sábado, 29 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 1 DE MAYO

 

SAN JOSÉ, OBRERO. El uno de mayo, fiesta del trabajo, conmemoramos a san José, el esposo de la Virgen María, el artesano de Nazaret, bajo cuya tutela vivió y se inició en el trabajo y en el mundo social Jesús, llamado por sus conciudadanos «el hijo del carpintero». La fiesta la estableció Pío XII en 1955 y quiere ser una catequesis sobre el significado del trabajo humano a la luz de la fe. San José, hombre sencillo de pueblo, nos da el ejemplo de una vida honesta y laboriosa, ganándose el pan con el sudor de su frente, para él y para los a él confiados, por los servicios prestados a su prójimo. José ennobleció el trabajo, que ejerció sostenido y alentado por la convivencia con Jesús y María.- Oració: Dios todopoderoso, creador del universo, que has impuesto la ley del trabajo a todos los hombres, concédenos que, siguiendo el ejemplo de san José, y bajo su protección, realicemos las obras que nos encomiendas y consigamos los premios que nos prometes. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


SAN PÍO V, papa de 1566 a 1572. [San Pío V murió el 1 de mayo, pero su fiesta se celebra el 30 de abril] Nació en Bosco Marengo (Alessandria, Italia) el año 1504. Ingresó en la Orden de Predicadores siendo muy joven; se doctoró y recibió la ordenación sacerdotal en Bolonia el año 1528. Durante dieciséis años fue profesor de teología y ejerció diversos cargos en la provincia dominica lombarda. Consagrado obispo y elevado al cardenalato, fue finalmente elegido papa el año 1566. Intensificó su austeridad y vida de oración. Rehusó toda muestra de nepotismo. Continuó con gran decisión la reforma comenzada por el Concilio de Trento, cuyos decretos trató de aplicar, reformó las costumbres, intensificó la catequesis, organizó los seminarios y favoreció los estudios, promovió la propagación de la fe, renovó la liturgia y publicó el Catecismo Romano y el Misal que lleva su nombre, que ha estado vigente hasta la reforma del Vaticano II. En la liga contra los turcos, se alió con España y Venecia, que lograron la victoria de Lepanto. Murió en Roma el 1 de mayo de 1572.- Oración: Señor, tú que has suscitado providencialmente en la Iglesia al papa san Pío, para proteger la fe y dignificar el culto, concédenos, por su intercesión, participar con fe viva y con amor fecundo en tus santos misterios. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


SAN RICARDO PAMPURI (de seglar, Herminio Felipe). Nació el año 1897 en Trivolzio (Pavía, Italia). En la I Guerra Mundial prestó servicios sanitarios. Más tarde acabó la carrera de medicina y la ejerció armonizando competencia profesional, actividad apostólica, entrega delicada y caritativa a enfermos y pobres. Era asiduo a la Misa y muy devoto de la Virgen. En 1921 ingresó en la Orden Franciscana Seglar. Desde joven sintió la vocación religiosa, que no pudo abrazar por su frágil salud hasta que en 1927 ingresó en la Orden de San Juan de Dios. Luego Fr. Ricardo se prodigó en la atención a los pobres y a los obreros. Murió en Milán el 1 de mayo de 1930. «La vida de Fr. Ricardo es un acicate especialmente para los jóvenes, los médicos, los religiosos, a los que invita a vivir gozosamente y con coraje la fe cristiana, a desarrollar con entrega el delicado arte médico, a mantener el espíritu primigenio del propio Instituto» (Juan Pablo II).



BEATO VIVALDO DE SAN GIMIGNANO. Nació hacia 1250 en San Gimignano (Siena). Siendo joven, atraído por la fama de santidad del párroco de Pichena, el beato Bartolo Buonpedoni, lo tomó como maestro y se fue a vivir a su lado. Bartolo, cuando contrajo la lepra, dejó la parroquia y se fue a una leprosería vecina. Vivaldo lo acompañó, y estuvo veinte años sirviendo a su maestro y a los demás leprosos. El 12 de diciembre de 1300 murió Bartolo, y Vivaldo se retiró al bosque de Camporena, cerca de Montaione (Florencia), donde llevó una estricta vida de ermitaño, consagrado a la oración y a la penitencia, y donde murió el 1 de mayo de 1320. Tanto el beato Bartolo como el beato Vivaldo habían profesado la Regla de la Tercera Orden de san Francisco.


