viernes, 12 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 13 DE MAYO

 

NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA. A partir del 13 de mayo de 1917, la Virgen María se estuvo apareciendo a los niños Francisco, su hermana Jacinta y su prima Lucía, en Cova de Iría, lugar de Fátima, en Portugal. Los videntes habían nacido en Ajustrel, caserío de Fátima, eran niños normales y sanos, piadosos y cercanos a la parroquia, y se dedicaban al pastoreo. A diario cuidaban de sus ovejas, jugaban y rezaban el Rosario. Ya habían tenido apariciones de un ángel, cuando aquel día se les apareció la Señora vestida de blanco sobre un carrasco; las apariciones se repitieron. Nadie daba fe a lo que decían los niños, que tuvieron que pasar un tiempo en la incomprensión y una cierta persecución. En sus mensajes, la Virgen llamaba a los fieles a la oración por los pecadores y a la conversión íntima de los corazones.- Oración: Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoramos profundamente y te ofrecemos el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes con los que Él es ofendido. Por los méritos infinitos del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María, te pedimos la conversión de los pecadores. Amén.



SAN PEDRO REGALADO. [Murió el 30 de marzo, pero la Familia franciscana lo celebra el 13 de mayo] Nació en Valladolid el año 1390. Atraído por la predicación de Pedro de Villacreces, que lideraba una reforma de la Orden franciscana, ingresó muy joven en el convento de La Aguilera (Burgos), donde, bajo la guía del P. Villacreces, progresó en una vida de pobreza y de oración semejante a la de los orígenes franciscanos. Ya sacerdote, marchó en 1415 a la fundación del convento de El Abrojo, cerca de Valladolid. Allí se entregó de lleno a la estricta vida de conversión evangélica, que alternaba con la predicación por los pueblos cercanos. Muerto Villacreces, le sucedió al frente de la reforma emprendida. Promovió la fiel observancia de la Regla de San Francisco y se distinguió por su ruda austeridad y altísima contemplación. Al mismo tiempo, se desvivió por los enfermos, especialmente los leprosos. Gozó de extraordinarios dones místicos, y los focos principales de su devoción fueron la Eucaristía, la Santísima Virgen y la pasión del Señor. Murió el 30 de marzo de 1456 en La Aguilera.- Oración: Dios todopoderoso, que concediste a tu siervo san Pedro Regalado, mortificado en la carne, el don de la contemplación, concédenos, por su intercesión, el gozo de contemplarte eternamente. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN ANDRÉS HUBERTO FOURNET. Nació cerca de Poitiers (Francia) el año 1752. Tras una juventud un tanto frívola, entró en el seminario de Poitou y, ordenado de sacerdote, ejerció su ministerio en varias parroquias. Conmovido por la voz de un pobre que le pedía limosna, experimentó una conversión interior que lo llevó a repartir sus bienes a los pobres y a vivir en pobreza y austeridad. Desencadenada la Revolución Francesa, se negó a jurar la Constitución civil del clero, por lo que fue perseguido y tuvo que refugiarse en España. Pronto volvió a su patria para atender de manera clandestina a los fieles. Cuando la Iglesia recobró la libertad, emprendió la rehabilitación de su maltrecha parroquia. Comprendió lo necesaria que era una buena formación humana y cristiana de las niñas, en especial de las más pobres. Entonces fundó, con santa Isabel Bichier, la Congregación de las Hijas de la Cruz, para la educación de la juventud y la asistencia a pobres y enfermos. Murió en La Puye (Poitiers), en la casa central de su congregación, el 13 de mayo de 1834.

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Santa Inés de Poitiers. Se educó en el monasterio de Santa Cruz de Poitiers (Aquitania, Francia), en el que vistió el hábito monacal. Elegida abadesa por su comunidad, la consagró como tal san Germán de París. Ella adoptó para su monasterio la Regla de san Cesáreo de Arlés, que le había proporcionado el mismo obispo. Gobernó a sus monjas con gran espíritu de caridad y atrajo multitud de vocaciones. Murió el año 588.

