lunes, 3 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano




DÍA 4 DE ABRIL

 

SAN AMBROSIO, obispo y doctor de la Iglesia. Nació en Tréveris (Alemania) hacia el año 340 de familia romana cristiana. Estudió en Roma derecho y retórica, y comenzó una brillante carrera en la administración civil del Imperio. El año 374, siendo Prefecto de Milán, intervino para impedir tumultos, y, cuando todavía era catecúmeno y se preparaba para el bautismo, fue aclamado obispo de la ciudad; rápidamente fue bautizado, instruido, y por último ordenado de obispo el 7 de diciembre. Por sus dotes personales y por la formación que adquirió, fue consejero de emperadores, apóstol de la caridad, reformador litúrgico, formador de almas (convirtió y bautizó a san Agustín), comentarista de la Escritura, defensor de la doctrina católica frente al arrianismo y de la libertad de la Iglesia. Murió el 4 de abril del año 397. Su fiesta se celebra el 7 de diciembre, día de su ordenación episcopal.- Oración: Señor y Dios nuestro, tú que hiciste al obispo san Ambrosio doctor esclarecido de la fe católica y ejemplo admirable de fortaleza apostólica, suscita en medio de tu pueblo hombres que, viviendo según tu voluntad, gobiernen a tu Iglesia con sabiduría y fortaleza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN ISIDORO DE SEVILLA, obispo y doctor, el último de los Santos Padres latinos de la Iglesia. Nació hacia el año 560, y era oriundo, como sus santos hermanos Leandro, Fulgencio y Florentina, de Cartagena (España). Educado por su hermano san Leandro, arzobispo hispalense, le sucedió en la sede sevillana, donde desarrolló su extraordinaria labor pastoral y literaria, procurando la maduración cultural y moral del clero, fundando un colegio, prototipo de los futuros seminarios. Su sabiduría iba unida a una gran humildad y caridad. Compuso libros llenos de erudición, entre los que hay que destacar el de las Etimologías, organizó bibliotecas, convocó y presidió varios concilios, entre ellos el IV de Toledo del 633, ordenó la liturgia hispano-visigoda, dio cánones sabios para renovar la vida de los religiosos y de los fieles. Después de 40 años de episcopado, murió el 4 de abril del 636. El año 1063 fue trasladado su cuerpo a León, donde hoy recibe culto en la iglesia de su nombre. Su fiesta se celebra en España el 26 de abril.- Oración: Señor, Dios todopoderoso, tú elegiste a san Isidoro, obispo y doctor de la Iglesia, para que fuese testimonio y fuente del humano saber; concédenos, por su intercesión, una búsqueda atenta y una aceptación generosa de tu eterna verdad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN BENITO DE PALERMO (también llamado el Moro o el Negro). Nació el año 1526 en San Fratello, cerca de Mesina, en Sicilia, de padres cristianos, descendientes de esclavos negros procedentes de África. Desde niño dio muestras de gran bondad, en especial para con los necesitados, y se dedicó a cuidar los rebaños de su amo. A los 21 años se unió a una comunidad de ermitaños que observaba la Regla de san Francisco y en 1562, cuando Pío IV la disolvió, ingresó en la Orden franciscana. No tenía estudios, pero sus dotes naturales y espirituales de consejo y prudencia atraían a multitud de gente. Aunque hermano lego, fue, no sólo cocinero, sino también guardián del convento de Santa María de Jesús en Palermo y maestro de novicios. Los hagiógrafos le atribuyen dones carismáticos extraordinarios y milagros. Murió en Palermo el 4 de abril de 1589.



SAN CAYETANO CATANOSO. Nació en Chorio de San Lorenzo (Reggio-Calabria) el año 1879. De niño entró en el seminario de Reggio, y, ordenado de sacerdote, lo nombraron párroco de una aldea pobre y aislada, donde fue pastor y padre de todos. Cuando lo destinaron a una parroquia de Reggio desempeñó una actividad aún más intensa y amplia: catequesis, misiones populares, confesonario, asistencia a pobres, enfermos y perseguidos por asociaciones criminales. Fomentaba con empeño el culto a la Eucaristía y promovía las vocaciones sacerdotales. Muy devoto de la santa faz de Cristo, fundó las religiosas Verónicas de la Santa Faz, para ayudar a los sacerdotes más necesitados. Y para ayudar a los jóvenes pobres que querían ser sacerdotes, instituyó la «Obra de los clérigos pobres». Murió en Reggio el 4 de abril de 1963. Lo canonizó Benedicto XVI el año 2005.




