martes, 16 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 17 DE MAYO

 

SAN PASCUAL BAILÓN. Nació en Torrehermosa (Zaragoza) el año 1540. De joven, por su oficio de pastor asalariado, recorrió tierras de Aragón y del Levante español. Para adelantar en sus aspiraciones espirituales, en 1564 ingresó en la Orden de San Francisco, vistiendo en Elche (Alicante) el hábito franciscano entre los alcantarinos. Era de origen humilde y con pocos estudios, y en los conventos a que lo destinaron ejerció siempre con entrega y caridad los oficios que solían confiarse a los hermanos legos: limosnero, refitolero, portero, etc. Pero a la vez estaba lleno de los dones de consejo y de sabiduría, gracias a los cuales ayudó a sus contemporáneos con su ejemplo y sus palabras, y nos legó algunos escritos breves en los que nos transmite su experiencia religiosa, especialmente su gran devoción a la Eucaristía y a la Santísima Virgen. Murió en Villarreal (Castellón) el 17 de mayo de 1592. León XIII lo nombró patrono de las Asociaciones y Congresos eucarísticos.- Oración: Oh Dios, que otorgaste a san Pascual Bailón un amor extraordinario a los misterios del Cuerpo y de la Sangre de tu Hijo, concédenos la gracia de alcanzar las divinas riquezas que él alcanzó en este sagrado banquete que preparas a tus hijos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.



BEATA ANTONIA MESINA. Virgen y mártir. Nació el 21 de junio de 1919 en Orgosolo, pueblo de la isla de Cerdeña (Italia), en el seno de una familia modesta. Recibió una buena formación en casa y en la parroquia, en cuya vida participaba activamente. Desde pequeña se integró en la escuela de la Juventud femenina de Acción Católica, de 1929 a 1931 como «benjamina», y de 1934 a 1935 como socia efectiva. Tuvo una infancia normal, sin estridencias, y una adolescencia llena de sueños e ilusiones. Era de carácter reflexivo y decidido, y participada con espontaneidad en los acontecimientos festivos, religiosos y sociales, del pueblo. El 17 de mayo de 1935, después de haber asistido a la misa, cosa que hacía todos los días, fue a un bosquecillo vecino a recoger leña para cocer el pan. Le salió al paso un joven del lugar que pretendió abusar de ella, pero ella lo rechazó con entereza. El joven, ciego de ira por el rechazo, le golpeo violentamente la cabeza con una piedra, hasta matarla. No había cumplido aún los dieciséis años.

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San Adrión. Mártir de Alejandría de Egipto en el siglo IV.

Santos Heraclio y Pablo. Fueron martirizados en Novioduno, región de Escitia (en la actual Rumanía), en el siglo IV.

Santa Julia Salzano. Nació en Santa María Capua Vétere, sur de Italia, en 1846. Se educó en un orfanato con las Hermanas de la Caridad. Estudió magisterio y se hizo cargo de las escuelas primarias de Casoria, provincia de Nápoles. Llena de piedad y de celo apostólico, colaboraba en las actividades parroquiales. Bajo la guía del beato Ludovico de Casoria, franciscano, y de otros santos sacerdotes preparó y fundó en 1905 la Congregación de las Hermanas Catequistas del Sagrado Corazón, para enseñar la doctrina cristiana y educar en la fe a toda clase de personas, y para difundir la devoción a la Virgen, al Corazón de Jesús y de modo especial a la Eucaristía. Murió en Casoria el 17-V-1929. Canonizada en 2010.

San Pedro Liu Wenyuan. Nació en China, de familia pagana, en torno al año 1790. Por medio de un amigo conoció el cristianismo, se convirtió y se bautizó. Pronto lo arrestaron y lo condenaron, pero por influencia de unos amigos quedó libre. En 1814 lo arrestaron de nuevo y lo desterraron a Mongolia, donde fue vendido como esclavo a un amo tártaro que le dio una vida espantosa. Todo lo soportó con espíritu de fe y confiando en la Providencia. Cayó enfermo, y de nuevo los amigos consiguieron devolverlo a casa. Pasó diez años felices con su mujer y sus hijos. Quiso ayudar a familiares suyos perseguidos por ser cristianos. Acabó él mismo apresado, condenado a muerte y estrangulado en su pueblo, provincia de Guizhou (China), el año 1834.

