sábado, 22 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano




DÍA 23 DE ABRIL

 

SAN ADALBERTO. Nació alrededor del año 956 en Libice (Bohemia). Estudió en Magdeburgo, y muy joven lo nombraron obispo de Praga. Su ministerio pastoral no resultó fácil, pues mucha gente seguía teniendo mentalidad y costumbres paganas. Pronto tuvo que abandonar la ciudad, y marchó a Roma, donde se hizo monje benedictino. Tras varias idas y venidas entre Praga y Roma, el Papa aceptó su renuncia a la diócesis de Praga y lo envió como misionero para anunciar a Cristo a pueblos que todavía no lo conocían en Polonia, Baviera, Hungría, Eslovaquia... Quiso predicar también en la Prusia aún pagana. Atravesó en barca la laguna del Vístula, pero fue mal recibido y falleció traspasado por una lanza el día 23 de abril del año 997 en la aldea de Tenkitten, junto al golfo de Gdansk, cerca de la costa báltica.- Oración: Oh Dios, que concediste la corona del martirio a san Adalberto, obispo, encendido en el celo por la salvación de las almas, concédenos, por su intercesión, que nunca falte a los pastores la obediencia de su grey ni ésta carezca de la asistencia de los pastores. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN JORGE. La figura de este mártir nos llega desde la remota antigüedad cristiana envuelta en leyenda. Nacido en Capadocia y educado en la fe cristiana por su madre, dejó su cargo en el ejército imperial, cambiándolo por la profesión de la milicia cristiana; repartió sus bienes entre los pobres, se enfrentó a los cultos paganos y sufrió cruel martirio durante la persecución de Diocleciano a comienzos del siglo IV. Ya en ese siglo fue objeto de veneración en Dióspolis o Lidda (Palestina), donde había una iglesia construida en su honor, en la que se veneraba su sepulcro. Su culto se difundió ampliamente desde muy antiguo por Oriente y Occidente. La tradición popular y el arte lo representan como el caballero que hace frente al dragón, símbolo de la fe intrépida que triunfa sobre la fuerza del maligno.- Oración: Señor, alabamos tu poder y te rogamos que san Jorge, fiel imitador de la pasión de tu Hijo, sea para nosotros protector generoso en nuestra debilidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




BEATO GIL DE ASÍS. Paisano y contemporáneo de San Francisco, al que, con dieciocho años, se unió en abril de 1208, siendo el tercero de sus compañeros. Perteneció al grupo de los íntimos del Pobrecillo y lo acompañaba habitualmente. De origen humilde, era pobre, analfabeto, peón. De fraile se distinguió por su simplicidad y por su amor a la pobreza. Fue hombre de gran experiencia mística y de ingenio natural penetrante; sus Dichos, que conservamos, están llenas de tino ascético y de buen sentido. Hecho al trabajo desde niño, ayudaba a los campesinos, de los que recibía víveres para sí y sus hermanos. La devoción le llevó a visitar los grandes santuarios. De mayor vivió entregado a la contemplación y penitencia en los eremitorios de Umbría, y murió en el de Monteripido, cerca de Perusa, el 23 de abril de 1262.- Oración: Dios todopoderoso, que elevaste al vértice de la contemplación al beato Gil, concédenos, por su intercesión, que, amándote sobre todas las cosas, consigamos la paz que supera todo deseo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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San Eulogio. Fue obispo de Edesa, en la antigua Siria. Estuvo algún tiempo desterrado en la Tebaida de Egipto, pero volvió a Edesa a la muerte de Valente el año 378. Participó en el concilio ecuménico de Constantinopla del año 381. Murió el Viernes Santo del 387.

San Gerardo de Orchimont. Nació en Colonia (Alemania) el año 935, y en el 963 fue elegido obispo de Toul en Lotaringia (en la actual Francia). Durante treinta y un años legisló sabiamente para la diócesis, atendió a los pobres, socorrió al pueblo en tiempo de peste con ayunos y plegarias, dedicó la iglesia catedral y ayudó a los monasterios no sólo con bienes materiales, sino también poblándolos de santos discípulos. Murió el año 994.

San Jorge. Fue obispo de Suelli en Cerdeña. Nació en Cagliari y sus padres eran siervos de la gleba. Pudo estudiar y pronto lo nombraron obispo. Fue un verdadero pastor de su diócesis, que sobresalió por su celo en la predicación, su amor a los pobres, su asiduidad en la oración y en las penitencias. Se le atribuyeron milagros aún en vida. Murió el año 1117.

