miércoles, 26 de abril de 2017

Dios ama desigualmente a todos los hombres.

GratuidadDios no ama igualmente a todos los hombres, sino que ama a todos los hombres en forma desigual.
Retomamos aquí un tema tratado ya con mucho acierto por el P. Iraburu.
La explicación teológica, luminosa como siempre, la trae Santo Tomás en Ia, q. 20, a 3:
“Como amar es querer el bien para alguien, en un doble sentido puede decirse amar más o menos. 1) Uno, por parte del mismo acto de la voluntad, que puede ser más o menos intenso. En este sentido, Dios no ama a unos más que a otros, porque todo lo ama con un solo y simple acto de voluntad, que siempre tiene la misma intensidad. 2) Otro, por parte del mismo bien que alguien quiere para el amado. Y, en este sentido, decimos que alguien ama más a otro si el bien que se le desea es mayor, aun cuando no sea con una más intensa voluntad. Y en este sentido es en el que hay que decir que Dios ama a unos más que a otros. Pues como el amor de Dios es causa de la bondad de las cosas, como ya se dijo, una cosa no sería mejor que otra si Dios no quisiera para ella un mayor bien.”
Veamos ahora lo que dice el Magisterio de la Iglesia al respecto.
II CONCILIO DE ORANGE (529). Contra los semipelagianos.
“D-176 [II. Sobre la gracia.] Can. 3. Si alguno dice que la gracia de Dios puede conferirse por invocación humana, y no que la misma gracia hace que sea invocado por nosotros, contradice al profeta Isaías o al Apóstol, que dice lo mismo: He sido encontrado por los que no me buscaban; manifiestamente aparecí a quienes por mí no preguntaban [Rom. 10, 20; cf. Is. 65, 1].

D-177 Can. 4. Si alguno porfía que Dios espera nuestra voluntad para limpiarnos del pecado, y no confiesa que aun el querer ser limpios se hace en nosotros por infusión y operación sobre nosotros del Espíritu Santo, resiste al mismo Espíritu Santo que por Salomón dice: Es Preparada la voluntad por el Señor [Prov. 8, 35: LXX], y al Apóstol que saludablemente predica: Dios es el que obra en nosotros el querer y el acabar, según su beneplácito [Phil. 2, 13].
D-178 Can. 5. Si alguno dice que está naturalmente en nosotros lo mismo el aumento que el inicio de la fe y hasta el afecto de credulidad por el que creemos en Aquel que justifica al impío y que llegamos a la regeneración del sagrada bautismo, no por don de la gracia - es decir, por inspiración del Espíritu Santo, que corrige nuestra voluntad de la infidelidad a la fe, de la impiedad a la piedad –, se muestra enemigo de los dogmas apostólicos, como quiera que el bienaventurado Pablo dice: Confiamos que quien empezó en vosotros la obra buena, la acabará hasta el día de Cristo Jesús [Phil. 1, 6]; y aquello: A vosotros se os ha concedido por Cristo, no sólo que creáis en El, sino también que por El padezcáis [Phil. 1, 29]; y: De gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, puesto que es don de Dios [Eph. 2, 8]. Porque quienes dicen que la fe, por la que creemos en Dios es natural, definen en cierto modo que son fieles todos aquellos que son ajenos a la Iglesia de Dios.
D-179 Can 6. Si alguno dice que se nos confiere divinamente misericordia cuando sin la gracia de Dios creemos, queremos, deseamos, nos esforzamos, trabajamos, oramos, vigilamos, estudiamos, pedimos, buscamos, llamamos, y no confiesa que por la infusión e inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y queramos o que podamos hacer, como se debe, todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la humildad y obediencia humanas y no consiente en que es don de la gracia misma que seamos obedientes y humildes, resiste al Apóstol que dice ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? [1 Cor. 4, 7]; y: Por la gracia de Dios soy lo que soy [1 Cor. 15, 10].
D-182 Can. 9. «Sobre la ayuda de Dios. Don divino es el que pensemos rectamente y que contengamos nuestros pies de la falsedad y la injusticia; porque cuantas veces bien obramos, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» .
D-185 Can. 12. «Cuáles nos ama Dios. Tales nos ama Dios cuales hemos de ser por don suyo, no cuales somos por merecimiento nuestro» .
D-187 Can. 14. «Ningún miserable se ve libre de miseria alguna, sino el que es prevenido de la misericordia de Dios» como dice el salmista: Prontamente se nos anticipe, Señor, tu misericordia [Ps. 78, 8] y aquello: Dios mío, su misericordia me prevendrá [Ps. 58, 11].
