martes, 4 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 5 DE ABRIL

 

SAN VICENTE FERRER. Nació en Valencia (España) el año 1350. En 1367 ingresó en la Orden de Predicadores. Se ordenó de sacerdote en 1379 y poco después lo nombraron prior de su convento. Fue confesor, capellán y penitenciario de Benedicto XIII. Enseñó teología, pero sobre todo dedicó su vida a la difusión del mensaje evangélico, no sólo entre los cristianos, sino también entre los judíos, los musulmanes y los herejes, cátaros o valdenses, recorriendo los pueblos de España y los de varias naciones europeas. Como predicador arrastró grandes masas de pueblo y produjo mucho fruto, tanto en la defensa de la verdadera fe como en la reforma de las costumbres. Trabajó por la solución del cisma de Occidente. Intervino como mediador o pacificador en graves conflictos de soberanos o naciones, como sucedió en el llamado Compromiso de Caspe referente a la sucesión en la corona aragonesa. Dejó varios escritos entre los que destaca su Tratado de la vida espiritual. Murió en Vannes (Francia) el 5 de abril de 1419.- Oración: Dios todopoderoso, tú que elegiste a san Vicente Ferrer ministro de la predicación evangélica, concédenos la gracia de ver glorioso en el cielo a nuestro Señor Jesucristo, cuya venida a este mundo, como juez, anunció san Vicente en su predicación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SANTA MARÍA CRESCENCIA HÖSS. Nació en Kaufbeuren (Baviera, Alemania) el año 1682, hija de un modesto tejedor de lana, y allí murió el 5 de abril de 1744. Ya en la escuela se distinguió por su inteligencia y su devoción. Luego, se hizo tejedora para ayudar a su familia. Superadas muchas dificultades, como el no poder pagarse la dote, ingresó de joven en el monasterio que las franciscanas de la Tercera Orden tenían en su pueblo y en el que fue portera, maestra de novicias y superiora. A ella acudían, incluso por escrito, gentes de toda clase en busca de consejo. Su vida consagrada estuvo siempre impregnada de amor alegre a Dios y de preocupación por los pobres y los que sufren. El Señor le concedió experiencias místicas extraordinarias. Se distinguió por su candor espiritual, su devoción al Espíritu Santo y a la Pasión de Cristo, así como por su esmero en la formación humana y espiritual de las religiosas. La canonizó Juan Pablo II el año 2001.

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San Alberto. Era normando de origen noble y en su infancia llegó a Montecorvino (Apulia, Italia). Acreditado por su piedad y sus buenas obras, fue elegido obispo. Se ganó el aprecio de todas las clases sociales por su santidad. Dedicó su vida a la oración continua a Dios y a buscar el bien de los pobres. Al quedar ciego, le dieron un coadjutor, que no lo trató bien, pero él lo llevó todo con paciencia. Murió el año 1127.

Santa Catalina Thomás. Nació en Valldemosa, isla de Mallorca (España), en 1531. Quedó huérfana a los siete años, y la acogieron unos tíos suyos, con los que estuvo de criada y de pastora. Con ayuda de un sacerdote encontró trabajo en Palma y, superadas muchas dificultades, pudo ingresar allí en la Orden de Canonesas Regulares de San Agustín. El Señor le concedió dones místicos extraordinarios, especialmente éxtasis. Sobresalía por su austeridad y espíritu de oración. No tenía estudios y ejerció humildes tareas domésticas, pero se convirtió en consejera espiritual de numerosos fieles de todas condiciones, incluido el obispo, que acudían a ella. Murió en 1574.

Santa Ferbuta. Era viuda, hermana del santo obispo y mártir persa Simeón, y también ella, por confesar la fe cristiana, fue martirizada, junto con su sirvienta, en Seleucia de Persia, hacia el año 342, en tiempo del rey Sapor II.

