viernes, 21 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano

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 DÍA 22 DE ABRIL

 

BEATO FRANCISCO VENIMBENE DE FABRIANO. Nació en Fabriano (Las Marcas, Italia) el año 1251, en el seno de una familia rica y distinguida, y murió allí mismo el 22 de abril de 1322. De joven vistió el hábito franciscano en el convento de su ciudad. Durante el noviciado visitó Asís para ganar la indulgencia de la Porciúncula, y allí se encontró con fray León, compañero de san Francisco; conversó familiarmente con él y leyó sus escritos; más tarde trasmitió la información sobre el origen de la Indulgencia. Ordenado de sacerdote, se consagró con intensidad a la predicación y al confesonario, a la vez que atendía a los pobres y a los enfermos y moribundos. Destacó también por su vida de oración y por su rigurosa penitencia; profesó particular devoción a las almas del purgatorio. Con la herencia paterna fundó en Fabriano la primera biblioteca de la Orden.


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San Agapito I, papa de mayo del año 535 a abril del año 536. Nació en Roma de familia senatorial, ingresó en el clero romano y era arcediano cuando lo eligieron papa. Su pontificado duró once meses, en los que demostró ser un hombre culto, recto y santo. Puso gran empeño en conseguir que el obispo de Roma fuera elegido libremente por el clero de la Urbe y que la dignidad de la Iglesia fuese respetada por todos. Viajó a Constantinopla, enviado por el rey Teodato, para conseguir del emperador Justiniano que retirara su ejército de Italia. Esto no lo consiguió, pero sí logró deponer al patriarca monofisita y poner en su lugar a uno católico, Menas. Murió allí cuando se disponía a volver a Roma.

San Cayo, papa del año 283 al año 296. Nació en Dalmacia y se dice que era pariente del emperador Diocleciano. Se le atribuye la estructuración definitiva de las órdenes sagradas inferiores al episcopado. Durante su pontificado y bajo su protección se desarrollaron las dos escuelas de Oriente, la de Alejandría y la de Antioquía, y se fomentaron y consolidaron las instituciones de la Iglesia en África, en las Galias y en España. Sus trece años de gobierno fueron tranquilos y prósperos para la Iglesia. Fue encerrado en las catacumbas de San Calixto en Roma.

Santos Epipodio y Alejandro. Los dos, que habían sido compañeros de estudios, compartieron también (Alejandro días después) la confesión de la fe cristiana y, por ella, los tormentos y la decapitación el año 178 en Lyon (Francia), poco después de la muerte de otros cuarenta y ocho gloriosos mártires de la misma ciudad.

San León. Fue obispo de Sens, en territorio de Neustria (Francia), en el siglo VI.

San Leónidas. Es el padre del famoso escritor cristiano Orígenes. Había nacido en Alejandría, estaba casado y tenía siete hijos, de los que Orígenes era el mayor, y tenía éste unos diecisiete años cuando martirizaron a su padre, quien lo había introducido en el estudio de la Sagrada Escritura. Era ciudadano romano y enseñaba en la famosa escuela de su ciudad. En la persecución del emperador Septimio Severo fue arrestado y encarcelado y finalmente decapitado. Sucedió el año 204 en Alejandría de Egipto.

San Maryahb. Era corepíscopo en Persia y sufrió el martirio durante la feroz persecución del rey persa Sapor II, por negarse a adorar al sol, a los astros y al fuego. Sucedió en la octava de Pascua del año 342.

Santa Oportuna. Nació en Exmes, diócesis de Séez, en territorio de Neustria (en la actual Francia), a comienzos del siglo VIII. Abrazó la vida monástica benedictina y llegó a ser abadesa. Destacó por la extrema austeridad de su vida. Murió hacia el año 770.

Santa Senorina. Nació de familia noble en la diócesis de Braga (Portugal); era pariente de san Rosendo. Al quedar huérfana de madre siendo aún niña, fue encomendada a su tía Godina, abadesa de San Juan de Viveiro. Al llegar a su juventud, rehusó contraer matrimonio y profesó en el monasterio en que se había educado. Destacó por su piedad y su extrema austeridad de vida. Cuando murió su tía, la eligieron a ella abadesa. Después fundaron un nuevo monasterio en Basto, diócesis de Braga, del que fue elegida abadesa, y allí vivió santamente hasta su muerte el año 980.

