domingo, 14 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 15 DE MAYO

 

SAN ISIDRO. Nació en Madrid a finales del siglo XI en el seno de una familia pobre. Piadoso y lleno de bondad desde su niñez, al quedar huérfano en la adolescencia se puso a trabajar como labrador al servicio de un patrono, Juan Vargas; posteriormente cultivó su pequeña hacienda en la ribera del río Manzanares. Contrajo matrimonio en Torrelaguna con santa María de la Cabeza. A diario participaba en la Eucaristía y dedicaba tiempos a la oración, por lo que lo acusaron injustamente de restar horas al trabajo. Murió muy anciano. La tradición popular conservó la memoria de su espíritu de oración y de generosidad para con los pobres y necesitados, así como de su intensa vida cristiana en el trabajo y en la familia. La leyenda lo ha adornado con anécdotas y prodigios. Es patrono del campo español. Su cuerpo se conserva incorrupto en la Catedral de San Isidro de Madrid.- Oración: Señor, Dios nuestro, que en la humildad y sencillez de san Isidro, labrador, nos dejaste un ejemplo de vida escondida en ti, con Cristo, concédenos que el trabajo de cada día humanice nuestro mundo y sea al mismo tiempo plegaria de alabanza a tu nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Beato Juan Montpeó

Beato Juan MontpeóBEATO JUAN MONTPEÓ. Nació en Borges del Camp, provincia de Tarragona (España), en 1918. De niño quiso ingresar en el seminario de Tarragona, pero se lo impidió la afección cardíaca crónica que sufría. Decidieron entonces que estudiara en el pueblo y el vicario de la parroquia le impartía clases. Observó en todo momento una conducta ejemplar. La persecución religiosa le sorprendió en la Seo de Urgel, donde el seminario de Tarragona tenía un cursillo para sus seminaristas, que fueron detenidos y encarcelados en Lérida. Pasaron una noche en un barco-prisión de Tarragona y los más jóvenes fueron puestos en libertad. Juan regresó a casa de sus padres, donde pasaba el día rezando y estudiando. El 9-V-1938, los milicianos lo arrestaron por ser seminarista, cosa que no disimuló ni ante sus verdugos, lo llevaron a Riudecols y lo encerraron en una checa secreta, donde lo maltrataron de palabra y de obra. El 15 de mayo de 1938 lo asesinaron en la riera de Riudecols. Tenía 19 años. Beatificado el 13-X-2013.

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San Aquiles el Taumaturgo. Distribuyó sus bienes a los pobres y marchó en peregrinación a Tierra Santa y a Roma. Lo nombraron obispo de Larisa en Tesalia (Grecia), y participó en el Concilio Ecuménico de Nicea el año 325, en el que defendió la divinidad de Jesucristo y combatió a los arrianos. Fundó un hospital y una casa de acogida para ancianos. Evangelizó a los pueblos paganos con un celo apostólico corroborado con milagros. Murió en una fecha desconocida del siglo IV.

San Caleb o Elésbaan. Fue rey de Etiopía. El año 523, la ciudad de Nagran, situada en territorio del actual Yemen, fue conquistada a traición por un jefe judío, y centenares de cristianos fueron asesinados. Caleb reconquistó la ciudad. Después abdicó del trono en su hijo, envió a Jerusalén su diadema real y se retiró a vivir a un monasterio, en el que se despegó de los asuntos temporales y se entregó, con sencillez, a la observancia monacal. Murió en torno al año 560.

Santos Casio y Victorino. Fueron martirizados en una fecha desconocida del siglo III en Clermont-Ferrand (Aquitania, Francia), durante la persecución de Croco, rey de los Alamanes.

Santos Pedro, Andrés, Pablo y Dionisia. Fueron martirizados en Lámpsaco, en el Helesponto de la Grecia clásica (Estrecho de los Dardanelos), a lo largo del siglo III, sin que se pueda precisar el año.