San Geraldo. Nació en Corbie (Francia) hacia el año 1025 y estudió en el monasterio de su pueblo, en el que luego ingresó. Fue en peregrinación a Roma donde recibió la ordenación sacerdotal. Antes de regresar al monasterio de Corbie, visitó Tierra Santa. Los monjes de Laon lo eligieron su abad. Él hacía una interpretación demasiado severa de la vida monacal, por lo que decidió fundar, con un grupo de compañeros, el monasterio de Grande-Sauve, cerca de Burdeos, del que fue abad y desde el que evangelizó aquella región. Murió el año 1095.

Santa Juliana de Monte Cornillón. Nació en Retinne, cerca de Lieja (Bélgica), el año 1191. Quedó huérfana de muy pequeña y la educaron las monjas Agustinas del vecino monasterio de Monte Cornillón, en el que profesó en 1207. Muy pronto empezaron a florecer sus experiencias místicas, algunas de las cuales la llevaron al empeño en que se instituyera una fiesta en honor del Santísimo Sacramento. Uno de los examinadores de sus visiones fue el futuro Urbano IV, que instituyó la fiesta del Corpus Christi. En 1220 la eligieron priora y ella quiso imponer una observancia muy rígida de la Regla, que no fue del agrado de la comunidad, por lo que se marchó a Fosses a llevar vida eremítica, y allí murió en 1258.

Santa Irene. En Tesalónica de Macedonia (en la actual Grecia), el año 204, esta santa, por haber ocultado los libros sagrados en contra de la prohibición del emperador Diocleciano, fue quemada viva por orden del prefecto Dulcecio, bajo el cual también sus hermanas, Ágape y Quionia, habían padecido juntas el martirio poco antes.

Santos Mártires de Mauritania. En el siglo V, en Regia de Mauritania (en la actual Argelia), durante la persecución de Genserico, rey arriano, recibieron la muerte los clérigos y los fieles que estaban en la iglesia celebrando el día de Pascua; al lector de la celebración, una saeta le traspasó la garganta mientras cantaba en el púlpito el Aleluya.

Santos Mártires de Persia. En Seleucia de Persia, el año 344, durante la persecución del rey Sapor II, ciento once varones y nueve mujeres procedentes de diferentes lugares del país y reunidos en la capital regia, fueron quemados vivos por no querer apostatar de Cristo y adorar al sol.

Beato Mariano de la Mata Aparicio. Nació en Barrio de la Puebla (Palencia, España) el año 1905. En 1921 ingresó en la Orden de San Agustín y en 1930 se ordenó de sacerdote. Al año siguiente lo destinaron a Brasil donde ocupó cargos de responsabilidad en su Orden, trabajó en la docencia y ejerció el ministerio sacerdotal. Había nacido para ayudar humana y espiritualmente a las personas que estaban a su lado, las hambrientas de pan humano y divino. Era mensajero de caridad, amigo de los niños y los mayores, cirineo de los enfermos y necesitados, consolador y limosnero de los pobres. Murió en Sao Paulo en 1983, y fue beatificado el año 2006.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

San Pablo, después de recordar a los Corintios la institución de la Eucaristía, les dice: «Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva. De modo que quien coma del pan y beba del cáliz del Señor indignamente, es reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Así, pues, que cada cual se examine, y que entonces coma así del pan y beba del cáliz. Porque quien come y bebe sin discernir el Cuerpo come y bebe su condenación» (1 Cor 11,26-29).

Pensamiento franciscano:

Celano, hablando de la devoción de san Francisco al Cuerpo del Señor, dice: «Amaba a Francia, por ser devota del cuerpo del Señor; y deseaba morir allí, por la reverencia en que tenían el sagrado misterio. Quiso a veces enviar por el mundo hermanos que llevasen copones preciosos, con el fin de que allí donde vieran que estaba colocado con indecencia lo que es el precio de la redención, lo reservaran en el lugar más escogido» (2 Cel 201).

Orar con la Iglesia:

Oremos confiadamente al Padre, que nos entregó a su Hijo, ahora presente entre nosotros en la Eucaristía.

-Por la santa Iglesia de Dios: para que de todos los confines del mundo sea congregada en la unidad que brota de la Eucaristía.

-Por todos los pueblos: para que el Señor les ayude a realizar su pleno y verdadero desarrollo humano y cristiano.

