lunes, 15 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 16 DE MAYO

 

SAN SIMÓN STOCK. Nació en el condado de Kenk (Inglaterra). Primero fue ermitaño y después ingresó en la Orden de los Carmelitas, cuando éstos llegaron a Inglaterra hacia el año 1242. Según otra tradición, fue uno de los cruzados y peregrinos que tomaron el hábito en el mismo Monte Carmelo, atraídos por la vida de oración que llevaban los solitarios que allí moraban. El capítulo general de los carmelitas, celebrado en Aysleford el año 1247, lo eligió prior general de la Orden, que rigió admirablemente. Pidió al papa Inocencio IV que confirmara la regla de la Orden, que la adaptaba a Occidente y la pasaba de ser puramente eremítica a ser orden mendicante consagrada al apostolado. Era muy devoto de la Virgen y, según la tradición, recibió de la Virgen María en una aparición el privilegio del Escapulario del Carmen, tan querido por la piedad popular. Fundó conventos y murió en Burdeos (Francia) el 16 de mayo de 1265.- Oración: Señor, Dios nuestro, que llamaste a san Simón Stock a servirte en la familia de los Hermanos de Santa María del Monte Carmelo; concédenos, por su intercesión, vivir como él entregados siempre a tu servicio y cooperar a la salvación de los hombres. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SANTA MARGARITA DE CORTONA. [Murió el 22 de febrero, pero la Familia franciscana celebra su memoria el 16 de mayo] Nació en Laviano, pueblecito cercano al lago de Trasimeno (Perusa, Italia), el año 1247, de modesta familia campesina. En su juventud convivió escandalosamente en Montepulciano con un caballero, del que tuvo un hijo. Asesinado el amante, ella y el hijo fueron expulsados del castillo. Al volver a su casa, fue rechazada por su madrastra, y marchó con su hijo a Cortona, donde fue acogida bajo la protección de los frailes de san Francisco. Vistió el hábito de la Tercera Orden Franciscana y emprendió un nuevo camino. Se dedicó a las obras de caridad, en particular con los enfermos, y para atenderlos mejor se asoció con otras compañeras y levantó un hospital. Fue mensajera de paz y concordia entre las facciones de la ciudad. Impulsó la religiosidad popular mediante el canto de las Laudes. Descolló por su oración y penitencia, así como por su ardiente amor a la Eucaristía y a la pasión del Señor. Murió en Cortona el 22 de febrero de 1297. Fue canonizada por Benedicto XIII el 16 de mayo de 1728.- Oración: Señor de misericordia, que no deseas la muerte del pecador, sino que se convierta y viva; concédenos, te rogamos, que, así como a santa Margarita de Cortona la llamaste a la vida de tu gracia mientras vivía en pecado, nosotros, libres de toda culpa, podamos servirte con sincero corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN ANDRÉS BOBOLA. Hijo de nobles polacos, nació en Sandomir (Polonia) el año 1591. A los veinte años ingresó en la Compañía de Jesús. Ordenado de sacerdote en 1622, desarrolló un gran apostolado en el confesonario y en la predicación, reconciliando con la Iglesia a numerosos disidentes. Dirigió en Vilna la Congregación Mariana. En varias circunstancias de peste, ejerció una amplia labor asistencial con los contagiados. Recorrió todas las provincias polacas predicando el Evangelio en medio de muchas penalidades causadas por la guerra. Estando en Janow, cerca de Pinsk, una revuelta provocada por los cosacos que estaban al servicio del Imperio ruso, enfrentado con Polonia, desencadenó persecuciones y la quema de iglesias y conventos. El P. Bobola continuó predicando y ejerciendo su ministerio en medio de tantos desastres, dando ejemplo y confortando a los fieles. Una banda de cosacos lo arrestó y le exigió que abandonara el catolicismo, a lo que él se negó. Lo torturaron, lo arrastraron atado a un caballo, lo flagelaron y lo apuñalaron el 16 de mayo de 1657.

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Santos Abdas, Ebediesus y compañeros. Abdas y Ebediesus eran obispos y fueron martirizados en Persia con 38 compañeros, en tiempo del rey Sapor II, el año 375 ó 376.