Santos Mártires de Alejandría. Conmemoración de los numerosos santos mártires de Alejandría en Egipto que fueron asesinados por orden de Lucio, obispo arriano, en la iglesia de San Theonas, hacia el año 375.

San Servacio. Al parecer había nacido en Armenia. Fue obispo de Tongres (Bélgica). Sirvió de gran apoyo a san Atanasio y como él fue defensor de la ortodoxia definida en el Concilio de Nicea contra los que negaban la divinidad de Jesucristo. Y en esa línea participó en los sínodos de Sárdica (343) y de Rímini (359). Sin embargo, en este último fue inducido a engaño y firmó una fórmula ambigua que decía que el Hijo era en todo semejante al Padre conforme a las Escrituras. San Hilario de Poitiers le hizo ver lo imprecisa y peligrosa que era tal formulación para la fe ortodoxa, y Servacio la rechazó de inmediato. Murió en Maastrich (en la actual Holanda) el año 384.

Beata Gema. Nació en torno al año 1375 en San Sebastiano di Bisegna (Abruzzo, Italia) en el seno de una familia de pastores pobres. Para mejorar su condición, marcharon a Goriano Sicoli (Abruzzo). Pronto quedó huérfana de padre y madre. Se enamoró de su belleza un conde, pero ella consiguió con sus buenas razones que respetara su consagración al Señor y, además, que le edificara una pequeña celda adosada a la iglesia de San Juan Bautista, desde la que podía ver solamente el altar. Y allí permaneció viviendo en penitencia y oración hasta su muerte el año 1439.

Beata Magdalena Albrici. Nació en Como (Italia) el año 1415, hija de un patricio. De joven sintió la vocación religiosa y profesó en el monasterio que las ermitañas de San Agustín tenían en Brunate. Destacó por su humildad, obediencia y austeridad de vida, por lo que sus monjas la eligieron abadesa. En su gobierno dio un gran impulso a la observancia de la Regla, avivó el fervor de sus hermanas y su la vitalidad espiritual, lo que sirvió de estímulo a otros monasterios y atrajo vocaciones. En 1455, con la ayuda de la duquesa de Milán, fundó un nuevo monasterio en Como, en el que murió el año 1465.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico :

«El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes. Las sendas del Señor son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza y sus mandatos. Por el honor de tu nombre, Señor, perdona mis culpas, que son muchas» (Sal 24,8-11).

Pensamiento franciscano :

De la carta de san Francisco a los Fieles: «La voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, que él nos dio y que nació por nosotros, se ofreciera a sí mismo por su propia sangre como sacrificio y hostia en el ara de la cruz; no por sí mismo, por quien fueron hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo, para que sigamos sus huellas. Y quiere que todos nos salvemos por él y que lo recibamos con nuestro corazón puro y nuestro cuerpo casto. Pero son pocos los que quieren recibirlo y ser salvos por él, aunque su yugo sea suave y su carga ligera» (2CtaF 11-15).

Orar con la Iglesia :

Invoquemos a Dios nuestro Padre, que hizo de María Virgen la fuerza y defensa de la fe del pueblo cristiano.

-Por la Iglesia: para que, confiando humildemente en María, se entregue cada día al cuidado de sus hijos, que viven rodeados de tantos peligros.

-Por todos los ministros de la Iglesia: para que, sostenidos por el ejemplo de María en el calvario, puedan guiar al pueblo cristiano por los caminos del Señor.

-Por los pecadores: para que la solicitud de María madre y el ejemplo de los hermanos los encamine a la conversión.

-Por los creyentes: para que pidamos intensamente la conversión de los pecadores y expiemos con amor los pecados del mundo.

-Por los niños: para que crezcan en edad, sabiduría y gracia en un ambiente familiar en el que reinen el amor y el sentido cristiano de la vida.

