martes, 2 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano

BEATO TOMÁS ACERBIS DE OLERA



 DÍA 3 DE MAYO

 

SANTOS FELIPE Y SANTIAGO, apóstoles. Felipe, natural de Betsaida, en Galilea, fue primero discípulo de Juan Bautista, y siguió a Jesús cuando éste le dijo «Sígueme», después de lo cual fue a decirle entusiasmado a Natanael: «Hemos encontrado a aquel de quien hablaban Moisés y los profetas, Jesús de Nazaret». Los evangelios lo mencionan en algunos pasajes y la tradición lo recuerda como evangelizador en Asia Menor. Santiago, apellidado «el Menor», pariente de la Virgen María y del Señor, hijo de Alfeo, fue obispo de la primera comunidad judeo-cristiana de Jerusalén; escribió la carta canónica que lleva su nombre; es el apóstol con quien Pablo convertido toma contacto, y a quien el Concilio de Jerusalén concede un papel importante en momentos cruciales del desarrollo de la evangelización. Recibió la palma del martirio en Jerusalén el año 62.- Oración: Señor, Dios nuestro, que nos alegras todos los años con la fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago, concédenos, por su intercesión, participar en la muerte y resurrección de tu Hijo, para que merezcamos llegar a contemplar en el cielo el esplendor de tu gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

BEATO TOMÁS ACERBIS DE OLERA

BEATO TOMÁS ACERBIS DE OLERABEATO TOMÁS ACERBIS DE OLERA. Nació en Olera (Bérgamo, Italia) en 1563. Hijo de campesinos, trabajó hasta los 17 años con sus padres. En 1580 ingresó en los capuchinos de Venecia como hermano laico, a pesar de lo cual pidió y obtuvo permiso para aprender a leer y escribir. Hecha la profesión en 1584, se le encomendó el oficio de limosnero que ejerció casi toda su vida, tanto en Italia como en Austria. En 1619, a petición del Archiduque de Tirol, Leopoldo V de Habsburgo, fue destinado a la Provincia de Tirol, y aquel mismo año llegó a Innsbruck. Fue apóstol del Evangelio, a todos, creyentes y no creyentes, poderosos y humildes, habló del amor de Dios e instruyó en la fe. Además fue pacificador e hizo obra social a favor de los mineros. Promovió la construcción de monasterios e iglesias. Era constante en la oración y penitente, devoto de María Inmaculada y Asunta. Siendo un simple fraile limosnero fue un maestro espiritual para los humildes y para los de alto rango social. Dejó escritos espirituales y cartas. Murió en Innsbruck el 3-V-1631. Beatificado el 21-IX-2013. [Más información]



BEATO EDUARDO ROSAZ. Nació en Susa (Turín, Italia) el año 1830. En 1847 ingresó en el seminario diocesano, y antes de su ordenación sacerdotal se inscribió en la Tercera Orden de San Francisco; promovió desde entonces el ideal franciscano y le permaneció siempre fiel. Se ordenó de sacerdote en 1854 y se entregó al ejercicio del sagrado ministerio: la predicación, la catequesis, la reconciliación sacramental y las obras sociales. Desde el principio prestó particular atención a los pobres, y esto le llevó a ponerse en contacto con san Juan Bosco y el director del Cottolengo. Alimentaba su vida espiritual con la oración, la meditación, la misa, la adoración eucarística, y fomentaba esto mismo en las religiosas por él fundadas en 1874, las Franciscanas Misioneras de Susa, para responder a las jóvenes que necesitaban ayuda. Nombrado obispo de Susa se distinguió por su entrega al apostolado y por su celo pastoral; dedicó gran atención al clero, llevó vida de pobreza y visitó, a veces a pie, las parroquias incluso las más aisladas. Murió en su ciudad natal el 3 de mayo de 1903. Fue beatificado en 1991.




LAS «CRUCES DE MAYO». La Iglesia ha dedicado dos fechas a celebrar la santa Cruz: el 3 de mayo y el 14 de septiembre, intercambiando entre ellas los títulos y motivos. En la segunda, rememorando que el 14 de septiembre del año 320 santa Elena halló la Cruz en Jerusalén, celebramos ahora «La exaltación de la santa Cruz». La del 3 de mayo, que permanece en la tradición popular aunque no tenga celebración litúrgica, recuerda también hechos históricos. En mayo del año 614, Cosroas, rey de los persas, saqueó Jerusalén y se llevó la Cruz a su país. Pero el emperador Heraclio derrotó a los persas, recuperó la Cruz y la entregó solemnemente al patriarca de Jerusalén el 3 de mayo del año 630. Esta recuperación llenó de entusiasmo a la Iglesia y particularmente a los latinos, que no tardaron en celebrar la fiesta de la santa Cruz en esta última fecha.