Santa Restituta. En África Proconsular (en la actualidad Túnez), conmemoración de santa Restituta, virgen y mártir, inmolada el año 304.

San Víctor. Mártir romano, enterrado en la vía Salaria Antigua, en el cementerio de Basilla, en el siglo IV.

Beato Juan (Iván) Ziatyk. Nació en Polonia el año 1899. Recibió la ordenación sacerdotal, como presbítero diocesano, en 1923. El año 1935, cuando trabajaba en el seminario ucraniano, decidió abrazar la vida religiosa y entró en la Congregación del Santísimo Redentor, en la que ocupó cargos de responsabilidad, a la vez que lo nombraron vicario general de la Iglesia greco-católica ucraniana. En 1946 fue detenido por los comunistas, y en 1950 lo volvieron a detener y esta vez lo condenaron a diez años de trabajos forzados por ser redentoristas y predicador de las ideas del papa de Roma. Lo llevaron al campo de concentración de Oserlag, cerca de Irkutsk (Rusia), donde lo torturaron y a raíz de una paliza murió en 1952.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Después de la Ascensión, los apóstoles «perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos. Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse» (cf. Hch 1,14; 2,1-4).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco: «Todos los que vieron al Señor Jesús según la humanidad, y no vieron y creyeron según el espíritu y la divinidad que él era el verdadero Hijo de Dios, se condenaron. Así también ahora, todos los que ven el sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por mano del sacerdote en forma de pan y vino, y no ven y creen, según el espíritu y la divinidad, que es verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, se condenan» (Adm 1,8-9).

Orar con la Iglesia:

Bajo la acción del Espíritu Santo, que ayuda nuestra debilidad e intercede por nosotros para que sepamos pedir lo que nos conviene, presentemos al Padre nuestra plegaria.

-Para que la Iglesia, fiel al Señor como María, progrese en el amor universal que brota de la presencia viva de Cristo en la Eucaristía.

-Por los gobiernos del mundo: para que respeten los derechos de toda persona y fomenten la verdadera convivencia entre los ciudadanos.

-Por los que participamos en la celebración de la Eucaristía: para que ella aliente nuestra vida de fe y oriente las esperanzas de los hombres.

-Por todos los que compartimos en pan de la Eucaristía: para que nos transformemos en el Cuerpo de Cristo, pan partido para un mundo nuevo.

Oración: Dios fuerte y misericordioso, haz que la presencia de tu Hijo en la Eucaristía derrame sobre el mundo tu paz y tu consuelo. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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MAYO, EL MES MARIANO POR EXCELENCIA
Benedicto XVI, del Regina Caeli del 6-V-2007 y del 4-V-2008

Queridos hermanos y hermanas:

Desde hace algunos días ha comenzado el mes de mayo, que para muchas comunidades cristianas es el mes mariano por excelencia. Como tal, se ha convertido a lo largo de los siglos en una de las devociones más arraigadas en el pueblo, y lo valoran cada vez más los pastores como ocasión propicia para la predicación, la catequesis y la oración comunitaria.

Después del concilio Vaticano II, que subrayó el papel de María santísima en la Iglesia y en la historia de la salvación, el culto mariano ha experimentado una profunda renovación. Y al coincidir, al menos en parte, con el tiempo pascual, el mes de mayo es muy propicio para ilustrar la figura de María como Madre que acompaña a la comunidad de los discípulos reunidos en oración unánime, a la espera del Espíritu Santo (cf. Hch 1,12-14). Por tanto, este mes puede ser una ocasión para volver a la fe de la Iglesia de los orígenes y, en unión con María, comprender que también hoy nuestra misión consiste en anunciar y testimoniar con valentía y con alegría a Cristo crucificado y resucitado, esperanza de la humanidad.

Hoy se celebra en varios países la solemnidad de la Ascensión de Cristo al cielo, misterio de la fe que el libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa cuarenta días después de la resurrección (cf. Hch 1,3-11). Después de la Ascensión, los primeros discípulos permanecieron reunidos en el Cenáculo, en torno a la Madre de Jesús, en ferviente espera del don del Espíritu Santo, prometido por Jesús (cf. Hch 1, 14). En este primer domingo de mayo, mes mariano, también nosotros revivimos esta experiencia, experimentando más intensamente la presencia espiritual de María.

