jueves, 20 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 21 DE ABRIL

 

SAN ANSELMO DE CANTERBURY (o de Aosta), obispo y doctor de la Iglesia. Nació el año 1033 en Aosta (Piamonte, Italia) de familia noble y rica. En su juventud quiso abrazar la vida monástica, pero no se lo permitió su padre. Estuvo viajando por varios países, hasta que llegó al monasterio benedictino de Bec, en Normandía (Francia), donde le cautivó la figura de Lanfranco de Pavía y en el que ingresó. Estudió, se ordenó de sacerdote y enseñó teología. En 1078 fue elegido abad y se consagró a la formación de los monjes en el camino de la Regla y en el servicio de Dios. Visitó Canterbury (Inglaterra), donde estaba de arzobispo Lanfranco de Pavía, y fue tal la impresión que dejó, que lo eligieron para sucederle en 1093. Al frente de su diócesis tuvo que padecer mucho por defender la libertad de la Iglesia en sus tirantes relaciones con los monarcas ingleses, sufriendo dos veces el destierro. Fue un teólogo eminente y su amplia producción literaria es importante para el desarrollo del pensamiento cristiano en siglos posteriores. Es el prototipo del creyente que busca entender su fe para dar razón de ella. Murió en su sede episcopal el 21 de abril de 1109.- Oración: Señor Dios, que has concedido a tu obispo san Anselmo el don de investigar y enseñar las profundidades de tu sabiduría, haz que nuestra fe ayude de tal modo a nuestro entendimiento, que lleguen a ser dulces a nuestro corazón las cosas que nos mandas creer. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN CONRADO DE PARZHAM. Nació en Parzham (Baviera, Alemania) el año 1818, en el seno de una familia labradora acomodada y piadosa. Fallecidos los padres, su numerosa prole siguió trabajando el campo y llevando una vida intensamente religiosa. Conrado, después de una juventud ejemplar, a los 33 años repartió sus bienes a los pobres y a la parroquia e ingresó en la Orden capuchina, en la que hizo su profesión como hermano lego el año 1852. Luego, durante más de cuarenta años ejerció el oficio de portero en el convento de Altötting (Baviera), célebre santuario mariano, donde murió el 21 de abril de 1894. En su humilde oficio ejerció un gran apostolado, supo armonizar laboriosidad y vida de oración, ayudó, edificó y confortó a cuantos se acercaban a la portería, en los que alimentaba el amor a Dios y la devoción a la Eucaristía y a la Virgen que él les profesaba desde niño.- Oración: Dios de bondad, que abriste las puertas de tu misericordia a los necesitados por medio de san Conrado, te rogamos nos concedas imitarle en el servicio a nuestros hermanos los hombres, y seguir el ejemplo de su sencillez. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



BEATO JUAN SAZIARI. Nació hacia 1327 en Cagli (Marcas, Italia), allí vivió y allí murió el 21 de abril de 1371. Fue un seglar de la diócesis de Pesaro, soltero, agricultor, que vistió el hábito de la Tercera Orden Franciscana con el deseo de seguir las enseñanzas y el ideal de vida del Poverello. Llevó una vida sencilla, cultivando con sus manos la parcela de tierra que poseía y dedicando el resto del tiempo a la oración y a las buenas obras. Dejó a sus conciudadanos un ejemplo extraordinario de santidad vivida en la modestia de la vida cotidiana. Fue muy apreciado por sus virtudes, y en la apreciación del pueblo el Señor, por intercesión de «Juanito», como lo llamaban cariñosamente, respondía a las oraciones de sus devotos concediendo gracias y milagros. Juan Pablo II, el 9 de diciembre de 1980, le concedió misa y oficio propios.

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San Anastasio el Sinaíta. Era natural de Palestina y abrazó la vida monástica en Jerusalén, pero luego, buscando una mayor soledad para la vida contemplativa, marchó al Monte Sinaí. Lo eligieron hegúmeno o abad, y gobernó santamente el monasterio hasta que murió hacia el año 700. Defendió incansablemente la fe ortodoxa contra las herejías de su tiempo, en particular la de los monofisitas, y escribió obras de apologética y de exégesis, así como sermones.

San Apolonio de Roma. Era senador romano, hombre culto y filósofo, y un criado suyo lo denunció por ser cristiano. En atención a su rango se le concedió que se defendiera a sí mismo ante el Senado. Compareció e hizo un elocuente discurso en el que defendió que sólo el Dios de los cristianos es verdadero Dios y que no lo son los dioses romanos, obra de manos humanas. También afirmó la superioridad de la moral de Jesús en relación con la del paganismo entonces reinante. Se le advirtió que si persistía en su religión sería condenado a muerte. Él se reafirmó en su fe y fue decapitado el año 185. Era emperador Cómodo, y Perennio prefecto de Roma.