-Por los enfermos y por cuantos sufren: para que la Eucaristía robustezca su esperanza y sea su consuelo.

-Por todos los creyentes: para que celebremos la Eucaristía, prenda del reino futuro, dando siempre testimonio de caridad en la tierra.

Oración: Oh Dios, que no cesas de alimentar a tu Iglesia con los misterios del Cuerpo y de la Sangre de tu Hijo, haz que encontremos nuestro gozo en la riqueza de tus dones. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SANTA JULIANA DE CORNILLON Y LA EUCARISTÍA
De la Catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del 17 de noviembre de 2010

Juliana nació entre 1191 y 1192 cerca de Lieja, en Bélgica. Es importante subrayar este lugar, porque en aquel tiempo la diócesis de Lieja era, por así decirlo, un verdadero «cenáculo eucarístico». Allí, antes que Juliana, teólogos insignes habían ilustrado el valor supremo del sacramento de la Eucaristía y, también en Lieja, había grupos femeninos dedicados generosamente al culto eucarístico y a la comunión fervorosa. Estas mujeres, guiadas por sacerdotes ejemplares, vivían juntas, dedicándose a la oración y a las obras de caridad.

Juliana quedó huérfana a los cinco años y fue encomendada a los cuidados de las monjas agustinas del convento-leprosería de Monte Cornillón, en el que tomó más tarde el hábito agustino y del que llegó a ser priora. Adquirió una notable cultura, hasta el punto de que leía las obras de los Padres de la Iglesia en latín. Además de una inteligencia vivaz, Juliana mostraba, desde el inicio, una propensión especial a la contemplación; tenía un sentido profundo de la presencia de Cristo, que experimentaba viviendo de modo particularmente intenso el sacramento de la Eucaristía y deteniéndose a menudo a meditar sobre las palabras de Jesús: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Sus visiones la llevan a comprender la necesidad de instituir la fiesta litúrgica del Corpus Domini, para que los creyentes glorifiquen el Santísimo Sacramento, acrecienten su fe, avancen en la practica de la virtud y reparen las ofensas realizadas al Señor. Santa Juliana murió en Fosses-La-Ville, Bélgica, el 5 de abril de 1258.

La buena causa de la fiesta del Corpus Christi conquistó a Santiago Pantaleón de Troyes, quien, al convertirse en Papa con el nombre de Urbano IV, instituyó en 1264 la solemnidad del Corpus Christi como fiesta de precepto. En la bula de institución, el papa Urbano IV escribe: «Aunque cada día se celebra solemnemente la Eucaristía, consideramos justo que, al menos una vez al año, se haga memoria de ella con mayor honor y solemnidad. De hecho, las otras cosas de las que hacemos memoria las captamos con el espíritu y con la mente, pero no obtenemos por esto su presencia real. En cambio, en esta conmemoración sacramental de Cristo, aunque bajo otra forma, Jesucristo está presente con nosotros en la propia sustancia. De hecho, cuando estaba a punto de subir al cielo dijo: "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20)». El mismo Papa pidió a uno de los mayores teólogos de la historia, santo Tomás de Aquino, que compusiera los textos del oficio litúrgico de esta gran fiesta.

Quiero afirmar con alegría que la Iglesia vive hoy una «primavera eucarística»: ¡Cuántas personas se detienen en silencio ante el Sagrario para entablar una conversación de amor con Jesús! Es consolador saber que no pocos grupos de jóvenes han redescubierto la belleza de orar en adoración delante del Santísimo Sacramento. El venerable Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, constataba que «en muchos lugares (…) la adoración del Santísimo Sacramento tiene diariamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad. La participación fervorosa de los fieles en la procesión eucarística en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo es una gracia del Señor, que cada año llena de gozo a quienes participan en ella. Y se podrían mencionar otros signos positivos de fe y amor eucarístico» (n. 10).

