jueves, 27 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 28 DE ABRIL

 

SAN LUIS MARÍA GRIÑÓN DE MONTFORT. Nació en Montfort (Bretaña, Francia) el año 1673. Estudió en Rennes y París y, ordenado de sacerdote en 1700, recorrió las regiones del oeste francés como misionero apostólico, dando misiones populares y anunciando el misterio de la Sabiduría eterna, Cristo encarnado y crucificado, y enseñando el camino de santidad "a Jesús por María" (la esclavitud mariana). Cultivó una intensa devoción a la Virgen María y fundó tres congregaciones religiosas: la Compañía de María (instituto masculino), los Hermanos de la Instrucción cristiana de San Gabriel y las Hijas de la Sabiduría. Dejó muchos escritos, principalmente sobre espiritualidad mariana, entre los que destacan El Secreto de María y el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. Murió en Saint Laurent-sur-Sévre, diócesis de Luçon, el 28 de abril de 1716.- Oración: Oh Dios, sabiduría eterna, que hiciste al presbítero san Luis María insigne testigo y maestro de la total consagración a Cristo, tu Hijo, por mano de su Madre, la bienaventurada Virgen María; concédenos que, siguiendo su mismo camino espiritual, podamos extender tu reino en el mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN PEDRO CHANEL. Nació en Cuet (Francia) el año 1803. A los 21 años entró en el seminario de Bourg y, ordenado de sacerdote en 1827, ejerció durante algunos años el ministerio pastoral en su tierra. Acuciado por su deseo de marchar a misiones, en 1831 ingresó en la Compañía de María (Padres Maristas) y en 1837 se marchó a Oceanía occidental (Polinesia) como misionero y llegó a la isla de Futuna, cercana a Tahití. En medio de dificultades de toda clase, consiguió convertir a bastantes paganos, entre ellos el hijo del jefe de la tribu de los Alo, una de las dos tribus de la isla, lo que le granjeó su odio y el de su influyente familia. El 28 de abril de 1841 lo visitó un grupo de hombres, lo obligaron a salir de su cabaña, le propinaron una gran paliza a garrotazos y un cuñado del hijo del jefe le partió la cabeza con un hacha. Era el primer mártir de Oceanía y de los Maristas. Una vez más su sangre fue semilla de cristianos, pues poco después la población acabó convirtiéndose.- Oración: Señor, tú que has concedido la palma del martirio a san Pedro Chanel cuando trabajaba por extender tu Iglesia, concédenos a nosotros que, en medio de las alegrías pascuales, celebremos de tal modo el misterio de Cristo, muerto y resucitado, que seamos verdaderamente testigos de una vida nueva. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SANTA JUANA BERETTA DE MOLLA. Nació en Magenta (Milán) en 1922 de familia muy numerosa. En su carrera coordinó los estudios y la entrega al servicio de los ancianos y necesitados. Doctorada en Medicina y Cirugía, se especializó en Pediatría; en la práctica profesional prestó atención particular a las madres, los niños, los ancianos y los pobres. Su trabajo no le impidió un intenso apostolado entre las jovencitas. Se dedicó también a sus deportes favoritos, el esquí y el alpinismo. Orando llegó a la conclusión de que Dios la llamaba al matrimonio. En 1955 se casó con el ingeniero Pietro Molla. Tuvieron los tres primeros hijos con normalidad, pero, al cumplirse el segundo mes del cuarto embarazo, la madre fue presa del sufrimiento. El diagnóstico: un tumor en el útero. Se hizo necesaria una intervención quirúrgica. Antes de ser intervenida, suplicó al cirujano que salvara, a toda costa, la vida que llevaba en su seno. Se salvó la vida de la criatura. Algunos días antes del parto dijo a los médicos: «Si hay que decidir entre mi vida y la del niño, no dudéis; elegid la suya. Salvadlo». El 21 de abril de 1962 dio a luz a Gianna Emanuela, y el 28, entre indecibles dolores, murió santamente en Magenta. La canonizó Juan Pablo II en el 2004.



