viernes, 28 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 30 DE ABRIL

 

SAN PÍO V, papa de 1566 a 1572. Nació en Bosco Marengo (Alessandria, Italia) el año 1504. Ingresó en la Orden de Predicadores siendo muy joven; se doctoró y recibió la ordenación sacerdotal en Bolonia el año 1528. Durante dieciséis años fue profesor de teología y ejerció diversos cargos en la provincia dominica lombarda. Consagrado obispo y elevado al cardenalato, fue finalmente elegido papa el año 1566. Intensificó su austeridad y vida de oración. Rehusó toda muestra de nepotismo. Continuó con gran decisión la reforma comenzada por el Concilio de Trento, cuyos decretos trató de aplicar, reformó las costumbres, intensificó la catequesis, organizó los seminarios y favoreció los estudios, promovió la propagación de la fe, renovó la liturgia y publicó el Catecismo Romano y el Misal que lleva su nombre, que ha estado vigente hasta la reforma del Vaticano II. En la liga contra los turcos, se alió con España y Venecia, que lograron la victoria de Lepanto. Murió en Roma el 1 de mayo de 1572.- Oración: Señor, tú que has suscitado providencialmente en la Iglesia al papa san Pío, para proteger la fe y dignificar el culto, concédenos, por su intercesión, participar con fe viva y con amor fecundo en tus santos misterios. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN JOSÉ BENITO COTTOLENGO. Sacerdote diocesano, miembro de la Tercera Orden Franciscana, fundador de la Pequeña Casa de la Divina Providencia (el «Cottolengo») y de otras instituciones, nació en Bra, de la región italiana de Piamonte, el año 1786. Tras su ordenación sacerdotal en 1811 se dedicó a tareas parroquiales y a la predicación, hasta centrarse en la acción social y caritativa para con los pobres, enfermos y marginados de la sociedad que no eran acogidos en las instituciones públicas. Confiando en la Divina Providencia, abrió en Turín un hospital, dotado con lo indispensable, para acoger a los rechazados de otros centros. Se le unieron voluntarios y hombres y mujeres que luego se integraron en las congregaciones por él fundadas para consolidar y extender su obra. Humilde, pobre y austero, dio ejemplo admirable de santidad sacerdotal, de confianza filial en Dios Padre y de entrega generosa a los más pobres y abandonados. Murió en Chieri (Turín) el 30 de abril de 1842.




BEATO BENITO DE URBINO. Nació en Urbino (Marcas, Italia) el año 1560, de la noble y numerosa familia de los Passionei. Estudió derecho en Perusa y Padua y, ya doctorado, empezó el ejercicio de su profesión. Pronto cambió el rumbo de su vida, y se hizo capuchino en el convento de Fano, a pesar de su delicada salud y frágil complexión. Ordenado de sacerdote en 1598 y después de ejercer algún tiempo el ministerio por los conventos de las Marcas, lo unieron al grupo que acompañó a san Lorenzo de Brindis en su misión de hacer frente a los protestantes por tierras del centro de Europa; cuatro años dedicó Benito a ese apostolado y lo pasó muy mal. Volvió a las Marcas y allí permaneció el resto de sus días, consagrado a la oración y contemplación, sobre todo de la pasión de Cristo, a la austeridad y penitencias, y al ministerio sobre todo entre los pobres y sencillos. Murió el 30 de abril de 1625 en Fossombrone (Marcas).

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San Adyutor. Nació en Vernon-sur-Seine (Normandía, Francia) a finales del siglo XI. Armado caballero, participó en la I Cruzada, en la que cayó prisionero y lo maltrataron a causa de su fe. Liberado al cabo de 17 años, se hizo monje en la abadía de Tiron, cerca de Chartres. Más tarde abrazó la vida eremítica, convirtiéndose en un penitente recluso en una celda junto a Vernon, donde murió hacia el año 1131.