BEATO GUILLERMO DE SCICLI. Nació en Noto (Sicilia) hacia el año 1309 de familia noble. En su juventud entró al servicio del rey de Sicilia, Federico II, como paje. Durante una cacería, por defender a su señor del ataque de un jabalí, resultó muy gravemente herido. Salvó la vida, pero quedó inválido, y decidió retirarse a una ermita de su pueblo para consagrarse a la oración y al trabajo manual; allí tuvo de compañero a san Conrado de Piacenza, de la Tercera Orden Franciscana, en la que él mismo ingresó y de la que vistió el hábito. Doce años después se trasladó a la vecina Scicli, y se estableció junto a la ermita de la Virgen de la Piedad, que se convirtió, como había sucedido en Noto, en lugar de peregrinación. Guillermo, penitente y contemplativo, ejercía entonces un intenso apostolado aconsejando, consolando y animando a sus visitantes a vivir cristianamente. Murió el 4 de abril de 1411.

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Santos Agatópodo y Teódulo. En Tesalónica de Macedonia (Grecia), hacia el año 302, los santos mártires Agatópodo, diácono, y Teódulo, lector, fueron arrojados al mar con una piedra atada al cuello, a causa de su confesión de la fe cristiana, en tiempo del emperador Maximiano y por mandato del prefecto Faustino.

San Pedro. Fue elegido obispo de Poitiers (Aquitania, Francia) en 1087. Favoreció el nacimiento de la Orden de Fontevrault y apoyó a Roberto de Arbrissel en la fundación del monasterio de Fontevrault. Denunció las situaciones irregulares de Felipe I de Francia y de Guillermo de Poitiers; éste lo desterró a Chauvigny, donde murió el año 1115.

San Platón. Nació en Constantinopla hacia el año 740 de familia rica. Vendió sus bienes, distribuyó todos sus haberes entre los pobres y abrazó la vida monástica, en la que llegó a ser hegúmeno o abad de varios monasterios. Tuvo problemas con algunos emperadores, por lo que fue desterrado dos veces. Durante muchos años luchó con entereza contra los enemigos de las sagradas imágenes. Con su sobrino Teodosio reorganizó el célebre monasterio de Studion. Murió en Constantinopla el año 814.

Beato Francisco Marto. Junto con su hermana Jacinta y su prima Lucía, fue uno de los niños videntes de Fátima (Portugal), a quienes la Virgen se apareció en 1917. Su memoria se celebra, con la de su hermana, el día 20 de febrero. Francisco nació en Ajustrel, caserío de Fátima, en 1908. Los tres eran niños normales y sanos, piadosos y cercanos a la parroquia, y se dedicaban al pastoreo. A diario cuidaban de sus ovejas, jugaban y rezaban. Ya habían tenido apariciones de un ángel cuando el 13 de mayo se les apareció la Señora vestida de blanco sobre un carrasco; las apariciones se repitieron. Nadie daba fe a lo que decían los niños, que tuvieron que pasar un tiempo en la incomprensión y una cierta persecución. En 1918 los dos hermanitos fueron víctimas de la «gripe española» y Francisco murió el año 1919 en su aldea.

Beato Francisco Solís. Nació en Marmolejo (Jaén) en 1877. Estudió en el seminario de Jaén y fue ordenado sacerdote en 1900. Pasó por varias parroquias hasta que, en 1914, lo nombraron párroco y arcipreste de Mancha Real (Jaén). Una de sus mayores preocupaciones fue atraer al mundo del trabajo, para lo que fundó un sindicato católico y programó acciones importantes, sin descuidar la catequesis. Apenas iniciada la guerra civil, fue encerrado en la catedral de Jaén, convertida en cárcel; allí desarrolló un intenso apostolado. El 4 de abril de 1937 lo trasladaron junto con otros presos al cementerio de Mancha Real, donde los masacraron. Beatificado el 13-X-2013.