D-193 Can. 20. «Que el hombre no puede nada, bueno sin Dios. Muchos bienes hace Dios en el hombre, que no hace el hombre; ningún bien, empero, hace el hombre que no otorgue Dios que lo haga el hombre» .
D-195 Can. 22. «De lo que es propio de los hombres. Nadie tiene de suyo, sino mentira y pecado. Y si alguno tiene alguna verdad y justicia, viene de aquella fuente de que debemos estar sedientos en este desierto, a fin de que, rociados, como si dijéramos, por algunas gotas de ella, no desfallezcamos en el camino» .
D-198 Can 25. «Del amor con que amamos a Dios. Amar a Dios es en absoluto un don de Dios. El mismo, que, sin ser amado, ama, nos otorgó que le amásemos. Desagradándole fuimos amados, para que se diera en nosotros con que le agradáramos. En efecto, el Espíritu del Padre y del Hijo, a quien con el Padre y el Hijo amamos, derrama en nuestros corazones la caridad» [Rom. 5, 5].
D-199 Y así, conforme a las sentencias de las Santas Escrituras arriba escritas o las definiciones de los antiguos Padres, debemos por bondad de Dios predicar y creer que por el pecado del primer hombre, de tal manera quedó inclinado y debilitado el libre albedrío que, en adelante, nadie puede amar a Dios, como se debe, o creer en Dios u obrar por Dios lo que es bueno, sino aquel a quien previniere la gracia de la divina misericordia. De ahí que aun aquella preclara fe que el Apóstol Pablo [Hebr. 11] proclama en alabanza del justo Abel, de Noé, Abraham, Isaac y Jacob, y de toda la muchedumbre de los antiguos santos, creemos que les fué conferida no por el bien de la naturaleza que primero fué dado en Adán, sino por la gracia de Dios. Esta. Misma gracia, aun después del advenimiento del Señor, a todos los que desean bautizarse sabemos y creemos juntamente que no se les confiere por su libre albedrío, sino por la largueza de Cristo, conforme a lo que muchas veces hemos dicho ya y lo predica el Apóstol Pablo: a vosotros se os ha dado, por Cristo, no sólo que creáis en Él, sino también que padezcáis por El [Phil. 1, 29]; y aquello: Dios que empezó en vosotros la obra buena, la acabará hasta el día de nuestro Señor [Phil. 1, 6]; y lo otro: De gracia habéis sido salvados por la fe, y esto no de vosotros: porque don es de Dios [Eph. 2, 8]; y lo que de sí mismo dice el Apóstol: He alcanzado misericordia para ser fiel [1 Cor. 7, 25; 1 Tim. 1, 13]; no dijo: «porque era», sino «para ser». Y aquello: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? [ 1 Cor. 4, 7]. Y aquello: Toda dádiva buena y todo don perfecto, de arriba es, y baja del Padre de las luces [Iac. 1, 17]. Y aquello: Nadie tiene nada, si no le fuere dado de arriba [Ioh. 3, 27].
(…)
También profesamos y creemos saludablemente que en toda obra buena, no empezamos nosotros y luego somos ayudados por la misericordia de Dios, sino que El nos inspira primero - sin que preceda merecimiento bueno alguno de nuestra parte - la fe y el amor a El, para que busquemos fielmente el sacramento del bautismo, y para que después del bautismo, con ayuda suya, podamos cumplir lo que a El agrada. De ahí que ha de creerse de toda evidencia que aquella tan maravillosa fe del ladrón a quien el Señor llamó a la patria del paraíso [Lc. 23, 43], y la del centurión Cornelio, a quien fué enviado un ángel [Act. 10, 3] y la de Zaqueo, que mereció hospedar al Señor mismo [Lc. 19, 6], no les vino de la naturaleza, sino que fué don de la liberalidad divina.
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Argumentamos así:
Nada hay bueno en el hombre que no sea don de Dios. Pero en los hombres hay distintos grados de bondad. Por tanto, Dios no da los mismos dones a todos los hombres igualmente.
Ahora bien, los dones de Dios a los hombres proceden del amor de Dios a los hombres.
Por tanto, si Dios no da los mismos dones a todos los hombres igualmente, entonces no ama a todos por igual, si bien sí ama a todos, pues a todos hace algún don, comenzando por el mismo don de la existencia.
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Por eso dice el Concilio de Orange:
D-185 Can. 12. «Cuáles nos ama Dios. Tales nos ama Dios cuales hemos de ser por don suyo, no cuales somos por merecimiento nuestro».