En sus discursos de despedida a los discípulos, Jesús insistió mucho en la importancia de su «regreso al Padre», coronamiento de toda su misión. En efecto, vino al mundo para llevar al hombre a Dios, no en un plano ideal -como un filósofo o un maestro de sabiduría-, sino realmente, como pastor que quiere llevar a las ovejas al redil. Este «éxodo» hacia la patria celestial, que Jesús vivió personalmente, lo afrontó totalmente por nosotros. Por nosotros descendió del cielo y por nosotros ascendió a él, después de haberse hecho semejante en todo a los hombres, humillado hasta la muerte de cruz, y después de haber tocado el abismo de la máxima lejanía de Dios.

Precisamente por eso, el Padre se complació en él y lo «exaltó» (Flp 2,9), restituyéndole la plenitud de su gloria, pero ahora con nuestra humanidad. Dios en el hombre, el hombre en Dios: ya no se trata de una verdad teórica, sino real. Por eso la esperanza cristiana, fundamentada en Cristo, no es un espejismo, sino que, como dice la carta a los Hebreos, «en ella tenemos como una ancla de nuestra alma» (Hb 6, 19), una ancla que penetra en el cielo, donde Cristo nos ha precedido.

¿Y qué es lo que más necesita el hombre de todos los tiempos, sino esto: una sólida ancla para su vida? He aquí nuevamente el sentido estupendo de la presencia de María en medio de nosotros. Dirigiendo la mirada a ella, como los primeros discípulos, se nos remite inmediatamente a la realidad de Jesús: la Madre remite al Hijo, que ya no está físicamente entre nosotros, sino que nos espera en la casa del Padre. Jesús nos invita a no quedarnos mirando hacia lo alto, sino a estar juntos, unidos en la oración, para invocar el don del Espíritu Santo. En efecto, sólo a quien «nace de lo alto», es decir, del Espíritu Santo, se le abre la entrada en el reino de los cielos (cf. Jn 3,3-5), y la primera «nacida de lo alto» es precisamente la Virgen María. Por tanto, nos dirigimos a ella en la plenitud de la alegría pascual.

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LA EUCARISTÍA, VÍNCULO DE PAZ Y DE UNIDAD
Del Breve «Providentíssimus» del papa León XIII,
por el que proclamó a san Pascual patrono especial
de las asociaciones y congresos eucarísticos (28-XI-1897)

Para animar a los católicos a profesar valientemente su fe y a practicar las virtudes cristianas, ningún medio es más eficaz que el que consiste en alimentar y aumentar la piedad del pueblo hacia aquella admirable prenda de amor, lazo de paz y de unidad, que es el sacramento de la eucaristía.

Ahora bien, entre aquellos cuya piedad para con este sublime misterio de la fe se manifestó al parecer con más vívido fervor, Pascual Bailón ocupa el primer lugar. Dotado por naturaleza de muy delicada afición a las cosas celestiales, después de haber pasado santamente la juventud en la guarda de su rebaño, abrazó una vida más severa en la Orden de Frailes Menores de la estricta observancia, y mereció por sus meditaciones sobre el convite eucarístico adquirir la ciencia relativa a él; hasta el punto de que aquel hombre, desprovisto de nociones y aptitudes literarias, resultó capaz de responder a preguntas sobre las más difíciles materias de fe y hasta de escribir libros piadosos. Pública y abiertamente profesó la verdad de la eucaristía entre los herejes, y por ello tuvo que pasar por graves pruebas. Émulo del mártir Tarsicio, fue varias veces amenazado con la muerte.

Creemos, pues, que las asociaciones eucarísticas no pueden ser confiadas a mejor patronazgo. Llenos de confianza, hacemos votos porque los ejemplos de este santo den por fruto el aumento de aquellos que, en el pueblo cristiano, dirigen cada día su celo, sus intenciones y su amor a Cristo Salvador, principio el más alto y el más augusto de toda salvación.

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LA PIEDAD ECLESIAL DE SAN FRANCISCO
por Kajetan Esser, OFM

Adherirse por siempre a las huellas venerandas de la Iglesia

Los escritos de san Francisco, los de santa Clara, su más fiel discípula, al igual que las leyendas que recogen su vida, resumen con frecuencia la voluntad de Francisco con esta frase bíblica: «seguir las huellas de Cristo». Francisco persiguió este ideal con una fidelidad y entrega realmente excepcionales: «De la abundancia del corazón hablaba su boca, y la fuente de amor iluminado que llenaba todas sus entrañas, bullendo saltaba fuera. ¡Qué intimidades las suyas con Jesús! Jesús en el corazón, Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los ojos, Jesús en las manos, Jesús presente siempre en todos sus miembros...» (1 Cel 115). Es la explosión magnífica y plena de una piedad nueva, que se encendía al simple contacto con el evangelio. Piedad de vida evangélica que arrastraba a muchos espíritus, y precisamente a los mejores. Seguir en todo las huellas de Jesús, era la meta más alta de esta vida.

