lunes, 24 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 25 DE ABRIL

 

SAN MARCOS, evangelista. Junto con su primo Bernabé, fue compañero de san Pablo en la comunidad de Antioquía y en los comienzos de su predicación apostólica en Chipre. Más tarde fue compañero y colaborador de san Pedro durante su permanencia en Roma hasta su muerte; el Apóstol, en su carta primera, lo llama «hijo mío». La tradición considera que Marcos recogió en su Evangelio las catequesis de Pedro a los romanos, y que fue «discípulo e intérprete de Pedro, aunque no hubiera escuchado ni seguido al Señor». Cuando san Pablo estaba prisionero en Roma, le pidió a Timoteo, que se encontraba en Éfeso, que le llevara a Marcos «porque le era muy útil para el ministerio». Según la tradición, Marcos evangelizó en Alejandría de Egipto, fundó aquella Iglesia y sufrió el martirio en tiempo del emperador Trajano.- Oración: Señor, Dios nuestro, que enalteciste a tu evangelista san Marcos con el ministerio de la predicación evangélica, concédenos aprovechar de tal modo sus enseñanzas que sigamos siempre fielmente las huellas de Cristo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.



SAN PEDRO DE SAN JOSÉ BETANCUR. Nació en Vilaflor (Tenerife, España) el año 1626. Tras una juventud dada a la piedad y al trabajo, a los 23 años embarcó para América con el ideal de evangelizar a los nativos y socorrer a los necesitados. Quiso hacer los estudios eclesiásticos, pero no pudo. Profesó entonces como terciario franciscano en el convento de San Francisco, de Antigua Guatemala, para vivir en humildad, pobreza, penitencia y servicio a los pobres, programa que empezó en la Ermita del Santo Calvario, cercana al convento, que se convirtió en el centro irradiador de su caridad. Visitó hospitales, cárceles, casas de pobres; atendió a emigrantes, adolescentes descarriados y sin instrucción, acogió a los pequeños vagabundos blancos, mestizos y negros. Se le unieron otros terciarios y terciarias; Pedro les escribió un reglamento y así se originó la Orden Hospitalaria de Belén. Murió en la Antigua Guatemala el 25 de abril de 1667. Juan Pablo II lo canonizó el año 2002.




SAN JUAN BAUTISTA PIAMARTA. Nació en Brescia (Italia) el año 1841 en el seno de una familia pobre. Con ayuda del párroco cursó la carrera eclesiástica, y se ordenó de sacerdote en Brescia el año 1865. Fue un gran apóstol de la caridad y de la juventud. Percibía la exigencia de una presencia cultural y social del catolicismo en el mundo moderno, por eso se dedicó a hacer progresar cristiana, moral y profesionalmente a las nuevas generaciones con claras dosis de humanidad y bondad. En su apostolado se dedicó sobre todo a los jóvenes que trabajaban o que buscaban trabajo; en sus instituciones les daba formación humana, religiosa y profesional. Entre sus fundaciones está el Instituto de los Pequeños Artesanos, en el que tuvo que afrontar grandes dificultades, una Escuela Práctica Agrícola y, para dar continuidad a su obra, la Congregación masculina de la Sagrada Familia de Nazaret y la Congregación de las Humildes Siervas del Señor. Al mismo tiempo fue un hombre de oración y de gran devoción al Santísimo Sacramento. Murió en Remedello (Brescia) el 25-IV-1913. Canonizado el 21-X-2012.

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San Aniano. Según el testimonio de Eusebio de Cesarea, en el octavo año del emperador Nerón, san Aniano fue el primer sucesor del evangelista san Marcos en la sede episcopal de la ciudad de Alejandría en Egipto, en la que permaneció 22 años, siendo un hombre acepto a Dios y admirable bajo todos los aspectos por los hombres. Murió en una fecha desconocida del siglo I.

San Clarencio. Fue obispo de Vienne (Borgoña, Francia) en el siglo VII.

San Erminio. Fue abad y obispo en Lobbes de Brabante (Bélgica). Hombre de profunda oración y rico en dones del Espíritu Santo, murió el año 737.