San Reticio. Fue obispo de Autun (Borgoña, Francia) a comienzos del siglo IV. Participó en el sínodo de Roma celebrado en Letrán el año 313, en el que apoyó al obispo de Cartago contra las maquinaciones de Donato y los donatistas, y al año siguiente en el de Arlés. Se dice que fue él quien enseñó al emperador Constantino las verdades fundamentales del cristianismo. San Agustín recuerda la gran autoridad de que gozaba en la Iglesia, y san Jerónimo lo considera como un gran exégeta de la Sagrada Escritura. Murió hacia el año 334.

San Ruperto. Nació en Bingen, cerca de Maguncia. Su padre era el duque Robolao, pagano, y su madre Berta, cristiana. El padre murió pronto y la madre lo educó cristianamente y le infundió sólidos sentimientos de piedad. Hicieron los dos una peregrinación Roma para visitar las tumbas de los apóstoles y, al regreso, promovieron la edificación de iglesias y, para ellos, construyeron una pequeña capilla en Bingen, junto al Rin, para vivir como ermitaños. Ruperto murió prematuramente a los veinte años de edad en una fecha desconocida del siglo IX.

San Severino. Nació en Septempeda, que se llama en la actualidad San Severino Marche (Las Marcas, Italia), de familia noble a finales del siglo V. Al quedar huérfano, él y un hermano suyo se despojaron de sus bienes y se retiraron al Monte Nero para llevar vida de penitencia y oración. Por su fama de santidad, cuando la sede episcopal quedó vacante, lo eligieron obispo de Septempeda. Murió ya entrado el siglo VI.

San Simplicio. Fue obispo en la isla de Cerdeña (Italia) en una fecha desconocida del siglo III o IV.

San Witesindo. De su vida sabemos lo que nos narra san Eulogio de Córdoba. Era un seglar cordobés cristiano que, por miedo a los musulmanes, apostató del cristianismo y abrazó el Islam. Arrepentido del mal paso que había dado, volvió a la fe cristiana en secreto y sin manifestaciones externas, por lo que se le consideraba musulmán. El día en que unos amigos lo invitaron a una fiesta islámica, él manifestó abiertamente que no aceptaba la invitación porque había vuelto al cristianismo. Lo denunciaron, se negó ante el juez a volver al Islam y lo martirizaron, el año 855.

Beato Andrés Abellon. Nació en Saint-Maximin (Provenza, Francia) el año 1375. Fue un hombre culto, artista, superior religioso honesto y austero, y sobre todo santo. Vistió el hábito de santo Domingo en su juventud, estudió en Montpellier, París y Aviñón, se propuso imitar a san Vicente Ferrer como predicador y apóstol. Ordenado de sacerdote, fue maestro de teología a la vez que predicó incansablemente por toda la región de Provenza, promovió con firmeza la disciplina regular en los conventos donde fue superior, estuvo dotado de un gran talento para la pintura. Murió el año 1450 en Aix-en-Provence, adonde había ido para asistir a los apestados.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (Jn 15,1-4).

Pensamiento franciscano:

«Nuestro Señor Jesucristo -escribe san Francisco- puso su voluntad en la voluntad del Padre, diciendo: Padre, hágase tu voluntad; no como yo quiero, sino como quieras tú. Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, que él nos dio y que nació por nosotros, se ofreciera a sí mismo por su propia sangre como sacrificio y hostia en el ara de la cruz; no por sí mismo, por quien fueron hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo, para que sigamos sus huellas» (2CtaF 10-13).

Orar con la Iglesia:

Dirijamos nuestra oración a Cristo, la verdadera vid, al celebrar al santo labrador, Isidro, hombre fiel en todos los campos de su vida, que supo aguardar con paciencia el fruto valioso de la tierra.

-Para que nuestra vida esté escondida con Cristo en Dios, y dé fruto abundante para la Iglesia y para la sociedad.

-Para que los trabajadores del campo vean debidamente reconocido su esfuerzo y dedicación a la producción de los alimentos necesarios.

-Para que todos los cristianos sepamos ofrecer a Dios los sufrimientos e inconvenientes de nuestra profesión, en la que hemos de santificarnos.