Santos Amador, Pedro y Luis. Amador era sacerdote, había nacido en Martos (Jaén, España), se había trasladado de joven a Córdoba con su familia para poder estudiar, y llegó al martirio siendo joven. Pedro era monje, hijo de padres acomodados de Córdoba. Luis era un joven seglar cordobés, hermano del diácono y mártir san Pablo. Los tres eran amigos y se pusieron a confesar abiertamente a Cristo en Córdoba, ciudad musulmana en la que vivían. Pronto fueron detenidos, condenados a muerte y ejecutados el año 855. San Eulogio de Córdoba es quien primero dio testimonio de ellos.

San Augulo. Fue obispo de Viviers, en la región del Ródano (Francia), en el siglo VII, y se dice que abrió el primer hospicio de la ciudad para los pobres y que logró la libertad de muchos esclavos.

San Diodoro y san Rodopiano. Son mártires que, durante la persecución del emperador Diocleciano, a principios del siglo IV, fueron lapidados por sus conciudadanos en Afrodisia, región de Caria (en la actual Turquía).

San Donato de Evorea. Fue obispo de Paramythia, región de Epiro (en la actual Grecia), en el siglo IV.

San Earconvaldo. Era de familia noble, abrazó la vida monástica y fundó dos monasterios, uno masculino que gobernó él mismo, y otro femenino que fue gobernado por su hermana santa Etelburga. Según Beda el Venerable, fue san Teodoro de Canterbury quien lo designó el año 675 obispo de los Sajones orientales con sede en Londres. Murió en Barking-Londres el año 693.

San Eutropio. Primer obispo de la ciudad de Saintes, en la región de Aquitania (Francia), en el siglo III. Se dice que fue el Papa quien lo envió a Francia.

San Gualfardo. Era un guarnicionero oriundo de Alemania, que se retiró a llevar vida eremítica en las cercanías de Verona (Italia). Después de muchísimos años pasados en soledad, fue acogido como oblato por los monjes camaldulenses de San Salvador de la misma ciudad. Alcanzó las alturas de la vida contemplativa y de la santidad con la oración continua, las vigilias, el ayuno y la abstinencia, y todo ello en un contexto de equilibrio, modestia y prudencia. Murió cerca de Verona el año 1127.

San José Tuan. Nació en Vietnam, creció en una comunidad cristiana animada por los dominicos, ingresó en la Orden de Predicadores y se ordenó de sacerdote. Con todas las limitaciones de la clandestinidad forzada por la persecución, estuvo ejerciendo el ministerio de manera provechosa hasta que, después de haber administrado los sacramentos a una mujer enferma, el hijo de ésta lo delató. Arrestado y encarcelado, confesó abiertamente su fe y se negó con firmeza a apostatar. Fue condenado a muerte y decapitado en la ciudad de Ninh-Bìhn (Vietnam) el año 1861, siendo emperador Tu Duc.

San Lorenzo de Novara. Era un sacerdote de Novara, ciudad del norte de Italia, que allá por el siglo III o IV construyó una fuente bautismal en la que bautizaba a los niños a los que había enseñado la doctrina cristiana y preparado como conviene. Una vez en que bautizó a un grupo numeroso de niños, fue martirizado junto con ellos por algunos enemigos de la fe.

Santa María de la Encarnación Guyart Martin. Nació en Tours (Francia) el año 1599. En 1617 contrajo matrimonio, del que tuvo un hijo. Cuando quedó viuda en 1619, se dedicó a criar al hijo y a llevar el negocio familiar, renunciando a contraer nuevas nupcias. Llevaba una vida espiritual intensa y comenzó a tener experiencias místicas extraordinarias. Se sintió entonces llamada a la vida religiosa e ingresó en las Ursulinas de Tours en 1631, después de confiar el hijo a su hermana. En 1639 la enviaron a Canadá y fundó en Québec un colegio para niñas indias, cuyas lenguas aprendió y en las que escribió catecismos, gramáticas y diccionarios. Siguió armonizando la vida contemplativa con la activa. Murió en Québec el año 1672. Canonizada el 3-IV-2014.