San Marolo. Fue obispo de Milán en la primera mitad del siglo V, y mantuvo una buena amistad con el papa Inocencio I.

Beata Elena Valentini. Nació en Udine (Friuli, Italia) el año 1396 en el seno de una familia acomodada. A los 18 años contrajo matrimonio con el noble Antonio Cavalcanti, y tuvieron seis hijos. Cuando quedó viuda en 1441, decidió retirarse de la vida del mundo y vistió el hábito de la Tercera Orden de San Agustín. Llevó una vida de extrema penitencia y rigurosa mortificación. Sus múltiples y severos sacrificios tenían una doble motivación: la imitación de Cristo y, como antítesis, su anterior vida mundana. Dedicó su tiempo a la oración, la lectura del Evangelio y las obras de misericordia. El Señor le concedió dones místicos extraordinarios. Pasó los últimos años de su vida postrada en el lecho. Murió en 1458.

Beata María Gabriela Sagheddu. Nació en Dorgali (Cerdeña) el año 1914 en el seno de una familia de pastores. Su madre le dio una buena educación cristiana y pronto se afilió a la Acción Católica de su parroquia. Para dar cauce a su vocación religiosa y siguiendo las indicaciones de su director espiritual, ingresó en el monasterio trapense de Grottaferrata (Roma), en el que profesó en 1937. Respondiendo a la solicitud del P. Paul Couturier, ofreció su vida por la unidad de los cristianos. Cuando se le diagnosticó tuberculosis pulmonar, ella se entregó confiada a los planes de Dios, inmolándose por la causa del ecumenismo. Murió en 1939.

Beata Teresa María de la Cruz Manetti. Nació el año 1846 en Campi Bisenzio, cerca de Florencia (Italia), en el seno de una familia humilde, y su situación se agravó con la prematura muerte del padre. A los 19 años inició su camino espiritual inspirándose en santa Teresa. Se le unieron algunas compañeras, y se hicieron terciarias carmelitas. Se dedicaban a la contemplación y al cuidado, sobre todo, de las niñas huérfanas. Así nació la Congregación de Carmelitas de Santa Teresa, que pronto se extendió por Italia y saltó al extranjero (1910). Murió en su pueblo natal el año 1910.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y se decían unas otras: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?». Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco, que les dijo: «No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro: "Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo"» (cf. Mc 16,1-7).

Pensamiento franciscano:

«Dijo el Señor a Adán: Come de todo árbol, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas... Come del árbol de la ciencia del bien, aquel que se apropia para sí su voluntad y se enaltece del bien que el Señor dice y obra en él» (Adm 2).

Orar con la Iglesia:

Por Jesucristo, el Señor, hemos renacido del agua y del Espíritu Santo. Presentemos confiados, por su mediación, nuestras súplicas a Dios, Padre nuestro.

-Por todos los cristianos: para que demos testimonio de la fe en los diversos ambientes en que vivimos.

-Por los bautizados adultos: para que nuestras obras respondan a nuestra fe y seamos capaces de dar razón de nuestra esperanza.

-Por los que poseen bienes temporales: para que sepan compartir con sus hermanos más necesitados lo que han recibido de Dios, Padre de todos.

-Por los creyentes: para que la escucha de la Palabra y la celebración de la Eucaristía nos lleven a la comunión fraterna en la caridad.

Oración: Escúchanos, Señor, y concede a tu Iglesia y a nosotros sus hijos tener, en plena comunión contigo, un mismo sentir y pensar. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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¿QUÉ SIGNIFICA PARA NOSOTROS LA RESURRECCIÓN?
De la homilía de S. S. Benedicto XVI
en la Vigilia Pascual, 15 de abril de 2006

«¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado» (Mc 16,6). Así dijo el mensajero de Dios, vestido de blanco, a las mujeres que buscaban el cuerpo de Jesús en el sepulcro. Y lo mismo nos dice también a nosotros el evangelista en esta noche santa: Jesús no es un personaje del pasado. Él vive y, como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a seguirlo a Él, el viviente, y a encontrar así también nosotros el camino de la vida.