-Para que el ejemplo de san Isidro, uniendo religiosidad y dedicación al trabajo, ayude al mundo rural a lograr un mayor desarrollo sin renunciar por ello al tesoro de la fe.

Oración: Instruidos por el testimonio de san Isidro, te pedimos, Señor, que nos ayudes a dar frutos de vida eterna en la oración y en el trabajo de cada día. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA VID Y LOS SARMIENTOS
Benedicto XVI, Regina Caeli del 14 de mayo de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

En este V domingo de Pascua, la liturgia nos presenta la página del evangelio de san Juan en la que Jesús, hablando a los discípulos durante la última Cena, los exhorta a permanecer unidos a él como los sarmientos a la vid. Se trata de una parábola realmente significativa, porque expresa con gran eficacia que la vida cristiana es misterio de comunión con Jesús: «El que permanece en mí y yo en él -dice el Señor-, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). El secreto de la fecundidad espiritual es la unión con Dios, unión que se realiza sobre todo en la Eucaristía, con razón llamada también «Comunión». Me complace subrayar este misterio de unidad y de amor en este período del año, en el que muchísimas comunidades parroquiales celebran la primera Comunión de los niños. A todos los niños que en estas semanas se encuentran por primera vez con Jesús Eucaristía quiero dirigirles un saludo especial, deseándoles que se conviertan en sarmientos de la Vid, que es Jesús, y crezcan como verdaderos discípulos suyos.

Un camino seguro para permanecer unidos a Cristo, como los sarmientos a la vid, es recurrir a la intercesión de María, a quien ayer, 13 de mayo, veneramos particularmente recordando las apariciones de Fátima, donde en 1917 se manifestó varias veces a tres niños, los pastorcitos Francisco, Jacinta y Lucía. El mensaje que les encomendó, en continuidad con el de Lourdes, era una fuerte exhortación a la oración y a la conversión, un mensaje de verdad profético, considerando que el siglo XX se vio sacudido por destrucciones inauditas, causadas por guerras y regímenes totalitarios, así como por amplias persecuciones contra la Iglesia.

Además, el 13 de mayo de 1981, hace 25 años, el siervo de Dios Juan Pablo II sintió que había sido salvado milagrosamente de la muerte por la intervención de «una mano materna», como él mismo dijo, y todo su pontificado estuvo marcado por lo que la Virgen había anunciado en Fátima. Aunque no faltaron preocupaciones y sufrimientos, y aunque existen motivos de preocupación por el futuro de la humanidad, consuela lo que la «blanca Señora» prometió a los pastorcitos: «Al final, mi Corazón inmaculado triunfará».

Con esta certeza, nos dirigimos ahora con confianza a María santísima, agradeciéndole su constante intercesión y pidiéndole que siga velando sobre el camino de la Iglesia y de la humanidad, especialmente sobre las familias, las madres y los niños.

[Después del Regina Caeli] Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Al recordar a la Virgen de Fátima, cuya fiesta hemos celebrado ayer, le pedimos que a través de la oración y la participación frecuente en la Eucaristía, nos ayude a estar cada vez más unidos a Cristo, como los sarmientos a la vid, dando así abundantes frutos de fe y amor con el testimonio de nuestra vida cristiana.

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Carta Apostólica «Agri culturam» del Beato Juan XXIII
PROCLAMACIÓN DE SAN ISIDRO LABRADOR
PATRONO DE LOS AGRICULTORES
Y CAMPESINOS ESPAÑOLES

El cultivo del campo lo enaltecieron siempre con máximas loas los autores eclesiásticos y profanos, aun los ajenos a la religión cristiana. De él -no dudó afirmar el sapientísimo doctor San Agustín-, de todas las ocupaciones, es la más sana y la más honesta. Y en el más egregio de los escritores antiguos, en Cicerón, se lee: «Esa vida rural que tú llamas agreste es muestra de moderación, diligencia y justicia».