San Adán. Llevó durante algún tiempo vida eremítica. Después ingresó en el monasterio benedictino de San Sabino, en Fermo (Las Marcas, Italia), del que llegó a ser abad. Murió en 1210.

San Alipio. Compartió con san Agustín el lugar de nacimiento, Tagaste, los estudios, los errores de la juventud, la conversión y las fatigas del apostolado. San Agustín lo llama «amigo de mi corazón». Después de su conversión y de su retorno a África, abrazó la vida cenobítica en el convento formado por san Agustín. Viajó a Oriente, donde conoció a san Jerónimo. A su vuelta lo nombraron obispo de Tagaste. Fue un pastor celoso, defendió a sus fieles de los donatistas y de los pelagianos, adoptó en su diócesis los principios de la vida monacal, participó en sínodos y concilios defendiendo siempre la doctrina y la disciplina de la Iglesia. Murió en torno al año 430.

San Brendan o Brendano. Nació en Kerry (Irlanda) hacia el año 486. En la adolescencia optó por la vida monacal, ingresó en el monasterio de Conflert y recibió la ordenación sacerdotal. Algún tiempo después lo eligieron abad y entonces, además de gobernar su monasterio, se dedicó a fundar otros muchos en Irlanda, Escocia y Gales. Incluso viajó al Continente. Murió en Annaghdown (Irlanda) el año 577 ó 583.

San Carentoco. Fue abad y obispo de Cardigan (Bretaña) en el siglo VII.

Santos Félix y Genadio. Sufrieron el martirio en Uzal de África (en la actualidad Túnez) en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Fidolo. Era sacerdote y, según se dice, lo capturaron cuando el rey Teodorico devastó la región de Champaña-Ardenas. Luego lo rescató el abad de San Aventino, quien lo formó para el servicio de Dios. En su momento Fidolo le sucedió en el cargo. Murió el año 540.

Santos Florencio y Diocleciano. Fueron martirizados en Osimo (Las Marcas, Italia) en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Germerio. Fue obispo de Toulouse (Aquitania, Francia) en el siglo VII, y puso empeño en visitar al pueblo que se le había confiado y en extender el culto de san Saturnino.

San Honorato. Fue obispo de Amiens (Francia), y murió hacia el año 600.

Santos Mártires de la laura de San Sabas. El año 614, en tiempo del emperador Heraclio, en una de sus incursiones, los sarracenos asaltaron la laura de San Sabas, situada en Palestina, entre Jerusalén y el Mar Muerto. Al saber que se acercaban los sarracenos, algunos monjes huyeron, pero se quedaron 44 que fueron masacrados por los asaltantes. Posteriormente, en el mismo monasterio, fueron martirizados otros veinte monjes.

San Peregrino. Se le considera como el primer obispo de Auxerre (Borgoña, Francia). Sufrió el martirio en Bouhy, pueblo cercano a la capital. Los paganos del lugar lo apresaron cuando estaba predicando. Le exigieron que sacrificara a sus dioses, él se negó y, después de torturarlo, lo decapitaron. Según las distintas fuentes, el martirio tuvo lugar en el siglo IV o en el siglo V.

San Posidio. Fue amigo íntimo de san Agustín y su primer gran biógrafo, y se le considera como el mayor representante de la herencia monástica agustiniana junto con san Alipio. Nació en el norte de África y estudió en Hipona bajo la dirección de san Agustín, quien lo preparó para el ministerio eclesiástico. El año 397 fue elegido obispo de Cálama en Numidia (en la actual Argelia). En su tarea pastoral evangelizó a muchos paganos de su diócesis y combatió con firmeza y caridad a los donatistas. Cuando los vándalos invadieron su territorio, se refugió en Hipona y allí asistió a san Agustín en su muerte. Luego en rey Genserico lo obligó a refugiarse en Italia, donde escribió la vida de san Agustín y donde murió hacia el año 440.

