miércoles, 5 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano




DÍA 6 DE ABRIL

 

SAN METODIO. Era hermano de san Cirilo, y la fiesta de ambos juntos se celebra el 14 de febrero. Los dos nacieron en Tesalónica (Grecia) y fueron misioneros, oriundos de la Iglesia Bizantina, que, en el siglo IX, en los tiempos difíciles del gran cisma del Oriente cristiano, evangelizaron a los pueblos eslavos de la Europa oriental. Se dirigieron a Moravia a predicar la fe. Entre los dos publicaron los textos litúrgicos en lengua eslava, escritos en caracteres «cirílicos», como después se designaron. Tradujeron las sagradas Escrituras y celebraron la liturgia en lengua eslava, adaptando así el Evangelio a las diversas culturas. Llamados a Roma, Cirilo murió allí el 14 de febrero del año 869. Metodio, consagrado obispo, marchó a Panonia, donde desarrolló una infatigable labor de evangelización. Tuvo que sufrir mucho a causa de los envidiosos, pero contó siempre con el apoyo de los papas. Murió el 6 de abril del año 885 en la ciudad checa de Velehrad. Juan Pablo II los proclamó en 1980, junto a san Benito, patronos de Europa.- Oración: Oh Dios, que iluminaste a los pueblos eslavos mediante los trabajos apostólicos de los santos hermanos Cirilo y Metodio, concédenos la gracia de aceptar tu palabra y de llegar a formar un pueblo unido en la confesión y defensa de la verdadera fe. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




BEATO MIGUEL RUA. Nació en Turín (Italia) el año 1837. Estudió en el colegio de los Hermanos de la Salle, donde conoció a Don Bosco que iba allí a confesar. En 1852 entró en el Oratorio de Don Bosco y fue uno de los primeros que ingresó en la Congregación Salesiana, siendo el predilecto del fundador. En 1860 se ordenó de sacerdote y a partir de entonces colaboró estrechamente con el Santo en la puesta en marcha y dirección de la Congregación. Fue su mano derecha y su secretario. Lo acompañó en muchos viajes, entre ellos el de Barcelona en 1886. En 1884 el Papa lo nombró Vicario suyo con derecho a sucesión, y cuando Don Bosco murió en enero de 1888, asumió el gobierno pleno de los Salesianos que, bajo su mandato, se consolidaron y extendieron grandemente. Miguel Rua fue, además, un buen organizador, gran catequista y educador, excelente director espiritual; humilde a la vez que infatigable en su apostolado y en su tarea al frente de la Congregación. Murió el 6 de abril de 1910 en Turín.



BEATA PIERINA MOROSINI. Nació el año 1931 en Fiobbio di Albino, (Bérgamo, Italia). Desde niña manifestó una profunda piedad. Iba a la escuela y, siendo la mayor de nueve hermanos, ayudaba en las tareas domésticas. A los quince años fue admitida en la factoría textil Honegger de Albino: temprano, después de oír misa y comulgar, tenía que caminar 4 Km para llegar al trabajo. Se enroló en la vida y apostolado de la parroquia: catequesis, trabajo en favor del seminario y de las misiones. En 1957 asistió a la beatificación de María Goretti, que le serviría de modelo. Quiso ser religiosa, pero su familia no podía prescindir de su sueldo. Durante una hospitalización conoció el P. Luciano Mologni, capuchino, que en adelante fue su confesor y director espiritual. Ingresó en la Orden Franciscana Seglar. El 4 de abril de 1957, cuando regresaba del trabajo, fue asaltada por un joven que pretendió abusar de ella; ella se opuso y él la golpeó con una piedra hasta dejarla inconsciente; trasladada al hospital, murió dos días después. La beatificó Juan Pablo II el 4 de octubre de 1987.

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San Eutiquio. Abrazó la vida monástica en el monasterio de Amasea, del que llegó a ser hegúmeno o abad; se ordenó de sacerdote. El año 552 fue elegido obispo de Constantinopla. Al año siguiente presidió el II Concilio Ecuménico de Constantinopla, en el que defendió con energía la fe ortodoxa. Se opuso a Justiniano en materia doctrinal, y el emperador lo desterró el año 565. Pudo regresar en el 577, y falleció el año 582.