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San Ansfrido. Fue obispo de Utrecht y, al quedar ciego, se retiró al monasterio de Fohorst, en Flandes (Bélgica). Murió en torno al año 1008.

San Conleto. Llevó primero vida eremítica y luego fue elegido obispo de Kildare en Irlanda. Colaboró con santa Brígida de Irlanda en la asistencia espiritual del monasterio que ella dirigía, y atendió otros dependientes de él. Gozó de gran prestigio entre los obispos de su tiempo. Murió hacia el año 520.

San Estanislao Soltys de Kazimierz. Nació en Kazimierz-Cracovia (Polonia) el año 1433. Recibió una buena educación en su familia; se doctoró en filosofía y teología en la Universidad Jaguellónica de Cracovia. En 1456 ingresó en los Canónigos Regulares Lateranenses. Una vez sacerdote, sobresalió como confesor y director espiritual, y como predicador de la palabra de Dios. Fue un religioso observante de la regla, muy riguroso consigo mismo, pero de una gran caridad para con los pobres e indigentes. Se distinguió por su devoción a la pasión de Cristo, a la Virgen y, sobre todo, a la Eucaristía, que fue la característica de su espiritualidad. Murió en Cracovia el 3-V-1489. Canonizado en 2010.

Santos Evencio, Alejandro y Teódulo. Sufrieron el martirio en Roma a finales del siglo III o principios del IV, y fueron enterrados en el séptimo miliario de la Vía Nomentana.

San Juvenal. Primer obispo de la ciudad de Narni en Umbría (Italia), en el siglo IV.

San Pedro de Argo. Nació en Constantinopla hacia el año 850 y abrazó la vida monástica en su misma ciudad. Rehusó ser obispo de Corinto, pero no pudo evitar el serlo de Argo, en Grecia. Fue un excelente pastor, volcado en la instrucción religiosa del pueblo, en la atención a los pobres, en el rescate de esclavos y en poner paz en las discordias. Murió en torno al año 922.

San Teodosio de Kiev. Nació en la región de Kiev (Ucrania) el año 1029. Es considerado como el promotor de la vida cenobítica en Rusia y el verdadero fundador del Monasterio de las Grutas cercano a Kiev. Vistió el hábito monástico en 1055 y en 1062 sus monjes lo eligieron hegúmeno o superior. Dio un nuevo impulso a la vida monástica orientándola hacia el modelo cenobítico. Los monjes pasaron de las grutas a los edificios, se construyó una iglesia según los cánones bizantinos, dedicada a la Virgen, se adoptó la regla monástica estudita. Quiso que la vida del monasterio estuviera impregnada del espíritu de oración, austeridad y trabajo. Murió en Kiev el año 1074.

San Timoteo y santa Maura. Eran esposos y colaboradores activos en la vida de su comunidad cristiana. Las autoridades romanas les exigieron que entregaran los libros sagrados que tenían, a lo que se negaron. Fueron martirizados en Antinoe de Tebaida (Egipto) el año 286.

Beata Emilia Bicchieri. Nació en Vercelli (Piamonte, Italia) el año 1238 en el seno de una familia acomodada. Siendo aún joven fundó en las afueras de su ciudad un monasterio de dominicas, en el que ella misma profesó y del que más tarde fue elegida priora repetidas veces, lo que no le impidió realizar con alegría en la vida de comunidad los servicios más humildes de la casa. Fue particularmente devota de la Eucaristía, de la Pasión del Señor y de la Virgen María. Insistía en la necesidad de la rectitud de intención en todas las cosas y en el espíritu de gratitud a Dios. Murió en 1314.

Beata María Leonia Paradis. Nació en Acadie (Canadá) el año 1840. De joven sintió la vocación religiosa e ingresó en las Hermanas Marianitas, una de las ramas de la Congregación de la Santa Cruz. Durante años estuvo dedicada a la docencia en Nueva York. En 1874 regresó a Canadá y, por sugerencia del obispo de Montreal y con la aprobación de sus superiores, fundó la Congregación de Hermanitas de la Sagrada Familia, destinada a prestar los servicios domésticos en las comunidades de sacerdotes, en los colegios y en los seminarios. Murió en Sherbrooke (Quebec, Canadá) el año 1912.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico :

Después de la resurrección, Jesús se apareció a los apóstoles y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto» (Lc 24,46-48).