San Mercurial. Obispo de Forlí, en la región de Emilia-Romaña (Italia), a quien se considera como el instaurador de esta sede episcopal en el siglo IV.

San Pedro Levita. De joven renunció a sus bienes e ingresó en el monasterio romano de San Andrés sobre el Monte Celio. El papa san Gregorio Magno le encomendó el gobierno y administración de los bienes de la Iglesia romana, lo que cumplió con celo y fidelidad. Además, el Papa lo ordenó de diácono, de donde le viene el sobrenombre de Levita, y lo hizo secretario suyo, y él lo sirvió con mucho amor y lealtad, y defendió, después de la muerte del pontífice, su memoria y sus escritos. Murió en Roma el año 605.

San Pomponio. Obispo de Nápoles (Italia) en el siglo IV. Construyó una iglesia dedicada a la Santísima Virgen dentro de la ciudad y, en tiempo de la ocupación de los godos, defendió a sus fieles contra la herejía arriana que negaba la divinidad de Jesucristo.

San Quirino. Fue un tribuno romano a quien, por razón de su profesión, le fueron encomendados los mártires Evencio y Teodulo, arrestados por orden del emperador Trajano. Al ver los milagros que los acompañaban, se convirtió a Cristo y recibió el bautismo junto con su hija Balbina. No tardó en ser apresado y decapitado a principios del siglo III y así rubricar su confesión de fe. Lo enterraron en el cementerio de Pretextato en la vía Apia.

Beato Guillermo Southerne. Nació en Durham (Inglaterra) y para cursar la carrera eclesiástica tuvo que trasladarse al Continente. Estudió en Lituania, España y Douai (Francia). Después de recibir la ordenación sacerdotal, regresó a su patria para ejercer el sagrado ministerio en medio de las limitaciones que imponía la persecución contra la Iglesia católica y sus ministros. Fue arrestado y juzgado por ser sacerdote católico y condenado como traidor porque había entrado tras haber sido ordenado de sacerdote. Lo ahorcaron y descuartizaron en Newcastle el año 1618, durante el reinado de Jacobo I.

Beata Paulina von Mallinckrodt. Nació en Minden (Westfalia, Alemania) el año 1817. Su padre era protestante y su madre católica, y ambos de familia noble. En 1839 se trasladaron a Paderborn, donde ella, con algunas amigas, de dedicó a atender a los niños pobres, y más tarde también a los ciegos, que entonces estaban desatendidos. El obispo le indicó que fundara una institución dedicada a esas tareas. Superadas muchas dificultades, en 1849, ella y tres compañeras vistieron el hábito de la nueva congregación, las Hermanas de la Caridad Cristiana. Las leyes de Bismarck, que les eran adversas, las invitaron a salir de Alemania y multiplicarse por el extranjero. Murió en Paderborn el año 1881.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús en la fracción del pan: -Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían conocido al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros» (Lc 24,33-36).

Pensamiento franciscano:

Admonición de san Francisco: «Bienaventurado el siervo que tiene fe en los clérigos que viven rectamente según la forma de la Iglesia Romana. Y ¡ay de aquellos que los desprecian!; pues, aunque sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque solo el Señor en persona se reserva el juzgarlos. Pues cuanto mayor es el ministerio que ellos tienen del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran a los demás, tanto más pecado tienen los que pecan contra ellos, que los que pecan contra todos los demás hombres de este mundo» (Adm 26).

Orar con la Iglesia:

Oremos, hermanos, a Dios nuestro Padre. Jesucristo, por quien hemos renacido del agua y del Espíritu Santo, intercede por nosotros.

-Para que la Iglesia se mantenga firme en la convicción de que debe obedecer a Dios antes que a los hombres.

-Para que los abatidos y todos cuantos sufren sientan la cercanía del Padre que los ama, y nosotros contribuyamos a ello.

-Para que los que tienen poder y autoridad tengan más en cuenta a los pobres y a los marginados.

-Para que los cristianos, que celebramos con gozo la resurrección del Señor, seamos testigos en la vida de lo que celebramos en la fe.