BEATO LUQUESIO DE POGGIBONSI. Nació en Gaggiano, provincia de Siena (Italia), hacia 1180. De joven se dedicó a la carrera militar; después contrajo matrimonio con Bonadonna, se dedicó al comercio y, para prosperar en el mismo, se trasladó a Poggibonsi. Parece que en 1212 escuchó a san Francisco en San Gimignano. De hecho, se convirtió de su vida materialista, distribuyó sus bienes a los pobres, salvo lo imprescindible para él y su mujer, convirtió su casa en hospital y llevó una vida de piedad y penitencia, dedicada a la atención de los indigentes y enfermos. Según la tradición, se encontró de nuevo con san Francisco en 1221; él hubiera querido seguirlo y Bonadonna hacerse clarisa, pero el Santo les dijo que continuaran en el mundo viviendo como penitentes franciscanos, para lo que les dio normas y les vistió el hábito de la Orden Franciscana Seglar, siendo los primeros terciarios. Luquesio murió el 28 de abril de 1260.- Oración: Dios, rico en misericordia, que has distinguido al beato Luquesio en obras de piedad y limosna, después de llamarle a la conversión; concédenos, por su intercesión y ejemplo, hacer penitencia para abundar en frutos de caridad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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San Afrodisio. Se le considera como el primer obispo de Béziers (Francia), en el siglo II.

San Agapio. Fue obispo de Cirta, en Numidia (hoy Argelia), y sufrió el martirio el año 259.

Santos Eusebio, Caralampo y compañeros. Sufrieron el martirio en Nicomedia de Bitinia (en la actual Turquía), en una fecha incierta de la antigüedad cristiana.

Santos Máximo, Dada y Quintiliano. Sufrieron el martirio en Dorostoro, en la provincia romana de Mesia (actual Bulgaria), durante la persecución de Diocleciano, a principios del siglo IV.

Santos Pablo Pham Khac Khoan y compañeros mártires. Pablo Pham Khac Khoan era sacerdote, Juan Bautista Dinh Van Than y Pedro Nguyen Van Hieu eran catequistas, los tres eran vietnamitas, y fueron detenidos cuando viajaban para ejercer el apostolado. Los encarcelaron en Ninh-Bihn (Vietnam) y durante tres años los sometieron a toda clase de torturas para que renegaran de la fe cristiana. No lo consiguieron, y los decapitaron el año 1840, en tiempo del emperador Minh Mang.

San Pánfilo. Fue obispo de Corfinio y murió en Sulmona (Abruzzo, Italia) hacia el año 700.

San Prudencio. Nació en Armentia (Álava, España), en el seno de una familia rica. Era inteligente, estudioso y devoto, y recibió una buena educación. Abrazó la vida eremítica bajo la guía de san Saturio y, cuando éste murió, marchó a Calahorra donde ingresó en la vida clerical. Más tarde se trasladó a Tarazona, en la provincia de Zaragoza, y allí recibió la ordenación sacerdotal. Cuando falleció el obispo de Tarazona, lo eligieron a él. Fue el consuelo de los afligidos, protector de los pobres y pacificador de los ánimos. Su vida se desarrolló en los siglos V-VI.

San Vital. Según la tradición, un 28 de abril fue dedicada al Señor Dios la celebérrima basílica de Rávena (Italia) que lleva su nombre, y en la que este santo es venerado desde tiempo inmemorial junto con los santos mártires Valeria, Gervasio, Protasio y Ursicino, por haber defendido tenazmente la fe. Nos es desconocida la fecha de su muerte.

Beato José Cebula. Nació en Malnia (Polonia) el año 1902. En su juventud ingresó en la Congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada y recibió la ordenación sacerdotal en 1927. Trabajó en su seminario y fue maestro de novicios. Lo arrestaron los nazis en Markowice y fue a parar al campo de concentración de Mauthausen, en Austria, donde lo torturaron y mataron los guardias del campo el año 1941.