Pensamiento franciscano :

Dice san Francisco en su Regla: «Todos mis hermanos pueden anunciar esta exhortación y alabanza, entre cualesquiera hombres, con la bendición de Dios: Temed y honrad, alabad y bendecid, dad gracias y adorad al Señor Dios omnipotente en Trinidad y Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas» (1 R 21,1-2).

Orar con la Iglesia :

Oremos a Dios Padre por su pueblo santo, edificado sobre el cimiento de los apóstoles.

-Padre santo, tu Hijo resucitado se apareció a los apóstoles para hacerlos sus testigos, haz que también nosotros demos testimonio de Cristo.

-Padre santo, que enviaste a tu Hijo al mundo para dar la Buena Noticia a los pobres, haz que sepamos proclamar el Evangelio a toda criatura.

-Tú que enviaste a tu Hijo a sembrar la semilla de tu palabra, haz de nosotros la tierra buena que la acoja y dé mucho fruto.

-Tú que enviaste a tu Hijo para que reconciliara el mundo contigo, haz que también nosotros cooperemos a la reconciliación de los hombres.

Oración: Señor, Dios nuestro, concédenos participar en la muerte y resurrección de tu Hijo, para que merezcamos llegar a contemplarle en el esplendor de tu gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LOS APÓSTOLES FELIPE Y SANTIAGO EL MENOR
De las catequesis de S. S. Benedicto XVI
en las audiencias generales del 6-IX-2006 y del 28-VI-2006

[Felipe] El cuarto Evangelio cuenta que, después de haber sido llamado por Jesús, Felipe se encuentra con Natanael y le dice: «Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús el hijo de José, de Nazaret» (Jn 1,45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael -«¿De Nazaret puede salir algo bueno?»-, Felipe no se rinde y replica con decisión: «Ven y lo verás» (Jn 1,46). Con esta respuesta, escueta pero clara, Felipe muestra las características del auténtico testigo: no se contenta con presentar el anuncio como una teoría, sino que interpela directamente al interlocutor, sugiriéndole que él mismo haga una experiencia personal de lo anunciado. Jesús utiliza esos dos mismos verbos cuando dos discípulos de Juan Bautista se acercan a él para preguntarle dónde vive. Jesús respondió: «Venid y lo veréis» (cf. Jn 1,38-39).

Podemos pensar que Felipe nos interpela también a nosotros con esos dos verbos, que suponen una implicación personal. También a nosotros nos dice lo que le dijo a Natanael: «Ven y lo verás». El Apóstol nos invita a conocer a Jesús de cerca. En efecto, la amistad, conocer de verdad al otro, requiere cercanía, más aún, en parte vive de ella.

Con ocasión de la multiplicación de los panes, Jesús hizo a Felipe una pregunta precisa, algo sorprendente: dónde se podía comprar el pan necesario para dar de comer a toda la gente que lo seguía (cf. Jn 6,5). Felipe respondió con mucho realismo: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco» (Jn 6,7). Aquí se puede constatar el realismo y el sentido práctico del Apóstol, que sabe juzgar las implicaciones de una situación. Sabemos lo que sucedió después: Jesús tomó los panes, y, después de orar, los distribuyó. Así realizó la multiplicación de los panes. Pero es interesante constatar que Jesús se dirigió precisamente a Felipe para obtener una primera sugerencia sobre cómo resolver el problema: signo evidente de que formaba parte del grupo restringido que lo rodeaba.

Hay otra ocasión muy particular en la que interviene Felipe. Durante la última Cena, después de afirmar Jesús que conocerlo a él significa también conocer al Padre (cf. Jn 14,7), Felipe, casi ingenuamente, le pide: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8). Jesús le responde con un tono de benévolo reproche: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? (...) Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14,9-11). Son unas de las palabras más sublimes del evangelio según san Juan. Contienen una auténtica revelación.

El evangelista no nos dice si Felipe comprendió plenamente la frase de Jesús. Lo cierto es que le entregó totalmente su vida. Según algunas narraciones posteriores (Hechos de Felipe y otras), habría evangelizado primero Grecia y después Frigia, donde habría afrontado la muerte, en Hierópolis, con un suplicio que según algunos fue crucifixión y según otros, lapidación.

Queremos concluir nuestra reflexión recordando el objetivo hacia el que debe orientarse nuestra vida: encontrar a Jesús, como lo encontró Felipe, tratando de ver en él a Dios mismo, al Padre celestial. Si no actuamos así, nos encontraremos sólo a nosotros mismos, como en un espejo, y cada vez estaremos más solos. En cambio, Felipe nos enseña a dejarnos conquistar por Jesús, a estar con él y a invitar también a otros a compartir esta compañía indispensable; y, viendo, encontrando a Dios, a encontrar la verdadera vida.