San Ubaldo. Nació en Gubbio (Umbría, Italia) en torno al año 1085. En su vida fue alternando períodos de ermitaño y de canónigo regular. Se ordenó de sacerdote en 1114, y rehusó ser obispo de Perugia, pero tuvo que aceptar, en 1129, serlo de Gubbio. Trabajó en la renovación de la vida comunitaria del clero, impulsó la vida espiritual y el culto, alentó a los sacerdotes y a los religiosos a ir por delante con el ejemplo, inculcó a los fieles el compromiso evangélico en sus vidas, pacificó los ánimos y reconcilió los bandos enfrentados. Murió el año 1160.

Beato. Miguel Wozniak. Nació en Polonia de padres campesinos el año 1875. Desde pequeño quiso ser sacerdote, pero no pudo ingresar en el seminario hasta los 27 años, por la oposición de su padre. Se ordenó de sacerdote en 1907 y, por su inclinación a los salesianos, estuvo un tiempo en Turín. De regreso en su patria, se dedicó al ministerio parroquial y se preocupó de las necesidades religiosas y sociales de sus feligreses. Llegada la ocupación nazi, optó por seguir en su puesto para atender y confortar a los fieles. Lo detuvieron en octubre de 1941 y lo llevaron al campo de concentración de Dachau, cercano a Munich (Alemania), donde sufrió tantas y tales penalidades, que murió de agotamiento en 1942.

Beato Vidal Vladimiro Bajrak. Sacerdote ucraniano de la Orden basiliana de San Josafat. Nació en 1907, de muy joven abrazó la vida monástica y en 1933 fue ordenado de sacerdote. El año 1941 fue elegido superior del monasterio de Drohobych (Ucrania). Cumplidor de sus deberes, vio que el régimen soviético era un peligro para la Religión, y escribió un artículo denunciando la persecución religiosa. Lo apresaron y lo condenaron, por actividades contra el Estado, a ocho años de prisión en un campo de reeducación. Luego lo llevaron a la cárcel de Drohobych en la que murió, a causa de las penalidades sufridas, el año 1946.

Beato Vladimir Ghika. Nació en Estambul en 1873, de familia real, y fue bautizado en la Iglesia ortodoxa. En 1902 se convirtió al catolicismo. Se dedicó a obras de caridad y al apostolado laical. Estudió en Roma y fue ordenado sacerdote en 1923 para la diócesis de París. En 1939, cuando estalló la II Guerra mundial, marchó a Rumanía para atender a refugiados, enfermos y heridos, prisioneros... El 18-XI-1952 fue arrestado en Bucarest por los comunistas y condenado a tres años de cárcel en la prisión de Jilava, donde murió mártir de la fe el 16-V-1954, víctima de torturas y malos tratos. Beatificado el 31-VIII-2013.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a un fariseo, Simón, que lo había convidado y que se escandalizaba porque el Señor dejaba que una mujer pecadora le tocara los pies: «Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco». Y a ella le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados... Tu fe te ha salvado, vete en paz» (Lc 7,47-50).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Paráfrasis del Padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas: por tu misericordia inefable, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos e intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos. Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: y lo que no perdonamos plenamente, haz tú, Señor, que lo perdonemos plenamente, para que, por ti, amemos verdaderamente a los enemigos, y ante ti por ellos devotamente intercedamos, no devolviendo a nadie mal por mal, y nos apliquemos a ser provechosos para todos en ti» (ParPN 7-8).

Orar con la Iglesia:

Invoquemos a Dios nuestro Padre, que nos ofrece un signo de su ternura hacia los pecadores en el corazón materno de María.

-Haz, Señor, que tu Iglesia, con el sentido materno de María, fije su mirada misericordiosa en todos sus hijos necesitados de cariño y de perdón.

-Tú que has enviado a tu Hijo para curar toda enfermedad, crea en nosotros un corazón nuevo capaz de ver y socorrer a nuestros hermanos.

-Tú que cada día esperas el retorno de tus hijos y preparar para ellos una gran fiesta, enciende en todos los pecadores la nostalgia de tu casa.

-Tú que revelas tu poder sobre todo usando de misericordia, haz que, reconciliados contigo, seamos, como María, dispensadores de perdón y de paz.