Beata María Luisa de Jesús Trichet. Nació en Poitiers (Francia) el año 1684. Recibió en su familia una buena formación religiosa y cultural. A los 17 años se encontró con san Luis María Griñón de Montfort, que en adelante fue su director espiritual. Ingresó en el monasterio de las Canonesas de San Agustín, pero tuvo que dejarlo por motivos de salud. Se dedicó entonces a servir a los pobres del hospital de Poitiers, del que san Luis era capellán. Fue cofundadora, con san Luis, de la Congregación de las Hijas de la Sabiduría, dedicada al servicio de los más pobres y a la tarea docente. Murió en Saint-Laurent-sur-Sèvre (Francia) el año 1759.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la primera Carta de san Juan: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3,1-2).

Pensamiento franciscano:

Francisco quería que se pidiera permiso al obispo antes de edificar un convento. «Hablaba así el Santo pensando que el bien de las almas que los hermanos desean conseguir en el pueblo, se consigue mejor viviendo en paz con los prelados y los clérigos, pues así ganan para Dios a éstos y al pueblo, que no ganando sólo al pueblo, con escándalo de los prelados y clérigos. Decía él: "El Señor nos ha llamado en ayuda de su fe y de los prelados y clérigos de nuestra madre la santa Iglesia. Por eso debemos, en la medida de lo posible, amarlos siempre, honrarlos y venerarlos"» (LP 58).

Orar con la Iglesia:

El Señor Jesús, resucitado, vive para siempre e intercede por nosotros ante el Padre, a quien, llenos de confianza, dirigimos nuestra oración.

-Por la Iglesia: para que sepa llevar al mundo la Buena Noticia de la salvación.

-Por los enfermos, los impedidos, los marginados y cuantos sufren: para que encuentren en su camino a hombres que con su fe y caridad los alivien.

-Por los abatidos y los desesperanzados: para que la resurrección de Jesús los confirme en la seguridad de la victoria final del bien sobre el mal.

-Por todos los cristianos, que celebramos con alegría la Pascua del Señor: para que en nuestra vida vayamos poniendo signos de vida nueva.

Oración: Escucha, Padre, la oración que te presentamos por medio de tu Hijo, que, sentado a tu derecha, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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CRISTO RESUCITADO
TAMBIÉN AHORA SE NOS HACE PRESENTE
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 26-III-2008

Queridos hermanos y hermanas:

El anuncio que en estos días volvemos a escuchar sin cesar es precisamente este: ¡Jesús ha resucitado! Es «el que vive» (Ap 1,18), y nosotros podemos encontrarnos con él, como se encontraron con él las mujeres que, al alba del tercer día, el día siguiente al sábado, se habían dirigido al sepulcro; como se encontraron con él los discípulos, sorprendidos y desconcertados por lo que les habían referido las mujeres; y como se encontraron con él muchos otros testigos en los días que siguieron a su resurrección.

Incluso después de su Ascensión, Jesús siguió estando presente entre sus amigos, como por lo demás había prometido: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). El Señor está con nosotros, con su Iglesia, hasta el fin de los tiempos. Los miembros de la Iglesia primitiva, iluminados por el Espíritu Santo, comenzaron a proclamar el anuncio pascual abiertamente y sin miedo. Y este anuncio, transmitiéndose de generación en generación, ha llegado hasta nosotros y resuena cada año en Pascua con una fuerza siempre nueva.