[Santiago el Menor] Era originario de Nazaret y probablemente pariente de Jesús, del cual, según el estilo semítico, es llamado «hermano». El libro de los Hechos subraya el papel destacado que desempeñaba en la Iglesia de Jerusalén. En el concilio apostólico celebrado en la ciudad santa después de la muerte de Santiago el Mayor, afirmó, juntamente con los demás, que los paganos podían ser aceptados en la Iglesia sin tener que someterse a la circuncisión (cf. Hch 15,13).

San Pablo, que le atribuye una aparición específica del Resucitado (cf. 1 Cor 15,7), con ocasión de su viaje a Jerusalén lo nombra incluso antes que a Cefas-Pedro, definiéndolo «columna» de esa Iglesia al igual que él (cf. Gál 2,9). Seguidamente, los judeocristianos lo consideraron su principal punto de referencia. A él se le atribuye también la Carta que lleva el nombre de Santiago y que está incluida en el canon del Nuevo Testamento.

El acto más notable que realizó fue la intervención en la cuestión de la difícil relación entre los cristianos de origen judío y los de origen pagano: contribuyó, juntamente con Pedro, a superar, o mejor, a integrar la dimensión judía originaria del cristianismo con la exigencia de no imponer a los paganos convertidos la obligación de someterse a todas las normas de la ley de Moisés.

La más antigua información sobre la muerte de este Santiago nos la ofrece el historiador judío Flavio Josefo. En sus Antigüedades judías (20, 201 s), escritas en Roma a finales del siglo I, nos cuenta que la muerte de Santiago fue decidida, con iniciativa ilegítima, por el sumo sacerdote Anano, hijo del Anás que aparece en los Evangelios, el cual aprovechó el intervalo entre la destitución de un Procurador romano (Festo) y la llegada de su sucesor (Albino) para decretar su lapidación, en el año 62.

Además del apócrifo Protoevangelio de Santiago, que exalta la santidad y la virginidad de María, la Madre de Jesús, está unida a este Santiago en especial la Carta que lleva su nombre. En el canon del Nuevo Testamento ocupa el primer lugar entre las así llamadas «Cartas católicas», es decir, no destinadas a una sola Iglesia particular -como Roma, Éfeso, etc.-, sino a muchas Iglesias. Se trata de un escrito muy importante, que insiste mucho en la necesidad de no reducir la propia fe a una pura declaración oral o abstracta, sino de manifestarla concretamente con obras de bien.

Entre otras cosas, nos invita a la constancia en las pruebas aceptadas con alegría y a la oración confiada para obtener de Dios el don de la sabiduría, gracias a la cual logramos comprender que los auténticos valores de la vida no están en las riquezas transitorias, sino más bien en saber compartir nuestros bienes con los pobres y los necesitados (cf. Sant 1,27).

Así, la carta de Santiago nos muestra un cristianismo muy concreto y práctico. La fe debe realizarse en la vida, sobre todo en el amor al prójimo y de modo especial en el compromiso en favor de los pobres. Sobre este telón de fondo se debe leer también la famosa frase: «Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta» (Sant 2, 26).

Por último, la carta de Santiago nos exhorta a abandonarnos en las manos de Dios en todo lo que hagamos, pronunciando siempre las palabras: «Si el Señor quiere« (Sant 4,15). Así, nos enseña a no tener la presunción de planificar nuestra vida de modo autónomo e interesado, sino a dejar espacio a la inescrutable voluntad de Dios, que conoce cuál es nuestro verdadero bien. De este modo Santiago es un maestro de vida siempre actual para cada uno de nosotros.

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LA PREDICACIÓN APOSTÓLICA
Del tratado de Tertuliano
sobre la prescripción de los herejes (Caps. 20 ss)

Cristo Jesús, nuestro Señor, durante su vida terrena, iba enseñando por sí mismo quién era él, qué había sido desde siempre, cuál era el designio del Padre que él realizaba en el mundo, cuál ha de ser la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio; y lo enseñaba unas veces abiertamente ante el pueblo, otras aparte a sus discípulos, principalmente a los doce que había elegido para que estuvieran junto a él, y a los que había destinado como maestros de las naciones

Y así, después de la defección de uno de ellos, cuando estaba para volver al Padre, después de su resurrección, mandó a los otros once que fueran por el mundo a adoctrinar a los hombres y bautizarlos en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo.

