miércoles, 26 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 27 DE ABRIL

 

SANTA ZITA. Nació el año 1218 en Monsagrati, pueblecito toscano cercano a Lucca (Italia), de familia muy humilde. Desde los doce años y hasta su muerte sirvió como doméstica en la casa de la noble familia de los Fatinelli de Lucca. Mucho tuvo que sufrir al principio por la incomprensión de sus amos, que la trataban como una esclava; pero su laboriosidad y su bondad le ganaron su confianza hasta el punto de que le confiaran la dirección de la casa, lo que a Zita le sirvió para ayudar a enfermos, pobres y demás indigentes, sin contravenir la benevolencia de los señores. Para dar cauce a sus inquietudes religiosas permaneciendo en su estado y condición, ingresó en la Tercera Orden de San Francisco y se nutrió de su espíritu de caridad, humildad y pobreza. Vivió consagrada a Dios, practicando heroicamente las virtudes cristianas con sencillez y humildad. Murió el 27 de abril de 1278. Pío XII la nombró patrona de las empleadas del servicio doméstico.



BEATO JACOBO VARINGUER DE BITETTO. Nació en Zara (Dalmacia, por lo que también se le llama "Ilírico"), hacia el año 1400. De joven ingresó como hermano lego en los franciscanos observantes de su tierra. Viajó al sur de Italia acompañando a su Provincial, y se quedó en el convento de San Pedro de Bari. La obediencia lo destinó a distintos conventos, en los que ejerció los oficios de cocinero, hortelano y limosnero. La mayor parte de su vida la pasó en Bitetto, provincia de Bari en Apulia, donde murió el 27 de abril entre 1485 y 1490. Fue un fraile de vida contemplativa, de rigurosa pobreza y gran caridad para con los pobres, y los apestados en 1483, lo que convertía su trato llano y humilde con la gente, sobre todo cuando iba por limosna, en verdadero apostolado. Destacó también por su devoción a la Virgen. Se cuentan de él muchos milagros y episodios propios de unas florecillas.




BEATA MARÍA ANTONIA BANDRÉS Y ELÓSEGUI. Nació en Tolosa (Guipúzcoa, España) el año 1898, siendo la segunda de los quince hijos que tuvieron el abogado Raimundo Bandrés y Teresa Elósogui. Estudió en el colegio de las Hijas de Jesús. Desde joven fue piadosa y caritativa. Unos ejercicios espirituales en Loyola la decidieron a consagrarse a Dios en la vida religiosa. El 8 de diciembre de 1915 ingresó en el noviciado de las Hijas de Jesús en Salamanca, donde se había educado desde niña. Cumplido el tiempo de prueba, hizo la profesión el 31 de mayo de 1918, y muy poco después se le declaró una grave enfermedad. Ofreció a Dios su vida por la conversión de un familiar suyo, que volvió al buen camino. El médico que la atendía, Dr. Villalobos, salía edificado cada vez que la visitaba, lo que comentaban con su amigo don Miguel de Unamuno. Ambos admiraban la serenidad de la enferma y la trasparencia de su fe en la inmortalidad y la vida eterna. Murió en Salamanca el 27 de abril de 1919. La beatificó Juan Pablo II en 1996.

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San Juan de Catari o de Afusia. Fue hegúmeno o abad en la isla de Afusia de la Propóntide, en el mar Egeo, y combatió mucho defendiendo el culto de las sagradas imágenes contra los iconoclastas, en tiempo del emperador León el Armenio. Murió en una fecha desconocida del siglo IX.

San Liberal. Vivió como ermitaño en Altino, en la región del Véneto (Italia), y murió en torno al año 400.

San Lorenzo Nguyen Van Huong. Sacerdote diocesano vietnamita que nació en 1802. Quedó huérfano siendo pequeño. Superada la oposición del tío suyo que se había hecho cargo de él, ingresó en el seminario de Ke-Non. Recibida la ordenación sacerdotal, trabajó con gran fruto en varios distritos. Lo arrestaron una noche cuando visitaba a un moribundo. Pusieron mucho empeño en conseguir su apostasía, pero en vano. En la cárcel pudo recibir la visita disimulada de un sacerdote que le administró los sacramentos. Por negarse a pisotear el crucifijo, lo flagelaron y después lo decapitaron. Esto sucedió en la ciudad de Ninh-Bìhn (Vietnam) el año 1856, siendo emperador Tu Duc.