BEATO JULIÁN CESARELLO DE VALLE DE ISTRIA. Nació de familia noble hacia el año 1290 en Castello di Valle d'Istria. Siendo aún joven vistió el hábito franciscano en el vecino convento de San Miguel Arcángel, situado en un monte solitario, perteneciente entonces a la Provincia de Dalmacia. Ordenado de sacerdote, armonizó su vida de oración y penitencia en el retiro con su apostolado por los pueblos de la región; fue un apóstol popular de palabra fervorosa y sencilla, aunque de sólida doctrina; inculcaba a la gente sus devociones: la Eucaristía, la Pasión de Cristo, la Virgen María y las almas del purgatorio. Puso particular empeño en combatir los movimientos heréticos que entonces pululaban y en restablecer la paz entre facciones de güelfos y gibelinos. Era especialmente necesario en aquel tiempo sembrar el amor y hacer brotar la paz en nombre de la caridad. Murió en su convento de San Miguel de Valle (en croata Bale) el 1 de mayo de 1349.


BEATA PETRONILA DE TROYES. Hija de los condes de Champagne, nació en Troyes (Aube, Francia) hacia el año 1300. De joven vistió el hábito de santa Clara en el monasterio de Provins, en el que ya destacó por sus progresos en la vida evangélica. Felipe IV el Hermoso, rey de Francia, fundó un monasterio de clarisas en Moncel (Beauvais), cuya construcción terminó Felipe VI de Valois. Éste y su esposa, Juana de Borgoña, asistieron en 1336 a su inauguración, con las doce clarisas que, procedentes de distintos monasterios, iban a formar la nueva comunidad. Entre ellas estaba Petronila, que de inmediato fue elegida abadesa por sus hermanas. Bajo su dirección, el monasterio alcanzó fama de santidad y atrajo numerosas vocaciones. En 1344 Petronila renunció a su oficio, y siguió como simple clarisa hasta el 1 de mayo de 1355 en que murió.

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San Agustín Schoeffler. Nació en la región de Lorena (Francia) el año 1822. De joven se hizo seminarista, pero en 1846 ingresó en la Sociedad de Misiones Extrajeras de París, en la que concluyó los estudios y recibió la ordenación sacerdotal. Su ideal eran las misiones, y en seguida lo enviaron a Vietnam. Aprendió la lengua del lugar y durante tres años se dedicó al ministerio por los pueblos y aldeas de su distrito, incluso cuando arreció la persecución. Lo detuvieron y lo condenaron por haberse introducido en el país y haber predicado una religión prohibida. Fue decapitado por orden del imperador Tu Duc, en Son Tay (Vietnam), el año 1851.

San Amador de Auxerre. En atención a la voluntad de sus padres contrajo matrimonio. Pero sus cualidades y virtudes hicieron que lo eligieran obispo de su ciudad, Auxerre, cuando la sede quedó vacante. Puso empeño en acabar con los últimos restos de paganismo mediante la evangelización y mejoró la organización de la comunidad cristiana. Viajó a Antioquía, de donde se trajo reliquias de los santos Quirico y Julita. Murió el año 418.

San Andéolo. Fue martirizado en Viviers (Francia) en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Arigio. Obispo de Gap en Provenza (Francia), que se distinguió por su paciencia en las adversidades, por el celo con que luchó contra los simoníacos y por su caridad para con los monjes romanos que el papa san Gregorio Magno envió a Inglaterra para evangelizarla. Murió el año 604.

San Asaf. Abad y obispo de Llanelwy, en el País de Gales, que después tomó el nombre de St. Asahp. Murió a finales del siglo VI o principios del VII.