Los apóstoles -palabra que significa (enviados)-, después de haber elegido a Matías, echándolo a suertes, para sustituir a Judas y completar así el número de doce (apoyados para esto en la autoridad de una profecía contenida en un salmo de David), y después de haber obtenido la fuerza del Espíritu Santo para hablar y realizar milagros, como lo había prometido el Señor, dieron primero en Judea testimonio de la fe en Jesucristo e instituyeron allí Iglesias, después fueron por el mundo para proclamar a las naciones la misma doctrina y la misma fe.

De modo semejante, continuaron fundando Iglesias en cada población, de manera que las demás Iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina. Por esto también aquellas Iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las Iglesias apostólicas.

Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen. Y, por esto, toda la multitud de Iglesias son una con aquella primera Iglesia fundada por los apóstoles, de la que proceden todas las otras. En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola. De esta unidad son prueba la comunión y la paz que reinan entre ellas, así como su mutua fraternidad y hospitalidad. Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica.

El único medio seguro de saber qué es lo que predicaron los apóstoles, es decir, qué es lo que Cristo les reveló, es el recurso a las Iglesias fundadas por los mismos apóstoles, las que ellos adoctrinaron de viva voz y, más tarde, por carta.

El Señor había dicho en cierta ocasión: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; pero añadió a continuación: Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena; con estas palabras demostraba que nada habían de ignorar, ya que les prometía que el Espíritu de la verdad les daría el conocimiento de la verdad plena. Y esta promesa la cumplió, ya que sabemos por los Hechos de los apóstoles que el Espíritu Santo bajó efectivamente sobre ellos.

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MARÍA SANTÍSIMA Y LA PIEDAD DE SAN FRANCISCO (I)
por Constantino Koser, OFM

El intenso amor a Cristo-Hombre, tal como lo practicó San Francisco y como lo dejó en herencia a su Orden, no podía dejar de alcanzar a María Santísima. Las razones del corazón católico y de la caballerosidad de San Francisco lo llevaban al amor encendido de la Madre de Dios. «Amaba con indecible afecto a la Madre del Señor Jesús, por ser ella la que ha convertido en hermano nuestro al Señor de la majestad y por haber nosotros alcanzado misericordia mediante ella. Después de Cristo, depositaba principalmente en la misma su confianza; por eso la constituyó abogada suya y de todos sus hermanos, y ayunaba en su honor con suma devoción desde la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo hasta la fiesta de la Asunción» (LM 9,3).

San Francisco no es solamente un santo muy devoto, muy afecto a la Madre de Dios, sino uno de los santos en quien la piedad mariana se manifiesta con una floración original y singular, sin que por ello se aparte en lo más mínimo de las líneas marcadas por la Iglesia. La Edad Media, de la cual es hijo San Francisco, tuvo una piedad mariana llena de los más suaves encantos, porque estaba fundada íntegramente en la nobleza de los sentimientos y en la cortesía de las actitudes de los caballeros.

Los caballeros se consideraban paladines de la honra y de la gloria de María Santísima. En general, respetaban en las mujeres a la Madre de Dios, habiendo introducido así costumbres suaves y delicadas en una época de la Historia que fue excesivamente guerrera y dura. Las reinas y emperatrices santas de esta época deben su santidad, y no en último término, a la presión que sobre ellas ejercían la mentalidad caballeresca de su tiempo y la piedad mariana. Esta mentalidad y esta piedad las protegía y envolvía y les exigía un comportamiento que facilitaba mucho la práctica de las virtudes eminentemente femeninas y cristianas. Es cierto que el caballero ideal fue muy raro en la realidad, pero todos tenían el ideal ante los ojos y siempre era presentado de nuevo con los más vivos colores y con las más estimulantes exhortaciones. En consecuencia, muchísimos aspiraban a ello; todos lo tenían en cuenta como altamente deseable y así influía en todos poderosamente.

San Francisco, que en su concepción específica de la vida religiosa partía de este ideal, y que consideraba a los suyos como «caballeros de la Tabla Redonda» (EP 72), cultivó con esmero y con toda su intensidad el servicio a la Virgen Santísima dentro de los moldes caballerescos y condicionado a su concepto y a su práctica de la pobreza. Nada más conmovedor y delicado en la vida de este santo que la fuerte y al mismo tiempo dulce y suave devoción a la Madre de Dios. Derivada del amor a Dios y a Cristo, orientada por el Evangelio y vaciada en los moldes y costumbres de la caballería medieval que él transportó a una sobrenaturalidad, pureza y fuerza singularísimas, esta piedad mariana del santo Fundador es parte integrante de lo que legó a su Orden y que en ésta fue cultivada con esmero. San Francisco hizo de los caballeros de Madonna Povertà los paladines de los privilegios y de la honra de la Madre de Cristo.

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