manuel nació en As Neves (Pontevedra, España) el año 1877. Ingresó en el seminario de Tuy y se ordenó de sacerdote en 1902. En 1905 pasó a la diócesis de Braga en Portugal, y en 1913 marchó a Brasil. Trabajó en la diócesis de Santa María (Río Grande do Sul), de la que le confiaron la inmensa parroquia de Nonoai, en la que realizó una gran labor pastoral y social, atendiendo también a los indios. Cuando iba a visitar, en una parroquia vecina, a un grupo de colonos brasileños de origen alemán instalados en la floresta de Três Passos, encontró el martirio. Adilio nació en Dona Francisca (Río Grande do Sul, Brasil) el año 1908, en el seno de una familia unida y religiosa, que se trasladó a Nonoai. Adilio era un niño sencillo y religioso. Le gustaba mucho orar y acompañar al párroco don Manuel. Sobre todo le ayudaba en las misas como monaguillo. Cuando don Manuel recibió del obispo el encargo de dirigirse a la floresta de Três Passos, se llevó consigo, con el permiso de su madre viuda, al joven Adilio.

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San Hemming. Nació al norte de Upsala en Suecia a finales del siglo XIII. Ya ordenado de sacerdote, marchó a París a completar sus estudios. De regreso en su patria, el año 1338 lo eligieron obispo de Abo, la actual Turku en territorio de Finlandia. Fue un obispo con muchas iniciativas. Dio un mayor decoro y dignidad a la liturgia, reformó la enseñanza en la escuela catedralicia y envió a clérigos jóvenes a estudiar a París, renovó la disciplina en las prácticas cristianas y en la administración de los sacramentos y de los bienes eclesiásticos, estableció la gratuidad de los servicios para los pobres, promovió la paz entre los pueblos. Murió el año 1366.

San Hospicio. Llevó vida de ermitaño en las cercanías de Niza en Provenza (Francia). San Gregorio de Tours destacaba en él la austeridad de vida, el espíritu profético (predijo la llegada de los lombardos) y el don de milagros. Murió el año 581.

San Mancio. Obispo de Évora (Portugal) en el siglo VI.

Santos Mártires de Pentecostés en Alejandría. El año 339, en los días sagrados de Pentecostés, fueron martirizados en Alejandría de Egipto un número considerable de cristianos católicos, hombres y mujeres, por los arrianos. Era emperador Constancio, y el obispo arriano Jorge ordenó que los mataran o que los desterraran.

San Paterno. Fue consagrado obispo de Vannes en Bretaña (Francia) el año 467, durante el concilio provincial reunido allí por san Perpetuo de Tours.

San Polieucto. Sufrió el martirio en Cesarea de Capadocia (en la actual Turquía), al parecer el año 250.

San Teobaldo. Nació en Toulon (Francia) en el seno de una familia emparentada con la Casa de Borgoña, y de muy joven perdió a sus padres. Le dejaron una cuantiosa herencia que, para seguir su deseo de ser un sacerdote desprendido de lo terreno, dejó y repartió a los pobres. El año 957 lo eligieron obispo de Viennes (Borgoña, Francia). Promovió la renovación espiritual y disciplinar del clero y del pueblo, al que edificaba con su ejemplo. Fue muy amigo de san Odilón de Cluny y procuró difundir en todos los estamentos de la Iglesia el espíritu cluniacense. Murió el año 1001.

San Timoteo. Era diácono y fue martirizado en Mauritania, en territorio de la actual Argelia, en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

Beato Juan Mopinot. Nació en Reims (Francia) el año 1724, y de joven ingresó en la Congregación de los Hermanos de la Escuelas Cristianas. Estuvo muchos años trabajando en el colegio La Salle de Moulins, educando a generaciones de jóvenes. La Revolución Francesa exigió a los docentes que juraran la constitución civil del clero, a lo que se negó la comunidad de Moulins, por lo que les confiscaron la escuela. Al hermano Juan lo arrestaron y encarcelaron en junio de 1793. Por su edad y falta de salud, no lo deportaron sino que lo encerraron en un pontón anclado frente a Rochefort, con otros muchos sacerdotes y religiosos, y allí murió enfermo y exhausto en 1794.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rom 6,8-11).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Carta a los fieles: «Que ningún hombre esté obligado a obedecer a nadie en aquello en que se comete delito o pecado» (2CtaF 41).

