domingo, 23 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 24 DE ABRIL

 

SAN FIDEL DE SIGMARINGA. Nació en Sigmaringa (Suabia, Alemania) el año 1578, en tiempos agitados por la Reforma protestante. Fue un joven de vida intachable, que estudió filosofía y derecho en Friburgo de Brisgovia con excelentes resultados. Ejerció luego la abogacía con tal amor a la justicia y a los más indefensos, que le dieron el sobrenombre de «abogado de los pobres». En 1612 recibió la ordenación sacerdotal y poco después ingresó en los capuchinos. Fue un predicador incansable entre los católicos y los hermanos separados en los diversos cantones de Suiza y Suabia. Por su gran actividad misionera, la Congregación de la Propagación de la Fe, recién creada, le encargó fortalecer la fe católica en Suiza. Los herejes se conjuraron para acabar con su vida y lo asesinaron el 24 de abril de 1622 en Seewis (Suiza), donde lo habían invitado a predicar. Lo canonizó Benedicto XIV en 1746.- Oración: Señor Dios, que te has dignado conceder la palma del martirio a san Fidel de Sigmaringa cuando, abrasado en tu amor, se entregaba a la propagación de la fe, concédenos, te rogamos, que arraigados, como él, en el amor, lleguemos a conocer el poder de la resurrección de Jesucristo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.



SANTA MARÍA DE SANTA EUFRASIA PELLETIER. Nació en la isla de Noirmoutier (Francia) el año 1796. En 1814 vistió el hábito de las religiosas de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio, que atendían a las mujeres extraviadas. Cuando la nombraron superiora del monasterio de Tours en 1825, organizó la obra de las «Magdalenas», jóvenes convertidas que pasaban a vivir como religiosas. Cuatro años después le confiaron la fundación y dirección del monasterio de Angers que, por diversas circunstancias, se fue independizando hasta constituirse en una nueva congregación autónoma, el Instituto de Hermanas del Buen Pastor, que tiene como misión específica acoger con misericordia a las prostitutas, llamadas por ella «magdalenas», recuperar y salvaguardar a la juventud femenina. Creció el Instituto de manera maravillosa y la propia madre fundadora y superiora general llegó a abrir 111 casas en 15 países de los cinco continentes. Murió santamente en Angers el 24 de abril de 1868, y la canonizó Pío XII en 1940.- Oración: Jesús Buen Pastor, tú que nos diste a santa María Eufrasia, mujer de un amor ardiente por la salvación de las almas, concédenos las gracias que por medio de ella te pedimos, y ayúdanos a vivir el amor hecho misericordia para con cada uno de nuestros hermanos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.




SAN BENITO MENNI. De la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios y fundador de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús. Nació en Milán el año 1841. A los 19 años ingresó en la Orden Hospitalaria. Ordenado sacerdote, fue enviado a España para restaurar la Orden. Pronto comenzó a abrir hospitales y a recibir numerosos seguidores. En Granada entró en contacto con dos muchachas que fueron la semilla de la nueva congregación, cuya finalidad específica es la asistencia sanitaria psiquiátrica, y su lema «rogar, trabajar, padecer, sufrir, amar a Dios y callar». La fundación tuvo lugar en Ciempozuelos, Madrid, en 1881. El papa san Pío X lo nombró en 1909 visitador apostólico de su Orden y, dos años después, prior general de la misma, cargo al que tuvo que renunciar al año siguiente por motivos de salud. Murió en Dinan, Francia, el 24 de abril de 1914. Fue canonizado por Juan Pablo II en 1999.- Oración: Oh Dios, consuelo y protector de los humildes, que has anunciado tu Evangelio de misericordia mediante las palabras y las obras de san Benito Menni, presbítero, concédenos, por su intercesión, que, siguiendo su ejemplo, te amemos sobre todas las cosas y te sirvamos siempre en nuestros hermanos necesitados y enfermos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