Oración: Atiende, Padre, las oraciones de tus hijos. Te las presenta Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

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CREER EN LA RESURRECCIÓN PARA SER SUS TESTIGOS
Benedicto XVI, Regina Caeli del 30 de abril de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

En el tiempo pascual la liturgia nos ofrece múltiples estímulos para fortalecer nuestra fe en Cristo resucitado. En el III domingo de Pascua, por ejemplo, san Lucas narra cómo los dos discípulos de Emaús, después de haberlo reconocido «al partir el pan», fueron llenos de alegría a Jerusalén para informar a los demás de lo que les había sucedido. Y precisamente mientras estaban hablando, el Señor mismo se apareció mostrando las manos y los pies con los signos de la pasión. Luego, ante el asombro y la incredulidad de los Apóstoles, Jesús les pidió pescado asado y lo comió delante de ellos (cf. Lc 24,35-43).

En este y en otros relatos se capta una invitación repetida a vencer la incredulidad y a creer en la resurrección de Cristo, porque sus discípulos están llamados a ser testigos precisamente de este acontecimiento extraordinario. La resurrección de Cristo es el dato central del cristianismo, verdad fundamental que es preciso reafirmar con vigor en todos los tiempos, puesto que negarla, como de diversos modos se ha intentado hacer y se sigue haciendo, o transformarla en un acontecimiento puramente espiritual, significa desvirtuar nuestra misma fe. «Si no resucitó Cristo -afirma san Pablo-, es vana nuestra predicación, es vana también vuestra fe» (1 Cor 15,14).

En los días que siguieron a la resurrección del Señor, los Apóstoles permanecieron reunidos, confortados por la presencia de María, y después de la Ascensión perseveraron, juntamente con ella, en oración a la espera de Pentecostés. La Virgen fue para ellos madre y maestra, papel que sigue desempeñando con respecto a los cristianos de todos los tiempos. Cada año, en el tiempo pascual, revivimos más intensamente esta experiencia y, tal vez precisamente por esto, la tradición popular ha consagrado a María el mes de mayo, que normalmente cae entre Pascua y Pentecostés. Por tanto, este mes, que comenzamos mañana, nos ayuda a redescubrir la función materna que ella desempeña en nuestra vida, a fin de que seamos siempre discípulos dóciles y testigos valientes del Señor resucitado.

A María le encomendamos las necesidades de la Iglesia y del mundo entero, especialmente en este momento lleno de sombras. Invocando también la intercesión de san José, a quien mañana recordaremos de modo particular con el pensamiento proyectado al mundo del trabajo, nos dirigimos a ella con la oración del Regina caeli, plegaria que nos hace gustar la alegría confortadora de la presencia de Cristo resucitado.

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SAN JOSÉ BENITO COTTOLENGO
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 28-IV-2010

Queridos hermanos y hermanas:

José Benito Cottolengo, fundador de la obra que él mismo denominó «Pequeña Casa de la Divina Providencia» y que hoy se llama también «Cottolengo», nació en Bra, una pequeña localidad de la provincia de Cúneo, el 3 de mayo de 1786. Primogénito de doce hijos, seis de los cuales murieron en tierna edad, mostró desde niño una gran sensibilidad hacia los pobres. Abrazó el camino del sacerdocio, imitado también por dos hermanos. Los años de su juventud fueron los de la aventura napoleónica y de las consiguientes dificultades en campo religioso y social. Cottolengo llegó a ser un buen sacerdote, al que buscaban numerosos penitentes y, en la Turín de aquel tiempo, predicador de ejercicios espirituales y conferencias para los estudiantes universitarios, que lograban siempre un éxito notable. A la edad de 32 años fue nombrado canónigo de la Santísima Trinidad, una congregación de sacerdotes que tenía la tarea de oficiar en la Iglesia del Corpus Domini y de dar solemnidad a las ceremonias religiosas de la ciudad, pero en ese puesto se sentía inquieto. Dios lo estaba preparando para una misión especial y, precisamente con un encuentro inesperado y decisivo, le dio a entender cuál iba a ser su destino futuro en el ejercicio del ministerio.