Beato José Benito Dusmet. Nació en Palermo en 1818. Se educó en los benedictinos, en los que profesó y recibió la ordenación sacerdotal. Gobernó como abad a los monjes y tuvo que afrontar la exclaustración. Fue nombrado arzobispo de Catania (Sicilia) en 1867. Fomentó el culto divino, la instrucción cristiana del pueblo y el celo en el clero; realizó grandes obras de caridad en favor de los más pobres y en tiempo de peste prestó auxilio a los enfermos. Murió en 1894.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

San Pablo escribió a los Corintios: «Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Cor 2,1-2)

Pensamiento franciscano:

San Francisco escribió a los superiores de su Orden: «Cuando es consagrado por el sacerdote sobre el altar el santísimo cuerpo y sangre del Señor y cuando es llevado a alguna parte, que todas las gentes, de rodillas, rindan alabanzas, gloria y honor al Señor Dios vivo y verdadero. Y que de tal modo anunciéis y prediquéis a todas las gentes su alabanza, que, a toda hora y cuando suenan las campanas, siempre se tributen por el pueblo entero alabanzas y gracias al Dios omnipotente por toda la tierra» (1CtaCus 7-8).

Orar con la Iglesia:

Acudamos a Cristo, nuestro Salvador, que nos redimió con su muerte y resurrección, y supliquémosle, diciendo: Señor, ten piedad de nosotros.

-Tú que subiste a Jerusalén para sufrir la pasión y entrar así en la gloria, conduce a tu Iglesia a la Pascua eterna.

-Tú que, exaltado en la cruz, quisiste ser atravesado por la lanza del soldado, sana nuestras heridas y atráenos a tu corazón abierto.

-Tú que convertiste el madero de la cruz en árbol de vida, haz que los bautizados compartamos tu cruz y gocemos de la abundancia de sus frutos.

-Tú que, clavado en la cruz, perdonaste al ladrón arrepentido, perdónanos también a nosotros que perdonamos a quienes nos han ofendido.

Oración: Dios todopoderoso, mira la fragilidad de nuestra naturaleza y levanta nuestra débil vivencia cristiana con la fuerza de la pasión de tu Hijo. Que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

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CONTEMPLACIÓN DE CRISTO CRUCIFICADO
Benedicto XVI, Discurso al final del Vía Crucis
(Coliseo, Roma, 21 de marzo de 2008)

Queridos hermanos y hermanas:

También este año hemos recorrido el camino de la cruz, el Vía Crucis, volviendo a evocar con fe las etapas de la pasión de Cristo. Nuestros ojos han vuelto a contemplar los sufrimientos y la angustia que nuestro Redentor tuvo que soportar en la hora del gran dolor, que marcó la cumbre de su misión terrena. Jesús muere en la cruz y yace en el sepulcro. El día del Viernes santo, tan impregnado de tristeza humana y de religioso silencio, se concluye en el silencio de la meditación y de la oración. Al volver a casa, también nosotros, como quienes asistieron al sacrificio de Jesús, nos golpeamos el pecho, recordando lo que sucedió (cf. Lc 23,48). ¿Es posible permanecer indiferentes ante la muerte de un Dios? Por nosotros, por nuestra salvación se hizo hombre y murió en la cruz.

Hermanos y hermanas, dirijamos hoy a Cristo nuestra mirada, con frecuencia distraída por intereses terrenos superficiales y efímeros. Detengámonos a contemplar su cruz. La cruz es manantial de vida inmortal; es escuela de justicia y de paz; es patrimonio universal de perdón y de misericordia; es prueba permanente de un amor oblativo e infinito que llevó a Dios a hacerse hombre, vulnerable como nosotros, hasta morir crucificado. Sus brazos clavados se abren para cada ser humano y nos invitan a acercarnos a él con la seguridad de que nos va a acoger y estrechar en un abrazo de infinita ternura: «Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32).

A través del camino doloroso de la cruz, los hombres de todas las épocas, reconciliados y redimidos por la sangre de Cristo, han llegado a ser amigos de Dios, hijos del Padre celestial. «Amigo», así llama Jesús a Judas y le dirige el último y dramático llamamiento a la conversión. «Amigo» nos llama a cada uno de nosotros, porque es verdadero amigo de todos. Por desgracia, los hombres no siempre logran percibir la profundidad de este amor infinito que Dios tiene a sus criaturas. Para él no hay diferencia de raza y cultura. Jesucristo murió para librar a toda la humanidad de la ignorancia de Dios, del círculo de odio y venganza, de la esclavitud del pecado. La cruz nos hace hermanos.