Queridos amigos, la fidelidad al encuentro con Cristo Eucarístico en la santa misa dominical es esencial para el camino de fe, pero también tratemos de ir con frecuencia a visitar al Señor presente en el Sagrario. Mirando en adoración la Hostia consagrada encontramos el don del amor de Dios, encontramos la pasión y la cruz de Jesús, al igual que su resurrección. Precisamente a través de nuestro mirar en adoración, el Señor nos atrae hacia sí, dentro de su misterio, para transformarnos como transforma el pan y el vino. Los santos siempre han encontrado fuerza, consolación y alegría en el encuentro eucarístico. Con las palabras del himno eucarístico Adoro te devote repitamos delante del Señor, presente en el Santísimo Sacramento: «Haz que crea cada vez más en ti, que en ti espere, que te ame».

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DEL MODO DE PREDICAR
San Vicente Ferrer, Tratado sobre la vida espiritual (Cap 13)

En la predicación y exhortación debes usar un lenguaje sencillo y un estilo familiar, bajando a los detalles concretos. Utiliza ejemplos, todos los que puedas, para que cualquier pecador se vea retratado en la exposición que haces de su pecado; pero de tal manera que no des la impresión de soberbia o indignación, sino que lo haces llevado de la caridad y espíritu paternal, como un padre que se compadece de sus hijos cuando los ve en pecado o gravemente enfermos o que han caído en un hoyo, esforzándose por sacarlos del peligro y acariciándoles como una madre. Hazlo alegrándote del bien que obtendrán los pecadores y del cielo que les espera si se convierten.

Este modo de hablar suele ser de gran utilidad para el auditorio. Hablar en abstracto de las virtudes y los vicios no produce impacto en los oyentes.

En el confesionario debes mostrar igualmente sentimientos de caridad, lo mismo si tienes que animar a los pusilánimes que si tienes que amenazar a los contumaces; el pecador ha de sentir siempre que tus palabras proceden exclusivamente de tu caridad. Las palabras caritativas han de preceder siempre a las recomendaciones punzantes.

Si quieres ser útil a las almas de tus prójimos, recurre primero a Dios de todo corazón y pídele con sencillez que te conceda esa caridad, suma de todas las virtudes y la mejor garantía de éxito en tus actividades.

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BUSQUEMOS LA VICTORIA QUE DA EL SUFRIR EL MAL
San Juan Crisóstomo, de la Homilía 84,4
sobre el evangelio de san Mateo

En la guerra, caer en el combate es una derrota; entre nosotros, eso es la victoria. Nosotros no vencemos jamás haciendo el mal, sino sufriéndolo. Y esa es la mejor prueba de fuerza. Como las rocas del mar, que, con dejarse batir, deshacen las olas. Así también, al alcanzar esta victoria sin trabajo, los santos todos han sido proclamados y coronados, y levantaron los más gloriosos trofeos.

No te muevas, no te fatigues -parece decirte Cristo-. Dios te ha dado la fuerza de vencer sin trabar combate, con sólo que resistas. No te pongas en línea de batalla, y tú te llevarás la victoria, tú saldrás triunfante; no vengas a las manos con tu enemigo, y es tuya la corona. Eres mejor, eres más fuerte que tu contrario. ¿A qué te rebajas a ti mismo? No consientas que diga que, por haber trabado combate con él, le venciste. Oblígale a que se pasme y maraville de tu fuerza invencible, y que diga a todo el mundo que le venciste sin combate. Así fue proclamado universalmente triunfador el bienaventurado José, el cual, sufriendo el mal, triunfó de quienes se lo hacían.

Sabiendo, pues, eso, busquemos la victoria que da el sufrir el mal y huyamos de la otra, la que viene de hacer el mal. De este modo pasaremos sin trabajo alguno y con toda tranquilidad la presente vida y alcanzaremos los bienes venideros, por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

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¡FRANCISCO, ENSÉÑANOS A ORAR!
El misterio de Cristo sobre el altar (I)
por Francesco Saverio Toppi, OFMCap

San Francisco contempla en la Eucaristía el misterio de Cristo, actualizado en un movimiento dinámico, operativo y vinculante para la Iglesia. Predomina en él, sin duda, la mirada a la celebración del Sacrificio Eucarístico, del que brotan exigencias concretas para la vida. En sus Escritos se destaca bastante cuán natural, inmediata y espontánea le fuese la referencia de la Eucaristía a la vida de Cristo, a la Pasión, que se renueva sobre el altar, y a la Resurrección gloriosa, presente, aunque velada por el misterio.