San Sotero, papa del año 166 al año 175. Nos han llegado pocas noticias de su vida y de su actividad al frente de la Iglesia. Era originario de Fondi (Campania, Italia). Sabemos, porque lo refiere Eusebio de Cesarea en su Historia eclesiástica (libro IV, 23), que el obispo san Dionisio de Corinto le escribió una carta dándole las gracias por la considerable ayuda que la Iglesia de Roma había enviado a la de Corinto, que atravesaba graves dificultades económicas, para atender al ministerio de la caridad, en especial a las viudas, los huérfanos y los que cumplían condena con trabajos forzados en las minas. Es posible pero no seguro que muriera mártir.

San Teodoro de Sikeón. Hijo de una mujer de vida ligera, desde su infancia sintió la atracción de la soledad. Abrazó la vida de anacoreta, y tuvo que cambiar de lugar para librarse de las gentes que acudían a él. Con un grupo de seguidores fundó un eremitorio en Sikeón (Galacia, en la actual Turquía), del que lo eligieron hegúmeno o superior. Por su fama y a pesar suyo, le eligieron obispo de Anastasiópolis. Diez años después consiguió del patriarca de Constantinopla que le aceptara la renuncia, para volver a la soledad de su eremitorio, en el que murió el año 613.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Después de la Resurrección, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,16,20).

Pensamiento franciscano:

Del Cántico de las criaturas: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad, porque la muerte segunda no les hará mal» (Cánt 12-13).

Orar con la Iglesia:

Por Jesucristo, el Señor, hemos renacido del agua y del Espíritu Santo. Como hombres nuevos, presentemos confiados nuestras súplicas al Padre.

-Por la Iglesia: para que, impulsada por la fuerza del Espíritu, anuncie a todo el mundo la Palabra de la salvación.

-Por cuantos tienen autoridad y responsabilidades en la vida pública: para que procuren la solidaridad, la paz y la justicia, y busquen el bien común.

-Por los enfermos, los pobres y todos cuantos sufren: para que experimenten la bondad del Padre y la amabilidad de los hermanos.

-Por los cristianos: para que reavivemos cada día los dones recibidos en el bautismo y los hagamos fructificar.

Oración: Escúchanos, Padre todopoderoso, aumenta en nosotros el espíritu filial y haz que aflore en nuestro comportamiento. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL DON DIVINO DEL AMOR MISERICORDIOSO
Benedicto XVI, del Regina Caeli
de los días 23 de abril de 2006 y 30 de marzo de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo [II de Pascua], el evangelio de san Juan narra que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos, encerrados en el Cenáculo, al atardecer «del primer día de la semana» (Jn 20,19), y que se manifestó nuevamente a ellos en el mismo lugar «ocho días después» (Jn 20,26). Por tanto, desde el inicio la comunidad cristiana comenzó a vivir un ritmo semanal, marcado por el encuentro con el Señor resucitado. Es lo que subraya también la constitución del concilio Vaticano II sobre la liturgia, afirmando: «La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón "día del Señor" o domingo» (SC 106).

El evangelista recuerda, asimismo, que en ambas apariciones -el día de la Resurrección y ocho días después- el Señor Jesús mostró a los discípulos los signos de la crucifixión, bien visibles y tangibles también en su cuerpo glorioso (cf. Jn 20,20.27). Esas llagas sagradas en las manos, en los pies y en el costado son un manantial inagotable de fe, de esperanza y de amor, al que cada uno puede acudir, especialmente las almas más sedientas de la misericordia divina.

Por ello, el siervo de Dios Juan Pablo II, valorando la experiencia espiritual de una humilde religiosa, santa Faustina Kowalska, quiso que el domingo después de Pascua se dedicara de modo especial a la Misericordia divina. (...) El culto a la Misericordia divina -dijo en Cracovia- no es una devoción secundaria, sino una dimensión que forma parte de la fe y de la oración del cristiano.