Pero preguntémonos: ¿qué hemos hecho con este don?, ¿qué hemos hecho con la revelación del rostro de Dios en Cristo, con la revelación del amor de Dios que vence al odio? También en nuestra época, muchos no conocen a Dios y no pueden encontrarlo en Cristo crucificado. Muchos buscan un amor y una libertad que excluya a Dios. Muchos creen que no tienen necesidad de Dios.

Queridos amigos, después de vivir juntos la pasión de Jesús, dejemos que en esta noche nos interpele su sacrificio en la cruz. Permitámosle que ponga en crisis nuestras certezas humanas. Abrámosle el corazón. Jesús es la verdad que nos hace libres para amar. ¡No tengamos miedo! Al morir, el Señor salvó a los pecadores, es decir, a todos nosotros. El apóstol san Pedro escribe: «Sobre el madero llevó nuestros pecados en su cuerpo a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; por sus llagas habéis sido curados» (1 Pe 2,24). Esta es la verdad del Viernes santo: en la cruz el Redentor nos devolvió la dignidad que nos pertenece, nos hizo hijos adoptivos de Dios, que nos creó a su imagen y semejanza. Permanezcamos, por tanto, en adoración ante la cruz.

Cristo, Rey crucificado, danos el verdadero conocimiento de ti, la alegría que anhelamos, el amor que llene nuestro corazón sediento de infinito. Esta es nuestra oración en esta noche, Jesús, Hijo de Dios, muerto por nosotros en la cruz y resucitado al tercer día. Amén.

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GLORIÉMONOS TAMBIÉN NOSOTROS
EN LA CRUZ DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
San Agustín, Sermón Güelferbitano 3

La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es una prenda de gloria y una enseñanza de paciencia. Pues, ¿qué dejará de esperar de la gracia de Dios el corazón de los fieles, si por ellos el Hijo único de Dios, coeterno con el Padre, no se contentó con nacer como un hombre entre los hombres, sino que quiso incluso morir por mano de los hombres, que Él mismo había creado?

Grande es lo que el Señor nos promete para el futuro, pero es mucho mayor aún aquello que celebramos recordando lo que ya ha hecho por nosotros. ¿Dónde estaban o quiénes eran los impíos, cuando por ellos murió Cristo? ¿Quién dudará que a los santos pueda dejar el Señor de darles su vida, si Él mismo les entregó su muerte? ¿Por qué vacila todavía la fragilidad humana en creer que un día será realidad el que los hombres vivan con Dios?

Lo que ya se ha realizado es mucho más increíble: Dios ha muerto por los hombres.

Porque, ¿quién es Cristo, sino aquel de quien dice la Escritura: En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios? Este Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Porque no habría poseído lo que era necesario para morir por nosotros, si no hubiera tomado de nosotros una carne mortal. Así el inmortal pudo morir, así pudo dar su vida a los mortales; y hará que más tarde tengan parte en su vida aquellos de cuya condición Él primero se había hecho partícipe. Pues nosotros, por nuestra naturaleza, no teníamos posibilidad de vivir, ni Él, por la suya, posibilidad de morir. Él hizo, pues, con nosotros este admirable intercambio: tomó de nuestra naturaleza la condición mortal, y nos dio de la suya la posibilidad de vivir.

Por tanto, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte de nuestro Dios y Señor, sino que hemos de confiar en ella con todas nuestras fuerzas y gloriarnos en ella por encima de todo: pues al tomar de nosotros la muerte, que en nosotros encontró, nos prometió, con toda su fidelidad, que nos daría en sí mismo la vida que nosotros no podemos llegar a poseer por nosotros mismos. Y si aquel que no tiene pecado nos amó hasta tal punto que por nosotros, pecadores, sufrió lo que habían merecido nuestros pecados, ¿cómo, después de habernos justificado, dejará de darnos lo que es justo? Él, que promete con verdad, ¿cómo no va a darnos los premios de los santos, si soportó, sin haber cometido iniquidad, el castigo que los inicuos le infligieron?