San Macaldo (o Maughold). Fue un pirata irlandés convertido a la vida honesta por san Patricio. Para entregarse a la penitencia y conversión, marchó a la isla de Anglesey, en la costa septentrional de Gales, donde encontró a dos misioneros que había enviado antes san Patricio. Vivió allí como ermitaño. Cuando murieron los misioneros, el pueblo lo eligió como obispo, y gobernó santamente la comunidad cristiana de la isla hasta que murió hacia el año 498.

San Pedro Armengol. Nació en Guardia de Prats (Tarragona, España) el año 1238. En su juventud se dejó llevar de la mala vida y acabó siendo jefe de bandoleros. Tocado por la gracia se convirtió e ingresó en la Orden de la Merced en 1258. De acuerdo con la finalidad de su Orden, rescatar cautivos, viajó a los reinos moros de Granada y Murcia y de Argel. Estando aquí se quedó como prenda hasta que llegara la cantidad acordada por un rescate. Tardó en llegar y entonces lo tuvieron por espía e intentaron ahorcarlo. Poco después llegó el dinero, lo dejaron en libertad y regresó a Tarragona donde murió en 1304.

San Polión. Ejercía en la Iglesia la orden de lector y, detenido durante la persecución desatada por el emperador Diocleciano e interrogado por el prefecto Probo, confesó con entereza y sin tapujos su fe en Cristo y se negó a sacrificar a los ídolos, por lo que fue quemado vivo fuera de la ciudad de Cibali, en Panonia (en la actual Croacia), el año 303.

San Simeón. Según la tradición, era hijo de Cleofás y pariente de nuestro Señor Jesucristo, y fue el sucesor del apóstol Santiago el Menor como obispo de Jerusalén. Durante la persecución del emperador Trajano fue sometido a muchos suplicios hasta que, ya anciano, el año 107, lo crucificaron.

San Teodoro. Fue discípulo de san Pacomio, quien le enseñó a armonizar la vida contemplativa con la vida de comunidad. Muerto Pacomio, Teodoro quedó al frente de los monasterios que seguían la regla de vida de aquél como abad de todos ellos. Murió en Tabennesi, en la Tebaida (Egipto), hacia el año 368.

Beata Catalina (Osanna) de Cattaro. Nació en Montenegro el año 1493 de padres ortodoxos. De jovencita estuvo pastoreando el rebaño de su familia. Marchó a Cattaro (Kotor) como criada de una familia católica, y allí conoció el catolicismo, al que se convirtió. Quiso dedicar su vida al Señor viviendo como reclusa. Ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo, en la que tomó el nombre de Osanna. Vivió el resto de su vida recluida en una celda, entregada a la contemplación de la pasión de Cristo. Al lado de su celda se construyó un monasterio de monjas dominicas. La gente visitaba y consultaba a Osanna. Intercedió ante el Señor por el pueblo cristiano en el asedio turco. Murió en su retiro el año 1565.

Beato Nicolás Roland. Nació en Reims (Francia) el año 1642 en el seno de una familia acomodada. Estudió filosofía y teología en París. Ya diácono obtuvo una canonjía en Reims, y luego se ordenó de sacerdote. Se dedicó al ministerio de la predicación y del confesonario, y tuvo entre sus dirigidos a san Juan Bautista de la Salle. Le preocupó especialmente la escasa formación cristiana de la juventud, deficiencia que él trató de subsanar. Trasformó su casa en una especie de seminario para los aspirantes al sacerdocio y abrió escuelas para las niñas pobres, entonces excluidas de toda instrucción, para cuya educación fundó la Congregación de Hermanas del Santo Niño Jesús. Murió en Reims el año 1678.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la segunda Carta de san Pablo a Timoteo: «Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David. Es palabra digna de crédito: Si morimos con él, también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo» (2 Tim 2,8.11-13).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Carta a la Orden: -Considerad vuestra dignidad, hermanos sacerdotes, y sed santos, porque Él es santo. Y así como el Señor Dios os ha honrado a vosotros sobre todos por causa de este ministerio, así también vosotros, sobre todos, amadlo, reverenciadlo y honradlo. Gran miseria y miserable debilidad, que cuando lo tenéis tan presente a Él en persona, os preocupéis de cualquier otra cosa del mundo (CtaO 23-25).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios Padre, autor de la vida, que resucitó a su Hijo Jesucristo de entre los muertos.