Oración: Tú, Señor, no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva; acoge la oración que la Madre de tu Hijo y madre nuestra te dirige, para que ninguno de tus hijos falte al banquete que nos ofreces. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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SANTA MARGARITA DE CORTONA
Juan Pablo II, Discurso en Cortona el 23 de mayo de 1993

Queridos hermanos y hermanas:

La dramática historia de santa Margarita nos lleva a considerar la gracia del matrimonio y de la familia. No pudo casarse con el hombre que amaba y con el que tuvo un hijo, porque procedía de modestos orígenes campesinos, mientras que su novio era noble. Cuando éste murió trágicamente, Margarita, que había quedado sola con el niño, fue expulsada del castillo donde había vivido durante casi diez años. Pero precisamente en aquel momento de máxima dificultad, se le abrieron de par en par las puertas de la Iglesia. Acogida bajo la protección de los frailes de san Francisco, muy pronto, por su intensa sensibilidad religiosa, fue admitida en la Tercera Orden Franciscana. Así empezó para ella una vida nueva en la penitencia, la oración y el ejercicio de la caridad para con los pobres.

Queridos hermanos y hermanas, con este segundo nacimiento vuestra patrona nos invita a considerar el valor supremo de la vida cristiana, animada por la conversión y la caridad fraterna.

Joven de gran belleza, se transformó en una mujer de incomparable encanto interior gracias a los místicos dones sobrenaturales con que Cristo la adornó. Nacida pobre, se hizo pobre por elección, a ejemplo de Francisco y Clara, abandonándose en las manos de Cristo crucificado. Dos veces huérfana, entró plenamente en la familia de la Iglesia y fue madre de numerosos pobres, tanto desde el punto de vista material como moral.

Fue madre, pero no llegó a ser plenamente esposa. Lo fue sólo de modo espiritual, profundizando su peculiar vocación. Descubrió que su misión consistía en reparar personalmente la falta de amor de los seres humanos hacia Dios. Lo hizo con la oración y la acción: pasando muchas horas en contemplación ante el crucifijo y cuidando a los enfermos, especialmente a las mujeres embarazadas privadas de asistencia. Margarita halló en el Corazón de Cristo el verdadero castillo donde refugiarse; en el Nombre de Jesús, el único título verdadero de nobleza, y en la Eucaristía, el alimento espiritual de cada día.

Queridos habitantes de Cortona, hay un tercer aspecto de su mensaje que quisiera subrayar hoy: la dimensión social de su testimonio.

Es imposible no maravillarse frente a la fuerza extraordinaria de renovación moral, cultural y civil que brota de esta mujer del pueblo, que escaló la cumbre de la santidad. Margarita fue mensajera de paz y concordia entre las facciones de vuestra ciudad; impulsó en gran medida la religiosidad popular mediante el canto de las Laudes, expresión característica del espíritu franciscano; y, sobre todo, dio un eficaz testimonio de caridad, fundando un hospital que todavía existe: la Casa de Santa María de la Misericordia.

A pesar de ser muchacha pobre, con dificultades en su misma familia, Margarita no tuvo miedo de desafiar su ambiente para seguir, después del amor a un hombre, el amor mayor a Cristo. De esta forma, llegó a ser modelo de conversión a una existencia totalmente renovada. Frente a un mensaje tan actual y elocuente, ¿cómo podemos quedar indiferentes?

Queridos fieles, santa Margarita nos invita a la conversión, nos impulsa a la fidelidad y nos alienta a seguir el Evangelio. Dirijámonos a ella con confianza. Que su intercesión nos acompañe todos los días: te acompañe a ti, amado pueblo cortonense, y a los numerosos peregrinos que vienen aquí desde todo el mundo para orar. Que ella obtenga para todos la paz del corazón y el don de la fidelidad al Evangelio.