El Señor siempre pone signos en nuestro camino para guiarnos a nuestro verdadero bien según su voluntad. Para Cottolengo esto sucedió, de modo dramático, el domingo 2 de septiembre de 1827 por la mañana. Proveniente de Milán llegó a Turín la diligencia, llena de gente como nunca, en la que viajaba apretujada toda una familia francesa; la mujer, con cinco hijos, estaba embarazada y tenía fiebre alta. Después de haber vagado por varios hospitales, esa familia encontró alojamiento en un dormitorio público, pero la situación de la mujer iba agravándose y algunos se pusieron a buscar un sacerdote. Por un misterioso designio se cruzaron con José Benito Cottolengo, y fue precisamente él, con el corazón abrumado y oprimido, quien acompañó a la muerte a esta joven madre, en medio de la congoja de toda la familia. Después de haber desempeñado esta dolorosa tarea, con el sufrimiento en el corazón, se puso ante el Santísimo Sacramento y rezó: «Dios mío, ¿por qué? ¿Por qué has querido que fuera testigo de esto? ¿Qué quieres de mí? ¡Hay que hacer algo!». Se levantó, tocó todas las campanas, encendió las velas y, al acoger a los curiosos en la iglesia, dijo: «¡Ha acontecido la gracia! ¡Ha acontecido la gracia!». Desde ese momento Cottolengo se transformó: utilizó todas sus capacidades, especialmente su habilidad económica y organizativa, para poner en marcha iniciativas a fin de sostener a los más necesitados.

Supo implicar en su empresa a decenas y decenas de colaboradores y voluntarios. Se desplazó a la periferia de Turín para extender su obra, creó una especie de aldea, en la que asignó un nombre significativo a cada edificio que logró construir: «casa de la fe», «casa de la esperanza», «casa de la caridad». Puso en práctica el estilo de las «familias», constituyendo verdaderas comunidades de personas, voluntarios y voluntarias, hombres y mujeres, religiosos y laicos, unidos para afrontar y superar juntos las dificultades que se presentaban. En aquella «Pequeña Casa de la Divina Providencia» cada uno tenía una tarea precisa: unos trabajaban, otros rezaban, otros servían, otros educaban, otros administraban. Todos, sanos o enfermos, compartían el mismo peso de la vida diaria. Con el tiempo, también la vida religiosa se especificó según las necesidades y las exigencias particulares. Asimismo, pensó en un seminario propio, para una formación específica de los sacerdotes de la Obra. Siempre estuvo dispuesto a seguir y a servir a la Divina Providencia, nunca a cuestionarla. Decía: «Yo no valgo para nada y ni siquiera sé lo qué hago. Pero seguro que la Divina Providencia sabe lo que quiere. A mí me corresponde sólo secundarla. Adelante in Domino». Para sus pobres y los más necesitados siempre se definió «el obrero de la Divina Providencia».

Junto a las pequeñas aldeas fundó también cinco monasterios de monjas contemplativas y uno de eremitas, y los consideró como una de sus realizaciones más importantes: una especie de «corazón» que debía latir para toda la Obra. Murió el 30 de abril de 1842, pronunciando estas palabras: «Misericordia, Domine; Misericordia, Domine. Buena y santa Providencia... Virgen santa, ahora os toca a Vos». Su vida, como escribió un periódico de la época, fue «una intensa jornada de amor».

Estos dos santos sacerdotes [Leonardo Murialdo y José Benito Cottolengo], vivieron su ministerio en la entrega total de su vida a los más pobres, a los más necesitados, a los últimos, encontrando siempre la raíz profunda, la fuente inagotable de su acción en la relación con Dios, bebiendo de su amor, en la convicción profunda de que no es posible practicar la caridad sin vivir en Cristo y en la Iglesia.

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OBEDIENCIA Y LIBERTAD EN LA IGLESIA
SEGÚN SAN FRANCISCO
por Michel Hubaut, OFM

Un carisma personal recibido en la Iglesia

Las experiencias espirituales decisivas que tuvo que vivir Francisco se desarrollaron siempre con una innegable connotación eclesial.