María santísima, Madre de la Iglesia, a quien ahora nos dirigimos con el Regina caeli, obtenga para todos los cristianos la gracia de vivir plenamente el domingo como «pascua de la semana», gustando la belleza del encuentro con el Señor resucitado y tomando de la fuente de su amor misericordioso, para ser apóstoles de su paz.

En este domingo contemplamos a Cristo resucitado que entrega a su Iglesia el don de su amor misericordioso: «A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados». Pidamos a la Virgen María que, confiando cada vez más en la misericordia divina, nuestra vida cristiana progrese en el camino hacia la santidad.

La misericordia es el núcleo central del mensaje evangélico, es el nombre mismo de Dios, el rostro con el que se reveló en la Antigua Alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del Amor creador y redentor. Este amor de misericordia ilumina también el rostro de la Iglesia y se manifiesta mediante los sacramentos, especialmente el de la Reconciliación, y mediante las obras de caridad, comunitarias e individuales.

Todo lo que la Iglesia dice y realiza, manifiesta la misericordia que Dios tiene para con el hombre. Cuando la Iglesia debe recordar una verdad olvidada, o un bien traicionado, lo hace siempre impulsada por el amor misericordioso, para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10,10). De la misericordia divina, que pacifica los corazones, brota además la auténtica paz en el mundo, la paz entre los diversos pueblos, culturas y religiones.

A María santísima, Mater misericordiae, le encomendamos la gran causa de la paz en el mundo, para que la misericordia de Dios realice lo que resulta imposible a las solas fuerzas humanas, e infunda en los corazones la valentía del diálogo y de la reconciliación.

[Después del Regina caeli] Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. Queridos hermanos, en este domingo dedicado a la Misericordia divina, agradezcamos a Dios Padre el amor que nos ha manifestado en la muerte y resurrección de su propio Hijo, y pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros para que sepamos reconocer en Cristo resucitado la fuente de la esperanza y de la alegría verdadera.

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TIENE SU TIEMPO EL NACER Y SU TIEMPO EL MORIR
San Gregorio de Nisa, Homilía 6 sobre el libro del Eclesiastés

Tiene su tiempo -leemos- el nacer y su tiempo el morir (Ecl 3,2). Bellamente comienza yuxtaponiendo estos dos hechos inseparables, el nacimiento y la muerte. Después del nacimiento, en efecto, viene inevitablemente la muerte, ya que toda nueva vida tiene por fin necesario la disolución de la muerte.

Tiene su tiempo -dice- el nacer y su tiempo el morir. ¡Ojalá se me conceda también a mí el nacer a su tiempo y el morir oportunamente! Pues nadie debe pensar que el Eclesiastés habla aquí del nacimiento involuntario y de la muerte natural, como si en ello pudiera haber algún mérito. Porque el nacimiento no depende de la voluntad de la mujer [menos aún, del nacido], ni la muerte del libre albedrío del que muere. Y lo que no depende de nuestra voluntad no puede ser llamado virtud ni vicio. Hay que entender esta afirmación, pues, del nacimiento y muerte oportunos.

Según mi entender, el nacimiento es a tiempo y no abortivo cuando, como dice Isaías, aquel que ha concebido del temor de Dios engendra su propia salvación con los dolores de parto del alma. Somos, en cierto modo, padres de nosotros mismos cuando, por la buena disposición de nuestro espíritu y por nuestro libre albedrío, nos formamos a nosotros mismos, nos engendramos, nos damos a luz.

Esto hacemos cuando aceptamos a Dios en nosotros, hechos hijos de Dios, hijos de la virtud, hijos del Altísimo. Por el contrario, nos damos a luz abortivamente y nos hacemos imperfectos y nacidos fuera de tiempo cuando no está formada en nosotros lo que el Apóstol llama la forma de Cristo. Conviene, por tanto, que el hombre de Dios sea íntegro y perfecto.

Así, pues, queda claro de qué manera nacemos a su tiempo; y, en el mismo sentido, queda claro también de qué manera morimos a su tiempo y de qué manera, para san Pablo, cualquier tiempo era oportuno para una buena muerte. Él, en efecto, en sus escritos, exclama a modo de conjuro: Por el orgullo que siento por vosotros, cada día estoy al borde de la muerte, y también: Por tu causa nos degüellan cada día. Y también nosotros nos hemos enfrentado con la muerte.

