martes, 25 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 26 DE ABRIL

 

SAN ISIDORO DE SEVILLA, obispo y doctor, el último de los Santos Padres latinos de la Iglesia. Nació hacia el año 560, y era oriundo, como sus santos hermanos Leandro, Fulgencio y Florentina, de Cartagena (España). Educado por su hermano san Leandro, arzobispo hispalense, le sucedió en la sede sevillana, donde desarrolló su extraordinaria labor pastoral y literaria, procurando la maduración cultural y moral del clero, fundando un colegio, prototipo de los futuros seminarios. Su sabiduría iba unida a una gran humildad y caridad. Compuso libros llenos de erudición, entre los que hay que destacar el de las Etimologías, organizó bibliotecas, convocó y presidió varios concilios, entre ellos el IV de Toledo del 633, ordenó la liturgia hispano-visigoda, dio cánones sabios para renovar la vida de los religiosos y de los fieles. Después de 40 años de episcopado, murió el 4 de abril del 636. El año 1063 fue trasladado su cuerpo a León, donde hoy recibe culto en la iglesia de su nombre.- Oración: Señor, Dios todopoderoso, tú elegiste a san Isidoro, obispo y doctor de la Iglesia, para que fuese testimonio y fuente del humano saber; concédenos, por su intercesión, una búsqueda atenta y una aceptación generosa de tu eterna verdad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN RAFAEL ARNÁIZ BARÓN, conocido en España como el Hermano Rafael. Nació en Burgos (España) el 9 de abril de 1911, en el seno de una familia acomodada y profundamente cristiana. Se educó en los jesuitas, estudió pintura y luego cursó la carrera de arquitectura en Madrid. Era un apasionado de la fotografía y tenía un notable talento artístico. Ingresó en el monasterio trapense de San Isidro de Dueñas (Palencia) en 1934, y poco después, siendo todavía novicio, contrajo una dolorosa enfermedad, la diabetes sacarina, que lo obligó a exclaustraste temporalmente tres veces. Sabiendo que su enfermedad no tenía cura, pidió ser admitido como oblato, y como tal fue recibido el 11 de enero de 1936. Llegada la guerra civil española en julio de aquel mismo año, lo declararon inútil total para el servicio de armas. Murió en su monasterio el 26 de abril de 1938. Fue canonizado el año 2009. Fue un modelo de entrega generosa en las manos del Señor y de paciencia evangélica ante su enfermedad. Es uno de los escritores místicos y espirituales más conocidos y populares del siglo XX.

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San Basilio de Amasea. Fue obispo de Amasea, en el Ponto (actual Turquía), y sufrió el martirio el año 322, en tiempo del emperador Licinio.

San Cleto, papa del año 79 al año 90. Cleto (o Anacleto) fue el tercer papa de la Iglesia, después de san Pedro y de san Lino. Tenemos muy pocas noticias seguras sobre su vida y actividad. Se le atribuye la construcción de un sepulcro en honor de san Pedro, y se dice que murió mártir.

San Esteban de Perm. Nació muy al norte de Rusia hacia el año 1340 de padres cristianos. En su juventud abrazó la vida monástica en Rostov. Se propuso evangelizar al pueblo Zyryani; aprendió su lengua y, como no tenía alfabeto propio, él inventó uno al que tradujo la Biblia y los libros litúrgicos. En 1383 fue consagrado primer obispo de Perm. Su principal tarea fue la evangelización y la confirmación de las verdades de la fe en su pueblo; además, erigió iglesias, pintó bellos iconos para ellas, fundó escuelas, destruyó ídolos, fomentó las vocaciones nativas. Murió en el monasterio de la Transfiguración, de Moscú (Rusia), el año 1396.

Santos Guillermo y Peregrino. Ermitaños que vivieron en Foggia (Italia) en el siglo XII.