-Por la Iglesia: para que, renovándose sin cesar, pueda anunciar al mundo la vida nueva en Cristo resucitado.

-Por los bautizados: para que, despojados del hombre viejo y revestidos del hombre nuevo a imagen de Cristo, aviven la gracia recibida en el bautismo.

-Por cuantos sufren: para que el Señor Jesús encienda en ellos la esperanza de la liberación de todo mal.

-Por todos los cristianos: para que muramos con Cristo y, resucitados, vivamos con él, a quien permanezcamos siempre fieles.

Oración: Protege, Padre, a tu Iglesia con amor paternal, para que, renovada en los sacramentos pascuales, llegue a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
CLAVE DE BÓVEDA DEL CRISTIANISMO (I)
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 26-III-2008

Queridos hermanos y hermanas:

«Et resurrexit tertia die secundum Scripturas», «Resucitó al tercer día según las Escrituras». Cada domingo, en el Credo, renovamos nuestra profesión de fe en la resurrección de Cristo, acontecimiento sorprendente que constituye la clave de bóveda del cristianismo. En la Iglesia todo se comprende a partir de este gran misterio, que ha cambiado el curso de la historia y se hace actual en cada celebración eucarística.

Sin embargo, existe un tiempo litúrgico en el que esta realidad central de la fe cristiana se propone a los fieles de un modo más intenso en su riqueza doctrinal e inagotable vitalidad, para que la redescubran cada vez más y la vivan cada vez con mayor fidelidad: es el tiempo pascual. Cada año, en el «santísimo Triduo de Cristo crucificado, muerto y resucitado», como lo llama san Agustín, la Iglesia recorre, en un clima de oración y penitencia, las etapas conclusivas de la vida terrena de Jesús: su condena a muerte, la subida al Calvario llevando la cruz, su sacrificio por nuestra salvación y su sepultura. Luego, al «tercer día», la Iglesia revive su resurrección: es la Pascua, el paso de Jesús de la muerte a la vida, en el que se realizan en plenitud las antiguas profecías. Toda la liturgia del tiempo pascual canta la certeza y la alegría de la resurrección de Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, debemos renovar constantemente nuestra adhesión a Cristo muerto y resucitado por nosotros: su Pascua es también nuestra Pascua, porque en Cristo resucitado se nos da la certeza de nuestra resurrección. La noticia de su resurrección de entre los muertos no envejece y Jesús está siempre vivo; y también sigue vivo su Evangelio.

«La fe de los cristianos -afirma san Agustín- es la resurrección de Cristo». Los Hechos de los Apóstoles lo explican claramente: «Dios dio a todos los hombres una prueba segura sobre Jesús al resucitarlo de entre los muertos» (Hch 17,31). En efecto, no era suficiente la muerte para demostrar que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, el Mesías esperado. ¡Cuántos, en el decurso de la historia, han consagrado su vida a una causa considerada justa y han muerto! Y han permanecido muertos.

La muerte del Señor demuestra el inmenso amor con el que nos ha amado hasta sacrificarse por nosotros; pero sólo su resurrección es «prueba segura», es certeza de que lo que afirma es verdad, que vale también para nosotros, para todos los tiempos. Al resucitarlo, el Padre lo glorificó. San Pablo escribe en la Carta a los Romanos: «Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom 10,9).

Es importante reafirmar esta verdad fundamental de nuestra fe, cuya verdad histórica está ampliamente documentada, aunque hoy, como en el pasado, no faltan quienes de formas diversas la ponen en duda o incluso la niegan. El debilitamiento de la fe en la resurrección de Jesús debilita, como consecuencia, el testimonio de los creyentes. En efecto, si falla en la Iglesia la fe en la Resurrección, todo se paraliza, todo se derrumba. Por el contrario, la adhesión de corazón y de mente a Cristo muerto y resucitado cambia la vida e ilumina la existencia de las personas y de los pueblos.

¿No es la certeza de que Cristo resucitó la que ha infundido valentía, audacia profética y perseverancia a los mártires de todas las épocas? ¿No es el encuentro con Jesús vivo el que ha convertido y fascinado a tantos hombres y mujeres, que desde los inicios del cristianismo siguen dejándolo todo para seguirlo y poniendo su vida al servicio del Evangelio? «Si Cristo no resucitó, -decía el apóstol san Pablo- es vana nuestra predicación y es vana también nuestra fe» (1 Cor 15,14). Pero ¡resucitó!

