jueves, 6 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 7 DE ABRIL

 

SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE. Nació en Reims (Francia) el año 1651 de padres nobles pero no ricos. Culminó sus estudios en la Sorbona de París, residiendo en San Sulpicio. Ordenado de sacerdote en 1678, renunció al canonicato para dedicarse a las clases sociales más pobres y en particular a la educación de los niños, dando así inicio a lo que llegarían a ser los Hermanos de las Escuelas Cristianas, por cuya existencia y desarrollo hubo de soportar innumerables dificultades. Comenzó por formar bien a los maestros. El método pedagógico innovador que adoptó, que incluía la pedagogía racional, eliminando elementos tradicionales ya inútiles, y el uso de la lengua materna en lugar del latín, le procuró de momento muchas contrariedades, aunque luego alcanzó gran difusión. Murió en Saint-Yon, cerca de Ruán, el 7 de abril de 1719.- Oración: Señor, tú que has elegido a san Juan Bautista de la Salle para educar a los jóvenes en la vida cristiana, suscita maestros en tu Iglesia que se entreguen con generosidad a la formación humana y cristiana de la juventud. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




BEATA MARÍA ASSUNTA PALLOTTA. Nació el año 1878 en Force (Marcas, Italia), de una familia campesina, pobre, religiosa. Era la mayor de cinco hermanos y pronto tuvo que dejar la escuela y ponerse a trabajar para contribuir al sustento de su familia. Fue siempre laboriosa, sencilla, amable, muy devota. En 1898, con la ayuda de personas buenas, ingresó en las Franciscanas Misioneras de María. Dos años después eran martirizadas en China siete Misioneras. No tardó nuestra beata en pedir a la Fundadora que la enviara allí, petición que le fue aceptada. Tras recibir la bendición de san Pío X, emprendió el viaje con otras hermanas y llegó a Shansi (China) en junio de 1904. Fue destinada como cocinera al orfanato de un pueblo pequeño, Donger-kou. De nuevo aquí fue la monjita sencilla, dócil, generosa, sacrificada, entregada a trabajos humildes en los que prodigaba el amor que bebía en su vida con Dios. En 1905 azotó la región una epidemia de tifus y María Assunta fue una de sus víctimas. Murió el 7 de abril de 1905.- Oración: Dios, Padre nuestro, que abres las puertas de tu Reino a los humildes y los sencillos, concédenos la gracia de seguir confiadamente el camino trazado por la beata María Assunta Pallotta, para que, dando frutos de buenas obras, podamos caminar en tu presencia en el espíritu del Evangelio. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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San Aiberto. Nació en Espain (Tournai) y de joven optó por la vida eremítica. Veinte años más tarde hizo una peregrinación a Roma y, a la vuelta, ingresó en el monasterio de Crespin en Hainaut (Francia). Años después obtuvo permiso para vivir en una celda cercana al monasterio. Era tal la multitud que acudía a él, que el obispo creyó oportuno ordenarlo de sacerdote para que pudiera administrarles el sacramento de la penitencia. A diario recitaba en soledad y de rodillas o postrado en tierra todo el Salterio. Murió el año 1140.

San Caliopio. Sufrió el martirio en Pompeyópolis de Cilicia (Turquía) en el siglo IV.

San Enrique Walpole y el beato Alejandro Rawlins. Enrique estudió en Cambridge y Londres. El martirio de san Edmundo Campion en 1581 lo llevó al catolicismo. Para hacerse sacerdote marchó a Reims y luego a Roma, donde ingresó en la Compañía de Jesús. Se ordenó de sacerdote en París y estuvo ejerciendo su apostolado en Flandes, Italia y España, hasta que los superiores lo enviaron a Inglaterra; en seguida fue arrestado. Alejandro nació en Oxford y allí realizó sus estudios. Fue arrestado varias veces y, 1586, desterrado. Estando en Francia, estudió en el seminario de Reims y se ordenó de sacerdote. Volvió a Inglaterra y estuvo cuatro años trabajando, hasta que lo arrestaron. Los dos estuvieron encarcelados y fueron torturados por su sacerdocio. Los ahorcaron y descuartizaron en York el año 1595, durante el reinado de Isabel I.

San Hegesipo. Nació a comienzos del siglo II. Se convirtió al cristianismo, viajó por varias ciudades y vivió en Roma desde el pontificado de Aniceto hasta el de Eleuterio. Escribió con estilo sencillo una historia de los hechos eclesiásticos, desde la Pasión del Señor hasta su tiempo. De ella habla Eusebio en su Historia Eclesiástica, pero no ha llegado hasta nosotros. Murió hacia el año 180.