San Filareto. Fue monje en el monasterio de San Elías, en el monte Aulina, cerca de Palmi, en Calabria. Destacó por su entrega a la vida de oración. Murió el año 1076.

Santa Gala. Era hija de Símaco, cónsul romano y consejero de Teodorico. Contrajo matrimonio con un noble, del quedó viuda al año siguiente de su boda. No quiso contraer nuevas nupcias; vivió cerca de la iglesia de San Pedro en Roma y se consagró por muchos años a la oración, las limosnas, ayunos y otras obras santas. Su tránsito, ocurrido en el siglo VI, fue narrado por el papa san Gregorio Magno en sus Diálogos.

San Guillermo. Nació en Francia el año 1125. Abrazó la vida eclesiástica y fue canónigo secular en París hasta que ingresó, en la misma ciudad, en los Canónigos Regulares de San Agustín. Cuando el obispo de Roskilde (Dinamarca) quiso que se reformara el monasterio de la isla de Eskill, pidió el envío de Guillermo y un grupo de canónigos. Allí instauró la disciplina regular aunque en medio de grandes dificultades, y al amanecer del domingo de Pascua de 1203 murió.

San Ireneo. Fue obispo de Sirmio en Panonia (Croacia) en el siglo IV. Durante la persecución del emperador Maximiano, y bajo el prefecto Probo, fue primero azotado, después torturado en la cárcel muchos días, y finalmente decapitado.

San Pablo Le Bao Tinh. Nació en Vietnam hacia el año 1793. Siendo todavía clérigo, permaneció largo tiempo en la cárcel por su fe; libre ya y ordenado de sacerdote, fue rector del seminario, escribió un libro de homilías y un compendio de doctrina cristiana, y, finalmente, fue de nuevo detenido y encarcelado, condenado y decapitado en la ciudad de Vinh Tri (Tonquín, ahora Vietnam) el año 1857, en tiempo del emperador Tu Duc.

San Pedro de Verona. Nació en Verona de padres valdenses a finales del siglo XII. En la escuela aprendió el catecismo y abrazó la fe católica. Siendo adolescente y estudiante en Bolonia, entró en la Orden de Predicadores, de cuyo fundador recibió el hábito. Se ordenó de sacerdote y se consagró a la predicación con intensidad y por amplias regiones de Italia. Combatió con firmeza las herejías y en 1242 fue nombrado Inquisidor General para Lombardía. No le faltaron enemigos, y en un viaje entre Como y Milán lo asesinaron. Murió proclamando el Credo. Era el año 1252.

San Prudencio. Era un español que huyó a Francia cuando la invasión de los árabes. Fue obispo de Troyes (Francia). Compiló para los itinerantes un compendio del Salterio, recogió los preceptos de las Sagradas Escrituras para los candidatos al sacerdocio, y renovó la disciplina monástica. Murió el año 861.

San Winebaldo. Nació de familia rica a mediados del siglo VI. Cursó estudios, se ordenó de sacerdote y estuvo llevando vida eremítica hasta que el obispo de Troyes (Francia), enterado de su fama de santidad, lo invitó a incorporarse al monasterio de San Lupo de su ciudad, del que llegó a ser abad. Brilló por su austeridad e intercedió para la liberación de muchos presos. Murió el año 620.

Beata Catalina de Pallanza. Nació en Pallanza (Novara, Italia) hacia 1435. Una epidemia la dejó huérfana. A los quince años, impresionada por un sermón sobre la Pasión de Cristo, tomó la decisión de consagrar su vida al Señor. Se recluyó en una ermita cercana a Varese (Lombardía) y se le unieron compañeras con las que formó el monasterio regular de Santa María del Sacro Monte bajo la Regla de San Agustín. Murió en 1478.