San Esteban de Antioquía. Era patriarca de Antioquía de Siria (hoy Turquía) y partidario valiente de la fe ortodoxa proclamada en el Concilio de Calcedonia, lo que le valió la enemistad de los contrarios al Concilio hasta el extremo de que un grupo de herejes monofisitas, que negaban las dos naturalezas en la persona de Jesucristo, lo insultaron y agredieron, lo arrastraron y por último lo arrojaron al río Orontes donde pereció. Sucedió en tiempo del emperador Zenón, el año 479.

San Febadio. Obispo de Agen, en Aquitania (Francia), que escribió una obra contra los arrianos y protegió a su pueblo de la herejía que negaba la divinidad de Jesucristo. Fue amigo de san Hilario de Poitiers y san Jerónimo lo coloca entre los hombres ilustres de la Iglesia. Murió hacia el año 393.

Santa Franca. Nació en Piacenza (Italia) el año 1175, hija de los condes de Vitalta. Muy jovencita vistió el hábito benedictino en el monasterio de San Siro de su ciudad. En 1198 la eligieron abadesa y su empeño en introducir la vida regular le causó una fuerte oposición dentro y fuera del convento. En 1214 pasó al monasterio cisterciense de Montelana, del que fue elegida abadesa y que, por razones de seguridad, se trasladó a Pittoli, donde murió en 1218. Fue una monja que pasaba las noches en oración ante Dios.

Santos Pasícrates y Valencio. Fueron martirizados en Doróstoro de Mesia (en la actual Rumanía), por confesar su fe en Cristo, el año 302.

Beato Bonifacio Valperga. Nació en Turín (Italia) a mediados del siglo XII, hijo de los condes de Valperga. Decidido a seguir la vida religiosa, estuvo primero con los benedictinos y luego pasó a los Canónigos Regulares de San Agustín ingresando en su convento de Aosta, del que pronto fue elegido prior. Su profundidad espiritual y la santidad de su vida le dieron un gran prestigio y, 1219, fue elegido obispo de Aosta. En su gobierno se distinguió por su humildad y por la atención que prestaba a los pobres. Murió en 1243.

Beatos José Trinidad Rangel Montano, Andrés Solá Milist y Leonardo Pérez Larios. Los tres fueron fusilados juntos el 25 de abril de 1927 en el Rancho de San Joaquín de la ciudad mexicana de Lagos Moreno, en el contexto de la persecución religiosa provocada por la constitución de México de 1917. José Trinidad era mexicano, sacerdote de la diócesis de León, que tuvo que ejercer su ministerio en la clandestinidad y que fue detenido cuando celebraba los oficios de Semana Santa. Andrés era un sacerdote español claretiano, nacido en Can Vilarrasa (Taradell, Barcelona), que llegó a México en 1923; trabajó un tiempo con tranquilidad y cuando arreció la persecución, por atender a los fieles, se expuso mucho; lo detuvieron cuando estaba refugiado en casa de una familia. Leonardo era un seglar mexicano, soltero, nacido el año 1883, que ejercía su profesión y vivía cristianamente; muy amante de la Eucaristía, asistía a las misas que celebraba el P. Solá en la clandestinidad, y un día, mientras daba gracias, lo detuvieron. Fueron beatificados el año 2005.

Beatos Roberto Anderton y Guillermo Marsden. Ambos eran sacerdotes ingleses, que habían sido compañeros de estudios en Oxford, que decidieron ser sacerdotes y marcharon al colegio inglés de Douai (Francia) para cursar la carrera eclesiástica; Roberto recibió la ordenación sacerdotal en 1584 y Guillermo un año después. A principios de 1586, los dos fueron enviados por sus superiores eclesiásticos a Inglaterra, pero naufragaron y fueron a parar a la isla de Wight. Allí los detuvieron, los condenaron por ser sacerdotes ordenados en el extranjero que habían entrado en Inglaterra, y los ejecutaron en abril de 1586, durante el reinado de Isabel I.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Del relato de los discípulos de Emaús: -Llegaron cerca de la aldea adonde iban y Jesús simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,28-32).