Lo que hemos de llegar a ser, lo hemos de llegar a ser por don de Dios, y eso que hemos de llegar a ser es fruto del amor de Dios hacia nosotros.
Pero distintos seres humanos llegan a distintos grados de bondad y santidad.
Luego, Dios les ha dado sus dones según grados diferentes, porque ha amado a unos más que a otros.
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También dice Orange:
D-198 Can 25. «Del amor con que amamos a Dios. Amar a Dios es en absoluto un don de Dios. El mismo, que, sin ser amado, ama, nos otorgó que le amásemos. Desagradándole fuimos amados, para que se diera en nosotros con que le agradáramos. En efecto, el Espíritu del Padre y del Hijo, a quien con el Padre y el Hijo amamos, derrama en nuestros corazones la caridad» [Rom. 5, 5].
Amar a Dios es un don de Dios. Pero no todos los hombres aman a Dios en la misma medida. Por tanto, no todos han recibido el mismo don de Dios.
Pero Dios nos da sus dones porque nos ama. Por eso dice: “El mismo, que, sin ser amado, ama, nos otorgó que le amásemos.” Y “fuimos amados, para que se diera en nosotros con que le amáramos”.
Por tanto, no todos los hombres han sido igualmente amados por Dios.
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Y también dice: «Ningún miserable se ve libre de miseria alguna, sino el que es prevenido de la misericordia de Dios» como dice el salmista: Prontamente se nos anticipe, Señor, tu misericordia [Ps. 78, 8] y aquello: Dios mío, su misericordia me prevendrá [Ps. 58, 11].”
La misericordia divina, en efecto, es una forma del amor divino.
Por tanto, Dios no ama igualmente a todos los hombres, porque su misericordia no previene igualmente a todos los hombres, porque no da a todos los mismos dones.
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Las citas bíblicas del Concilio de Orange son más que elocuentes al respecto:
Dios es el que obra en nosotros el querer y el acabar, según su beneplácito [Phil. 2, 13].”
Dios obra, entonces, en los santos, todo aquello que los eleva a la perfección de la vida cristiana, distinguiéndolos así de los que no llegan a esa perfección. Y lo hace “según su beneplácito”, o sea, por su libre voluntad, como dice también el Concilio de Orange en los textos citados:
“De ahí que ha de creerse de toda evidencia que aquella tan maravillosa fe del ladrón a quien el Señor llamó a la patria del paraíso [Lc. 23, 43], y la del centurión Cornelio, a quien fué enviado un ángel [Act. 10, 3] y la de Zaqueo, que mereció hospedar al Señor mismo [Lc. 19, 6], no les vino de la naturaleza, sino que fué don de la liberalidad divina.”
Es evidente, entonces, que Dios no obra igualmente en todos los hombres, ni en el ladrón malo, ni en tantos otros centuriones aparte de Cornelio, ni en tantos otros publicanos distintos de Zaqueo, ni en tantos otros fariseos distintos de San Pablo y que a lo mejor no perseguían a la Iglesia con la saña con que lo hacía él.
Y de ahí se sigue que no los ama igualmente a todos.
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Y es que si dijésemos que Dios ama a todos por igual, deberíamos decir que da o al menos ofrece a todos los mismos dones, y que es según la aceptación o el rechazo de cada uno que esos dones fructifican o no, y lo hacen más o menos.
Pero entonces no sería verdad esto que dice el Concilio de Orange:
“D-176 [II. Sobre la gracia.] Can. 3. Si alguno dice que la gracia de Dios puede conferirse por invocación humana, y no que la misma gracia hace que sea invocado por nosotros, contradice al profeta Isaías o al Apóstol, que dice lo mismo: He sido encontrado por los que no me buscaban; manifiestamente aparecí a quienes por mí no preguntaban [Rom. 10, 20; cf. Is. 65, 1].
D-177 Can. 4. Si alguno porfía que Dios espera nuestra voluntad para limpiarnos del pecado, y no confiesa que aun el querer ser limpios se hace en nosotros por infusión y operación sobre nosotros del Espíritu Santo, resiste al mismo Espíritu Santo que por Salomón dice: Es preparada la voluntad por el Señor [Prov. 8, 35: LXX], y al Apóstol que saludablemente predica: Dios es el que obra en nosotros el querer y el acabar, según su beneplácito [Phil. 2, 13].
De donde se sigue que para la misma aceptación de la gracia divina es necesaria la gracia de Dios.
Por donde es claro que la iniciativa, en última instancia, es siempre de Dios y no nuestra, mientras que si depende en última instancia de nuestra aceptación o rechazo que la gracia fructifique o no, y que lo haga más o menos, entonces la iniciativa, en última instancia, es nuestra y no de Dios.  