San Pascasio Radberto. Abandonado por sus padres de recién nacido, lo recogieron y educaron unas monjas de Soissons. Abrazó la vida monástica en el monasterio de Corbie (Francia) y se entregó al estudio. Después lo nombraron maestro de novicios y, el año 844, lo eligieron abad, cargo al que renunció cinco años después, porque lo suyo era estudiar y escribir. Dejó escritas muchas obras ascéticas y teológicas, entre las que sobresale su tratado sobre el Cuerpo y la Sangre del Señor en el misterio de la Eucaristía, que es una exposición clara y lúcida de este misterio, con aportaciones teológicas muy importantes. Murió el año 865.

San Primitivo. Mártir de Roma enterrado en el pago de Gabi en el miliario trigésimo de la Vía Prenestina, en fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Ricario. Nació en Celles, cerca de Amiens (Francia), de padres paganos. Lo educaron en la fe dos misioneros escoceses a los que salvó de la furia homicida del pueblo. Se hizo sacerdote y comenzó a evangelizar. Marchó a Inglaterra para predicar y sobre todo para rescatar y repatriar a algunos cautivos franceses. Al parecer fundó una iglesia de la que derivó después la abadía de Celles. Ya mayor se retiró al bosque de Crécy, cercano a Amiens, donde llevó vida eremítica y fundó una comunidad monástica en la que murió hacia el año 645.

Beatos Domingo y Gregorio. Los dos eran sacerdote dominicos aragoneses, que pertenecía a la Provincia de España, en la segunda mitad del siglo XIII. Residían en el convento de Huesca y, como predicadores itinerantes, recorrían las iglesias y pueblos de Huesca y de Barbastro, anunciando la palabra de Dios, viviendo del hospedaje y la limosna que le daban y edificando a todos con su buen ejemplo. En una ocasión en que iban de Besians a Perarrúa les sorprendió una gran tormenta, se refugiaron en una cueva, cedieron sus paredes y quedaron sepultados. Sus cuerpos los recogieron los vecinos del lugar que los esperaban. Esto sucedió en una fecha desconocida de finales del siglo XIII o principios del XIV.

Beatos Estanislao Kubista y Ladislao Goral. Los dos murieron en el campo de concentración de Sachsenhausen (Alemania) durante la persecución de los nazis contra la Iglesia católica. Estanislao era un sacerdote de la Sociedad del Verbo Divino, nacido en Kotuchna (Silesia) el año 1898, que de joven había abrazado la vida religiosa. Recibió la ordenación sacerdotal en Austria el año 1927 y luego lo enviaron a Polonia, donde lo detuvo la Gestapo en 1940. En el mismo año lo mató a palos el jefe del barracón. Ladislao era obispo auxiliar de Lublín, y murió en el mismo campo de concentración, víctima de una enfermedad, por haber defendido la dignidad de los hombres y de la fe, en un día desconocido del año 1942.

Beato Julio Junyer Padern. Sacerdote salesiano que nació en Villamaniscle, provincia de Girona (España), el año 1892. Entró en la Sociedad Salesiana y fue ordenado de sacerdote en 1921. Se dedicó siempre a la formación de la juventud salesiana en diferentes destinos. Era amante de la música y la literatura. Cuando se desató la persecución religiosa en 1936 y se cerró la casa de Gerona, a la que pertenecía, marchó a casa de sus padres, de donde pasó a vivir en Girona junto con otro salesiano para organizar expediciones de salesianos jóvenes que cruzaran la frontera. En enero de 1938 lo detuvieron y lo condenaron por espionaje y alta traición, cuando en verdad lo único que había era odio a la religión. Lo fusilaron en Montjuic-Girona el año 1938.

Beato Ramón Oromí. Nació en Salás de Pallars (Lérida) en 1875. Hizo su primera profesión en los Hijos de la Sagrada Familia en 1894. Fue ordenado sacerdote en 1900. Además de trabajar en los colegios de su Instituto, dedicó largos años a la formación de los jóvenes religiosos. Ocupó altos cargos de gobierno, dirigió revistas e instituciones, escribió la primera biografía de san José Manyanet. Al estallar la persecución religiosa, se refugió en Barcelona. Fue detenido el 19 de abril de 1937, confesó su condición de religioso sacerdote, lo encerraron en la checa de San Elías y el 26 de abril de 1937 lo asesinaron en Montcada i Reixac (Barcelona). Beatificado el 13-X-2013.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros no os dejéis llamar rabbí (maestro), porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías» (Mt 23,8-10).