No se nos oculta, pues, en qué sentido Pablo estaba cada día al borde de la muerte: él nunca vivió para el pecado, mortificó siempre sus miembros carnales, llevó siempre en sí mismo la mortificación del cuerpo de Cristo, estuvo siempre crucificado con Cristo, no vivió nunca para sí mismo, sino que Cristo vivía en él. Ésta, a mi juicio, es la muerte oportuna, la que alcanza la vida verdadera.

Yo -dice el Señor- doy la muerte y la vida, para que estemos convencidos de que estar muertos al pecado y vivos en el espíritu es un verdadero don de Dios. Porque el oráculo divino nos asegura que es él quien, a través de la muerte, nos da la vida.

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ASÍS Y LA PAZ (I)
por José Luis Larrabe

Hacia la fraternidad universal

Son nuevos tiempos y nuevos horizontes en el espíritu de solidaridad universal, de pobreza y fraternidad, los que con Francisco de Asís nacieron, mejor dicho, renacieron desde el Evangelio, que para Francisco no era el libro de los cuatro Evangelios, sino el mismo Jesucristo que alcanzó plenamente al joven de Asís, como puede alcanzar al hombre de cualquier parte del mundo que se deje seducir por la persona de Jesús, su ejemplo de vida y su causa: causa de Dios y causa de los hombres, sobre todo de los más pobres, humildes y necesitados: en el fondo para eso ha nacido todo hombre; cuando Francisco llama hermanos a todos los seres creados por Dios, único Señor y Padre, está sentando las bases firmes de la paz y fraternidad que todos deseamos.

Su vida, impregnada del Evangelio

Unas pocas cosas, bien leídas y destacadas desde el Evangelio, entendido, eso sí, en forma urgente y absoluta, radical y existencial, dirigido al corazón mismo del joven Francisco, le bastaron para echar a andar: siempre el Evangelio fue para él desde ese momento, desde esa opción fundamental, punto de partida, camino y meta: desde que recibió la inspiración o revelación personal de que el Evangelio, solo y todo, tenía que ser la inspiración -y legislación, si hace falta- de la nueva forma de vida, ésta se iluminó totalmente para él y su fraternidad. Ahí está todo, o casi todo: lo demás es lo de menos y quizás no merezca la pena.

Acontecimiento Eclesial

Francisco fue -y es- un hombre carismático que brota en el seno mismo de la Iglesia, un acontecimiento eclesial: cuando brotan hombres como él, ojalá que no sólo él, uno se da cuenta de que la Iglesia no está dejada de la mano de Dios, de Jesucristo Resucitado y su Espíritu, Creador y dador de vida, único Dueño y Señor de todo (unus Dominus); los demás, todos, «administradores», ojalá que fieles a Él y a sus pobres.

Francisco ha sido un carismático con seguidores: padre, maestro, modelo de vida, no sólo para la fraternidad franciscana, sino también para la necesaria fraternidad eclesial y la del mundo entero, ojalá que convertido muy pronto en una sola y gran familia. Su vida ha sido y es enormemente beneficiosa para la Iglesia de ayer y de hoy, como epifanía de un máximum de mística y un mínimum de institución y estructuras, en todo caso al servicio del Evangelio y del hombre también éstas.

Humildad y sencillez

Francisco ha sido un profeta de Evangelio y vida, no agresivo en las formas, pero sí radical en su vivencia del Evangelio; no tanto por lo que dijo, sino por lo que fue e hizo (por este orden). Y ¿cuál fue este modo de ser suyo? Le pareció que la humildad, la amistad, la pobreza y la sencillez no son cosas distintas (como una constelación sin núcleo), sino que, en definitiva, son lo mismo: son el sustrato humano imprescindible previo al Evangelio, constitutivo interno y consecuencia primera de su vivencia en el corazón de los hombres, en la Sociedad y en la Iglesia, en todas y cada una de sus comunidades, pequeñas o grandes. No había en Francisco dicotomías entre naturaleza y gracia: nadie es agradable para Dios si no lo es para los demás; para él lo mismo era ser el Ministro General que hermano Francisco.

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