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Y ahí se cumple a rajatabla la expresión del Papa Francisco: “Dios nos primerea”.
Porque no cabe duda, por ejemplo, que Saulo hizo todo lo posible, no por aceptar, sino por rechazar la gracia de Dios, antes de que esa misma gracia lo moviese a aceptarla cuando lo tiró por tierra camino de Damasco.
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Por eso dice el R. P. Reginaldo Garrigou – Lagrange, O. P., en su libro “La Predestinación de los Santos y la Gracia” (pp. 31 – 33):
“El canon 12 es una fórmula del principio de predilección: Tales nos amat Deus, quales futuri sumus ipsius dono, non quales sumus nostro merito (Dios nos ama tales cuales llegaremos a ser por don suyo, y no cuales somos por nuestro mérito.), extraído de la 56* sentencia de Próspero. De él se sigue necesariamente: Tales magis amat Deus, quales futuri sunt meliores ipsius donoDios ama más a aquellos que por su don han de ser mejores. En otros términos, nadie sería mejor que otro, si no fuese más amado por Dios.
Al citar este canon, Denzinger, n. 185, remite al Indiculus de gratia Dei, ibid., n. 134, donde se dice: Nemo aliunde Deo placet, nisi ex eo quod ipse donaverit (Nadie agrada a Dios, sino por aquello que El mismo le haya dado) y entonces nadie place más a Dios que otro, sin haber recibido más de Dios. Si por el contrario la gracia se hiciera eficaz en actu secundo por nuestro consentimiento, sucedería que de dos hombres igualmente ayudados, uno llegaría a ser mejor, mejor sin haber sido más amado, más ayudado, mejor sin haber recibido más. No es esto lo que leemos en el Concilio de Orange, ni en el Indiculus de gratia, colección de las declaraciones de la Iglesia Romana, compuesta según toda verosimilitud por el futuro papa San León I. Esta compilación es aceptada en todas partes hacia el año 500.
(…)
“El principio de predilección está expresado también bajo otras formas en el Concilio de Orange; ver canon 16: Nemo ex quod videtur habere, glorietur, tanquam non acceperit (Nadie se gloríe por aquello que le parece tener, como si no lo hubiera recibido); canon 20 (n. 193): Multa Deus facit in homine bona, quae non facit homo, nulla vero facit homo bona, quae non Deus praestat ut faciat homo (Dios hace en el hombre muchas cosas buenas que el hombre no hace, mas en verdad ninguna cosa buena hace el hombre que Dios no dé que haga.). Este extracto de San Agustín y de la 312* sentencia de Próspero significa que todo bien deriva de Dios, sea como autor de la naturaleza, sea como autor de la gracia, y, por consiguiente, que nadie es mejor sin haber recibido más.
Es también el sentido del canon 22: Nemo habet de suo nisi mendacium et peccatum. Si quid autem habet homo veritatis atque justitiae, ab illo fonte est, quem debemus sitire in hac eremo, ut ex eo quasi guttis quibusdam irrorat non deficiamus in via (Nadie tiene de propio sino la mentira y el pecado. Si algo, pues, tiene el hombre de verdad y justicia, proviene de aquella fuente que debemos desear en este desierto, a fin de que recibiendo de ella como un rocío, no desfallezcamos en el camino.).
(…)
Asimismo ven este principio en las palabras de San Pablo: Deus est qui operatur in vobis velle et perficere, pro bona voluntate (Filip., II, 13); Quis enim te discernit? Quid autem habes quod non accepisti? (I Cor., IV, 7) (Dios es quien obra en vosotros por su buena voluntad el querer y el obrar. ¿Quién es el que te distingue? ¿Qué es lo que tienes que no lo hayas recibido?).
¿No es eso, acaso, lo que negaban los semipelagianos diciendo que Dios quiere salvar igualmente a todos los hombres y que El no es el autor, sino el espectador, de aquello que distingueal justo del impío, y a los elegidos de los otros hombres?”
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Y es que efectivamente, si no es Dios, en última instancia, el que distingue al bueno del malo, entonces es el bueno mismo el que se distingue a sí mismo, se da a sí mismo esa bondad, justicia y santidad de la que carece el otro, y entonces, no debe agradecer eso en última instancia a Dios, sino a sí mismo, ni es Dios en última instancia su Salvador, sino él mismo, siendo Dios en todo caso espectador de lo bien que este hombre usa la gracia divina, lo cual coincide en lo esencial con el pelagianismo.