De modo especial en la octava de Pascua, la liturgia nos invita a encontrarnos personalmente con el Resucitado y a reconocer su acción vivificadora en los acontecimientos de la historia y de nuestra vida diaria. Por ejemplo, hoy, miércoles, nos propone el episodio conmovedor de los dos discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). Después de la crucifixión de Jesús, invadidos por la tristeza y la decepción, volvían a casa desconsolados. Durante el camino conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado en aquellos días en Jerusalén; entonces se les acercó Jesús, se puso a conversar con ellos y a enseñarles: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24,25-26). Luego, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

La enseñanza de Jesús -la explicación de las profecías- fue para los discípulos de Emaús como una revelación inesperada, luminosa y consoladora. Jesús daba una nueva clave de lectura de la Biblia y ahora todo quedaba claro, precisamente orientado hacia este momento. Conquistados por las palabras del caminante desconocido, le pidieron que se quedara a cenar con ellos. Y él aceptó y se sentó a la mesa con ellos. El evangelista san Lucas refiere: «Sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (Lc 24,30). Fue precisamente en ese momento cuando se abrieron los ojos de los dos discípulos y lo reconocieron, «pero él desapareció de su lado» (Lc 24,31). Y ellos, llenos de asombro y alegría, comentaron: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32).

En todo el año litúrgico, y de modo especial en la Semana santa y en la semana de Pascua, el Señor está en camino con nosotros y nos explica las Escrituras, nos hace comprender este misterio: todo habla de él. Esto también debería hacer arder nuestro corazón, de forma que se abran igualmente nuestros ojos. El Señor está con nosotros, nos muestra el camino verdadero. Como los dos discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan, así hoy, al partir el pan, también nosotros reconocemos su presencia. Los discípulos de Emaús lo reconocieron y se acordaron de los momentos en que Jesús había partido el pan. Y este partir el pan nos hace pensar precisamente en la primera Eucaristía, celebrada en el contexto de la última Cena, donde Jesús partió el pan y así anticipó su muerte y su resurrección, dándose a sí mismo a los discípulos.

Jesús parte el pan también con nosotros y para nosotros, se hace presente con nosotros en la santa Eucaristía, se nos da a sí mismo y abre nuestro corazón. En la santa Eucaristía, en el encuentro con su Palabra, también nosotros podemos encontrar y conocer a Jesús en la mesa de la Palabra y en la mesa del Pan y del Vino consagrados. Cada domingo la comunidad revive así la Pascua del Señor y recibe del Salvador su testamento de amor y de servicio fraterno.

Queridos hermanos y hermanas, que la alegría de estos días afiance aún más nuestra adhesión fiel a Cristo crucificado y resucitado. Sobre todo, dejémonos conquistar por la fascinación de su resurrección. Que María nos ayude a ser mensajeros de la luz y de la alegría de la Pascua para muchos hermanos nuestros.

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TODO TUYO
San Luis María Griñón de Monfort,
Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen

Siendo así que la cumbre de nuestra perfección consiste en estar identificados, unidos y consagrados a Jesucristo, la mejor devoción es, sin duda, la que más perfectamente nos identifica con Cristo, nos une y nos consagra a él. Y pues María es entre todas las criaturas la más plenamente conforme con su Hijo, de ahí que entre todas las devociones, la que más consagra e identifica a una persona con nuestro Señor es la devoción a la Santísima Virgen, su Madre; y cuanto más se consagre la persona a María, más consagrada estará a Jesucristo.

Por tanto, la consagración perfecta a Jesucristo no es sino la suma y plena consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Y ésta es la devoción que enseño.

Esta forma de devoción se puede llamar muy bien una perfecta renovación de los votos y promesas del bautismo. Pues en ella, el fiel cristiano se entrega todo entero a la Santísima Virgen, y así, por María es todo de Cristo.

De donde resulta que una persona, a la vez queda consagrada a la Santísima Virgen y a Jesucristo: a la Virgen María porque es el camino más apto que el mismo Jesús escogió para unirse a nosotros y unirnos a él; y a Jesús, el Señor, nuestro fin último, es al que debemos todo cuanto somos como a nuestro Redentor y nuestro Dios.