Pensamiento franciscano:

Cierto día, cuando paseaba Francisco junto a la iglesia de San Damián, percibió en espíritu que le decían que entrara a orar en ella. Luego que entró se puso a orar fervorosamente ante una imagen del Crucificado, que piadosa y benignamente le habló así: «Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala». Y él, con gran temblor y estupor, contestó: «De muy buena gana lo haré, Señor» (TC 13).

Orar con la Iglesia:

Oremos al Señor Jesús que se une a nosotros al caminar por la vida, nos ayuda a comprender la palabra de Dios y acepta nuestra hospitalidad.

-Por la Iglesia: para que, caminando al paso de la humanidad, sepa llevar a todos la esperanza gozosa de la resurrección en Cristo.

-Por los que reconocemos a Cristo en la Palabra y en la fracción del pan: para que también lo reconozcamos en nuestros compañeros de camino desesperanzados, y sepamos explicarles los planes de Dios.

-Por los que viven sin fe, sin esperanza, decepcionados: para que el Señor Jesús camine junto a ellos, abra sus ojos y encienda sus corazones.

-Por los creyentes: para que seamos capaces de reconocer a Cristo en el prójimo que camina a nuestro lado, en la Escritura y en la Eucaristía.

Oración: Padre todopoderoso, haz de nosotros hombres nuevos por la fe en tu Hijo Jesús resucitado, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

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LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS
Benedicto XVI, Regina Caeli del 6 de abril de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio del tercer domingo de Pascua [Ciclo A] es el célebre relato llamado de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). En él se nos habla de dos seguidores de Cristo que, el día siguiente al sábado, es decir, el tercero desde su muerte, tristes y abatidos dejaron Jerusalén para dirigirse a una aldea poco distante, llamada precisamente Emaús. A lo largo del camino, se les unió Jesús resucitado, pero ellos no lo reconocieron. Sintiéndolos desconsolados, les explicó, basándose en las Escrituras, que el Mesías debía padecer y morir para entrar en su gloria. Después, entró con ellos en casa, se sentó a la mesa, bendijo el pan y lo partió. En ese momento lo reconocieron, pero él desapareció de su vista, dejándolos asombrados ante aquel pan partido, nuevo signo de su presencia. Los dos volvieron inmediatamente a Jerusalén y contaron a los demás discípulos lo que había sucedido.

La localidad de Emaús no ha sido identificada con certeza. Hay diversas hipótesis, y esto es sugestivo, porque nos permite pensar que Emaús representa en realidad todos los lugares: el camino que lleva a Emaús es el camino de todo cristiano, más aún, de todo hombre. En nuestros caminos Jesús resucitado se hace compañero de viaje para reavivar en nuestro corazón el calor de la fe y de la esperanza y partir el pan de la vida eterna.

En la conversación de los discípulos con el peregrino desconocido impresiona la expresión que el evangelista san Lucas pone en los labios de uno de ellos: «Nosotros esperábamos...» (Lc 24,21). Este verbo en pasado lo dice todo: Hemos creído, hemos seguido, hemos esperado..., pero ahora todo ha terminado. También Jesús de Nazaret, que se había manifestado como un profeta poderoso en obras y palabras, ha fracasado, y nosotros estamos decepcionados.

Este drama de los discípulos de Emaús es como un espejo de la situación de muchos cristianos de nuestro tiempo. Al parecer, la esperanza de la fe ha fracasado. La fe misma entra en crisis a causa de experiencias negativas que nos llevan a sentirnos abandonados por el Señor. Pero este camino hacia Emaús, por el que avanzamos, puede llegar a ser el camino de una purificación y maduración de nuestra fe en Dios.

También hoy podemos entrar en diálogo con Jesús escuchando su palabra. También hoy, él parte el pan para nosotros y se entrega a sí mismo como nuestro pan. Así, el encuentro con Cristo resucitado, que es posible también hoy, nos da una fe más profunda y auténtica, templada, por decirlo así, por el fuego del acontecimiento pascual; una fe sólida, porque no se alimenta de ideas humanas, sino de la palabra de Dios y de su presencia real en la Eucaristía.