Confesemos, por tanto, intrépidamente, hermanos, y declaremos bien a las claras que Cristo fue crucificado por nosotros: y hagámoslo no con miedo, sino con júbilo, no con vergüenza, sino con orgullo.

El apóstol Pablo, que cayó en la cuenta de este misterio, lo proclamó como un título de gloria. Y, siendo así que podía recordar muchos aspectos grandiosos y divinos de Cristo, no dijo que se gloriaba de estas maravillas -que hubiese creado el mundo, cuando, como Dios que era, se hallaba junto al Padre, y que hubiese imperado sobre el mundo, cuando era hombre como nosotros-, sino que dijo: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

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¡FRANCISCO, ENSÉÑANOS A ORAR!
Jesús en la Eucaristía
por Francesco Saverio Toppi, OFMCap

En verdad, san Francisco podría ser llamado, más que el santo del belén o de las llagas, el santo de la Eucaristía. Para testificarlo tenemos sus Escritos, que son ciertamente el exponente más auténtico y genuino de su espíritu. El tema de la Eucaristía, junto al de la Palabra de Dios, es el más acentuado, el más apasionadamente tratado.

Su primer biógrafo declara: «Ardía en fervor, que le penetraba hasta la médula, para con el sacramento del cuerpo del Señor, admirando locamente su cara condescendencia y su condescendiente caridad. Juzgaba notable desprecio no oír cada día, a lo menos, una misa, pudiendo oírla. Comulgaba con frecuencia y con devoción tal, como para infundirla también en los demás. Como tenía en gran reverencia lo que es digno de toda reverencia, ofrecía el sacrificio de todos los miembros, y al recibir al Cordero inmolado inmolaba también el alma en el fuego que le ardía de continuo en el altar del corazón» (2 Cel 201).

Tan elocuente testimonio encuentra confirmación en los Escritos, que manifiestan a cada paso un ardiente celo por la Eucaristía. Bastaría para convencernos de ello leer, por ejemplo, las Cartas dirigidas a los Clérigos y a los Custodios.

San Francisco quiso promover un culto plebiscitario a Jesús Eucaristía, una misión eucarística a nivel mundial. Para Francisco, Cristo Jesús lo es todo; el anhelo más profundo y ardiente de su corazón es vivir, amar, poseer a Jesús; y él sabe bien y cree de veras que puede encontrarlo personalmente presente, operante sobre la tierra, palpitante de amor en la Eucaristía. En el Testamento dejará escrito, como compendio de su pensamiento a este respecto: «Nada del mismo altísimo Hijo de Dios veo corporalmente en este mundo, sino su santísimo Cuerpo y su santísima Sangre» (Test 10).

Él vivió en un tiempo en que el culto eucarístico estaba increíblemente descuidado por los fieles y por los mismos sacerdotes; además, algunos herejes, como los Cátaros y los Albigenses, negaban la presencia real y hacían de las especies eucarísticas el blanco sacrílego de su odio a la fe católica. El Santo afrontó el problema con la conciencia de que el Señor le había confiado una misión, e imprimió a su apostolado el tono predominante de una Cruzada Eucarística de reparación.

San Francisco está demasiado convencido, Evangelio en mano, de la necesidad de la Eucaristía para la salvación del hombre, y por ello no duda en encargar a sus hermanos que hagan de ella tema principal de apostolado. La fe viva en la presencia real de Jesús lo arrastra a la adoración, la alabanza, la acción de gracias, y, superando toda barrera, Francisco abraza al universo y quiere envolverlo en este gozoso canto de respuesta al Amor.

En tiempos oscuros para el culto eucarístico, estas palabras marcaron el principio y fueron eficaz profecía de una época nueva. Algunos decenios más tarde, fue instituida la solemnidad del Corpus Domini, con las procesiones festivas del Santísimo Sacramento; sucediéronse en los siglos posteriores las Cuarenta Horas, la Adoración perpetua, los Congresos Eucarísticos a todos los niveles, y pareció cumplirse el ardiente voto del Serafín de Asís: «Todo el pueblo tribute alabanzas y acción de gracias al Dios omnipotente en toda la tierra» (1CtaCus 8).

El Vaticano II ha resumido la historia y la teología al presentar el sacrificio eucarístico como «fuente y cima de toda la vida cristiana» (LG 11): «Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, a Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo» (PO 5).

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, n. 19 (1978) 37-40]

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