«Ha resucitado..., no está aquí». Cuando Jesús habló por primera vez a los discípulos sobre la cruz y la resurrección, estos, mientras bajaban del monte de la Transfiguración, se preguntaban qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc 9,10). En Pascua nos alegramos porque Cristo no ha quedado en el sepulcro, su cuerpo no ha conocido la corrupción; pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; nos alegramos porque Él es -como proclamamos en el rito del cirio pascual- Alfa y al mismo tiempo Omega, y existe por tanto, no sólo ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Heb 13,8). Pero, en cierto modo, vemos la resurrección tan fuera de nuestro horizonte, tan extraña a todas nuestras experiencias, que, entrando en nosotros mismos, continuamos con la discusión de los discípulos.

La discusión comenzada con los discípulos comprendería las siguientes preguntas: ¿Qué es lo que sucedió allí? ¿Qué significa eso para nosotros, para el mundo en su conjunto y para mí personalmente? Ante todo: ¿Qué sucedió? Jesús ya no está en el sepulcro. Está en una vida nueva del todo. Pero, ¿cómo pudo ocurrir eso? ¿Qué fuerzas han intervenido? Es decisivo que este hombre Jesús no estuviera solo, no fuera un Yo cerrado en sí mismo. Él era uno con el Dios vivo, unido talmente a Él que formaba con Él una sola persona. Se encontraba, por así decir, en un mismo abrazo con Aquel que es la vida misma, un abrazo no solamente emotivo, sino que abarcaba y penetraba su ser. Su propia vida no era solamente suya, era una comunión existencial con Dios y un estar insertado en Dios, y por eso no se le podía quitar realmente. Él pudo dejarse matar por amor, pero justamente así destruyó el carácter definitivo de la muerte, porque en Él estaba presente el carácter definitivo de la vida. Él era una cosa sola con la vida indestructible, de manera que ésta brotó de nuevo a través de la muerte. Expresemos una vez más lo mismo desde otro punto de vista.

Su muerte fue un acto de amor. En la última Cena, Él anticipó la muerte y la transformó en el don de sí mismo. Su comunión existencial con Dios era concretamente una comunión existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte, es más fuerte que la muerte. La resurrección fue como un estallido de luz, una explosión del amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del «morir y devenir». Inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de manera transformada, y a través de la cual surge un mundo nuevo.

Está claro que este acontecimiento no es un milagro cualquiera del pasado, cuya realización podría ser en el fondo indiferente para nosotros. Es un salto cualitativo en la historia de la «evolución» y de la vida en general hacia una nueva vida futura, hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, entra ya continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí.

«Viviréis, porque yo sigo viviendo», dice Jesús en el Evangelio de San Juan (14,19) a sus discípulos, es decir, a nosotros. Viviremos mediante la comunión existencial con Él, por estar insertos en Él, que es la vida misma. La vida eterna, la inmortalidad beatífica, no la tenemos por nosotros mismos ni en nosotros mismos, sino por una relación, mediante la comunión existencial con Aquél que es la Verdad y el Amor y, por tanto, es eterno, es Dios mismo. La mera indestructibilidad del alma, por sí sola, no podría dar un sentido a una vida eterna, no podría hacerla una vida verdadera. La vida nos llega del ser amados por Aquél que es la Vida; nos viene del vivir con Él y del amar con Él.

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PRECIOSA ES LA MUERTE DE LOS MÁRTIRES,
COMPRADA AL PRECIO DE LA MUERTE DE CRISTO
San Agustín, Sermón 329, En el natalicio de los mártires

Por las gestas tan gloriosas de los santos mártires, con que la Iglesia florece por doquier, comprobamos con nuestros mismos ojos cuán cierto es lo que hemos cantado: Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. De gran precio para nosotros y de gran precio para aquel en cuyo nombre se llevó a cabo. Pero el precio de estas muertes es la muerte de uno solo. ¡Cuántas muertes compró muriendo aquel que de no haber muerto, el grano de trigo no se hubiera multiplicado! Habéis oído sus palabras cuando se acercaba a su pasión, es decir, cuando se acercaba a nuestra redención: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.