Este estupendo texto evangélico contiene ya la estructura de la santa misa: en la primera parte, la escucha de la Palabra a través de las sagradas Escrituras; en la segunda, la liturgia eucarística y la comunión con Cristo presente en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. La Iglesia, alimentándose en esta doble mesa, se edifica incesantemente y se renueva día tras día en la fe, en la esperanza y en la caridad. Por intercesión de María santísima, oremos para que todo cristiano y toda comunidad, reviviendo la experiencia de los discípulos de Emaús, redescubra la gracia del encuentro transformador con el Señor resucitado.

[Después del Regina caeli] Dirijo mi cordial saludo a los peregrinos de lengua española... Que la alegría de Cristo resucitado colme vuestro corazón de serenidad en el camino de la vida y os aliente a orar, a escuchar con fervor su palabra, a participar dignamente en los sacramentos y a dar testimonio del Evangelio con valentía en toda circunstancia.

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LA PREDICACIÓN DE LA VERDAD
San Ireneo, Tratado contra las herejías (Libro 1, 10, 1-3)

La Iglesia, diseminada por el mundo entero hasta los confines de la tierra, recibió de los apóstoles y de sus discípulos la fe en un solo Dios Padre todopoderoso, que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que contienen; y en un solo Jesucristo, Hijo de Dios, que se encarnó por nuestra salvación; y en el Espíritu Santo, que por los profetas anunció los planes de Dios, el advenimiento de Cristo, su nacimiento de la Virgen, su pasión, su resurrección de entre los muertos, su ascensión corporal a los cielos, su venida de los cielos, en la gloria del Padre, para recapitular todas las cosas y resucitar a todo el linaje humano, a fin de que ante Cristo Jesús, nuestro Señor, Dios y Salvador y Rey, por voluntad del Padre invisible, toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame a quien hará justo juicio en todas las cosas.

La Iglesia, pues, diseminada, como hemos dicho, por el mundo entero, guarda diligentemente la predicación y la fe recibida, habitando como en una única casa; y su fe es igual en todas partes, como si tuviera una sola alma y un solo corazón, y cuanto predica, enseña y transmite, lo hace al unísono, como si tuviera una sola boca. Pues, aunque en el mundo haya muchas lenguas distintas, el contenido de la tradición es uno e idéntico para todos.

Las Iglesias de Germania creen y transmiten lo mismo que las otras de los iberos o de los celtas, de Oriente, Egipto o Libia o del centro del mundo. Al igual que el sol, criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la predicación de la verdad resplandece por doquier e ilumina a todos aquellos que quieren llegar al conocimiento de la verdad.

En las Iglesias no dirán cosas distintas los que son buenos oradores, entre los dirigentes de la comunidad (pues nadie está por encima del Maestro), ni la escasa oratoria de otros debilitará la fuerza de la tradición, pues siendo la fe una y la misma, ni la amplía el que habla mucho ni la disminuye el que habla poco.

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EL CRUCIFIJO DE LA VOCACIÓN FRANCISCANA
por Lothar Hardick, OFM

En el año 1206, el Señor ordenó a Francisco, por medio de un sueño, que regresara de Espoleto a Asís, y que esperara allí hasta que Él le revelase su voluntad (cf. TC 6). Ya en su tierra, Francisco empezó a orar intensamente para poder reconocer la voluntad divina. Para esta oración, iba con afecto preferente a la pequeña iglesia de San Damián, que se encontraba fuera de los muros de la ciudad. Allí había un antiguo y venerable crucifijo. Y este crucifijo habló un día a Francisco y le dijo: «Francisco, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo» (2 Cel 10).

Nosotros veneramos este crucifijo porque nos recuerda un momento decisivo de la vida de nuestro padre san Francisco. Pero este crucifijo tiene además una expresividad que, desde el punto de vista teológico, es de una riqueza única. Contemplémoslo, pues, una vez más en todos sus detalles.