Orar con la Iglesia:

Invoquemos a Cristo que con su resurrección ha reanimado la esperanza de su pueblo y digámosle: Señor Jesús, tú que siempre vives para interceder por nosotros, escúchanos.

-Señor Jesús, de cuyo costado traspasado salió sangre y agua, haz de la Iglesia tu Esposa inmaculada.

-Pastor supremo de la Iglesia, que después de tu resurrección encomendaste a Pedro, que te profesó su amor, el cuidado de tus ovejas, concede a nuestro Papa un amor ardiente y celo apostólico.

-Tú que concediste a los discípulos que pescaban en el mar de Galilea una pesca abundante, envía operarios que continúen su trabajo apostólico.

-Tú que preparaste a la orilla del mar pan y pescado para tus discípulos, no permitas que ningún hermano nuestro pase hambre por culpa nuestra.

Oración: Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SAN CRISTÓBAL MAGALLANES Y COMPAÑEROS
De la homilía de S. S. Juan Pablo II
en la misa de canonización (21-V-2000)

«No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad» (1 Jn 3,18). Esta exhortación, tomada del apóstol Juan, nos invita a imitar a Cristo, viviendo a la vez en estrecha unión con Él. Jesús mismo nos lo ha dicho también en el Evangelio: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (Jn 15,4).

A través de la unión profunda con Cristo, iniciada en el bautismo y alimentada por la oración, los sacramentos y la práctica de las virtudes evangélicas, hombres y mujeres de todos los tiempos, como hijos de la Iglesia, han alcanzado la meta de la santidad. Son santos porque pusieron a Dios en el centro de su vida e hicieron de la búsqueda y extensión de su Reino el móvil de su propia existencia; santos porque sus obras siguen hablando de su amor total al Señor y a los hermanos dando copiosos frutos, gracias a su fe viva en Jesucristo, y a su compromiso de amar como Él nos ha amado, incluso a los enemigos.

Dentro de la peregrinación jubilar de los mexicanos, la Iglesia se alegra al proclamar santos a estos hijos de México. Para participar en esta solemne celebración, honrando así la memoria de estos ilustres hijos de la Iglesia y de vuestra Patria, habéis venido numerosos peregrinos mexicanos, acompañados por un nutrido grupo de Obispos. A todos os saludo con gran afecto. La Iglesia en México se regocija al contar con estos intercesores en el cielo, modelos de caridad suprema siguiendo las huellas de Jesucristo. Todos ellos entregaron su vida a Dios y a los hermanos, por la vía del martirio o por el camino de la ofrenda generosa al servicio de los necesitados. La firmeza de su fe y esperanza les sostuvo en las diversas pruebas a las que fueron sometidos. Son un precioso legado, fruto de la fe arraigada en tierras mexicanas, la cual, en los albores del Tercer milenio del cristianismo, ha de ser mantenida y revitalizada para que sigáis siendo fieles a Cristo y a su Iglesia como lo habéis sido en el pasado.

En la primera lectura hemos escuchado cómo Pablo se movía en Jerusalén «predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo» (Hch 9,28-29). Con la misión de Pablo se prepara la propagación de la Iglesia, llevando el mensaje evangélico a todas las partes. Y en esta expansión, no han faltado nunca las persecuciones y violencias contra los anunciadores de la Buena Nueva. Pero, por encima de las adversidades humanas, la Iglesia cuenta con la promesa de la asistencia divina. Por eso, hemos oído que «la Iglesia gozaba de paz [...] Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo» (Hch 9,31).