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ES NECESARIO ALEGRARSE Y REGOCIJARSE
PORQUE ESTA HIJA MÍA ESTABA MUERTA,
Y HA VUELTO A LA VIDA
De una carta de san Basilio Magno

Por fortuna, ¿el que tropieza y cae, no vuelve a levantarse? O el que marcha de viaje, ¿no retorna? En la Sagrada Escritura hallarás abundantes remedios contra el mal, antídotos para librarte de la muerte y encontrar la salvación; también, los misterios sobre la muerte y resurrección, testimonios sobre el juicio temible y sobre los suplicios eternos; reflexiones sobre la penitencia y el perdón de los pecados; y ejemplos admirables de conversión: la dracma, la ovejuela, el hijo pródigo perdido y reencontrado, muerto y vuelto a la vida. Usemos de estos remedios contra el mal y salvaremos nuestras almas; mientras disponemos de tiempo, librémonos de las caídas sin desesperar de nosotros mismos, para apartarnos del mal. Nuestro Señor Jesucristo vino al mundo a salvar a los pecadores. «Venid, adorémosle, arrodillémonos ante él gimiendo y llorando».

La palabra del Padre clama y dice, incitando a la penitencia: Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Cuando decidimos seguirle, él se convierte en camino de salvación. La muerte nos había devorado a todos, pero sabed que Dios ha enjugado las lágrimas de los arrepentidos. Fiel es Dios en todas sus palabras. No miente al afirmar: Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fuesen rojos como el carmesí, cual la lana quedarán. El médico de las almas presto se encuentra para sanarte, y no sólo a ti, sino a cuantos incurrieron en el pecado. Suyas son aquellas dulces y consoladoras palabras: No necesitan médico los sanos, sino los que se encuentran mal. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores. ¿Qué excusa puedes tener ahora tú o cualquier otro, si él mismo invita dulcemente?

Ha querido Dios librarte de la presente aflicción, y te promete además la luz esplendente, superadas las tinieblas del mundo actual. El Buen Pastor, abandonadas las restantes ovejas, te busca a ti. Si te dejas conducir, no dudará en llevarte cómodamente sobre sus hombros, satisfecho por haber hallado a la oveja perdida.

El Padre te espera, confiando en tu retorno. Vuelve pronto; te divisará desde lejos y saldrá a tu encuentro, te abrazará colmándote de caricias, al verte arrepentida y purificada por tu dolor. No contento aún, te adornará con la estola de la gracia, despojándote del hombre viejo y de sus obras, te colocará el anillo de la alianza en tus manos limpias ya de la sangre de muerte, ciñendo tus pies con sandalias, para que no retornen las pisadas por el camino de la perdición y tomen el sendero de la paz evangélica. Anunciará a sus ángeles y hombres que es un día de alegría y de gozo, porque tu alma se ha salvado. Lo atestigua Cristo: Os digo que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión. Y, si alguno de los presentes se extraña de la prontitud con que fue perdonada, el buen Padre contestará en tu nombre: Es necesario alegrarse y regocijarse porque esta hija mía estaba muerta y ha vuelto a la vida; perdida, y ha sido encontrada.

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LA PIEDAD ECLESIAL DE SAN FRANCISCO
por Kajetan Esser, OFM

La obediencia a la Iglesia

Al extenderse la Orden por el mundo, Francisco se siente pequeño, incapaz de gobernarla y defenderla eficazmente contra los enemigos internos y externos: «Iré, pues, y los encomendaré a la santa Iglesia romana, para que con su poderoso cetro abata a los que les quieren mal y para que los hijos de Dios tengan en todas partes libertad plena para adelantar en el camino de la salvación eterna. Desde esa hora, los hijos experimentarán las dulces atenciones de la madre y se adherirán por siempre con especial devoción a sus huellas venerandas. Bajo su protección no se alterará la paz en la Orden ni hijo alguno de Belial pasará impune por la viña del Señor. Ella, que es santa, emulará la gloria de nuestra pobreza y no consentirá que nieblas de soberbia desluzcan los honores de la humildad. Conservará en nosotros inviolables los lazos de la equidad y de la paz imponiendo severísimas penas a los disidentes. La santa observancia de la pureza evangélica florecerá sin cesar en presencia de ella y no consentirá que ni por un instante se desvirtúe el aroma de la vida». Y Celano continúa: «Aquí se advierte la previsión del varón de Dios, que se percata de la necesidad de esta institución para tiempos futuros» (2 Cel 24).