Oración: Dios, Padre nuestro, que a la Madre de tu Hijo la hiciste también madre nuestra, concédenos que, perseverando en la penitencia y la plegaria por la salvación del mundo, promovamos cada día con mayor eficacia el reino de Cristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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LA VIRGEN DE FÁTIMA
De la homilía de S. S. Juan Pablo II
en la beatificación de los pastorcitos de Fátima,
Jacinta y Francisco (Fátima, 13-V-2000)

Yo te bendigo, Padre, (...) porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños (Mt 11,25).

Con estas palabras Jesús alaba los designios del Padre celestial; sabe que nadie puede ir a él si el Padre no lo atrae, por eso alaba este designio y lo acepta filialmente: «Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito» (Mt 11,26). Has querido abrir el Reino a los pequeños.

Por designio divino, «una mujer vestida del sol» (Ap 12,1) vino del cielo a esta tierra en búsqueda de los pequeños privilegiados del Padre. Les habla con voz y corazón de madre: los invita a ofrecerse como víctimas de reparación, mostrándose dispuesta a guiarlos con seguridad hasta Dios. Entonces, de sus manos maternas salió una luz que los penetró íntimamente, y se sintieron sumergidos en Dios, como cuando una persona -explican ellos- se contempla en un espejo.

Más tarde, Francisco, uno de los tres privilegiados, explicaba: «Estábamos ardiendo en esa luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? No se puede decir. Esto sí que la gente no puede decirlo». Dios: una luz que arde, pero no quema. Moisés tuvo esa misma sensación cuando vio a Dios en la zarza ardiente; allí oyó a Dios hablar, preocupado por la esclavitud de su pueblo y decidido a liberarlo por medio de él: «Yo estaré contigo» (cf. Ex 3,2-12). Cuantos acogen esta presencia se convierten en morada y, por consiguiente, en «zarza ardiente» del Altísimo.

Lo que más impresionaba y absorbía al beato Francisco era Dios en esa luz inmensa que había penetrado en lo más íntimo de los tres. Además sólo a él Dios se dio a conocer «muy triste», como decía. Una noche, su padre lo oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba; el hijo le respondió: «Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados que se cometen contra él». Vive movido por el único deseo -que expresa muy bien el modo de pensar de los niños- de «consolar y dar alegría a Jesús».

En su vida se produce una transformación que podríamos llamar radical; una transformación ciertamente no común en los niños de su edad. Se entrega a una vida espiritual intensa, que se traduce en una oración asidua y ferviente, y llega a una verdadera forma de unión mística con el Señor. Esto mismo lo lleva a una progresiva purificación del espíritu, a través de la renuncia a los propios gustos e incluso a los juegos inocentes de los niños.

Soportó los grandes sufrimientos de la enfermedad que lo llevó a la muerte, sin quejarse nunca. Todo le parecía poco para consolar a Jesús; murió con una sonrisa en los labios. En el pequeño Francisco era grande el deseo de reparar las ofensas de los pecadores, esforzándose por ser bueno y ofreciendo sacrificios y oraciones. Y Jacinta, su hermana, casi dos años menor que él, vivía animada por los mismos sentimientos.

Con su solicitud materna, la santísima Virgen vino aquí, a Fátima, a pedir a los hombres que «no ofendieran más a Dios, nuestro Señor, que ya ha sido muy ofendido». Su dolor de madre la impulsa a hablar; está en juego el destino de sus hijos. Por eso pedía a los pastorcitos: «Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al infierno porque no hay quien se sacrifique y pida por ellas».