Pensamiento franciscano:

Santa Clara dice sobre la admisión en su Orden: «Si alguna por inspiración divina viniera a nosotras queriendo tomar esta vida, la abadesa esté obligada a pedir el consentimiento de todas las hermanas; y si la mayor parte da su consentimiento, obtenida la licencia del señor cardenal protector nuestro, podrá recibirla. Y si ve que debe ser recibida, examínela diligentemente o haga que sea examinada de la fe católica y de los sacramentos de la Iglesia. Y si cree todo esto y quiere confesarlo fielmente y guardarlo firmemente hasta el fin, ... expóngasele diligentemente el tenor de nuestra vida» (RCl 2,1-4.7).

Orar con la Iglesia:

Jesucristo es el pan vivo bajado del cielo e intercede por nosotros ante el Padre, a quien oramos llenos de amor y confianza.

-Por la Iglesia: para que sus miembros demos en todo momento y circunstancia testimonio de su fe.

-Por los ministros de la Iglesia: para que sean colmados de la sabiduría y de la gracia del Espíritu Santo.

-Por los predicadores y los catequistas: para que no desfallezcan ante las dificultades y permanezcan firmes en el anuncio del Evangelio a toda criatura.

-Por los que ponen en práctica las obras de misericordia: para que el Señor los conforte y dé eficacia a sus esfuerzos.

Oración: Concédenos, Padre santo, descubrir y valorar cada día más el don de tu Hijo en la Eucaristía, fuente de luz y amor para todo apostolado. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SAN ISIDORO DE SEVILLA
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 18-VI-2008

San Isidoro era el hermano menor de san Leandro, obispo de Sevilla, y gran amigo del Papa san Gregorio Magno. Este detalle es importante, pues permite tener presente un dato cultural y espiritual indispensable para comprender la personalidad de san Isidoro. En efecto, san Isidoro debe mucho a san Leandro, persona muy exigente, estudiosa y austera, que había creado en torno a su hermano menor un contexto familiar caracterizado por las exigencias ascéticas propias de un monje y por el ritmo de trabajo que requiere una seria entrega al estudio.

Además, san Leandro se había encargado de disponer lo necesario para afrontar la situación político-social del momento: en aquellas décadas los visigodos, bárbaros y arrianos, habían invadido la península ibérica y se habían adueñado de los territorios que pertenecían al Imperio romano. Era necesario conquistarlos para la romanidad y para el catolicismo. La casa de san Leandro y san Isidoro contaba con una biblioteca muy rica en obras clásicas, paganas y cristianas. Por eso, san Isidoro, que se sentía atraído tanto a unas como a otras, fue educado a practicar, bajo la responsabilidad de su hermano mayor, una disciplina férrea para dedicarse a su estudio, con discreción y discernimiento.

Así pues, en el obispado de Sevilla se vivía en un clima sereno y abierto. Lo podemos deducir por los intereses culturales y espirituales de san Isidoro, como se manifiestan en sus obras, que abarcan un conocimiento enciclopédico de la cultura clásica pagana y un conocimiento profundo de la cultura cristiana. De este modo se explica el eclecticismo que caracteriza la producción literaria de san Isidoro, el cual pasa con suma facilidad de Marcial a san Agustín, de Cicerón a san Gregorio Magno.

El joven Isidoro, que en el año 599 se convirtió en sucesor de su hermano Leandro en la cátedra episcopal de Sevilla, tuvo que afrontar una lucha interior muy dura. Tal vez precisamente por esa lucha constante consigo mismo da la impresión de un exceso de voluntarismo, que se percibe leyendo las obras de este gran autor, considerado el último de los Padres cristianos de la antigüedad. Pocos años después de su muerte, que tuvo lugar en el año 636, el concilio de Toledo, del año 653, lo definió: «Ilustre maestro de nuestra época y gloria de la Iglesia católica».