Bien podemos aplicar este fragmento de los Hechos de los Apóstoles a la situación que tuvieron que vivir Cristóbal Magallanes y sus 24 compañeros, mártires en el primer tercio del siglo XX. La mayoría pertenecía al clero secular y tres de ellos eran laicos seriamente comprometidos en la ayuda a los sacerdotes. No abandonaron el valiente ejercicio de su ministerio cuando la persecución religiosa arreció en la amada tierra mexicana, desatando un odio a la religión católica. Todos aceptaron libre y serenamente el martirio como testimonio de su fe, perdonando explícitamente a sus perseguidores. Fieles a Dios y a la fe católica tan arraigada en sus comunidades eclesiales, a las cuales sirvieron promoviendo también su bienestar material, son hoy ejemplo para toda la Iglesia y para la sociedad mexicana en particular.

Tras las duras pruebas que la Iglesia pasó en México en aquellos convulsos años, hoy los cristianos mexicanos, alentados por el testimonio de estos testigos de la fe, pueden vivir en paz y armonía, aportando a la sociedad la riqueza de los valores evangélicos. La Iglesia crece y progresa, siendo crisol donde nacen abundantes vocaciones sacerdotales y religiosas, donde se forman familias según el plan de Dios y donde los jóvenes, parte notable del pueblo mexicano, pueden crecer con esperanza en un futuro mejor. Que el luminoso ejemplo de Cristóbal Magallanes y compañeros mártires os ayude a un renovado empeño de fidelidad a Dios, capaz de seguir transformando la sociedad mexicana para que en ella reine la justicia, la fraternidad y la armonía entre todos.

Que la Virgen de Guadalupe, invocada por los mártires en el momento supremo de su entrega, acompañe con su materna protección los buenos propósitos de quienes honran hoy a los nuevos Santos y ayude a los que siguen sus ejemplos, guíe y proteja también a la Iglesia para que, con su acción evangelizadora y el testimonio cristiano de todos sus hijos, ilumine el camino de la humanidad en el tercer milenio. Amen.

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EL QUE DÉ TESTIMONIO DE LA VERDAD
SERÁ MÁRTIR DE CRISTO
Del sermón 225, 1-2, de san Cesáreo de Arlés

Queridísimos hermanos, cada vez que celebramos las fiestas de los mártires, debemos pensar que militamos bajo el mismo Rey bajo el que también ellos merecieron luchar y vencer. Debemos pensar que hemos sido salvados por el mismo bautismo por el que ellos también fueron salvados, que gozamos y somos fortalecidos con los mismos sacramentos que ellos merecieron recibir, que llevamos en la frente el sello del Emperador que ellos también llevaron felizmente.

Por ello, cada vez que celebramos el aniversario de los santos mártires, los bienaventurados mártires deben reconocer en nosotros algo de sus virtudes, para que les agrade suplicar para nosotros la misericordia de Dios. En efecto, todos aman lo que les es semejante. Por tanto, si lo semejante se une a lo semejante, lo desemejante se aleja mucho. Nuestro particular bienaventurado, cuya festividad deseamos celebrar con gozo, fue sobrio, ¿cómo se le podrá unir el que se da a la bebida? ¿Qué unión puede tener el humilde con el soberbio, el generoso con el envidioso, el espléndido con el avaro, el pacífico con el iracundo? El bienaventurado mártir fue, sin duda, casto: ¿cómo podrá unirse al adúltero? Queridísimos hermanos, si los gloriosos mártires repartieron lo suyo con los pobres, ¿cómo podrán ser amigos de los que roban lo ajeno? Los santos mártires se afanaban en amar a los enemigos, ¿cómo tendrán parte con los que, a veces, ni siquiera se esfuerzan en el amor recíproco entre amigos? Queridísimos hermanos, no nos contraríe imitar, en la medida de nuestras fuerzas, a los santos mártires para que, por sus méritos y oraciones, merezcamos ser absueltos de todos los pecados.

Alguno dirá: ¿quién puede imitar a los santos mártires? Con la ayuda de Dios podemos y debemos imitarlos en muchas cosas, si no en todo.