San Hermán (o Germán) José de Colonia. Sacerdote y monje en el monasterio de los Premostratenses de Steinfeld (Alemania). Destacó por su delicado amor a la Virgen María, y celebró con himnos y cánticos su devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Murió el año 1241 ó 1252 en Hoven, donde atendía por las fiestas de Pascua a las hermanas cistercienses.

San Jorge. Nació de familia rica en Asia. De joven dio sus bienes a los pobres y entró en un monasterio. Poco después marchó a Mitilene, en la isla de Lesbo en el mar Egeo, para llevar vida de anacoreta. El año 804 el clero local lo eligió obispo, tarea que asumió armonizándola con su vida de penitencia y de caridad. En tiempo del emperador León el Armenio tuvo que padecer mucho por defender el culto de las sagradas imágenes. Murió el año 816.

Santos Mártires de Sínope. En Sínope, región del Ponto (en la actual Turquía), al comienzo de la persecución de Diocleciano en el siglo IV, cuando se procedió a depurar el ejército imperial de elementos cristianos, fueron martirizados a causa de su fe en Cristo unos doscientos soldados.

San Pedro Nguyen Van Luu. Sacerdote que fue martirizado en Cochinchina, ahora Vietnam, el año 1861, en tiempo del emperador Tu Duc. Subió al patíbulo lleno de gozo en el Señor.

San Pelusio. Sacerdote que sufrió el martirio en Alejandría de Egipto en una fecha incierta de los primeros siglos cristianos.

Santos Teodoro, Ireneo, Serapión y Ammón. Teodoro era obispo, Ireneo diácono, Serapión y Ammón lectores. Todos ellos fueron martirizados el siglo IV en Pentápolis (Libia).

Beatos Eduardo Oldcorne y Rodolfo Ashley. Eduardo estudió medicina. Después hizo la carrera sacerdotal en Reims y en Roma, donde se ordenó de sacerdote y, al año siguiente, ingresó en la Compañía de Jesús. Vuelto a Inglaterra estuvo 17 años ejerciendo en clandestinidad el ministerio sacerdotal. Rodolfo era hermano profeso de la Compañía de Jesús. Ambos fueron detenidos, acusados de conspirar contra Jacobo I, torturados y finalmente descuartizados aún vivos, en Worcester (Inglaterra) el año 1606.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la Carta de San Pablo a los Romanos: «Hermanos, ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos» (Rom 14,7-9).

Pensamiento franciscano:

Santa Clara escribió a santa Inés de Praga: -Él es el esplendor de la eterna gloria. Mira atentamente a diario este espejo y observa sin cesar en él tu rostro. En este espejo resplandece la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad. Considera el principio de este espejo, la pobreza de Aquel que es puesto en un pesebre y envuelto en pañales. Y en medio del espejo, considera la humildad, los innumerables trabajos y penalidades que soportó por la redención del género humano. Y al final del mismo espejo, contempla la inefable caridad, por la que quiso padecer en el árbol de la cruz y morir en el mismo del género de muerte más ignominioso de todos (cf. 4CtaCla 14-23).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Cristo, el Señor, que nos dio el mandamiento nuevo de amarnos los unos a los otros, y digámosle: Acrecienta, Señor, la caridad de tu Iglesia.

-Maestro bueno, enséñanos a amarte en nuestros hermanos y a servirte en cada uno de ellos.

-Tú que en la cruz pediste al Padre el perdón para tus verdugos, concédenos amar a nuestros enemigos y orar por los que nos persiguen.

-Señor, que la participación en la Eucaristía acreciente en nosotros el amor, la fortaleza y la confianza.

-Jesús Redentor, que el misterio de tu Cuerpo y de tu Sangre dé vigor a los débiles, consuelo a los tristes, esperanza a los que viven agobiados por las adversidades.

Oración: Escucha, Señor Jesús, nuestras súplicas y mira con amor a los que han puesto su esperanza en tu misericordia. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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BUSQUEMOS NUESTRO LUGAR EN EL VÍA CRUCIS
Benedicto XVI, Discurso al final del Vía Crucis
(Coliseo, Roma, 14 de abril de 2006)

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos acompañado a Jesús en el Vía Crucis. Lo hemos acompañado aquí, por el camino de los mártires, en el Coliseo, donde tantos han sufrido por Cristo, han dado la vida por el Señor; donde el Señor mismo ha sufrido de nuevo en tantos.

Así hemos comprendido que el Vía Crucis no es algo del pasado y de un lugar determinado de la tierra. La cruz del Señor abraza al mundo entero; su Vía Crucis atraviesa los continentes y los tiempos. En el Vía Crucis no podemos limitarnos a ser espectadores. Estamos implicados también nosotros; por eso, debemos buscar nuestro lugar. ¿Dónde estamos nosotros?

