lunes, 1 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 2 DE MAYO

 

SAN ATANASIO, obispo y doctor de la Iglesia. Nació en Alejandría de Egipto el año 295, de padres cristianos. Fue colaborador y sucesor, el año 328, del obispo de Alejandría san Alejandro, a quien había acompañado como diácono al Concilio de Nicea. Durante los cuarenta y cinco años de su episcopado, defendió valerosamente la recta fe católica proclamada en Nicea y, en particular, la divinidad de Jesucristo contra los arrianos, lo que le acarreó incontables sufrimientos, entre ellos, cinco destierros decretados por los emperadores. Escribió excelentes obras apologéticas y expositivas de la fe; mención especial merece su Vida de San Antonio, en la que narra la vida del santo Abad y que luego sirvió de modelo a las hagiografías. Difundió incluso en Occidente el ideal monástico. Murió en su sede de Alejandría el año 373.- Oración: Dios todopoderoso y eterno, que hiciste de tu obispo san Atanasio un preclaro defensor de la divinidad de tu Hijo, concédenos, en tu bondad, que, fortalecidos con su doctrina y protección, te conozcamos y te amemos cada vez más plenamente. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN ANTONINO DE FLORENCIA. Nació en Florencia el año 1389. A los 15 años ingresó en la Orden de Santo Domingo y en 1413 recibió la ordenación sacerdotal. Fue un hombre de vida penitente y de oración intensa, a la vez que profundizó en los estudios, como lo muestran las muchas y valiosas obras que escribió. Lo destinaron a sucesivos conventos y ocupó cargos de responsabilidad en su Orden, a cuya reforma colaboró activamente. En 1446 el papa Eugenio IV lo nombró arzobispo de Florencia. Siguió viviendo el espíritu y austeridad de su Orden. Visitó y reformó su diócesis y las diócesis sufragáneas, luchó contra los vicios e injusticias, fue padre para los pobres y desvalidos, consejero para los atribulados. En sus escritos trató de armonizar el derecho y la teología moral, reuniendo cuanto consideraba útil para el ministerio de la predicación, de la confesión y de la dirección de almas, y así ofrecer una solución cristiana a los muchos problemas de su tiempo. Murió en Florencia el año 1459.



SAN JOSÉ MARÍA RUBIO Y PERALTA. Nació en Dalías (Almería) en 1864, de familia numerosa y campesina. Estudió en los seminarios de Almería, Granada y Madrid, donde fue ordenado de sacerdote en 1887. Ejerció diferentes ministerios en la diócesis madrileña, en la que pronto adquirió fama de santidad. En 1906 entró en la Compañía de Jesús, que le encomendó diversos apostolados en Granada, Sevilla y Manresa (Barcelona), hasta su regreso en 1917 a Madrid, campo ya definitivo de su apostolado. Su actividad apostólica fue extraordinaria: pasaba muchas horas en el confesonario atendiendo a multitud de penitentes, predicó muchos ejercicios espirituales, en sus sermones y en su porte irradiaba bondad, organizó y dirigió obras e instituciones de vida cristiana, desarrolló una gran actividad social en barrios pobres, gozó de dones místicos extraordinarios. Murió en Aranjuez (Madrid) el 2 de mayo de 1929. Juan Pablo II lo canonizó el 4 de mayo del 2003, y su memoria litúrgica se celebra el 4 de mayo.- Oración: Padre de las misericordias, que hiciste al bienaventurado sacerdote José María Rubio ministro de la reconciliación y padre de los pobres, concédenos que, llenos del mismo espíritu, socorramos a los abandonados y manifestemos a todos tu caridad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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San Félix de Sevilla. Según la tradición, fue diácono y arcediano de Toledo y acompañó a su obispo Melancio al concilio de Elvira. Fue apresado en Sevilla por orden de Daciano y, ante su constancia en la fe cristiana, lo flagelaron hasta la muerte. Sucedió a principios del siglo IV.