BEATA MARÍA ISABEL HESSELBLAD. Nació en Suecia el año 1870 en el seno de una familia luterana. A los 17 años marchó a Nueva York en busca de trabajo. Cayó gravemente enferma y le prometió al Señor que si se curaba se haría enfermera. Se recuperó y entró a trabajar en el Roosevelt Hospital. Se encontró con el jesuita P. Hagen, director del observatorio de Georgetown, y bajo su guía se convirtió y se bautizó en la Iglesia católica. En 1903 llegó a Roma y descubrió la casa de santa Brígida en la plaza Farnese. Comprendió que el Señor la llamaba a una misión especial: viajó por Europa para dar a conocer su plan de restaurar la Orden de Santa Brígida a las pocas religiosas que quedaban. Animada por san Pío X dio inicio a su obra, que fue aprobada en 1940. Fue una pionera del diálogo ecuménico, que se dedicó en particular a la contemplación, a las obras de caridad para con los necesitados y a la promoción de la unidad de los cristianos. Murió en Roma en 1957, y la beatificó Juan Pablo II el año 2000.

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San Alejandro. Fue martirizado en Lyon (Francia) días después del martirio de san Epipodio, su amigo y compañero. Lo sacaron de la cárcel, lo torturaron y lo colgaron de una cruz. Era el año 178.

San Antimo y compañeros mártires. Fueron martirizados en Nicomedia de Bitinia (en la actual Turquía) el año 303. Según narra Eusebio en su Historia eclesiástica, después del primer edicto de persecución de los cristianos promulgado por el emperador Diocleciano el 3 de febrero del año 303, se produjo un incendio en el palacio imperial de Nicomedia, y se echó la culpa a los cristianos, muchos de los cuales fueron condenados a muerte. Antimo, que era el obispo, fue decapitado, y la misma suerte corrieron algunos fieles suyos, mientras a otros los quemaron vivos o los ahogaron en el mar.

San Deodato. Era diácono y abrazó la vida de anacoreta. Se le unieron muchos discípulos, y los guió como su abad. Vivió en Blois (Francia) en el siglo VI.

San Egberto de Northumbria. Nació en Northumbria (Inglaterra), fue monje en Lindisfarne y marchó a Irlanda a estudiar. Ordenado de sacerdote, estuvo evangelizando varias regiones del continente europeo. Ya anciano marchó al monasterio de la isla de Iona (Escocia) y consiguió que los monjes adoptaran el cómputo romano para establecer la fecha de Pascua. Allí murió el año 729.

San Gregorio de Elvira. Fue obispo de Elvira, cerca de Granada en España. Defendió con valentía e intransigencia la fe católica proclamada en el concilio de Nicea, sin admitir componendas que disminuyeran o enturbiaran la verdadera divinidad de Jesucristo. Dejó varios escritos entre los que destaca la obra titulada De fide orthodoxa contra arianos, que fue alabada por san Jerónimo. Murió hacia el año 393.

San Guillermo Firmato. Nació en Tours (Francia). Estudió medicina y, por otra parte, consiguió una canonjía en la colegiata de Saint-Venant. Después de ejercer ambos oficios, decidió consagrarse a Dios en la vida eremítica y se desprendió de sus bienes. Peregrinó a Jerusalén y, al regreso, llevó vida de soledad en Mortain (Normandía, Francia), donde murió el año 1103.

Santa María de Cleofás y santa Salomé. Son las santas mujeres que, como narran los evangelios, junto con María Magdalena, muy de mañana, el día de Pascua, se dirigieron al sepulcro del Señor para urgir su cuerpo, y que fueron las primeras en escuchar el anuncio de la Resurrección.

San Melitón de Canterbury. Era monje en un monasterio de Roma cuando el papa san Gregorio Magno lo incluyó en el segundo grupo de misioneros que envió a Inglaterra. A los tres años de su llegada, san Agustín de Canterbury lo consagró como obispo de los Sajones del Este, con sede en Londres, y allí bautizó al rey Saberto y a muchos de sus súbditos. Los hijos del rey no se bautizaron, pero al morir su padre pretendieron que Melitón les diera la comunión; ante la negativa de éste, lo expulsaron de Londres. Estuvo un año en Francia y, cuando volvió, lo nombraron arzobispo de Cantorbery. Murió allí el año 624.