San Isidoro fue, sin duda, un hombre de contraposiciones dialécticas acentuadas. En su vida personal, experimentó también un conflicto interior permanente, muy parecido al que ya habían vivido san Gregorio Magno y san Agustín, entre el deseo de soledad, para dedicarse únicamente a la meditación de la palabra de Dios, y las exigencias de la caridad hacia los hermanos de cuya salvación se sentía responsable como obispo.

Para comprender mejor a san Isidoro es necesario recordar, ante todo, la complejidad de las situaciones políticas de su tiempo, a las que me referí antes: durante los años de su niñez experimentó la amargura del destierro. A pesar de ello, estaba lleno de entusiasmo apostólico: sentía un gran deseo de contribuir a la formación de un pueblo que encontraba por fin su unidad, tanto en el ámbito político como religioso, con la conversión providencial de Hermenegildo, el heredero al trono visigodo, del arrianismo a la fe católica.

Sin embargo, no se ha de subestimar la enorme dificultad que supone afrontar de modo adecuado problemas tan graves como los de las relaciones con los herejes y con los judíos. Se trata de una serie de problemas que también hoy son muy concretos, sobre todo si se piensa en lo que sucede en algunas regiones donde parecen replantearse situaciones muy parecidas a las de la península ibérica del siglo VI. La riqueza de los conocimientos culturales de que disponía san Isidoro le permitía confrontar continuamente la novedad cristiana con la herencia clásica grecorromana.

Creo que esta es la síntesis de una vida que busca la contemplación de Dios, el diálogo con Dios en la oración y en la lectura de la Sagrada Escritura, así como la acción al servicio de la comunidad humana y del prójimo. Esta síntesis es la lección que el gran obispo de Sevilla nos deja a los cristianos de hoy, llamados a dar testimonio de Cristo al inicio de un nuevo milenio.

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EL LETRADO QUE ENTIENDE DEL REINO DE LOS CIELOS
San Isidoro de Sevilla, Libro de las sentencias (3, 8-10)

La oración nos purifica, la lectura nos instruye; ambas cosas son buenas si son posibles. De lo contrario, mejor es orar que leer.

El que quiere estar siempre con Dios, ha de orar con frecuencia y frecuentemente debe leer. Pues cuando oramos, hablamos con Dios; cuando leemos, Dios habla con nosotros.

Todo progreso nace de la lectura y de la meditación. Pues en la lectura aprendemos lo que ignoramos, y con la meditación conservamos lo aprendido.

Doble es el don que la lectura de la sagrada Escritura nos reporta: ilumina nuestra inteligencia y conduce al amor de Dios al hombre liberado ya de las vanidades del mundo. Pues estimulados muchas veces con sus palabras, nos sustraemos al deseo de una vida mundana; y encendidos en amor a la sabiduría, tanto más se envilece la vana esperanza de nuestra condición mortal, cuanto más radiante apareciere, al calor de la lectura, la esperanza de los valores eternos.

Doble es también la motivación de la lectura: la primera se refiere al modo de entender las Escrituras; la segunda, a la utilidad y la dignidad con que deben ser proclamadas. Lo primero que hay que hacer es capacitarse para la inteligencia de lo que se lee, para ser luego idóneos predicadores de lo aprendido.

El lector diligente estará más dispuesto a llevar a la práctica lo que ha leído, que a lograr su comprensión. Menor pena es desconocer lo que has de desear, que no poner en práctica lo que conocieres. Y como leyendo demostramos nuestro deseo de saber, así debemos poner por obra las cosas buenas que estudiando hemos aprendido.

Nadie puede penetrar el sentido de la sagrada Escritura si no se familiariza con su lectura, como está escrito: Conquístala, y te hará noble; abrázala, y te hará rico.

Cuanto más asiduo es uno en la lectura de la Palabra sagrada, tanto más rica será la inteligencia que de ella saque. Es como la tierra, que cuanto más se la cultiva, tanto más abundante es el fruto que produce.

Los hay dotados de capacidad intelectual, pero descuidan el interés por la lectura, y desprecian en su abandono lo que leyendo pudieron aprender. Y los hay con gran afición de saber, pero se lo impide su escasa capacidad. Estos tales, por su dedicación asidua a la lectura, llegan a saber lo que los mejor dotados nunca conocieron por su desidia.