San Brioco o Brieuc. Oriundo del País de Gales, fundó un monasterio en la costa de la Bretaña Menor (Francia), que posteriormente fue elevado a la dignidad de sede episcopal. Murió el año 500.

San Jeremías. Se trata del gran profeta del Antiguo Testamento, que vivió en tiempo de Joaquín y de Sedecías, reyes de Judá. Profetizó la ruina de la Ciudad Santa y la deportación del pueblo, por lo que sufrió muchas persecuciones. Esta es la razón por la que la Iglesia lo considera figura de Cristo perseguido y sufriente. Además, predijo el cumplimiento de la nueva y eterna Alianza en Jesucristo, por medio del cual Dios Padre todopoderoso escribiría su ley en lo profundo del corazón de los hijos de Israel, a fin de que Él fuese su Dios y ellos fuesen su pueblo.

San Juan Luis Bonnard. Nació el año 1824 en un pueblo de la diócesis de Lyon (Francia). Fue primero seminarista diocesano, pero, impulsado por su vocación misionera, el año 1846 pasó al seminario del Instituto de Misiones Extranjeras de París. Ordenado de sacerdote en diciembre de 1848, en seguida lo enviaron a Vietnam. Promocionó las comunidades a él encomendadas y extendió el evangelio. Cuando se supo en su pueblo que llegaba el mandarín con soldados, intentó refugiarse, pero lo capturaron. Lo condenaron por propagar el cristianismo, religión prohibida, y lo decapitaron en Nam-Dinh el año 1852.

San Marculfo. Fue primero ermitaño y luego monje y abad en la isla de Nanteuil en Bretaña (Francia). Murió hacia el año 558.

San Orencio. Fue obispo de Auch, en Aquitania (Francia), y se esforzó en erradicar de su ciudad las costumbres paganas y en procurar la paz entre los romanos y el rey visigodo de Toulouse. Murió el año 440.

San Peregrino Laziosi. Nació en Forlí (Italia) hacia 1265. En su juventud se enroló en los movimientos ciudadanos con los gibelinos, contrarios al Papa. Arrepentido de sus excesos, dejó la política y en 1292 ingresó en la Orden de los Siervos de María. Se ordenó de sacerdote y dio un gran ejemplo de dedicación a la oración, la penitencia, el apostolado, la lectura de la palabra divina. Se mostró especialmente dotado en la dirección espiritual de los muchos fieles que acudían a él. Se ocupó con gran caridad de los pobres y necesitados, para los que buscaba socorros y limosnas. Murió en Forlí el año 1345.

San Segismundo. Nació a finales del siglo V y fue rey de Borgoña. Se convirtió de la herejía arriana a la fe católica. Cometió un crimen gravísimo, hizo asesinar a su hijo Sigerico temiendo que le arrebatara el trono, crimen que lloró amargamente y del que se arrepintió y expió con penitencia y ayuno. Instituyó una comunidad de monjes en Agaunum (en la actualidad, Saint-Maurice-en-Valais), en Recia (en la actual Suiza), a la que se retiró. Después cayó en manos de los francos que lo arrojaron a un pozo en el territorio de Orleans el año 524.

San Teodardo. Fue obispo de Narbona a partir del año 885. Restauró su iglesia catedral, sobresalió por su fervor en la disciplina y su diligente magisterio. Minado por la enfermedad, se retiró a un monasterio de la región de Montauban (Francia), donde murió el año 893.

Santos Torcuato y compañeros obispos. La Iglesia española celebra hoy la conmemoración de los llamados Varones Apostólicos que, según una tradición antigua, fueron discípulos de los apóstoles san Pedro y san Pablo, que los enviaron a la Bética. Estos son sus nombres y el de las ciudades en que evangelizaron: Torcuato, obispo de Acci (hoy Guadix); Tesifonte, obispo de Bergium (hoy Berja); Esicio, obispo de Carcer (hoy Carcesa); Indalecio, obispo de Urci (hoy Almería); Segundo, obispo de Ábula (hoy Abla); Eufrasio, obispo de Iliturgi (hoy Andújar), y Cecilio, obispo de Illiberis (hoy Elvira, Granada).