Beato Ceferino Agostini. Nació en Verona (Italia) el año 1813, y murió allí mismo en 1896. De joven ingresó en el seminario diocesano y, ordenado de sacerdote, ejerció el apostolado siempre en su pueblo natal. Se dedicó al ministerio de la predicación, a la catequesis y a la formación cristiana. Prestó especial atención a los jóvenes, los pobres y los enfermos, en cuyo beneficio fundó, inspirándose en santa Ángela de Mérici, la Congregación de las Ursulinas Hijas de María Inmaculada.

Beato Notkero Bábulo (Tartamudo). Nació de una familia noble en el cantón suizo de Zurich el año 840. Muy joven ingresó en el monasterio de San Gall (Suiza), en el que pasó el resto de su vida. Fue un sacerdote ejemplar, músico y poeta, compuso muchas secuencias para la liturgia, excelente maestro, a pesar de su tartamudez, que formó buenos monjes y contribuyó al esplendor de su monasterio, profundo en las ciencias divinas, paciente en las adversidades, manso para con todos, solícito en la oración, la lectura, la meditación. Murió el año 912.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Del profeta Ezequiel: «Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra. Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios» (Ez 36,24-28).

Pensamiento franciscano:

Celano, hablando de la devoción de san Francisco al Cuerpo del Señor, dice: «Quería que se tuvieran en mucha veneración las manos del sacerdote, a las cuales se ha concedido el poder tan divino de realizarlo. Decía con frecuencia: Si me sucediere encontrarme al mismo tiempo con algún santo que viene del cielo y con un sacerdote pobrecillo, me adelantaría a presentar mis respetos al presbítero y correría a besarle las manos, y diría: "¡Oye, San Lorenzo, espera!, porque las manos de éste tocan al Verbo de vida y poseen algo que está por encima de lo humano"» (2 Cel 201).

Orar con la Iglesia:

Oremos confiadamente al Señor Jesús, que fue ungido por María de Betania con el perfume para la sepultura en espera de la resurrección.

-Por la Iglesia que quiere hacer suyos los sufrimientos de toda la humanidad: para que asuma las actitudes de mansedumbre y bondad del siervo de Yahvé.

-Por todos los que llevan en su carne las marcas de la Pasión de Cristo: para que sean confortados con la generosidad y la ayuda de los hermanos.

-Por lo que tienen el corazón endurecido: para que el Espíritu Santo les conceda el don de abrirse a una verdadera conversión.

-Por todos los cristianos: para que celebremos la Pascua del Señor con el corazón abierto a la bondad y con la fe viva.

Oración: Escúchanos, Padre de bondad, y, por los méritos de la Pasión de tu Hijo, purifícanos de nuestras inmundicias, danos un corazón de carne e infúndenos tu espíritu. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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«OS DARÉ UN CORAZÓN DE CARNE»
Benedicto XVI, Discurso al final del Vía Crucis
(Coliseo, Roma, 6 de abril de 2007)

Queridos hermanos y hermanas:

Siguiendo a Jesús en el camino de su pasión, no sólo vemos la pasión de Jesús; también vemos a todos los que sufren en el mundo. Y esta es la profunda intención de la oración del Vía Crucis: abrir nuestro corazón, ayudarnos a ver con el corazón.

Los Padres de la Iglesia consideraban que el mayor pecado del mundo pagano era su insensibilidad, su dureza de corazón, y citaban con frecuencia la profecía del profeta Ezequiel: «Os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» (cf. Ez 36,26). Convertirse a Cristo, hacerse cristiano, quería decir recibir un corazón de carne, un corazón sensible ante la pasión y el sufrimiento de los demás.

Nuestro Dios no es un Dios lejano, intocable en su bienaventuranza. Nuestro Dios tiene un corazón; más aún, tiene un corazón de carne. Se hizo carne precisamente para poder sufrir con nosotros y estar con nosotros en nuestros sufrimientos. Se hizo hombre para darnos un corazón de carne y para despertar en nosotros el amor a los que sufren, a los necesitados.

Oremos ahora al Señor por todos los que sufren en el mundo. Pidamos al Señor que nos dé realmente un corazón de carne, que nos haga mensajeros de su amor, no sólo con palabras, sino también con toda nuestra vida. Amén.