San Hesperio y compañeros mártires. Estos cuatro santos mártires eran miembros de una misma familia: Hesperio y Zoe, esposos, y sus hijos Ciríaco y Teódulo. Según la tradición, eran esclavos al servicio de un amo pagano, y por orden de su mismo amo fueron primero azotados, luego brutalmente torturados, por haber profesado abiertamente la fe cristiana, y finalmente arrojados a un horno encendido, donde entregaron sus almas a Dios. Sucedió en Atalía de Panfilia (en la actual Turquía), hacia el año 120, en tiempo del emperador Adriano.

San José Nguyen Van Luu. Era un seglar vietnamita nacido en 1790, persona socialmente considerada, propietario de tierras, a la vez que era catequista, practicaba con fervor la religión cristiana, socorría largamente a los pobres, visitaba a los enfermos, hospedaba en su casa a los misioneros. Se ofreció voluntariamente a cambio del sacerdote Pedro Luu buscado por los soldados. Murió en la cárcel de Vihn Long (Vietnam) el año 1854, en tiempo del emperador Tu Duc.

San Vindemial y san Longinos. Vindemial era obispo de Capsa en Numidia (ahora Túnez), y Longinos era obispo de Pamaria en Mauritania (ahora Argelia). Los dos se pusieron en contra de los arrianos, que negaban la divinidad de Jesucristo, en el concilio de Cartago, por lo que Hunerico, rey de los vándalos invasores, los mandó decapitar. Era el año 483.

San Waldeberto. Nació en Meaux de familia noble hacia el ano 600. Fue primero militar, pero luego dejó las armas e ingresó en el monasterio de Luxeuil, en Borgoña (Francia), del que más tarde fue elegido abad. A lo largo de cuarenta años continuó la obra de sus antecesores, entre ellos san Columbano. Introdujo en su monasterio la Regla de San Benito. Murió entre el año 665 y el 670.

Santa Wiborada. Pertenecía a la nobleza de Saubia, y cuando su hermano tomó el hábito en el monasterio de San Gall (Suiza), ella se construyó una casita en las cercanías del mismo, junto a la iglesia de San Magno, para consagrarse a la oración y la penitencia; trabajaba para el monasterio y atendía a las necesidades del pueblo y de sus enfermos. Fue asesinada, por su condición de religiosa, en una invasión de los húngaros, el año 926.

Beato Boleslao Strzelecki. Sacerdote diocesano polaco que nació en 1896. En su primer destino parroquial estuvo a punto de morir porque se contagió de tifus cuando atendía a los afectados de esta enfermedad. Recuperado, lo enviaron a estudiar a Cracovia. Cuando estalló la guerra, se enroló en una labor de beneficencia destinada todos los necesitados, católicos, protestantes, comunistas, judíos. Lo detuvieron cuando estaba distribuyendo víveres a los pobres, después de haber celebrado la misa. Lo llevaron al campo de concentración de Oswiecim o Auschwitz, cerca de Cracovia (Polonia), donde recibió tales torturas y malos tratos, que tuvieron que llevarlo al barracón hospital, en el que murió el 2 de mayo de 1941.

Beato Guillermo Tirry. Nació en Cork (Irlanda) el año 1608. De joven entró en la Orden de Ermitaños de San Agustín. Estudió en Valladolid, París y Bruselas, y en 1641, ordenado ya de sacerdote, regresó a Irlanda. Pudo ejercer el ministerio sagrado y desempeñar distintos cargos en su Orden con relativa normalidad. Pero cuando llegó Cromwell al poder, se desató la persecución contra los católicos, y tuvo que ejercer el apostolado de manera clandestina. Lo detuvieron el Sábado Santo de 1654 cuando, vestido con los ornamentos sagrados, celebraba la vigilia pascual; además, encontraron escritos suyos en que defendía la fe católica. Por más que lo torturaron no renunció a su fe ni a la obediencia al Papa. Lo ahorcaron el 2 de mayo de 1654 en Clonmel (Irlanda).

Beato Nicolás Hermansson. Nació en Suecia el año 1325. Cursados los estudios eclesiásticos en París y Orleans, se ordenó de sacerdote. Conoció a santa Brígida y colaboró con ella en la educación de sus hijos. Ejerció varios cargos en la diócesis de Linköping (Suecia), de la que fue elegido obispo en 1374. Fue un hombre severo consigo mismo, de sólida piedad y vida austera, dedicado enteramente al servicio de su Iglesia, cuyos derechos y la libertad defendió con valentía. Atendió de modo especial a los pobres. Recibió con todos los honores las reliquias de santa Brígida. Murió el año 1391.




PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico :

En la Visitación, Isabel se llenó de Espíritu Santo y, levantando la voz, dijo a María: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,41-45).

Pensamiento franciscano :

Dice san Francisco en su Carta a los fieles: «El altísimo Padre anunció desde el cielo, por medio de su santo ángel Gabriel, que enviaría su Palabra, tan digna, tan santa y gloriosa, al seno de la Virgen María, y de él recibió la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad» (2CtaF 4).

Orar con la Iglesia :

Oremos con confianza al eterno Padre, que, por medio del ángel, anunció la encarnación de su Hijo en el seno virginal de María.

-Para que todo hombre pueda experimentar en la Iglesia la fuerza del amor del Padre, que nos entregó a su Hijo.

-Para que el Señor otorgue a los que creemos en la divinidad de Jesucristo, la firmeza de la fe, la alegría de la esperanza y el fervor de la caridad.

-Para que acreciente en el pueblo los sentimientos de fraternidad y solidaridad de que nos dieron ejemplo el Hijo de Dios encarnado y su Madre.

-Para que, como la Virgen María, seamos fieles oyentes de la palabra de Dios, la acojamos en nuestro corazón y la hagamos fructificar en nuestra vida.

Oración: Escucha, Dios de bondad, nuestras oraciones y dígnate acceder a nuestras peticiones, pues las ponemos bajo la protección de la Madre de tu Hijo, Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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SAN ATANASIO 
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 20-VI-2007

Queridos hermanos y hermanas:

San Atanasio fue, sin duda, uno de los Padres de la Iglesia antigua más importantes y venerados. Pero este gran santo es, sobre todo, el apasionado teólogo de la encarnación del Logos, el Verbo de Dios que, como dice el prólogo del cuarto evangelio, «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).

Precisamente por este motivo san Atanasio fue también el más importante y tenaz adversario de la herejía arriana, que entonces era una amenaza para la fe en Cristo, reducido a una criatura «intermedia» entre Dios y el hombre, según una tendencia que se repite en la historia y que también hoy existe de diferentes maneras.

Atanasio nació probablemente en Alejandría, en Egipto, hacia el año 300; recibió una buena educación antes de convertirse en diácono y secretario del obispo de la metrópoli egipcia, san Alejandro. El joven eclesiástico, íntimo colaborador de su obispo, participó con él en el concilio de Nicea, el primero de carácter ecuménico, convocado por el emperador Constantino en mayo del año 325 para asegurar la unidad de la Iglesia. Así los Padres de Nicea pudieron afrontar varias cuestiones, principalmente el grave problema originado algunos años antes por la predicación de Arrio, un presbítero de Alejandría.

Este, con su teoría, constituía una amenaza para la auténtica fe en Cristo, declarando que el Logos no era verdadero Dios, sino un Dios creado, un ser «intermedio» entre Dios y el hombre; de este modo el verdadero Dios permanecía siempre inaccesible para nosotros. Los obispos reunidos en Nicea respondieron redactando el «Símbolo de la fe» que, completado más tarde por el primer concilio de Constantinopla, ha quedado en la tradición de las diversas confesiones cristianas y en la liturgia como el Credo niceno-constantinopolitano.

En este texto fundamental, que expresa la fe de la Iglesia indivisa, y que todavía recitamos hoy todos los domingos en la celebración eucarística, aparece el término griego homooúsios, en latín consubstantialis: indica que el Hijo, el Logos, es «de la misma substancia» del Padre, es Dios de Dios, es su substancia; así se subraya la plena divinidad del Hijo, que negaban los arrianos.

Al morir el obispo san Alejandro, en el año 328, san Atanasio pasó a ser su sucesor como obispo de Alejandría, e inmediatamente rechazó con decisión cualquier componenda con respecto a las teorías arrianas condenadas por el concilio de Nicea. Su intransigencia, tenaz y a veces muy dura, aunque necesaria, contra quienes se habían opuesto a su elección episcopal y sobre todo contra los adversarios del Símbolo de Nicea, le provocó la implacable hostilidad de los arrianos y de los filo-arrianos.