Y así como el tardo en comprensión recibe el premio en atención a su noble afán, así el que no cultiva la capacidad intelectual que Dios le ha dado, se hace reo de condena, pues al despreciar el don recibido, peca por desidia.

Una doctrina que no va sostenida por la gracia nunca penetra en el corazón, aunque la registren los oídos: resuena, sí, en el exterior, pero interiormente nada aprovecha. La palabra de Dios transmitida a través de los oídos sólo llega a lo íntimo del corazón, cuando la gracia de Dios mueve interiormente al alma ayudándola a la comprensión.

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OBEDIENCIA Y LIBERTAD EN LA IGLESIA
SEGÚN SAN FRANCISCO
por Michel Hubaut, OFM

Una de las paradojas de san Francisco, y no de las menores, consiste en haber sabido compaginar una asombrosa libertad personal con una auténtica obediencia a la Iglesia católica y romana. Su agudo sentido del misterio de la Encarnación y el realismo sacramental de su fe lo liberaron de las desviaciones ideológicas y sectarias de su época. Para los cristianos de ayer y de hoy, siempre tentados de reducir la dimensión profética de su fe en provecho de una sumisión ciega a las estructuras, o de rechazar la institución eclesiástica en nombre de una mayor fidelidad al Evangelio, Francisco aparece como un luminoso ejemplo de equilibrio.

Un hombre evangélico, hijo de la Iglesia

Como reconoce el mismo Pablo Sabatier, una de las características originales de san Francisco fue ciertamente su catolicismo,entendido aquí en el sentido particular de fidelidad a la santa Iglesia romana, de la que siempre se consideró hijo. Así lo atestiguan su vida entera y sus Escritos, sobre todo la Regla definitiva de los hermanos, que empieza y concluye con una solemne y pública profesión de obediencia a la Iglesia de Roma y al sucesor de Pedro, manifestando con claridad insuperable que la vida evangélica de Francisco y sus hermanos quiere resueltamente situarse y permanecer dentro de la Iglesia:

«El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia romana» (2 R 1).

«Impongo por obediencia a los ministros que pidan al señor Papa uno de los cardenales de la santa Iglesia Romana, que sea gobernador, protector y corrector de esta fraternidad, para que, siempre súbditos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia, estables en la fe católica, guardemos la pobreza y humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que firmemente hemos prometido» (2 R 12).

Si tenemos en cuenta que Francisco recomendaba usar el argumento «por obediencia» sólo excepcionalmente, comprenderemos cuánta importancia concedía a este pasaje de la Regla. ¡Adviértase, además, que la finalidad de esta sumisión y sujeción libre y voluntaria consiste en la firmeza de la fe para poder guardar el santo Evangelio!

Por consiguiente, en Francisco no hay oposición alguna entre seguimiento de Cristo, fidelidad al Evangelio y obediencia a la Iglesia, sino todo lo contrario. Y esta fe obediente, firme y lúcida es muy probablemente fruto de la experiencia adquirida en su propio movimiento evangélico y viendo el espectáculo de numerosos grupos evangélicos que por entonces se hundieron en herejías sectarias.

Esta voluntad de sumisión a la Iglesia aflora en muchos otros pasajes de la misma Regla. Los ministros provinciales deben examinar diligentemente «sobre la fe católica y los sacramentos de la Iglesia» a quienes quieran vivir la vida de los hermanos menores (2 R 2,2). Los hermanos que son clérigos deben rezar el oficio divino «según la ordenación de la santa Iglesia romana» (2 R 3,1). Los predicadores «no prediquen en la diócesis de un obispo cuando éste se lo haya prohibido» (2 R 9,1).

Siempre podrá argumentarse, es cierto, que esta Regla fue revisada y corregida por juristas. Pero no es menos cierto que Francisco no la hubiera aceptado de manera definitiva si algunos de sus pasajes se hubieran opuesto a sus propias convicciones.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 54 (1989) 357-370]



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