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Por eso dice Garrigou – Lagrange:
“Y de hecho Molina dice (es un mínimo indispensable): a condición de que Dios, según su beneplácito enteramente gratuito, quiera colocar al hombre en las circunstancias en que por la ciencia media prevé que este hombre perseverará. Por ahí, como por su teoría del pacto relativo al initium salutis , el molinismo evita el semipelagianismo; pero a los ojos de los tomistas, parece disminuir la primer gracia y el magnum et speciale donum perseverantiae finalis.” (op. cit., pp. 28 – 29).
Donde se ve que para evitar el semipelagianismo, según Garrigou – Lagrange, hay que aceptar que la iniciativa, en última instancia, es de Dios, y no del hombre, y que por tanto, si alguno es mejor que otro, es porque Dios lo ha amado másaunque sea por el hecho, según la teoría molinista, de haberlo querido crear en las circunstancias en que responderá afirmativamente a la gracia, en vez de crearlo en que aquellas circunstancias en que la rechazaría.
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Es notable en ese sentido la forma errada en que algunos entienden la parábola de los obreros de la última hora. Dice por ahí en Internet:
“Es entonces que rememora lo que su madre le explicó, citando la parábola del Hijo Pródigo, o bien la de los obreros de la viña, donde el propietario paga igual remuneración a todos los obreros, recordando que Dios ama a todos por igual de la misma forma que una madre ama a todos sus hijos.”
Santo Tomás de Aquino (Ia IIae, q. 23, a. 5) dice, con mucha más lucidez:
“Sin embargo, aun cuando Dios no trate igual a quienes son iguales, no por eso hay iniquidad en El. (…) En lo que se da por gracia, alguien puede dar libremente lo que quiera, o más o menos, mientras no deje de dar lo debido a quien le toque y no haya detrimento de la justicia. Esto es lo que dice el padre de familia en Mt 20,14s.: Toma lo tuyo y márchate. ¿Acaso no puedo hacer lo que quiero?
Para el sitio de Internet, Dios ama a todos los hombres igualmente, porque a todos los operarios, tanto a los que comenzaron a trabajar de madrugada como a los que llegaron al atardecer, el propietario les paga lo mismo.
Para Santo Tomás, ésa es la razón, precisamente, por la cual hay que decir que Dios no ama igualmente a todos los hombres, porque el propietario pagó lo mismo a los que no habían trabajado lo mismo.
Y ése es claramente el sentido de la parábola, por eso los que llegaron primero se quejan al propietario. Y la respuesta de éste no es “Amo a todos por igual”, sino “Hago lo que quiero con lo que es mío”.
En definitiva: el amor de Dios al hombre y la salvación que deriva de él es gracia, es gratuitono es debido al hombre en justicia, y por tanto, no es debido a ninguno, de modo que Dios puede darlo a quien Él quiera y a quien quiera no darlo, con total libertad y “liberalidad”, como dice el II Concilio de Orange según vimos.
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Eso no significa, por supuesto, desconocer el papel de la libertad humana, en la aceptación o el rechazo de la gracia divina, en la salvación del hombre.
Pero sí implica que toda forma de explicar esa verdad debe poder conciliarse con lo arriba dicho.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica:
“600 Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de “predestinación” incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia: “Sí, verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra tu santo siervo Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio Pilato con las naciones gentiles y los pueblos de Israel (cf. Sal 2, 1-2), de tal suerte que ellos han cumplido todo lo que, en tu poder y tu sabiduría, habías predestinado” (Hch 4, 27-28). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera (cf. Mt 26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de salvación (cf. Hch 3, 17-18).”
Es decir, la clave está en no oponer predestinación divina y libertad de la creatura, sino en reconocer el misterio inefable por el que la misma libertad de la creatura queda integrada en el designio de la predestinación divina.
Lo que sí nos exige nuestra fe es sostener que Dios no predestina a nadie al pecado, como dice el mismo Concilio II de Orange:
“D-200 [III. De la predestinación.] También creemos según la fe católica que, después de recibida por el bautismo la gracia, todos los bautizados pueden y deben, con el auxilio y cooperación de Cristo, con tal que quieran fielmente trabajar, cumplir lo que pertenece a la salud del almaQue algunos, empero, hayan sido predestinados por el poder divino para el mal, no sólo no lo creemos, sino que si hubiere quienes tamaño mal se atrevan a creer, con toda detestación pronunciamos anatema contra ellos.”
Del cual misterio insondable dice San Pablo en la Carta a los Romanos, cap. 11, vv. 33 - 36:
“¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!  Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?  ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado?  Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.”

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