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SOBRE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO SEGÚN SAN LUCAS
San Agustín, Sermón 234 (1-2)

Estos días leemos el relato de la resurrección del Señor según los cuatro evangelistas. Y es necesario leerlos a todos, porque cada evangelista por separado no lo dijo todo, sino que lo que uno omite lo dice el otro. Y de tal manera se completan unos a otros, que todos son necesarios.

El evangelista Marcos apenas si esbozó lo que Lucas ha narrado más ampliamente respecto de aquellos dos discípulos, que no eran del grupo de los Doce, y que sin embargo eran discípulos; a los cuales el Señor se apareció cuando iban de camino y se puso a caminar con ellos. Marcos se limita a decir que el Señor se apareció a dos de ellos que iban de viaje; en cambio el evangelista Lucas nos cuenta -como acabamos de escuchar- todo lo que les dijo, lo que les respondió, hasta dónde caminó con ellos y cómo le reconocieron en la fracción del pan.

¿Qué es, hermanos, qué es lo que aquí se debate? Tratamos de afianzarnos en la fe que nos asegura que Cristo, el Señor, ha resucitado. Ya creíamos cuando hemos escuchado el evangelio, y al entrar hoy en esta iglesia éramos ya creyentes; y sin embargo, no sé por qué se oye siempre con gozo lo que nos refresca la memoria. Y ¿cómo no va a alegrarse nuestro corazón desde el momento en que nos parece ser mejores que estos dos que van de camino y a quienes el Señor se aparece? Pues nosotros creemos lo que ellos todavía no creían. Habían perdido la esperanza, mientras que nosotros no abrigamos duda alguna sobre lo que para ellos constituía motivo de duda.

Habían perdido la esperanza porque el Señor había sido crucificado. Así lo dan a entender sus palabras. Cuando Jesús les dijo: ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino, y por qué estáis tristes? Ellos le contestaron: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabe lo que ha pasado allí? Él les preguntó: ¿Qué? Preguntaba aun sabiéndolo todo de sí mismo, y es que deseaba estar con ellos. ¿Qué?, les preguntó. Ellos le contestaron: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes para que lo crucificaran. Y ya ves, hace tres días que sucedió esto. Nosotros esperábamos... ¿Esperábamos? ¿Luego ya no esperáis? ¿A esto se reduce vuestra condición de discípulos? Os supera el ladrón en la cruz. Vosotros habéis olvidado a vuestro Maestro, él reconoció al que, como él, pendía en la cruz.

Nosotros esperábamos... ¿Qué es lo que esperabais? Que él fuera el futuro liberador de Israel. Lo que esperabais y, una vez Cristo crucificado, perdisteis, eso es lo que el ladrón crucificado reconoció. Le dijo, en efecto, al Señor: Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Ved que él era el futuro liberador de Israel. Aquella cruz era una escuela. En ella el Maestro adoctrinó al ladrón. El leño del que pendía, se convirtió en cátedra del que enseñaba. Que el que os ha sido restituido, haga renacer la esperanza en vosotros. Como así sucedió.

Con todo, recordad, carísimos, cómo el Señor Jesús quiso ser reconocido al partir el pan por aquellos, cuyos ojos eran incapaces de reconocerlo. Los fieles comprenden lo que quiero decir, pues también ellos reconocen a Cristo en la fracción del pan. Porque no cualquier pan se convierte en el cuerpo de Cristo, sino tan sólo el que recibe la bendición de Cristo.

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OBEDIENCIA Y LIBERTAD EN LA IGLESIA
SEGÚN SAN FRANCISCO
por Michel Hubaut, OFM

La obediencia de Francisco brota
de un agudo sentido del misterio de la Encarnación

La simple lectura del Testamento de Francisco convence al lector de que este escrito, cuya autenticidad histórica y personal nadie pone en tela de juicio, ratifica plenamente su obediencia a la Iglesia. Puede afirmarse, incluso, que las diferentes crisis que marcaron la evolución de la Fraternidad más bien endurecieron la postura de Francisco en este ámbito.