San Wilfrido de York. Nació en Northumbria (Inglaterra) el año 634 de familia noble. Estudió en Lindisfarne, Caterbury, Roma y Lyon, donde optó por la vida clerical. Cuando volvió a su patria, se hizo monje en Ripon, donde pronto lo eligieron abad e introdujo la Regla de San Benito. Defendió eficazmente los usos romanos. Fue nombrado obispo de York, se consagró en Francia, tardó en regresar y, cuando llegó, había otro obispo en su sede. Se retiró a Ripon, pero pronto pudo tomar posesión de su obispado, que tuvo que ceder repetidamente a otros. Aprovechó sus viajes para evangelizar a los frigios y a los sajones. Finalmente murió entre los monjes del monasterio Ripon el año 709.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a Marta en Betania: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,25-27).

Pensamiento franciscano:

Del Testamento de santa Clara: «Entre los otros beneficios que hemos recibido y recibimos cada día de nuestro espléndido benefactor el Padre de las misericordias, y por los que más debemos dar gracias al Padre glorioso de Cristo, está el de nuestra vocación, por la que, cuanto más perfecta y mayor es, más y más deudoras le somos. Por lo cual dice el Apóstol: Reconoce tu vocación» (TestCl 2-4).

Orar con la Iglesia:

Por Jesucristo hemos renacido del agua y del Espíritu Santo. Oremos, pues, como hijos, al Padre que nos ama y nos escucha.

-Por la Iglesia: para que se deje siempre guiar por la luz de Cristo y el impulso del Espíritu Santo.

-Por todos los bautizados y en particular por los adultos recién bautizados: para que, iluminados por Cristo, seamos sus testigos ante los hombres.

-Por las autoridades públicas: para que busquen el bien de todos y promuevan la paz y la solidaridad.

-Por los que celebramos con gozo la Pascua del Señor: para que, con la ayuda del Espíritu, ofrezcamos a todos la verdadera imagen de Cristo.

Oración: Escúchanos, Señor, y concédenos ser, en todo momento y lugar, vehículos de la salvación que nos mereció Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

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EN LA VIDA Y EN LA MUERTE SOMOS DE SEÑOR
De la homilía de S. S. Benedicto XVI
en la Vigilia Pascual, 7 de abril de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

Desde los tiempos más antiguos la liturgia de la misa del día de Pascua empieza con las palabras: Resurrexi et adhuc tecum sum, «He resucitado y aún estoy contigo, has puesto sobre mí tu mano». La liturgia ve en ello las primeras palabras del Hijo dirigidas al Padre después de su resurrección, después de volver de la noche de la muerte al mundo de los vivientes. La mano del Padre lo ha sostenido también en esta noche, y así Él ha podido levantarse, resucitar.

Esas palabras están tomadas del Salmo 138, en el cual tienen inicialmente un sentido diferente. Este Salmo es un canto de asombro por la omnipotencia y la omnipresencia de Dios; un canto de confianza en aquel Dios que nunca nos deja caer de sus manos. Y sus manos son manos buenas. El suplicante imagina un viaje a través del universo, ¿qué le sucederá? «Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha. Si digo: "Que al menos la tiniebla me encubra…", ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día» (Sal 138 [139],8-12).

En el día de Pascua la Iglesia nos anuncia: Jesucristo ha realizado por nosotros este viaje a través del universo. En la Carta a los Efesios leemos que Él había bajado a lo profundo de la tierra y que Aquél que bajó es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el universo (cf. Ef 4,9s). Así se ha hecho realidad la visión del Salmo. En la oscuridad impenetrable de la muerte Él entró como luz; la noche se hizo luminosa como el día, y las tinieblas se volvieron luz. Por esto la Iglesia puede considerar justamente la palabra de agradecimiento y confianza como palabra del Resucitado dirigida al Padre: «Sí, he hecho el viaje hasta lo más profundo de la tierra, hasta el abismo de la muerte y he llevado la luz; y ahora he resucitado y estoy agarrado para siempre de tus manos».