Después de haber sido recibido «con mucha devoción» por el papa y los cardenales, Francisco pidió a Honorio III le concediera pro papa -para hacer las veces de papa-, al cardenal Hugolino, obispo de Ostia, «para que, sin mengua de vuestra dignidad, que está sobre todas las demás, los hermanos puedan recurrir en sus necesidades a él y beneficiarse con su amparo y dirección» (2 Cel 25). En la regla definitiva queda incorporado este punto como norma para el futuro: «Impongo por obediencia a los ministros que pidan al señor papa un cardenal de la santa Iglesia romana que sea gobernador, protector y corrector de esta fraternidad» (2 R 12,3). Francisco y su orden se saben así estrechamente unidos a la madre Iglesia en la persona de ese cardenal; es el «dominus et apostolicus noster», nuestro señor y papa (EP 23). Pero en la persona del cardenal está vinculada la Iglesia a Francisco de forma muy particular y sobre todo personal.

No hay, pues, motivo de que dudemos de Celano cuando nos dice que Hugolino veneraba a Francisco como a un apóstol de Cristo, que reconocía absolutamente el carisma del santo y «le servía como un señor a su siervo, besándole humildemente sus manos» (1 Cel 101), pormenores que difícilmente podían inventarse en tiempo de Hugolino.

En el mismo sentido quería Francisco estar vinculado a los obispos. Por eso, para establecerse los hermanos en un lugar deben acudir al obispo del mismo y decirle: «Primeramente recurrimos a vos, porque sois el padre y señor de todas las almas confiadas a vuestro cuidado pastoral y de todas las nuestras y de las de nuestros hermanos que han de vivir en este lugar. Por eso, queremos edificar allí con la bendición de Dios y la vuestra» (EP 10; cf. 2 Cel 147). «A ellos les está confiada la santa Iglesia, y ellos deben dar cuenta de la pérdida de sus súbditos» (Leg. monacensis 52). En estas frases del santo la palabra «padre», referida al obispo, está en relación vital con la palabra «madre», aplicada a la Iglesia.

Y vamos a avanzar todavía en esta misma línea. Puede decirse que, en cierto sentido, la maternidad de la Iglesia es un elemento constitutivo de su fraternidad, o sea, de la comunidad de los hermanos. Francisco sabe muy bien que todos tenemos un Padre en los cielos y que por lo mismo todos somos hermanos. Sabe también que es la gracia, que une a todos en Cristo, la que nos hace hermanos en Él. Tal vez por esto proclama con fuerza: «Quiero que mis hermanos se muestren hijos de una misma madre» (2 Cel 180). «El santo tuvo siempre constante deseo y solicitud atenta de asegurar entre los hijos el vínculo de la unidad, para que los que habían sido atraídos por un mismo espíritu y engendrados por un mismo padre, se estrechasen en paz en el regazo de una misma madre. Quería unir a grandes y pequeños, atar con afecto de hermanos a sabios y simples, conglutinar con la ligadura del amor a los que estaban distanciados entre sí» (2 Cel 191).

Ahora se entienden en su pleno sentido las palabras que usa Francisco para describir las relaciones que han de existir entre los hermanos: «condúzcanse mutuamente con familiaridad entre sí», «tengan familiaridad»; como a hermanos que «profesaban juntos una misma fe singular», recomendaba «a todos la caridad, exhortaba a mostrar afabilidad e intimidad de familia» (2 R, 6-7; 10,5; 2 Cel 172 y 180). Deben mostrarse el uno al otro el amor de la madre Iglesia, y deben patentizar que ese amor es mayor que el que tiene una madre a su hijo (1 R 9; 2 R 6). Así se actualiza para la vida común de los hermanos la imagen de la santa madre Iglesia, que Francisco lleva en su corazón, y nace en el seno de la Iglesia una forma de vida religiosa absolutamente nueva para aquellos tiempos.



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