La pequeña Jacinta sintió y vivió como suya esta aflicción de la Virgen, ofreciéndose heroicamente como víctima por los pecadores. Un día -cuando tanto ella como Francisco ya habían contraído la enfermedad que los obligaba a estar en cama- la Virgen María fue a visitarlos a su casa, como cuenta la pequeña: «Nuestra Señora vino a vernos, y dijo que muy pronto volvería a buscar a Francisco para llevarlo al cielo. Y a mí me preguntó si aún quería convertir a más pecadores. Le dije que sí». Y, al acercarse el momento de la muerte de Francisco, Jacinta le recomienda: «Da muchos saludos de mi parte a nuestro Señor y a nuestra Señora, y diles que estoy dispuesta a sufrir todo lo que quieran con tal de convertir a los pecadores». Jacinta se había quedado tan impresionada con la visión del infierno, durante la aparición del 13 de julio, que todas las mortificaciones y penitencias le parecían pocas con tal de salvar a los pecadores.

Mis últimas palabras son para los niños: queridos niños y niñas, veo que muchos de vosotros estáis vestidos como Francisco y Jacinta. ¡Estáis muy bien! Pero luego, o mañana, dejaréis esos vestidos y... los pastorcitos desaparecerán. ¿No os parece que no deberían desaparecer? La Virgen tiene mucha necesidad de todos vosotros para consolar a Jesús, triste por los pecados que se cometen; tiene necesidad de vuestras oraciones y sacrificios por los pecadores. Pedid a vuestros padres y educadores que os inscriban a la «escuela» de Nuestra Señora, para que os enseñe a ser como los pastorcitos, que procuraban hacer todo lo que ella les pedía.

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MARÍA SOLA ABRAZA
AL QUE TODO EL UNIVERSO NO ABARCA
San Efrén, del Sermón 3 de diversis

María fue hecha cielo en favor nuestro al llevar la divinidad que Cristo, sin dejar la gloria del Padre, encerró en los angostos límites de un seno para conducir a los hombres a una dignidad mayor. Eligió a ella sola entre toda la asamblea de las vírgenes para que fuese instrumento de nuestra salvación.

En ella encontraron su culmen los vaticinios de todos los justos y profetas. De ella nació aquella brillantísima estrella bajo cuya guía vio una gran luz el pueblo, que caminaba en tinieblas.

María puede ser denominada de forma adecuada con diversos títulos. Ella es el templo del Hijo de Dios, que salió de ella de manera muy distinta a como había entrado, porque, aunque había entrado en su seno sin cuerpo, salió revestido de un cuerpo.

Ella es el nuevo cielo místico, en el que el Rey de reyes habitó como en su morada. De él bajó a la tierra mostrando ostensiblemente una forma y semejanza terrena.

Ella es la vid que da como fruto un suave olor. Su fruto, como difería absolutamente por la naturaleza del árbol, necesariamente cambiaba su semejanza por causa del árbol.

Ella es la fuente que brota de la casa del Señor, de la que fluyeron para los sedientos aguas vivas que, si alguien las gusta aunque sea con la punta de los labios, jamás sentirá sed.

Amadísimos, se equivoca quien piensa que el día de la renovación de María puede ser comparado con otro día de la creación. En el inicio fue creada la tierra; por medio de ella es renovada. En el inicio fue maldita en su actividad por el pecado de Adán, por medio de ella le es devuelta la paz y la seguridad. En el inicio, la muerte se extendió a todos los hombres por el pecado de los primeros padres, pero ahora hemos sido trasladados de la muerte a la vida. En el inicio, la serpiente se adueñó de los oídos de Eva, y el veneno se extendió a todo el cuerpo; ahora María acoge en sus oídos al defensor de la perpetua felicidad. Lo que fue instrumento de muerte, ahora se alza como instrumento de vida.

El que se sienta sobre los Querubines es sostenido ahora por los brazos de una mujer; Aquel al que todo el orbe no puede abarcar, María sola lo abraza; Aquel al que temen los Tronos y las Dominaciones, una joven lo protege; Aquel cuya morada es eterna, se sienta en las rodillas de una virgen; Aquel que tiene la tierra por escabel de sus pies, la pisa con pies de niño.