Beato Aldebrando. Fue obispo de Fossombrone en las Marcas (Italia), insigne por la austeridad de su vida y por su espíritu apostólico. Murió el año 1170.

Beato Clemente Septyckyj. Nació en Prylbychi, perteneciente entonces a Polonia y ahora a Ucrania, el año 1869. Estudió en Cracovia y Munich. Entró en la vida política y ejerció altos cargos. En 1912 ingresó en el monasterio estudita de la ciudad de Univ, y recibió la ordenación sacerdotal en 1915. Fue un religioso fiel y cumplidor, al que eligieron, en 1926, prior de su monasterio y, 1946, archimandrita de los monjes de la Regla Estudita. En 1947 fue detenido, acusado de actividades antisoviéticas y de colaborar con el Vaticano. Lo condenaron a ocho años de cárcel y lo deportaron a Vladimir (Rusia), donde murió en 1951.

Beata Mafalda. Hija de Sancho I, rey de Portugal, nació el año 1194. En 1215 fue dada en matrimonio a Enrique I de Castilla, pero el papa Inocencio III declaró que el matrimonio era nulo a causa del parentesco de los esposos. Libre de compromisos, ingresó en el monasterio de Arouca. Deseaba ella intensificar la observancia regular y para conseguirlo llamó a los cistercienses. El monasterio se trasformó en casa de esa Orden, en la que ella profesó. Fue una religiosa ejemplar por su vida pobre, austera y penitente. Favoreció el establecimiento de los dominicos y franciscanos en Portugal. Murió en 1257.


PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

San Pablo, al despedirse de los ancianos de Mileto, dijo: «De ninguno he codiciado dinero, oro ni ropa. Bien sabéis que estas manos han bastado para cubrir mis necesidades y las de los que están conmigo. Siempre os he enseñado que es trabajando como se debe socorrer a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús, que dijo: "Hay más dicha en dar que en recibir"» (Hch 20,33-35).

Pensamiento franciscano:

San Francisco dice en su Testamento: «Yo trabajaba con mis manos, y quiero trabajar; y quiero firmemente que todos los otros hermanos trabajen en trabajo que conviene al decoro. Los que no saben, que aprendan, no por la codicia de recibir el precio del trabajo, sino por el ejemplo y para rechazar la ociosidad. Y cuando no se nos dé el precio del trabajo, recurramos a la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta» (Test 20-22).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios Padre, que nos llama a todos a colaborar con nuestro trabajo en su obra creadora.

-Para que la Iglesia sepa expresar su solidaridad con el mundo del trabajo.

-Para que los creyentes, llamados a dar un testimonio cristiano cualificado en sus ambientes de trabajo, no se desalienten ante las dificultades.

-Para que cuantos tienen autoridad o responsabilidad en la vida económica y social, tengan siempre muy en cuenta el bien y la dignidad de la persona.

-Para que, contemplando a Jesús, a María y a José, aprendamos a valorar el trabajo como servicio a los demás, medio de realización personal y contribución al bien común.

Oración: Escucha, Señor, nuestra oración en este día del trabajo y haz que, como hijos tuyos, colaboremos en la obra de tu creación para gloria tuya y bien de nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL TRABAJO EXPRESIÓN DEL AMOR
De la Exhortación Apostólica de S. S. Juan Pablo II
«Redemptoris Custos» (15-VIII-1989)
sobre la figura y la misión de San José