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ES UNA SOLA LA MUERTE EN FAVOR DEL MUNDO
Y UNA SOLA LA RESURRECCIÓN DE ENTRE LOS MUERTOS
San Basilio Magno, Libro sobre el Espíritu Santo (Cap. 15,5)

Nuestro Dios y Salvador realizó su plan de salvar al hombre levantándolo de su caída y haciendo que pasara del estado de alejamiento, al que le había llevado su desobediencia, al estado de familiaridad con Dios. Éste fue el motivo de la venida de Cristo en la carne, de sus ejemplos de vida evangélica, de sus sufrimientos, de su cruz, de su sepultura y de su resurrección: que el hombre, una vez salvado, recobrara, por la imitación de Cristo, su antigua condición de hijo adoptivo.

Y así, para llegar a una vida perfecta, es necesario imitar a Cristo, no sólo en los ejemplos que nos dio durante su vida, ejemplos de mansedumbre, de humildad y de paciencia, sino también en su muerte, como dice Pablo, el imitador de Cristo: Muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos.

Mas, ¿de qué manera podremos reproducir en nosotros su muerte? Sepultándonos con Él por el bautismo. ¿En qué consiste este modo de sepultura, y de qué nos sirve el imitarla? En primer lugar, es necesario cortar con la vida anterior. Y esto nadie puede conseguirlo sin aquel nuevo nacimiento de que nos habla el Señor, ya que la regeneración, como su mismo nombre indica, es el comienzo de una vida nueva. Por esto, antes de comenzar esta vida nueva, es necesario poner fin a la anterior. En esto sucede lo mismo que con los que corren en el estadio: éstos, al llegar al fin de la primera parte de la carrera, antes de girar en redondo, necesitan hacer una pequeña parada o pausa, para reemprender luego el camino de vuelta; así también, en este cambio de vida, era necesario interponer la muerte entre la primera vida y la posterior, muerte que pone fin a los actos precedentes y da comienzo a los subsiguientes.

¿Cómo podremos, pues, imitar a Cristo en su descenso a la región de los muertos? Imitando su sepultura mediante el bautismo. En efecto, los cuerpos de los que son bautizados quedan, en cierto modo, sepultados bajo las aguas. Por esto el bautismo significa, de un modo misterioso, el despojo de las obras de la carne, según aquellas palabras del Apóstol: Fuisteis circuncidados con una circuncisión no hecha por hombres, cuando os despojaron de los bajos instintos de la carne, por la circuncisión de Cristo. Por el bautismo fuisteis sepultados con Él, ya que el bautismo en cierto modo purifica el alma de las manchas ocasionadas en ella por el influjo de esta vida en carne mortal, según está escrito: Lávame: quedaré más blanco que la nieve. Por esto reconocemos un solo bautismo salvador, ya que es una sola la muerte en favor del mundo y una sola la resurrección de entre los muertos, y de ambas es figura el bautismo.

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¡FRANCISCO, ENSÉÑANOS A ORAR!
El misterio de Cristo sobre el altar (II)
por Francesco Saverio Toppi, OFMCap

San Francisco contempla casi en una mirada única el sacrificio del altar y el del Calvario, con una transición tan rápida, que apenas se percibe. En la Carta a los Fieles enlaza la institución de la Eucaristía con el relato de la Pasión, concluyendo con un amargo llanto por aquellos que rechazan la salvación ganada en la Cruz, no recibiendo la Eucaristía o recibiéndola mal. En el Testamento recomienda aquella oración que va dirigida a la vez a Cristo Crucificado y Eucarístico: «Te adoramos, Señor Jesucristo...» (Test 5).

Para san Francisco, la Pasión no se relega al pasado, sino que se sitúa, se repite hoy en el hombre que peca. Calcando un pensamiento de la Carta a los Hebreos (6,6), apostrofa así a aquél que peca: «Los demonios no lo crucificaron, sino tú con ellos lo crucificaste y aún lo crucificas deleitándote en los vicios y pecados» (Adm 5). Si, pues, Francisco llora por el Crucificado, es porque lo ve crucificado hoy en el hombre y por esto quiere andar por todo el mundo a llamar a los hombres a la penitencia, llorando la Pasión del Señor.