Realizó sobre la cruz una gran transacción comercial. Allí se abrió la bolsa de nuestro precio: cuando la lanza del soldado abrió su costado, manó de él el precio de todo el orbe. Fueron comprados los fieles y los mártires, pero la fe de los mártires fue sometida a prueba: testigo es la sangre. Devolvieron lo que por ellos se había invertido, y dieron pleno cumplimiento a lo que dijo Juan: Si Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestras vidas por los hermanos. Y en otra parte está escrito: Te has sentado a una gran mesa, está muy atento a lo que te sirven, pues deberás preparar otro tanto. Gran mesa es aquella en que los manjares son el mismo anfitrión de la mesa. Nadie alimenta a sus convidados de sí mismo. Eso sólo lo hace Cristo: él es quien invita, él es la comida, él es la bebida. Los mártires se fijaron bien en lo que comían y bebían y, a su vez, sirvieron lo mismo.

¿Pero cómo hubieran podido devolver lo mismo, si no les hubiera dado qué devolver el que fue el primero en pagar? De aquí que el salmo, con el que hemos cantado: Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles, ¿qué es lo que nos recomienda? En este salmo, su autor reflexionó sobre lo mucho que había recibido de Dios; se dio cuenta de los innumerables dones de gracia del Todopoderoso que le creó, que, perdido, le buscó, que, encontrado, le perdonó, que, en la lucha, vino en ayuda de sus débiles fuerzas, que no lo abandonó en la duda, que lo coronó en la victoria, que se dio a sí mismo en premio; consideró todo esto y exclamó diciendo: ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación.

¿Cuál es esta copa? Es la copa de la pasión, amarga y saludable; la copa que si el médico no hubiera bebido primero, el enfermo no habría osado tocarla. El mismo es este cáliz: lo reconocemos en la boca de Cristo, cuando dice: Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz. De este mismo cáliz dijeron los mártires: Alzaré la copa de la salvación invocando su nombre. ¿Así que no temes desfallecer? No, dice el mártir. ¿Por qué? Porque invocaré el nombre del Señor. ¿Cómo hubieran podido vencer los mártires, si no venciera en ellos quien dijo: Alegraos, porque yo he vencido al mundo?

El Señor de los cielos guiaba su mente y su lengua y, por su medio, vencía al diablo en la tierra y coronaba a los mártires en el cielo. ¡Dichosos los que así apuraron este cáliz! Se acabaron los dolores y recibieron los honores.

Así que estad atentos, carísimos: lo que no podéis ver con los ojos, meditadlo en vuestra mente y en vuestra alma, y ved que es de gran precio a los ojos del Señor la muerte de sus fieles.

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ES IMPORTANTE PERSEVERAR EN LA VIDA RELIGIOSA
HASTA EL FIN, VIVIENDO EN ELLA SANTAMENTE
De los dichos del beato Gil de Asís

Hablando de sí mismo, fray Gil solía decir: «Prefiero disfrutar de menos gracias en la vida religiosa, que de muchas viviendo en el mundo, porque en éste abundan más los peligros y los auxilios espirituales son menos frecuentes. El pecador olvida fácilmente su propio bien y busca su mal, pues huye de la mortificación, de la vida de penitencia; no tiene decisión para ingresar en la vida religiosa, teme abandonar el pecado, que le rodea y envuelve, y prefiere quedarse en el mundo».

Cierta persona pidió consejo a fray Gil sobre si debía hacerse religioso o no. Obtuvo la respuesta siguiente: «Si un hombre pobrísimo supiera que un importante tesoro se halla en terreno sin propietario, ¿pediría consejo o más bien se adueñaría de este tesoro? ¿Por qué los hombres no se apropian el tesoro del Reino de los cielos?».

También afirmaba: «Muchos abrazan el estado religioso, pero luego no viven sus exigencias. Se asemejan al labriego que fue investido caballero a petición propia por el conde Rolando, y luego no supo defenderle porque desconocía el manejo de las armas. Para mí -seguía diciendo fray Gil- no considero un gran favor servir en la corte, ni verse obsequiado por el mismo rey; lo decoroso es adquirir porte cortesano, sabiéndolo llevar con dignidad y elegancia. La corte del gran Rey, ¿no es la fraternidad religiosa? No basta, pues, pertenecer a esta corte, ni disfrutar de las gracias espirituales que en ella se reciben con tanta abundancia, sino someterse a las reglas de este estado religioso y perseverar en él con fidelidad: eso sí que es importante. ¿Acaso no quisiera más vivir piadosamente en el mundo, deseando con ardor ingresar en religión, que permanecer en ella con tibieza?».