¿No puedes soportar el fuego? Puedes evitar la lujuria. ¿No puedes soportar la pezuña desgarradora? Rechaza la avaricia que conduce a negocios perversos y a ganancias malvadas. Si te vence lo fácil, ¿cómo no te destrozará lo difícil? La paz tiene también sus mártires: pues, en buena medida, participa del martirio el que vence a la ira, el que rehuye la envidia como si fuera un veneno viperino, el que rechaza la soberbia, el que expulsa del corazón el odio, el que refrena los deseos superfluos de la gula, el que no se entrega a la embriaguez.

Cada vez que y en cualquier lugar que trabajes por una causa justa, si das testimonio de ella, serás mártir. Puesto que Cristo es la justicia y la verdad, en cualquier lugar donde trabajes por la justicia o por la verdad o por la castidad, si las defiendes con todas tus fuerzas, recibirás la recompensa de los mártires. Y como la palabra mártir significa testigo, quien da testimonio en favor de la verdad será indudablemente mártir de Cristo, que es la verdad.

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LA DEVOCIÓN A MARÍA
EN SAN FRANCISCO Y SANTA CLARA DE ASÍS
por Leonardo Lehmann, capuchino

María, esposa del Espíritu Santo

«Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo ninguna semejante a ti entre las mujeres, hija y esclava del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, Madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo» (OfP Ant 1-2).

La colaboración de María, que en la Anunciación acoge el plan de salvación del Padre y colabora con él, se expresa en un título de profunda intimidad: Esposa del Espíritu Santo. Mientras todos los atributos precedentes que se han dado a la Virgen -Santa Virgen, hija, esclava, madre- se encuentran con frecuencia en la tradición cristiana, y en sustancia se remontan al Nuevo Testamento, el título «Esposa del Espíritu Santo» parece ser una novedad, una creación genuina del espíritu caballeresco de Francisco, enamorado de la «Señora, santa Reina, santa Madre de Dios», como la ha saludado con inspiración poética en el Saludo a la bienaventurada Virgen María. Willibrord Lampen, después de una exploración minuciosa de los 600 títulos aplicados a María por autores eclesiásticos de Oriente y de Occidente, llega a la conclusión de que Francisco fue el primero en usar el título «Esposa del Espíritu Santo».

Una investigación más reciente de Optato van Asseldonk lo confirma, aunque éste ultimo admite que el título se encuentra algunas veces en la antigua literatura de Oriente, después más frecuentemente en Occidente, en el siglo XII, a partir de los Países Bajos, donde un cierto predicador Tanquelmo († 1115) propuso a todo bautizado el matrimonio espiritual con el Espíritu Santo, movimiento contra el cual reaccionó san Norberto de Xanten († 1134). Pero Francisco ciertamente no sufrió el influjo de tales exageraciones, aunque podría haber estado en contacto con la visión del abad Joaquín de Fiore (†1202), según el cual, María está estrechamente unida con el Espíritu Santo; ella, según la teoría de las tres edades del abad de Fiore, será madre de la futura iglesia espiritual: madre de Dios y madre de una iglesia pura y santa. Sin embargo, aunque Joaquín subraye mucho que el Paráclito se servirá de la esposa María como Madre de la iglesia espiritual, no utiliza de manera explícita el título «Esposa del Espíritu Santo» Por eso, «no parece exagerado sostener que Francisco fue el primero en nombrar a María como "Esposa del Espíritu Santo". Sus predecesores tienen expresiones semejantes, pero no la invocación «Esposa del espíritu Santo».

Lo importante es que Francisco, colocando este título en una veneración bíblico-trinitaria, no ha caído en un exagerado entusiasmo espiritual o en un exceso de mística esponsal. Si bien en los Opúsculos de Francisco, «esposa» en la forma femenina recurre solamente aquí en la Antífona en conexión con el Espíritu Santo (otras dos veces, el mismo Espíritu Santo es designado como «esposo»), la expresión tiene un gran peso a causa de la repetición de la antífona antes y después de cada uno de los salmos del Oficio de la Pasión, apareciendo así 14 veces en la oración cotidiana de Francisco y de Clara. La importancia y el influjo del título se deduce además del hecho que Francisco lo trasfiere a otras personas «inhabitadas por el Espíritu», aplicándolo a las clarisas e incluso a todos los creyentes.



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