Aquí está subyacente la teología paulina del Cuerpo Místico, con la intuición de la esencia del Sacrificio eucarístico. La Pasión de Cristo se renueva en la humanidad pecadora y se proyecta sobre el altar en la celebración eucarística, que «proclama la muerte del Señor, hasta que Él venga» (1 Cor 11,26). El cristiano participa de veras en la Eucaristía en la medida en que con su compromiso evangélico lleva a término la obra de la redención, «completando en su carne mortal lo que falta a las penalidades del Mesías por su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24).

Para recibir fructuosamente el Cuerpo y la Sangre del Señor, será indispensable, consiguientemente, eliminar el pecado, el amor propio, y hacer espacio al Espíritu Santo. En esta línea bíblica y teológica, escribe Francisco en su primera Admonición: «De donde, el Espíritu del Señor, que mora en sus fieles, es quien recibe el santísimo Cuerpo y Sangre del Señor. Todos los demás, que carecen del mismo Espíritu y se atreven a recibir al Señor, comen y beben su propia sentencia (1 Cor 11,29)». El Espíritu Santo, principio y término de la Eucaristía, exige y crea una vida nueva, dando en la Eucaristía una participación efectiva en la vida de Cristo Resucitado.

Pablo VI ha señalado a Francisco de Asís como el santo que supo realizar la síntesis entre la Pasión y la Resurrección, entre la espiritualidad de la Cruz y la teología de la Gloria (Analecta OFMCap 1965, 90).

En la Carta a toda la Orden, después de referirse a la Pasión, escribe Francisco: «Escuchad, hermanos míos... si se venera el sepulcro donde reposó el cuerpo de Cristo algún tiempo, ¡cuán santo, justo y digno ha de ser quien toma en sus manos, come con la boca y el corazón, y da a los otros para que lo coman, al que ya no ha de morir, sino que ha de ser eternamente vencedor y glorificado, a quien los ángeles desean contemplar! ...Que todo hombre tiemble, que todo el mundo se estremezca y que el cielo salte de gozo cuando Cristo, el Hijo de Dios vivo, está sobre el altar en las manos del sacerdote. ¡Oh admirable grandeza y estupenda condescendencia! ¡Oh sublime humildad! ¡Oh humilde sublimidad!: ¡Que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humille hasta el punto de esconderse, para nuestra salvación, bajo la modesta apariencia del pan!» (CtaO 21-22 y 26-27).

Es evidente que nuestro Santo contempla en la Hostia al Señor Resucitado, glorioso a la diestra del Padre, centro del paraíso, soberano del universo. Rebosante de entusiasmo, invita a todas las criaturas del cielo y de la tierra a exultar, a gozar de la embriaguez de espíritu en la presencia del Viviente, del mismo Señor Jesús, que constituye la felicidad de los bienaventurados. En éxtasis de amor, exclama el Serafín de Asís: ¡Jesús está aquí! ¡Jesús, el paraíso de todos los corazones! ¡Jesús nos ama hasta el extremo de dársenos personalmente en comida y bebida! Consiguientemente, con lógica lineal, atenazante, concluye: «Considerad, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante Él vuestro corazón; humillaos también vosotros y seréis ensalzados por Él. No os reservéis, pues, nada de vosotros para vosotros mismos, a fin de que os reciba enteramente quien enteramente se os entrega» (CtaO 28-29).

Una vez más la oración se enlaza con la vida; banco de prueba y sello distintivo de la adoración «en espíritu y verdad», tan cara al Pobrecillo, es un comportamiento moral adecuado, un reproducir al vivo, con fidelidad y coherencia, la actitud interior de Cristo Jesús. El Documento de Taizé (n. 39) resume esta concepción de la oración franciscana cuando dice: «La señal de que nuestro culto eucarístico es auténtico la tenemos en el esfuerzo por vivir a Cristo y por servirlo en los hermanos, en los pobres y en los enfermos».

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, n. 19 (1978) 41-43]

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