Ahora bien, este oficio de la agricultura, que tantas virtudes lleva consigo, atraviesa en estos tiempos, en que se propagan por doquier las más depravadas doctrinas y son legión los que todo lo reducen a lo material, un grave peligro. Es, pues, necesario que los agricultores, mientras realizan sus faenas del campo y recogen los frutos cuya posesión es sumamente conforme a la naturaleza y a la justicia, armonicen su vida según las exigencias de la religión y de la piedad. Y para que esto pueda llevarse a efecto necesitan el auxilio de lo Alto.

Considerando, pues, diligentemente todas estas cosas y recogiendo a la vez el deseo de las hermandades de labradores, nuestro amado hijo Enrique, de la Santa Iglesia Romana, presbítero Cardenal Pla y Deniel, Arzobispo de Toledo, nos suplicó que proclamásemos a San Isidro celestial Patrono de todos los labradores de España, en forma solemne, ya que este santo varón, humilde y sencillo, aparece ante ellos como ejemplo luminoso, simultaneando con las faenas del campo, que realizaba diligentemente, el ejercicio eminente de la obediencia y de la caridad. Y así Nos mismo, que hemos nacido de familia dedicada a la agricultura, oficio el mejor, el más fecundo, el más dulce y el más digno del hombre aun del hombre libre -son palabras de Cicerón-, con el mayor placer hemos determinado acceder a estos deseos.

Así, pues, oído el parecer de la Sagrada Congregación de Ritos, conscientes de la situación y después de madura deliberación por nuestra parte, y con la plenitud de la potestad apostólica, en virtud de estas letras, y para siempre, confirmamos y declaramos a San Isidro Labrador celestial Patrono ante Dios de los agricultores y campesinos de la nación española, con todos los honores y privilegios litúrgicos que, lógicamente, corresponden a los patronos de hermandades o asociaciones, sin que nada obste en contrario. Esto mandamos y determinamos, decretando que las santas letras sean permanentemente firmes, válidas y eficaces y que alcancen y obtengan plenos efectos. Y que favorezca a todos aquellos a los que afecta o pudiera afectar desde ahora y para siempre y que así habrá de otorgarse eficaz y definitivamente, y, además, que desde ahora será sin valor todo cuanta otra autoridad, a sabiendas o ignorante, pudiera intentar contra lo dicho.

Dado en Roma, junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el día 16 de diciembre de 1960, de nuestro Pontificado el tercero.

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SEMBRAD SIEMPRE BUENAS OBRAS
San Agustín, Sermón sobre las bienaventuranzas (Morin 11)

Sed ricos en buenas obras, dice el Señor. Éstas son las riquezas que debéis ostentar, que debéis sembrar. Estas son las obras a las que se refiere el Apóstol, cuando dice que no debemos cansarnos de hacer el bien, pues a su debido tiempo recogeremos. Sembrad, aunque no veáis todavía lo que habéis de recoger. Tened fe y seguid sembrando. ¿Acaso el labrador, cuando siembra, contempla ya la cosecha? El trigo de tantos sudores, guardado en el granero, lo saca y lo siembra. Confía sus granos a la tierra. Y vosotros, ¿no confiáis vuestras obras al que hizo el cielo y la tierra?

Fijaos en los que tienen hambre, en los que están desnudos, en los necesitados de todo, en los peregrinos, en los que están presos. Todos éstos serán los que os ayudarán a sembrar vuestras obras en el cielo... La cabeza, Cristo, está en el cielo, pero tiene en la tierra sus miembros. Que el miembro de Cristo dé al miembro de Cristo; que el que tiene dé al que necesita. Miembro eres tú de Cristo y tienes que dar, miembro es él de Cristo y tiene que recibir. Los dos vais por el mismo camino, ambos sois compañeros de ruta. El pobre camina agobiado; tú, rico, vas cargado. Dale parte de tu carga. Dale, al que necesita, parte de lo que a ti te pesa. Tú te alivias y a tu compañero le ayudas.