En el Vía Crucis no se puede ser neutral. Pilatos, el intelectual escéptico, trató de ser neutral, de quedar al margen; pero, precisamente así, se puso contra la justicia, por el conformismo de su carrera.

Debemos buscar nuestro lugar.

En el espejo de la cruz hemos visto todos los sufrimientos de la humanidad de hoy. En la cruz de Cristo hoy hemos visto el sufrimiento de los niños abandonados, de los niños víctimas de abusos; las amenazas contra la familia; la división del mundo en la soberbia de los ricos que no ven a Lázaro a su puerta y la miseria de tantos que sufren hambre y sed.

Pero también hemos visto «estaciones» de consuelo. Hemos visto a la Madre, cuya bondad permanece fiel hasta la muerte y más allá de la muerte. Hemos visto a la mujer valiente que se acerca al Señor y no tiene miedo de manifestar solidaridad con este Varón de dolores. Hemos visto a Simón, el Cireneo, un africano, que lleva la cruz juntamente con Jesús. Y mediante estas «estaciones» de consuelo hemos visto, por último, que, del mismo modo que no acaban los sufrimientos, tampoco acaban los consuelos.

Hemos visto cómo san Pablo encontró en el «camino de la cruz» el celo de su fe y encendió la luz del amor. Hemos visto cómo san Agustín halló su camino. Lo mismo san Francisco de Asís, san Vicente de Paúl, san Maximiliano Kolbe, la madre Teresa de Calcuta... Del mismo modo también nosotros estamos invitados a encontrar nuestro lugar, a encontrar, como estos grandes y valientes santos, el camino con Jesús y por Jesús: el camino de la bondad, de la verdad; la valentía del amor.

Hemos comprendido que el Vía Crucis no es simplemente una colección de las cosas oscuras y tristes del mundo. Tampoco es un moralismo que, al final, resulta insuficiente. No es un grito de protesta que no cambia nada. El Vía Crucis es el camino de la misericordia, y de la misericordia que pone el límite al mal: eso lo hemos aprendido del Papa Juan Pablo II. Es el camino de la misericordia y, así, el camino de la salvación. De este modo estamos invitados a tomar el camino de la misericordia y a poner, juntamente con Jesús, el límite al mal.

Pidamos al Señor que nos ayude, que nos ayude a ser «contagiados» por su misericordia. Pidamos a la santa Madre de Jesús, la Madre de la misericordia, que también nosotros seamos hombres y mujeres de la misericordia, para contribuir así a la salvación del mundo, a la salvación de las criaturas, para ser hombres y mujeres de Dios. Amén.

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EL AMOR DE CRISTO NOS APREMIA
San Juan Bautista de la Salle, Meditación 201

Caed en la cuenta de lo que dice el apóstol Pablo, esto es, que Dios puso en su Iglesia apóstoles, profetas y doctores, y observaréis que es él quien os puso en vuestro oficio. Pablo es también quien os vuelve a dar testimonio, cuando dice que hay diversos ministerios y diversas operaciones y que es el mismo espíritu quien se manifiesta en todas ellas para la utilidad común, es decir, para el bien de la Iglesia.

No dudéis entonces de que la gracia que se os ha concedido de enseñar a los niños, de anunciarles el Evangelio y de educar su espíritu religioso es un gran don de Dios, que es quien os ha llamado a este oficio.

Por tanto, los niños, que han sido entregados a vuestro cuidado, han de ver que sois ministros de Dios porque ejercéis vuestro oficio con una caridad sincera y una fraternal diligencia. El pensar que sois no sólo ministros de Dios, sino también de Cristo y de la Iglesia, os debe ayudar a cumplir con vuestra obligación.

Esto es lo que dice san Pablo cuando exhorta a que todos los que anuncian el Evangelio sean considerados como ministros de Cristo y que escriban la carta que Cristo dicta, no con tinta, sino con el espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón de los niños. Por esto, el amor de Dios debe apremiaros, puesto que Jesucristo murió por todos para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para él, que por nosotros murió y resucitó. Que vuestros discípulos, estimulados por vuestra diligencia y solicitud, sientan que es Dios mismo quien les exhorta por vuestro medio, ya que actuáis como embajadores de Cristo.

Es necesario que manifestéis a la Iglesia el amor que por ella sentís y le deis pruebas de vuestra diligencia, pues trabajáis en unión con la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo. Que vuestra actuación haga ver que amáis a los que Dios os encomendó con el mismo amor con que Cristo amó a su Iglesia.

Esforzaos porque los niños lleguen efectivamente a formar parte de este templo, de tal modo que sean dignos de presentarse un día ante el tribunal de Jesucristo gloriosamente, sin mancha ni arruga ni nada por el estilo, y puedan así manifestar a los siglos venideros las abundantes riquezas de la gracia que Dios os otorgó para educar y enseñar, y a ellos para aprender, todo con vistas a la herencia del reino de Dios y de Jesucristo, nuestro Señor.