Pero estas palabras del Resucitado al Padre se han convertido también en las palabras que el Señor nos dirige: «He resucitado y ahora estoy siempre contigo», dice a cada uno de nosotros. Mi mano te sostiene. Dondequiera que tu caigas, caerás en mis manos. Estoy presente incluso a las puertas de la muerte. Donde ya nadie puede acompañarte y donde tú no puedes llevar nada, allí te espero yo y para ti transformo las tinieblas en luz.

Estas palabras del Salmo, leídas como coloquio del Resucitado con nosotros, son al mismo tiempo una explicación de lo que sucede en el Bautismo. En efecto, el Bautismo es más que un baño o una purificación. Es más que la entrada en una comunidad. Es un nuevo nacimiento. Un nuevo inicio de la vida. El fragmento de la Carta a los Romanos, que hemos escuchado ahora, dice con palabras misteriosas que en el Bautismo hemos sido como «incorporados» en la muerte de Cristo. En el Bautismo nos entregamos a Cristo; Él nos toma consigo, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino gracias a Él, con Él y en Él; para que vivamos con Él y así para los demás. En el Bautismo nos abandonamos nosotros mismos, depositamos nuestra vida en sus manos, de modo que podamos decir con san Pablo: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí». Si nos entregamos de este modo, aceptando una especie de muerte de nuestro yo, entonces eso significa también que el confín entre muerte y vida se hace permeable. Tanto antes como después de la muerte estamos con Cristo y por esto, desde aquel momento en adelante, la muerte ya no es un verdadero confín.

Pablo nos lo dice de un modo muy claro en su Carta a los Filipenses: «Para mí la vida es Cristo y el morir (si puedo estar junto a Él) una ganancia. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger. Me encuentro en esta alternativa: por un lado deseo partir -es decir, ser ejecutado- para estar con Cristo que es con mucho lo mejor; pero por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros» (cf. Flp 1,21ss). A un lado y a otro del confín de la muerte él está con Cristo; ya no hay una verdadera diferencia. Pero sí, es verdad: «Sobre los hombros y de frente tú me llevas. Siempre estoy en tus manos». A los Romanos escribió Pablo: «Ninguno… vive para sí mismo y ninguno muere por sí mismo… Si vivimos, ... si morimos, ... somos del Señor" (Rom 14,7s).

Queridos catecúmenos que vais a ser bautizados, ésta es la novedad del Bautismo: nuestra vida pertenece a Cristo, ya no más a nosotros mismos. Pero precisamente por esto ya no estamos solos ni siquiera en la muerte, sino que estamos con Aquél que vive siempre.

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ELOGIO DE SAN FIDEL DE SIGMARINGA,
HOMBRE FIEL POR SU NOMBRE Y POR SU VIDA

El papa Benedicto catorce celebró la figura de san Fidel, defensor de la fe católica, con estas palabras:

«Desplegando la plenitud de su caridad al socorro material de sus prójimos, acogía paternalmente a todos los pobres y los sustentaba haciendo colectas en favor suyo por todas partes.

»Remediaba la indigencia de los huérfanos y las viudas con las limosnas de los ricos; socorría a los presos con toda clase de ayudas materiales y espirituales, visitaba a los enfermos y los reconciliaba con Dios, preparándoles para el último combate.

»Su actividad más meritoria fue la que desplegó con ocasión de la peste que se declaró en el ejército austríaco, exponiéndose constantemente a las enfermedades y a la muerte».

Junto con esta caridad, Fidel -hombre fiel por su nombre y por su vida- sobresalió en la defensa de la fe católica que predicó incansablemente. Pocos días antes de morir y confirmar esa fe con su propia sangre, en su último sermón dejó lo que podríamos llamar su testamento:

«¡Oh fe católica, qué estable y firme eres, qué bien arraigada, qué bien cimentada estás sobre roca inconmovible! El cielo y la tierra pasarán, pero tú nunca podrás pasar. El orbe entero te contradijo desde un principio, pero con tu poder triunfaste de todos.

»Lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe, que sometió al imperio de Cristo a los reyes más poderosos y puso a las naciones a su servicio.

»¿Qué otra cosa, sino la fe, y principalmente la fe en la resurrección, hizo a los apóstoles y mártires soportar sus dificultades y sufrimientos?