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LA PIEDAD ECLESIAL DE SAN FRANCISCO
por Kajetan Esser, OFM

Los sacramentos de la Iglesia. La obediencia

La Iglesia comunica la verdadera vida no sólo por la palabra de Dios, sino también, como medios necesarios para la salvación, por los sacramentos, especialmente la penitencia y la eucaristía: «Son misterios de Dios que Francisco va descubriendo; y, sin saber cómo, es encaminado hacia la ciencia perfecta» (2 Cel 7). El santo vuelve a afirmar la ordenación eclesiástica querida por Dios y que cátaros y valdenses rechazaban o consideraban superflua: «Debemos también confesar todos nuestros pecados al sacerdote; y recibamos de él el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Quien no come su carne y no bebe su sangre, no puede entrar en el Reino de Dios». «Y a nadie de nosotros quepa la menor duda de que ninguno puede ser salvado sino por las santas palabras y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, que los clérigos pronuncian, proclaman y administran. Y sólo ellos deben administrarlos y no otros» (2CtaF 22-23 y 34-35). He aquí otro motivo para honrar y amar a los sacerdotes como a sus señores: «Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y sólo ellos administran a otros. Y quiero que estos santísimos misterios sean honrados y venerados por encima de todo y colocados en lugares preciosos» (Test 10-11).

Este inmenso misterio fue convirtiéndose, en la vida cristiana del santo, cada vez con más fuerza en el centro único, en torno al cual giraba toda su piedad: «Ardía en fervor, que le penetraba hasta la médula, para con el sacramento del cuerpo del Señor, admirando locamente su cara condescendencia y su condescendiente caridad. Juzgaba notable desprecio no oír cada día, a lo menos, una misa, pudiendo oírla. Comulgaba con frecuencia y con devoción tal, como para infundirla también a los demás. Como tenía en gran reverencia lo que es digno de toda reverencia, ofrecía el sacrificio de todos los miembros, y al recibir al Cordero inmolado inmolaba también el alma en el fuego que le ardía de continuo en el altar del corazón» (2 Cel 201). Por otra parte, la Iglesia, colmada por el Señor, se le hace visible en la comunidad de los que con Él se ofrecen. Por eso Francisco insta a que en las comunidades los hermanos celebren una sola misa diaria (CtaO 30).

La santa Madre Iglesia no se limita a dar y conservar la vida al hombre, sino que lo guía también con su jerarquía. Sólo esta convicción explica la espontánea e incondicional obediencia del joven Francisco al obispo de Asís desde el comienzo de su nueva vida. Es lo que también permite entender que «después que el Señor le dio hermanos», marchara a Roma para ponerse con su comunidad a las órdenes de la Iglesia. De aquí nace su gran deseo de que el papa Inocencio III confirme su forma de vida y la de sus hermanos: «Veo, hermanos, que quiere el Señor aumentar misericordiosamente nuestra congregación. Vayamos, pues, a nuestra santa madre la Iglesia de Roma y manifestemos al sumo pontífice lo que el Señor empieza a hacer por nosotros, para que de voluntad y mandato suyo prosigamos lo comenzado» (TC 46). Francisco quiere que su misión y vocación divinas sean reconocidas y aprobadas por la Iglesia.

Por eso no es extraño que desde los comienzos de su nueva vida, y siempre, quiera estar sometido a la sede apostólica, y a la Iglesia romana: «El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia romana. Y los otros hermanos estén obligados a obedecer al hermano Francisco y a sus sucesores» (2 R 1,2). Esta promesa de fidelidad se halla ya en la primera regla: «El hermano Francisco y todo aquel que sea cabeza de esta religión, prometa obediencia y reverencia al señor papa Inocencio y a sus sucesores» (1 R Pról.); así Francisco, y sus sucesores, y en la cabeza de la orden todos sus miembros, se proclama y se confiesa súbdito del papa y de la Iglesia, y puesto que todos están obligados a obedecer al hermano Francisco y a sus sucesores, se declara dispuesto en nombre de toda la orden a obedecer y acatar todas las disposiciones del papa y de la Iglesia romana y a seguir fielmente sus directrices y normas. Era la primera vez en la historia de la Iglesia que el fundador de una orden religiosa se unía y vinculaba tan estrechamente al papa y a la Iglesia romana y se sometía a ella en todo (cf. TC 52).


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