Además, hay que tener en cuenta que toda persona cuando recibe el Bautismo, por sus propias palabras o las del padrino o madrina renuncia solemnemente a Satanás, a sus tentaciones y sus obras, y escoge a Jesucristo como su Maestro y supremo Señor, dispuesto a obedecerle como esclavo de amor. Pues bien, esto es lo que se realiza en la presente devoción. El cristiano renuncia al demonio, al mundo, al pecado y a sí mismo, y se entrega todo entero a Jesucristo por manos de María.

En el Bautismo, no se da uno -al menos expresamente- a Jesucristo por manos de María, ni se hace al Señor entrega del mérito de las buenas obras. Y después del Bautismo, queda todavía el cristiano totalmente libre para aplicar estos méritos a los demás o retenerlos en favor propio. En cambio, con esta devoción el fiel cristiano explícitamente se da a nuestro Señor por manos de María y le entrega totalmente el valor de sus buenas obras.

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OBEDIENCIA Y LIBERTAD EN LA IGLESIA
SEGÚN SAN FRANCISCO
por Michel Hubaut, OFM

Obediencia humilde y libertad evangélica de Francisco

San Francisco insiste con frecuencia -¡hay motivos para pensar que no faltaron contenciosos entre los hermanos y el clero local!- en la colaboración pacifica, discreta, humilde y alejada de toda competencia envidiosa. Decía: «Hemos sido enviados en ayuda a los clérigos para la salvación de las almas, con el fin de suplir con nosotros lo que se echa de menos en ellos... Encubrid sus caídas, suplid sus muchas deficiencias; y, cuando hiciereis estas cosas, sed más humildes» (2 Cel 146).

Se trataba de mucho más que de una simple suplencia; se trataba de una aportación original y necesaria para la salud espiritual de la Iglesia.

Pero los textos que subrayan la asombrosa obediencia de Francisco no pueden hacernos olvidar la maravillosa libertad que él manifestó a lo largo de toda su vida, en particular respecto a todo cuanto se relacionaba con su carisma o su misión personal. En el Testamento, que ya hemos citado al principio, escribe que no esperó a que la Iglesia le indicara lo que debía hacer: «Nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio» (Test 14). Aquí resplandece la asombrosa libertad interior de Francisco, que no se deja encerrar en costumbres o estructuras eclesiásticas, sino que acoge plenamente las inspiraciones del Espíritu. «Y yo -prosigue Francisco- lo hice escribir en pocas palabras y sencillamente y el señor papa me lo confirmó» (Test 15). En aquella ocasión, Francisco y sus hermanos aceptaron la «tonsura», que significaba su vinculación oficial con la jerarquía eclesiástica.

Francisco no se para a describir aquella primera acogida, más bien tibia, de la curia romana, pues lo que le importa es el haber podido vivir lo que el Espíritu le inspiraba, sin romper la comunión con la santa Iglesia. Por lo demás, había acudido al papa a pedirle, no permiso para vivir según el santo Evangelio, sino una autentificación de la llamada del Señor.

Según los biógrafos, esta confirmación por parte de la autoridad eclesial tuvo el efecto de enraizar y galvanizar su ardor apostólico. «Así, pues, apoyado Francisco en la gracia divina y en la autoridad pontificia, emprendió con gran confianza el viaje de retorno hacia el valle de Espoleto, dispuesto ya a predicar y enseñar el Evangelio de Cristo» (LM 4,1). «En todo actuaba con gran seguridad por la autoridad apostólica que había recibido» (1 Cel 36). Francisco tiene bastante fe para arriesgarse a salir de los caminos trillados y suficiente humildad para no absolutizar sus propias intuiciones, ni siquiera las mejores, y saber que debe comprobarlas, confrontarlas con la tradición eclesial y hacérselas refrendar por el garante de la ortodoxia de la fe. Como escribió Bernanos: «La Iglesia no necesita de reformadores, sino de santos».

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 54 (1989) 357-370]

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