En la primera Admonición leemos: «Mirad: cada día se humilla, como cuando desde el trono real vino al seno de la Virgen; cada día viene a nosotros vestido de humildad; cada día desciende del seno del Padre al altar, a las manos del sacerdote... Y así el Señor está siempre con sus fieles, como dice Él mismo: Mirad que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo (Mt 28,20)».

Para san Francisco, la Eucaristía es, con toda verdad, el Hijo de Dios en medio de los hombres, el Emmanuel-Dios con nosotros. No necesita razonar ni demostrar; él contempla, con la simplicidad de su fe, el prolongarse de la Encarnación sobre el altar y lo describe en términos de una transparencia cristalina. Al leer tales palabras del Pobrecillo, en la escucha silenciosa interior de estos pensamientos, casi parece estar mecidos por las melodías pastoriles del tiempo navideño, se advierte el ritmo de una contemplación modulada sobre una dulce onda musical que funde tierra y cielo en armonía inefable. Hay un algo que evoca la embriaguez indescriptible de la Navidad en Greccio.

El éxtasis seráfico se cierne entre el misterio del Pesebre y el «Hoy del Altar», en aquel triple expresivo «cada día», que fija la atención en una presencia real, siempre nueva, actual, sorprendente. Y desemboca en el candor de una visión, cargada de maravilla y de gozosa certeza: «así el Señor está siempre con sus fieles, como dice Él mismo: Mirad que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo».

Por la Pasión, que se renueva en el sacrificio eucarístico, el Estigmatizado del Alverna hace saltar chispas de su corazón, que apenas centellean, pero que captadas son capaces de transformar a quien las retiene y se las mete dentro.

En la Carta a toda la Orden, dirigiéndose a los sacerdotes, les recomienda encarecidamente y de forma conmovedora que celebren «con reverencia el verdadero sacrificio del santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo... Si alguno hiciere de otro modo, se convierte en Judas traidor y se hace reo del Cuerpo y Sangre del Señor (cf. 1 Cor 11,27)». Y continúa: «Recordad, hermanos míos sacerdotes, lo que está escrito respecto a la ley de Moisés, cuyos transgresores, aun en las cosas materiales, morían sin remisión alguna por sentencia del Señor (cf. Heb 10,28). ¿Cuánto mayores y más terribles castigos merecerá padecer el que hollare al Hijo de Dios y profanare la Sangre del Testamento, en la cual ha sido santificado, e hiciere afrenta al espíritu de la gracia? (Heb 10,29). El hombre, en efecto, desprecia, profana y pisotea al Cordero de Dios cuando, como dice el Apóstol, sin apreciar ni discernir el santo pan de Cristo respecto de los otros manjares o cosas, o lo come siendo indigno, o también, si fuese digno, lo come vana e indignamente, cuando el Señor dice por el profeta: Maldito el hombre que hace las obras de Dios con engaño (cf. Jer 48,10). Y condena a los sacerdotes que no quieren grabar esto de veras sobre su corazón, diciendo: Maldeciré vuestras bendiciones (Mal 2,2)» (CtaO 14.17-20).

Es verdaderamente impresionante cómo habla san Francisco de las faltas contra la Eucaristía. No distinguir el pan consagrado, comerlo indignamente o también sin provecho, equivale a la traición de Judas e incluso a la profanación de la Sangre de la Alianza, al desprecio del Cordero de Dios y al ultraje al Espíritu Santo. Llama la atención cómo aplica pasajes bíblicos y amenazas divinas, no sólo por culpas graves contra la Eucaristía, sino también por atenciones no prestadas, descuidos y apatías hacia tan gran Misterio. Esto es ciertamente porque entrevé ahí la renovación de los sufrimientos de la Pasión.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, n. 19 (1978) 40-41]

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