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¡FRANCISCO, ENSÉÑANOS A ORAR!
María junto a Cristo, en la fe y devoción de Francisco (I)
por Francesco Saverio Toppi, OFMCap

En esta misma línea bíblica y existencial de la Eucaristía, se sitúa la Virgen María en la oración y en la vida de san Francisco.

Los testimonios de los biógrafos a este respecto son muy elocuentes. Escribe Celano: «Profesaba un indecible amor a la Madre de Jesús, porque nos había dado por hermano al Señor de la majestad. La obsequiaba con peculiares alabanzas, le dirigía ruegos, le ofrecía sus afectos tanto y de tal manera cual no puede expresar lengua humana. Pero lo que más nos alegra es que la constituyó abogado de la Orden y que cobijó bajo sus alas a los hijos que tenía que abandonar, para que ella los abrigase y auxiliase hasta el fin del mundo» (2 Cel 198).

Francisco atribuía a María la inspiración de vivir según el Evangelio. «Por intercesión de Aquella que había concebido al Verbo lleno de gracia y de verdad, logró concebir también él y engendrar el espíritu de la verdad evangélica... En la iglesita de Santa María de los Ángeles, al pie del altar, oraba Francisco con gemidos a la Virgen Madre de Dios..., y no fueron vanas aquellas humildes e insistentes plegarias... Aquí, en efecto, en su humildad, dio comienzo, aquí fue progresando de virtud en virtud, aquí alcanzó felizmente la cima de la perfección evangélica» (LM 2,8 y 3,1).

La perfección evangélica se identificaba para Francisco con la pobreza, y él la abrazó, porque la vio siempre unida en la Madre y en el Hijo (2 Cel 200).

Francisco enuncia con toda sencillez su propósito en estos términos, cuando escribe a Clara y a sus hermanas de San Damián: «Yo, hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin» (UltVol).

Francisco amaba y honraba a María sobre todo imitando su pobreza. Hay un episodio en su vida que podría constituir hoy una indicación válida y preciosa. A su vicario, Pedro Catáneo, que le pedía que se tomasen parte de los bienes de los novicios para hacer frente a las crecientes necesidades de los muchos hermanos que se encontraban de paso en Santa María de los Ángeles, no dudó en decirle el Santo: «Cuando de otra manera no puedas atender a los hermanos necesitados, despoja el altar de la Virgen y quítale sus adornos. Créeme, a la Virgen le será más grato que se observe el Evangelio de su Hijo despojando el altar, que dejar vestido el altar, pero despreciando a su Hijo. Dios cuidará de que haya quien restituya a su Madre lo que nos ha prestado a nosotros».

La fidelidad del Pobrecillo al Evangelio hunde sus raíces en la oración y en el ímpetu de su amor hacia Cristo y su Madre. El amor lo impulsa a hacerse semejante a la Persona amada.

En el códice 338 de Asís, donde se reproduce el Saludo a las virtudes, el título viene presentado bajo esta significativa rúbrica: «Virtudes con que fue adornada la santa Virgen y debe serlo el alma santa».

Y el Saludo a la bienaventurada Virgen María, que sigue inmediatamente, concluye así: «Dios te salve, Madre suya, y a todas vosotras las santas virtudes, que, por la gracia e iluminación del Espíritu Santo, sois infundidas en los corazones de los fieles, para que de infieles los hagáis fieles a Dios».

San Francisco manifiesta claramente que en María ve a la persona que encarna las virtudes hasta casi identificarse con ellas. María es la síntesis armoniosa de la sabiduría y de la simplicidad, de la pobreza y de la humildad, de la caridad y de la obediencia. El Pobrecillo saluda a estas virtudes como «señoras y reinas», porque resplandecen en la «Señora y Reina del universo», como si fueran sus manifestaciones en la historia. Con una única mirada, con un único anhelo, se dirige a María y a las virtudes y les ruega que vengan a habitar en las almas, a fin de transformarlas con la gracia del Espíritu Santo.

El Concilio Vaticano II cierra el decreto sobre la renovación de la vida religiosa indicando el mismo camino (PC 25). En el Documento de Taizé (n. 15) se declara: «Sigamos y veneremos a la Virgen María, asociada a la pobreza y a la pasión de Cristo. Nunca separemos a la Madre del Hijo. Ella es la senda abierta que conduce a la consecución del espíritu de Cristo pobre y crucificado». Se refleja aquí, en síntesis, la postura de san Francisco respecto a la Madre de Dios.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, n. 19 (1978) 45-46]

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