Otras veces aseguraba: «Me parece que Dios puso en el mundo la Orden franciscana para gran utilidad de los hombres; mas, si no respondemos a esta alta misión, será nuestra desdicha. La religión de los Hermanos Menores es la más pobre y, al mismo tiempo, la más rica, según creo. Y ése es nuestro gran peligro, que nos andemos por las nubes al marchar por caminos tan elevados. Es rico quien imita al Rico, es sabio aquel que imita al Sabio, es bueno quien imita al Bueno, es noble aquel que imita al Noble, es decir, el que imita a nuestro Señor Jesucristo».

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ASÍS Y LA PAZ (II)
por José Luis Larrabe

Todos pueden vivir el Evangelio

Con lo expuesto anteriormente quedan dichas las mejores condiciones humanas para vivir sencillamente, plenamente, el Evangelio, teniéndolo como única inspiración y guía para la vida. La revelación que recibió Francisco fue para él y su grupo, pequeño o grande (ambos adjetivos se miden no sólo por el número, sino por la calidad de vida), como la luz, la sal y la levadura en medio de un mundo que había puesto sus ojos y el corazón, también entonces, en el dinero, el placer y el poder. La primera regla de vida franciscana fueron unos cuantos textos evangélicos engarzados en su coherencia radical, sin mucha glosa, no sea que ésta, como añadidura humana, impida ver el Evangelio mismo en su frescura y transparencia original, la de «Jesucristo, mi Señor». Pensamiento definitivo de Francisco fue que nadie está carente de la capacidad suficiente de entender, de entender bien y vivir el Evangelio, si se acerca con humildad; pero se esconde -¿quién a quién?- a los soberbios de corazón.

La conversión

No todo fue fácil en los comienzos del joven Francisco: no faltaron insistencias de Dios y resistencias del joven Francisco, joven apuesto, apreciado y lleno de cualidades también para «el mundo». Pero un día hubo en él una revolución interior liberadora -¡ay de aquel que no la haya tenido en su vida!-, una opción fundamental de Evangelio y gracia quedando deslumbrado por el Altísimo, y desde entonces todo comenzó de nuevo, y Francisco se convirtió en un adorador del Altísimo en medio del mundo cósmico y de la fraternidad humana. Fue en la intimidad con Dios, en un diálogo con Él, donde tomó e hizo suyo el propósito de la conversión: apenas consultó a nadie y menos a las «prudencias» de este mundo; dice el Testamento: «El mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del Evangelio».

Y desde entonces no hay para él más que una sola pregunta, ésta: «¿Qué manda mi Señor Jesucristo?». Así se convirtió Francisco, el de Asís. Y ahí queda flotando la pregunta junto a nuestros nombres: ¿Quién quiere llevarla y hacerla suya en la soledad de su corazón, en el interior de su vida, de su existencia única e irrepetible?; el que responde y sigue, jamás quedará defraudado: ¿Qué manda mi Señor? Todo lo mío va en esa pregunta: «tua res agitur», han dicho luego los teólogos, los buenos teólogos como san Buenaventura. Y en esa comunión de gracia y libertad, gracia divina y libertad humana, en la que se forja todo lo que vale, vale la pena para la historia de la salvación. Con esas dos coordenadas Francisco se puso en camino, un camino que sigue estando ofrecido: su Espíritu nos afecta a todos, puede dejar sus huellas en toda carne, no sólo en la de Francisco: «la carne» bíblicamente es la verdad de uno mismo, la realidad de cada persona y de cada comunidad.

Los votos

Francisco experimentó el «misterio» de la pobreza en libertad y alegría interior y externa; luego Dios lo llevó (y Francisco se dejó guiar) de sorpresa en sorpresa, participando de los dolores de los demás (es cuando más nos necesitan los hombres del mundo y del convento: en sus dolores más que en sus alegrías; en la pobreza más que en la riqueza; en la enfermedad más que en la salud); ahora bien, la regla y vida de los hermanos menores es esta: «Guardar el santo Evangelio del Señor viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad», y sobre todo, en AMOR. Si hay algo que puede sanar lo mismo al pecador de fragilidades que al rebelde es el amor; y no hay otro camino para acercarse a Dios o a los hombres que en amor y humildad. Francisco sentía sobre todo ternura y piedad por las criaturas pequeñas e indefensas: «Comenzó por sentir, dice la historia, la más tierna compasión por los pobres» y «demostrar cabal mansedumbre en el trato con todos, aviniéndose provechosamente con los temperamentos más diversos» (1 Celano 83), que es lo que hay que hacer también hoy, aquí y ahora.

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