»¿Qué fue lo que hizo a los anacoretas despreciar los placeres y los honores y vivir en el celibato y la soledad, sino la fe viva?

»¿Qué es lo que hoy lleva a los verdaderos cristianos a despreciar los placeres, resistir a la seducción y soportar rudos sufrimientos?

»La fe viva, activa en la práctica del amor, es la que hace dejar los bienes presentes por la esperanza de los futuros y trocar los primeros por los segundos».

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ASÍS Y LA PAZ (y III)
por José Luis Larrabe

La Iglesia, otra vez

Francisco oyó de Cristo, en oración, una voz que se dirigía a él: «Francisco, repara mi Iglesia», y él lo entendió como lo debía entender: a la letra; pero también en un sentido integral y global; y fue entonces cuando llegó a ser consejero y colaborador de la Iglesia y de su Jerarquía; todo ello sin perder la libertad personal para la corrección fraterna y la obediencia eclesial (que las conjugó en admirable armonía), también hoy necesarias ambas.

«Id y predicad»

Así terminan los Evangelios. Mejor diríamos que ahí comienza la evangelización y la catequesis (que están sin hacer: la Iglesia está sedienta hoy de ambas como los labios deshidratados o los estómagos hambrientos). Y Francisco fue y predicó. Luego san Buenaventura promovió esta predicación y pastoral sacramental escribiendo un opúsculo: «Quare fratres mendicantes praedicent et confessiones audiant»; también esto último, «confesar», no sólo lo primero: «predicar», como lo desea y manda el Evangelio de principio a fin. Francisco fue y predicó obedeciendo a la Palabra él mismo, él el primero, incluso en aquel aviso del Señor que dice: «Y no llevéis dinero, ni provisiones». Francisco quedó impresionadísimo y se quedó con este «misterio» de pobreza: ahí está Dios y la fuerza del Evangelio, ¿para qué más apoyaturas?

«Señor, haz de mí un instrumento de tu paz»

A los pocos años eran millares los hermanos: ¡en veinte años! Todos ellos diciendo al Señor a solas y en comunidad aquello de «Señor, haz de mí un instrumento de tu paz» -¡que buena falta nos hace!-, entendida esta paz en el sentido bíblico de presencia de todo bien y ausencia de todo mal: «Paz y Bien».

¿Que si fue difícil armonizar la vida activa y contemplativa? Para Francisco, el de Asís, no: él buscaba la soledad para estar con Dios, pero convivía con leprosos y mendigos que no le dejaban en paz; sobre todo los bandoleros de la época, a cuyo encuentro salía con pan, queso y cariño...

Penitencia y reconciliación

Y nada de tenerse por buenos y santos después de todo esto; cuando les preguntaban las gentes quiénes eran, respondían invariablemente: «Somos hombres de la penitencia»; penitencia en sus tres dimensiones es también muy necesaria hoy: penitencia interior, hacer penitencia y administrar el sacramento de la reconciliación, dedicación esta que requiere tiempo y calidad.

Y recibir cantando a la «hermana muerte»

Y eso de recibir a la «hermana muerte» con paz y alegría, incluso cantando, es buena señal, es un buen «test» de la vida cristiana. ¿Y luego de la muerte de Francisco? Los Capítulos Franciscanos se celebran en Pentecostés; no podía ser de otra manera. ¿Razón? Una sola: el Espíritu es amor, y la Orden Franciscana no tiene otra regla de oro que esta, la del amor: en realidad sólo los que aman verán a Dios (1 Cor 13,12), y todos al atardecer de la vida seremos examinados de amor.

Conclusión

Así la espiritualidad franciscana es libertad interior y salida hacia el otro, principalmente el más necesitado, donde está -en forma privilegiada- el Otro con mayúscula, Dios; y Jesucristo, «Mi Señor». Por eso Francisco es una especie de espina clavada en el corazón de la Iglesia, que desafía, la incomoda y nunca la dejará en paz después de otros muchos siglos. Y no digamos que la paz, la fraternidad y la pobreza-generosidad no tienen cabida en el mundo.

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