A pesar de todo, algunos tuvieron conflictos con la Iglesia y la abandonaron. En estos conflictos en torno a vocación y dones carismáticos por una parte y orden salvífico objetivo por otra, hubo quienes obstinadamente se aferraban a sus puntos de vista personales. Este peligro acechaba también a Francisco y sus hermanos, pues estaban muy próximos a los herejes en cuanto a ideales, piedad y formas externas de vida. Evidentemente Francisco ha sido consciente de estos posibles peligros. Pero separarse de la santa madre Iglesia hubiera significado para él separarse de la vida, separarse del Reino de Dios, y, en consecuencia, de la salvación.

Por eso al lado del «seguir las huellas de Cristo» existe otra motivación que jugará un papel tan importante en su mente y en su voluntad, en su vida y en sus aspiraciones: él quiere que sus hermanos se adhieran «por siempre con especial devoción a las huellas venerandas de la madre Iglesia» (2 Cel 24). Deben recorrer el camino de Cristo, sí, pero caminando siempre con especial ahínco por el augusto camino de la madre Iglesia. Imposible expresar con mayor precisión el deseo del santo. Es evidente la lógica interna con que se deducen estas consecuencias de la imagen de la madre Iglesia.

«Todos los hermanos sean católicos, vivan y hablen católicamente». Esta consigna lapidaria se halla en la primera regla. Y no extraña que a continuación se indiquen los puntos de controversia más importantes con las herejías contemporáneas de Francisco: el respeto a todos los clérigos y religiosos por su consagración y por su oficio y ministerio; la correcta concepción católica del sacramento de la penitencia y de la eucaristía; la predicación sobre la necesidad de la vida de penitencia... Con todo esto Francisco quiso alejar de sus hermanos el peligro de caer en doctrinas erróneas. Se hace uno cargo de la seriedad con que Francisco toma ese asunto cuando ve que, a pesar de su entrañable compasión con los pecadores y de que quiere que estos sentimientos los tengan también los otros, inflexible dice lo que sigue: «Si alguno se aparta de la fe y vida católica en dichos o en obras y no se enmienda, sea expulsado absolutamente de nuestra fraternidad» (1 R 19-21).

Al crecer la Orden y no poder examinar y recibir personalmente a los nuevos aspirantes, Francisco traspasó y delegó esta responsabilidad a los ministros de cada provincia. Pero les exigió concretamente: «Y los ministros examínenlos diligentemente sobre la fe católica y los sacramentos de la Iglesia». Y es que entonces los cátaros, y por su influencia también los valdenses, rechazaban la Iglesia jerárquica y los sacramentos administrados por ella. Por eso la fe en los sacramentos de la Iglesia era una piedra de toque para saber quién estaba dentro de la Iglesia y si era católico o no. Por eso los ministros debían recibir en la orden sólo a los que «creen todo esto, y quieren profesarlo fielmente, y guardarlo firmemente hasta el fin». Sólo así podía ser eclesial la vida interna de la orden (2 R 2,2-3).

Francisco conocía el valor del ayuno y su importancia para la Iglesia, Reino de Dios. Pero también conocía los excesos de los cátaros en lo referente a los ayunos y abstinencias. Por eso exhortaba y alertaba al mismo tiempo: «Debemos también ayunar y abstenernos de los vicios y pecados, y de la demasía en el comer y beber, y ser católicos» (2CtaF 32). Lo cual quiere decir que las obras de propia renuncia pertenecen al ámbito de la vida de la Iglesia. Jamás le abandona al fundador de la Orden la preocupación de que sus hermanos permanezcan católicos, preocupación que le acompañará hasta la misma muerte, pues, al redactar el Testamento, dice: «... para que mejor guardemos católicamente la regla que prometimos al Señor» (Test 34). Desde el comienzo de su nueva vida hasta su muerte él estaba «todo íntegro en la fe católica» (2 Cel 8), y quería que también lo estuvieran sus hermanos.



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