Con anterioridad a la época de las grandes decisiones, su devoción le impulsa a emprender una peregrinación a Roma, donde ofrece una ofrenda muy generosa ante la tumba de san Pedro, el príncipe de los apóstoles (2 Cel 8).

Tras desnudarse y restituirle todos los vestidos a su padre, en presencia del obispo de Asís, éste «lo cubrió con su propio manto» (1 Cel 15). Es un gesto cuyo simbolismo no se le escapa a nadie.

Su repentina y conmovedora toma de conciencia, en la casi derruida iglesita de San Damián, de que el Amor no es amado, concluye con una llamada interior que le guía ya al misterio de la Iglesia: «Francisco, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo» (2 Cel 10).

Al escuchar la lectura del santo Evangelio durante la celebración de una eucaristía en la iglesia de la Porciúncula y, terminada la misa, la explicación de dicho evangelio por el sacerdote que la atendía, Francisco descubre las modalidades concretas de su misión itinerante (1 Cel 22).

De hecho, en Francisco están indisoluble y existencialmente unidos la Palabra de Cristo y del santo Evangelio, el Cuerpo eucarístico, la misión y la Iglesia. Su vocación evangélica y su misión eclesial nacieron casi al mismo tiempo. Tiene conciencia de no haber escogido sino de haber recibido una misión en la Iglesia y para guiar hacia la Iglesia a todos los hombres, sobre todo a los menores, que estaban excluidos de ella.

Su vocación y comportamiento no son nada clericales, pero no puede concebir su misión fuera de la Iglesia. De hecho, le vemos orar y predicar tanto en los caminos y plazas públicas como en las iglesias, empezando por las de su ciudad, Asís.

Para Francisco, la Iglesia, a pesar de sus fallos, es y será siempre nuestra santa Madre, el Sacramento visible de Jesús salvador. Resultaría interminable enumerar sus signos de veneración y respeto al papa, los prelados y clérigos. Escribe Tomás de Celano: «Pensaba que, entre todas las cosas y sobre todas ellas, se había de guardar, venerar e imitar la fe de la santa Iglesia romana, en la cual solamente se encuentra la salvación» (1 Cel 62). Y en su conmovedor Testamento de Siena, redactado seis meses antes de su muerte, Francisco escribe a sus hermanos: «Vivan siempre fieles y sumisos a los prelados y a todos los clérigos de la santa madre Iglesia» (TestS 5).

La mayoría de los textos citados pueden producir un cierto malestar, pues inducirían a pensar que la concepción que de la Iglesia tiene Francisco es esencialmente clerical y limitada a la jerarquía eclesiástica. Para rectificar esta impresión sería necesario analizar otros textos. Bastará con que el lector acuda al espléndido capítulo 23 de la Regla no bulada. Se convencerá entonces de que, para Francisco, la Iglesia no sólo es un «lugar de salvación», una «garantía de la fe y la conducta cristiana», sino también el Pueblo de Dios en el que se proclama la salvación de Cristo y se transmite el Evangelio.

Sin duda alguna, la visión que Francisco tiene de la Iglesia es una visión «católica», entendiendo el término en el sentido de universal. Francisco contempla el inmenso Pueblo de Dios, animado e impulsado por el fuego del Espíritu de Jesús. El capítulo 23 de la Regla es una explosión de acción de gracias en la que avanzan, en una procesión digna de esos frescos grandiosos y llenos de colorido que recubren los muros e iconostasios de las iglesias orientales, todas las categorías de cristianos que constituyen la Iglesia en marcha hacia la gloria de su Señor. Una Iglesia en la que los pobres, los pequeños, los niños preceden a los reyes y príncipes, y que no excluye la jerarquía eclesiástica ni las estructuras sociales. Y Francisco pide a todos una sola cosa: vivir en la verdadera fe y en la conversión del corazón.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 54 (1989) 357-370]

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