A pesar del resultado inequívoco del Concilio, que había afirmado con claridad que el Hijo es de la misma substancia del Padre, poco después esas ideas erróneas volvieron a prevalecer -en esa situación, Arrio fue incluso rehabilitado- y fueron sostenidas por motivos políticos por el mismo emperador Constantino y después por su hijo Constancio II. Este, al que le preocupaban más la unidad del Imperio y sus problemas políticos que la verdad teológica, quería politizar la fe, haciéndola más accesible, según su punto de vista, a todos los súbditos del Imperio.

Así, la crisis arriana, que parecía haberse solucionado en Nicea, continuó durante décadas con vicisitudes difíciles y divisiones dolorosas en la Iglesia. Y en cinco ocasiones -durante treinta años, entre 336 y 366- san Atanasio se vio obligado a abandonar su ciudad, pasando diecisiete años en el destierro y sufriendo por la fe. Pero durante sus ausencias forzadas de Alejandría, el obispo pudo sostener y difundir en Occidente, primero en Tréveris y después en Roma, la fe de Nicea así como los ideales del monaquismo, abrazados en Egipto por el gran eremita san Antonio, con una opción de vida por la que san Atanasio siempre se sintió atraído.

Al volver definitivamente a su sede, el obispo de Alejandría pudo dedicarse a la pacificación religiosa y a la reorganización de las comunidades cristianas. Murió el 2 de mayo del año 373. Su obra doctrinal más famosa es el tratado Sobre la encarnación del Verbo, el Logos divino que se hizo carne, llegando a ser como nosotros, por nuestra salvación.

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DE LA ENCARNACIÓN DEL VERBO
San Atanasio de Alejandría,
Sermón sobre la encarnación del Verbo (8-9)

El Verbo de Dios, incorpóreo, incorruptible e inmaterial, vino a nuestro mundo, aunque tampoco antes se hallaba lejos, pues nunca parte alguna del universo se hallaba vacía de él, sino que lo llenaba todo en todas partes, ya que está junto a su Padre.

Pero él vino por su benignidad hacia nosotros, y en cuanto se nos hizo visible. Tuvo piedad de nuestra raza y de nuestra debilidad y, compadecido de nuestra corrupción, no soportó que la muerte nos dominase, para que no pereciese lo que había sido creado, con lo que hubiera resultado inútil la obra de su Padre al crear al hombre, y por esto tomó para sí un cuerpo como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en un cuerpo ni tampoco en hacerse simplemente visible. En efecto, si tan sólo hubiese pretendido hacerse visible, hubiera podido ciertamente asumir un cuerpo más excelente; pero él tomó nuestro mismo cuerpo.

En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento, en el que había de darse a conocer y habitar; de este modo, habiendo tomado un cuerpo semejante al de cualquiera de nosotros, ya que todos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte por todos, ofreciéndolo al Padre con un amor sin límites; con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte en el cuerpo del Señor, y así ya no le quedó fuerza alguna para ensañarse con los demás hombres, semejantes a él; con ello, también hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de muerte a vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido y con el poder de su resurrección, del mismo modo que la paja es consumida por el fuego.

Por esta razón, asumió un cuerpo mortal: para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisficiera por todos la deuda contraída con la muerte; para que, por el hecho de habitar el Verbo en él, no sucumbiera a la corrupción; y, finalmente, para que, en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya todos libres de la corrupción.

De ahí que el cuerpo que él había tomado, al entregarlo a la muerte como una hostia y víctima limpia de toda mancha, alejó al momento la muerte de todos los hombres, a los que él se había asemejado, ya que se ofreció en lugar de ellos.

De este modo, el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y, así, el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa por su cuerpo semejante al de ellos.

Es verdad, pues, que la corrupción de la muerte no tiene ya poder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo, que habita entre ellos por su encarnación.