Nuestro Salvador no aparece desgarrado por el sufrimiento. Más bien parece que está de pie sobre la cruz, con una paz inmensa. ¿Acaso no sufrió verdaderamente la pasión de la cruz como vencedor del pecado, del infierno y de la muerte? Sí, Él sufrió la cruz, la muerte; pero ésta no lo destrozó. Fue Él, más bien, quien la tomó sobre sí para destruirla.

Imaginémonos la cruz sin el cuerpo del Señor crucificado. Detrás de los brazos abiertos se abre entonces la tumba vacía, tal como la encontraron las piadosas mujeres la mañana de Pascua de Resurrección. Y efectivamente, en los extremos de los brazos de la cruz podemos ver a las mujeres que están llegando a la tumba vacía. Además, a ambos lados de la cruz, debajo de cada uno de los brazos del Crucificado, podemos reconocer a dos ángeles que, delante de la tumba, dialogan animadamente, mientras con sus manos señalan al Señor. Se trata de los ángeles que hablaron de la Resurrección de Jesucristo a quienes creían en Él.

Sobre la cabeza del Crucificado vemos, en un círculo de un rojo luminoso, al Señor que sube al cielo. Lo rodean coros de ángeles exultantes. En la mano izquierda lleva la cruz como trofeo de su victoria. Y en la cima, en el extremo superior de la cruz, en un semicírculo, está representada la diestra del Padre.

Así pues, en esta cruz se encuentra representada la entera obra de salvación de nuestro Señor, tal como la expresamos en el Credo: «Crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, y al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre».

En el Credo decimos también: «Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos». Y también esto está representado en la cruz. Al pie del crucifijo pueden verse, aunque muy estropeadas por el paso de los siglos, las pequeñas figuras de los apóstoles que miran a lo alto, hacia el Señor: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo» (Hch 1,11).

Con esto no termina lo que nos dice el crucifijo. El Señor llevó a cabo la obra de la salvación para nosotros los hombres. Seremos partícipes de la salvación si hemos estado de su parte. Esto significan los personajes que están a derecha e izquierda del cuerpo del Crucificado. Las figuras pequeñitas que están en los márgenes de la cruz, a la altura de las rodillas de Cristo, son: el soldado con la lanza (a la izquierda del que mira) y un judío que se está burlando del Señor (a la derecha).

Quien está contra el Señor es un hombrecito pequeño e insignificante. Mientras se vuelve grande quien reconoce al Señor y está de su parte. Esto lo vemos expresado en las figuras grandes: a la izquierda del que mira, debajo del brazo derecho de Cristo, María la Madre de Dios y el apóstol san Juan; a la derecha del que mira, debajo del brazo izquierdo de Cristo, María Magdalena, María la madre de Santiago y el centurión romano. Además, por encima del hombro izquierdo del centurión se puede advertir un rostro pequeño. Con mucha probabilidad se ha inmortalizado aquí el artista desconocido, autor del crucifijo.

A la altura de la pantorrilla izquierda de Cristo, en la parte derecha de quien mira, sobre la franja de color negro, está pintado un gallo. Éste quiere sin duda decirnos: «¡Cuidado y no te sientas demasiado seguro! Ya una vez hubo uno que estaba convencido de su inquebrantable fidelidad al Señor. Pero renegó de Él antes que el gallo cantase».

No existe otro crucifijo teológicamente tan rico. Expone ante nosotros toda la obra de la salvación. Al mismo tiempo, nos exhorta a salir al encuentro, en la manera debida, de esta obra de salvación.

A través de este crucifijo Dios habló a Francisco y lo llamó al servicio de la Iglesia. En aquella ocasión él respondió:

«Sumo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para cumplir tu santo y verdadero mandamiento» (OrSD).

¿Acaso esta oración no debería convertirse en nuestra propia oración? Porque también nuestra vocación era y es llamamiento al servicio de la vida interna de la Iglesia.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XVI, n. 46 (1987) 43-44]

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