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LA CONTEMPLACIÓN ES
HALLAR EL AFECTO Y SENTIMIENTO QUE SE BUSCA
Y DISFRUTARLOS EN SILENCIO
San Pedro de Alcántara, Tratado de la oración y meditación, Aviso 8

Procuremos juntar la meditación con la contemplación, haciendo de la una escalón para subir a la otra; porque la meditación es considerar con estudio y atención las cosas divinas, discurriendo de unas en otras, para mover nuestro corazón a algún afecto y sentimiento de ellas; y la contemplación es haber hallado el afecto y sentimiento que se buscaba y estar con reposo y silencio gozando de él, con una simple vista de la verdad. Por lo que dice un santo doctor que la meditación discurre con trabajo y con fruto; la contemplación, sin trabajo y con fruto; la una busca, la otra halla; la una rumia el manjar, la otra lo gusta; la una discurre y hace consideraciones, la otra se contenta con una simple vista de las cosas, porque tiene ya el amor y gusto de ellas; finalmente, la una es como medio, la otra como fin; la una como camino y movimiento, y la otra como término de este camino y movimiento.

De aquí se infiere una cosa muy común: que, así como alcanzado el fin, cesan los medios, tomando el puerto cesa la navegación, así cuando el hombre, mediante el trabajo de la meditación, llegare al reposo y gusto de la contemplación, debe por entonces cesar de aquella piadosa y trabajosa inquisición, y gozar de aquel afecto que se le da, ora sea de amor, ora de admiración o de alegría o cosa semejante. Por eso aconseja un doctor que, así como el hombre se siente inflamar por el amor de Dios, debe luego dejar todos estos discursos y pensamientos, por muy altos que parezcan, no porque sean malos, sino porque entonces son impeditivos de otro bien mayor, que no es otra cosa más que cesar el movimiento llegado el término y dejar la meditación por amor de la contemplación. Lo cual se puede hacer al fin de todo el ejercicio, que es después de la petición del amor de Dios, pues, como dice el Sabio, «más vale el fin de la oración que el principio».

Aquiete, pues, la memoria y fíjela en nuestro Señor, considerando que está en su presencia, no especulando entonces cosas particulares de Dios. Conténtese con el conocimiento que de él tiene por la fe y aplique la voluntad y el amor, pues en él está el fruto de toda la meditación. Enciérrese dentro de sí mismo en el centro de su ánima donde está la imagen de Dios, y allí se esté atento a él, como quien escucha al que habla de alguna torre alta, o como que le tuviese dentro de su corazón, y como que en todo lo criado no hubiese otra cosa sino sola ella o sólo él. Y aun de sí misma y de lo que hace se ha de olvidar, porque, como decía uno de los Padres, «aquélla es perfecta oración, donde el que está orando no se acuerda que está orando».

Y no sólo al fin del ejercicio, sino también al medio y en cualquier otra parte que nos tomare este sueño espiritual, debemos hacer esta pausa, y gozar de este beneficio, y volver luego a nuestro trabajo, acabado de digerir y gustar aquel bocado. Mas lo que entonces el ánima siente, lo que goza la luz, y la hartura, y la caridad y paz que recibe, no se puede explicar con palabras, pues aquí está la paz que excede todo sentido y la felicidad que en esta vida se puede alcanzar.

Algunos hay tan tomados del amor de Dios, que, apenas han comenzado a pensar en él, cuando luego la memoria de su dulce nombre les derrite las entrañas: otros, que no sólo en el ejercicio de la oración, sino fuera de él, andan tan absortos y tan empapados en Dios, que de todas las cosas y de sí mismos se olvidan por él: cuando esto el ánima sintiere, o en cualquier parte de la oración que lo sienta, de ninguna manera lo debe desechar, porque, como dice san Agustín, «se ha de dejar la oración vocal cuando alguna vez fuese impedimento de la devoción, y así también se debe dejar la meditación cuando fuese impedimento de la contemplación».




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