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MARÍA Y LA VIDA ESPIRITUAL FRANCISCANA (II)
por León Amorós, OFM

Nos dice San Buenaventura, biógrafo de San Francisco, en la Leyenda Mayor: «Amaba con indecible afecto a la Madre del Señor Jesús, por ser ella la que ha convertido en hermano nuestro al Señor de la majestad y por haber nosotros alcanzado misericordia mediante ella» (LM 9,3). Magnífico testimonio de contenido profundamente teológico de la vida mariana del Seráfico Padre: la asociación de la Santísima Virgen al misterio de la Encarnación y Redención, y su cooperación como causa meritoria de la misma.

Este «indecible afecto» del Santo Padre, de que nos habla San Buenaventura, tiene su magnífica y esplendorosa manifestación en el bellísimo Saludo que el Pobrecillo dirige a la celestial Reina (SalVM).

Si bien la vida cristiana es sustancialmente una, tanto en los individuos como en las instituciones, sin embargo su fecundidad divina es tal que, sin menoscabo de esta unidad, produce una variadísima floración de celestiales matices por los cuales no es difícil reconocer en ellos los rasgos peculiares de la fisonomía moral de Jesucristo y, consiguientemente también, de su Madre, que da personalidad sobrenatural al individuo o la institución que se nutre de esta vida.

El rasgo divino que San Francisco reproduce de la fisonomía de Jesús y de su Madre, es la virtud de la pobreza evangélica, que lleva en sí contenidas, como las premisas contienen las consecuencias, la humildad, la sencillez evangélica, la infancia espiritual, el desapego a todo lo terreno.

Es el propio San Buenaventura quien nos presenta este matiz divino de la vida del Seráfico Padre: «Frecuentemente evocaba -no sin lágrimas- la pobreza de Cristo Jesús y de su madre; y como fruto de sus reflexiones afirmaba ser la pobreza la reina de las virtudes, pues con tal prestancia había resplandecido en el Rey de los reyes y en la Reina, su madre» (LM 7,1).

El propio San Francisco, en la Carta dirigida a todos los fieles, dice: el Verbo del Padre..., «siendo rico, quiso elegir, con la bienaventurada Virgen, su Madre, la pobreza en el mundo» (2CtaF 4-5). [Jamás habla Francisco -señala el P. Iriarte- de la pobreza de Jesús sin que asocie a ella el recuerdo de la pobreza de la Virgen, su Madre].

Estos caracteres de la vida divina de Francisco no podían menos que pasar a su obra. Así que la Orden por él fundada había de estar asentada sobre la virtud de la pobreza evangélica, y mecida su cuna al calor de la Santísima Virgen. Y quiso la divina Providencia que fuera esta pobrísima cuna la iglesita dedicada a Santa María de los Angeles.

Que el Seráfico Padre tuviera perfecto conocimiento de la acción poderosa y decisiva de la Santísima Virgen en los principios de la Orden Franciscana, lo atestigua San Buenaventura: «Francisco -dice-, pastor de la pequeña grey, condujo, movido por la gracia divina, a sus doce hermanos a Santa María de la Porciúncula, con el fin de que allí donde, por los méritos de la madre de Dios, había tenido su origen la Orden de los Menores, recibiera también, con su auxilio, un renovado incremento» (LM 4,5).

Profundamente radicadas ya en la devoción dulcísima de la Santísima Virgen la vida sobrenatural de Francisco y la de los doce primeros discípulos suyos, fundamentos sobre los que había de sentarse la gran obra que él fundara, la Orden Seráfica logrará ya desde su origen la plena conciencia del espíritu vital mariano que habría de ser su principio rector con el transcurso del tiempo. Quedaba, pues, plenamente vinculada la Orden Franciscana a la acción vivificadora de la Santísima Virgen. Como consecuencia lógica de este estado de cosas, y como coronamiento de esta obra, procedía ahora una declaración del Santo Fundador poniendo la Orden bajo el amparo y plena tutela de María Santísima, dedicándola a su gloria; o sea, hablando en términos modernos, consagrando la Orden a la Santísima Virgen María. Que el Santo Padre cerrara su obra con este broche de oro nos lo dice el Seráfico Doctor con estas lacónicas palabras: «Después de Cristo, depositaba principalmente en la misma su confianza; por eso la constituyó abogada suya y de todos sus hermanos, y ayunaba en su honor con suma devoción desde la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo hasta la fiesta de la Asunción» (LM 9,3).

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