El Testamento es, curiosamente, una llamada patética, casi angustiada a permanecer fieles a las intuiciones evangélicas de los orígenes y, a la vez, una llamada a permanecer fieles a la Iglesia y a sus representantes: «El Señor me dio, y me sigue dando, una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia romana, por su ordenación, que, si me viese perseguido, quiero recurrir a ellos. Y si tuviese tanta sabiduría como la que tuvo Salomón y me encontrase con algunos pobrecillos sacerdotes de este siglo, en las parroquias en que habitan no quiero predicar al margen de su voluntad. Y a estos sacerdotes y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a señores míos. Y no quiero advertir pecado en ellos, porque miro en ellos al Hijo de Dios y son mis señores» (Test 6-9).

¿Fue acaso Francisco víctima de una sacralización abusiva del sacerdocio? A continuación explicita el porqué de esta sumisión: «Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solos ellos administran a otros» (Test 10).

Creo que Francisco nos proporciona aquí la clave fundamental de su obediencia a la santa Iglesia, que se sitúa en la misma lógica del misterio de la Encarnación de Cristo, quien quiso manifestar su divinidad en la humildad y la pobreza de los signos humanos. Podemos, pues, legítimamente aplicar al conjunto de la Iglesia lo que Francisco dice de los «pobrecillos sacerdotes pecadores de este siglo».

Que Francisco sufriera por los fallos y defectos de la Iglesia, no admite ninguna duda; pero él debía de repetirse: «No quiero advertir pecado en ella, porque miro en ella al Hijo de Dios y es mi madre». Más allá del pecado que empaña con frecuencia el rostro de la Iglesia, quiere mirar en ella, en la fe, al sacramento de la presencia de Cristo que sigue dando hoy la Vida.

Escribe también en una de sus Admoniciones: «Dichoso el siervo que mantiene la fe en los clérigos que viven verdaderamente según la forma de la Iglesia romana. Y ¡ay de aquellos que los desprecian!, pues, aun cuando sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque el Señor mismo se reserva para sí solo el juicio sobre ellos» (Adm 26,1-2).

Por otra parte, este respeto no le impide en modo alguno llamarles vigorosamente la atención sobre sus obligaciones de ministros y pastores, como puede verse en su famosa Carta a los clérigos.

El realismo eclesial de Francisco se basa, pues, sobre un penetrante sentido de la Encarnación. Su fe sacramental lo liberó de las desviaciones ideológicas de la mayoría de los movimientos evangélicos de su época. Nunca soñó con una «Iglesia de los perfectos» o reservada a un grupito de gente «selecta e iniciada».

Y, a lo que parece, este realismo lo comunicó eficazmente a sus primeros hermanos, pues escribe Celano refiriéndose a éstos: «Confesaban con frecuencia sus pecados a un sacerdote secular de muy mala fama, y bien ganada, y digno del desprecio de todos por la enormidad de sus culpas; habiendo llegado a conocer su maldad por el testimonio de muchos, no quisieron dar crédito a lo que oían, ni dejar por ello de confesarle sus pecados como solían, ni de prestarle la debida reverencia» (1 Cel 46b).

Francisco afirma en su Testamento haberlo redactado «para que más católicamente guardemos la Regla que al Señor prometimos» (Test 34). Más insistente todavía es en la Primera Regla: «Todos los hermanos sean católicos, vivan y hablen católicamente. Pero si alguno se aparta de la fe y vida católica en dichos o en obras y no se enmienda, sea expulsado absolutamente de nuestra fraternidad» (1 R 19,1-2).

Francisco jamás recluye la «inspiración del Señor» en normas estereotipadas; pero tampoco duda en escribir a los clérigos, con quienes se solidariza por su condición de diácono: «Y sabemos que todas estas cosas (relativas al respeto al santísimo Cuerpo de Cristo eucarístico) debemos guardarlas por encima de todo, según los mandamientos del Señor y las prescripciones de la santa madre Iglesia. Y el que no haga esto, sepa que tendrá que dar cuenta en el día del juicio, ante nuestro Señor Jesucristo» (CtaCle 13-14).

Puede resultar chocante que Francisco coloque en el mismo plano los mandamientos del Señor y las prescripciones de la Iglesia, pero ¡a él no parece plantearle ningún problema! Aplica a la Iglesia su visión evangélica de la autoridad, entendida como un «servicio». La autoridad de la Iglesia no es un poder dispuesto a forzar las conciencias, sino un carisma recibido del Señor para servir a la unidad y al crecimiento del Pueblo de Dios y de cada uno de los creyentes.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 54 (1989) 357-370]

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