22. Expresión cotidiana de este amor en la vida de la Familia de Nazaret es el trabajo. El texto evangélico precisa el tipo de trabajo con el que José trataba de asegurar el mantenimiento de la Familia: el de carpintero. Esta simple palabra abarca toda la vida de José. Para Jesús éstos son los años de la vida escondida, de la que habla el evangelista tras el episodio ocurrido en el templo: «Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos» (Lc 2,51). Esta «sumisión», es decir, la obediencia de Jesús en la casa de Nazaret, es entendida también como participación en el trabajo de José. El que era llamado el «hijo del carpintero» había aprendido el trabajo de su «padre» putativo. Si la Familia de Nazaret en el orden de la salvación y de la santidad es ejemplo y modelo para las familias humanas, lo es también análogamente el trabajo de Jesús al lado de José, el carpintero. En nuestra época la Iglesia ha puesto también esto de relieve con la fiesta litúrgica de San José Obrero, el 1 de mayo. El trabajo humano y, en particular, el trabajo manual tienen en el Evangelio un significado especial. Junto con la humanidad del Hijo de Dios, el trabajo ha formado parte del misterio de la encarnación, y también ha sido redimido de modo particular. Gracias a su banco de trabajo sobre el que ejercía su profesión con Jesús, José acercó el trabajo humano al misterio de la redención.

23. En el crecimiento humano de Jesús «en sabiduría, edad y gracia» representó una parte notable la virtud de la laboriosidad, al ser «el trabajo un bien del hombre» que «transforma la naturaleza» y que hace al hombre «en cierto sentido más hombre» (cf. Enc. Laborem exercens, 24).

La importancia del trabajo en la vida del hombre requiere que se conozcan y asimilen aquellos contenidos «que ayuden a todos los hombres a acercarse a través de él a Dios, Creador y Redentor, a participar en sus planes salvíficos respecto al hombre y al mundo y a profundizar en sus vidas la amistad con Cristo, asumiendo mediante la fe una viva participación en su triple misión de sacerdote, profeta y rey» (cf. Enc. Laborem exercens, 24).

24. Se trata, en definitiva, de la santificación de la vida cotidiana, que cada uno debe alcanzar según el propio estado y que puede ser fomentada según un modelo accesible a todos: «San José es el modelo de los humildes, que el cristianismo eleva a grandes destinos; san José es la prueba de que para ser buenos y auténticos seguidores de Cristo no se necesitan "grandes cosas", sino que se requieren solamente las virtudes comunes, humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas» (Pablo VI, 13-III-1969).

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SOBRE LA ACTIVIDAD HUMANA EN TODO EL MUNDO
Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, nn. 33-34

Con su trabajo y su ingenio el hombre se ha esforzado siempre por mejorar su vida; pero hoy, gracias a la ayuda de la ciencia y de la técnica, ha desarrollado y sigue desarrollando su dominio sobre casi toda la naturaleza y, gracias sobre todo a las múltiples relaciones de todo tipo establecidas entre las naciones, la familia humana se va reconociendo y constituyendo progresivamente como una única comunidad en todo el mundo. De donde resulta que muchos bienes que el hombre esperaba alcanzar de las fuerzas superiores, hoy se los procura con su propio trabajo.

Ante este inmenso esfuerzo, que abarca ya a todo el género humano, el hombre no deja de plantearse numerosas preguntas: ¿Cuál es el sentido y el valor de esa actividad? ¿Cómo deben ser utilizados todos estos bienes? Los esfuerzos individuales y colectivos ¿qué fin intentan conseguir?

La Iglesia, que guarda el depósito de la palabra Dios, de la que se deducen los principios en el orden moral y religioso, aunque no tenga una respuesta preparada para cada pregunta, intenta unir la luz de la revelación con el saber humano para iluminar el nuevo camino emprendido por la humanidad.

Para los creyentes es cierto que la actividad humana individual o colectiva o el ingente esfuerzo realizado por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios.

Pues el hombre, creado a imagen de Dios, recibió el mandato de que, sometiendo a su dominio la tierra y todo cuanto ella contiene, gobernase el mundo con justicia y santidad, y de que, reconociendo a Dios como creador de todas las cosas, dirija su persona y todas las cosas a Dios, para que, sometidas todas las cosas al hombre, el nombre de Dios sea admirable en todo el mundo.

Esta verdad tiene su vigencia también en los trabajos más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y sus familias, disponen su trabajo de tal forma que resulte beneficioso para la sociedad, con toda razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen con su trabajo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia.

Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están por el contrario convencidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio.

Cuanto más aumenta el poder del hombre, tanto más grande es su responsabilidad, tanto individual como colectiva.

De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo, ni los lleva a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que más bien les impone esta colaboración como un deber.

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MARÍA Y LA VIDA ESPIRITUAL FRANCISCANA (I)
por León Amorós, OFM

Nuestro Seráfico Padre es uno de esos hombres insignes previstos y predestinados en la mente divina para las grandes gestas de la gloria de Dios, y Asís el lugar preordenado por el Señor para irradiar su acción bienhechora sobre inmensa muchedumbre de almas.

En fuerza de la asociación inseparable que existe entre Jesucristo y su Santísima Madre por virtud del misterio de la Encarnación, toda acción divina, allí donde obre, ha de ir siempre acompañada de la cooperación de la Santísima Virgen, que será más o menos manifiesta a nuestros humanos ojos, pero realísima y hondamente radicada en este principio teológico, rector de la presente economía de la gracia.

La pasmosa vida sobrenatural de Francisco, tan rica en divinas experiencias como favorecida en dones celestiales, que le habían de constituir el gran cantor de las divinas alabanzas en el acordado concierto de la creación y aptísimo al par que docilísimo instrumento, manejado por manos divinas, para irradiar poderosas corrientes de vida sobrenatural, debió tener, y tuvo, según el principio enunciado, una vida mariana abundante y opulenta, radicada en lo más íntimo de su espíritu, con sabrosísimas experiencias de la presencia de la Virgen Santísima en su alma. Y el nacimiento de su obra, de prolongado y profundo apostolado, había de tener también como cuna la ciudad de Asís y cabe al santuario de la Santísima Virgen de los Angeles, madre y maestra de aquella pequeña grey, origen y principio de la Orden Seráfica.

La Orden Franciscana es, en los planes de Dios, una pieza de excepcional importancia en la contextura de la historia de la Iglesia. Los hechos así lo han demostrado y siguen demostrándolo. Forzoso era, que, siguiendo la ley natural, también estuviera presente la Virgen Santísima en el origen y ulterior proceso y actividad de esta grande obra.

Nuestro Seráfico Padre, en quien, según venimos diciendo, los divinos carismas con tanta prodigalidad habían de darse cita, debió tener una vida mariana intensa, porque también fue muy subida su vida divina interior, y porque era el fundador de una grande obra de irradiación de los dones divinos. Aunque los testimonios de la vida mariana del Santo Padre que han llegado a nosotros no son muy abundantes, son, sin embargo, muy significativos y elocuentes en orden a esta espiritualidad.

Dice San Buenaventura: «Nunca he leído de santo alguno que no haya profesado especial devoción a la gloriosa Virgen». Y de San Francisco, el Santo Doctor no solamente leyó su vida, sino que fue escritor de sus gestas. Como biógrafo, pues, del Seráfico Padre, cuyas fuentes de información fueron los propios compañeros del Santo Padre, pudo sondear muy bien las interioridades del espíritu del Pobrecillo, para descubrir allí los principios rectores de toda su esplendorosa vida espiritual. Naturalmente, éstos no podían ser más que Jesús y María.

Es principio teológico inconcuso, como luego veremos, que la acción de la Santísima Virgen en el proceso de toda vida cristiana a partir del santo Bautismo, y aun antes de él por la vocación a la fe, es realísima y honda, como colaboradora que es del mismo principio fontal de donde dimanan todos los dones divinos, que es Jesucristo. Esta actuación, real en todas las almas, puede ser más o menos consciente en el sujeto que la recibe y, consiguientemente, con manifestaciones más o menos explícitas, en el desarrollo normal de la vida espiritual del cristiano.

Nuestro Santo Padre, predestinado por el Señor para fundar la Orden que, con el transcurso del tiempo había de vivir, sentir y defender la gran prerrogativa de la Virgen Santísima, su Concepción Inmaculada, forzoso era que la vida mariana fuera en él intensa y plenamente consciente.

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