San Aristo. Por lo que sabemos, era un sacerdote que fue martirizado en Alejandría de Egipto en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Maelrubio. Nació en Irlanda y abrazó la vida monástica en el monasterio de St. Comgall de Bangor. Luego pasó a Gran Bretaña y se instaló en Applecross (Escocia), donde fundó una iglesia y un monasterio en el que formó durante cincuenta años a misioneros que evangelizaron toda aquella región. Murió el año 722.

San Román Adame Rosales. Nació en Tocaltiche (Jalisco, México) el año 1859. Estudió en el seminario de Guadalajara y se ordenó de sacerdote en 1890. Ejerció el ministerio sacerdotal en distintas parroquias hasta que, en 1913, lo nombraron párroco de Nochistlán, archidiócesis de Guadalajara. Fue un sacerdote humilde, paciente, piadoso y sencillo, responsable en situaciones muy difíciles; ayudó a los enfermos y trató de educar a los niños. Cuando llegó la persecución contra la Iglesia, lo expulsaron, se refugió en un rancho y siguió ejerciendo su ministerio en clandestinidad, hasta que lo apresaron, lo tuvieron días atado a una columna sin pan ni agua, y el 21 de abril de 1927 lo fusilaron.

Beato Bartolomé Cervere. Nació en Savigliano (Piamonte, Italia) y de muy joven ingresó en la Orden de Predicadores, en la que profesó, estudió y fue ordenado de sacerdote. Fue profesor de la facultad de teología de Turín hasta que lo nombraron inquisidor de la fe para Piamonte y Liguria. Cuando en el ejercicio de sus funciones se dirigía a Cervere, cerca de Fossano, lo asaltaron en el camino unos valdenses que con sus lanzas y espadas lo asesinaron. Era el año 1466.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico :

Jesús resucitado dijo al escéptico Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto» (Jn 20,27-29).

Pensamiento franciscano :

Santa Clara escribió a santa Inés de Praga: «Si tan grande y tan importante Señor, al venir al seno de la Virgen, quiso aparecer en el mundo, despreciado, indigente y pobre, para que los hombres, paupérrimos e indigentes, se hicieran en Él ricos, saltad de gozo y alegraos porque, por haber preferido vos el desprecio del siglo a los honores, la pobreza a las riquezas temporales, y guardar los tesoros en el cielo antes que en la tierra, vuestra recompensa es copiosísima en los cielos, y habéis merecido ser llamada hermana, esposa y madre del Hijo del Altísimo Padre y de la gloriosa Virgen» (1CtaCl 19-24).

Orar con la Iglesia :

Dirijamos la oración a Dios nuestro Padre, para que la comunidad cristiana, confirmada en la fe, dé razón de su esperanza ante los hombres.

-Por todo el pueblo cristiano, para que con su vida manifieste la presencia de Cristo resucitado y la alegría de tenerle con nosotros.

-Por nuestra comunidad cristiana, para que sea asidua en la escucha de la Palabra, perseverante en la oración, constante en la caridad fraterna.

-Por los que sufren y se sienten abandonados, para que no se desanimen, sino que, por la fuerza de la fe y la solicitud de los hermanos, sientan la cercanía del Señor.

-Por los cristianos que dudan, los incrédulos que quisieran creer, los que buscan la verdad, para que, movidos por el Espíritu, lleguen a decir de corazón: «¡Señor mío y Dios mío!».

Oración: Dios, Padre nuestro, te pedimos que el Espíritu de tu Hijo resucitado nos haga vivir la bienaventuranza de creer cada vez más y mejor, aunque a veces dudemos o no seamos coherentes con la fe recibida. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SAN ANSELMO DE CANTERBURY
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 23-IX-2009

Monje de intensa vida espiritual, excelente educador de jóvenes, teólogo con una extraordinaria capacidad especulativa, sabio hombre de gobierno e intransigente defensor de la libertad de la Iglesia, san Anselmo es una de las personalidades eminentes de la Edad Media, que supo armonizar todas estas cualidades gracias a una profunda experiencia mística que guió siempre su pensamiento y su acción.

Nació en 1033 en Aosta, primogénito de una familia noble. Su padre era un hombre rudo, dado a los placeres y dilapidador de sus bienes; su madre era mujer de elevadas costumbres y de profunda religiosidad, y fue quien cuidó de la primera formación humana y religiosa de su hijo. A la edad de quince años pidió ser admitido en la Orden benedictina, pero su padre se opuso con toda su autoridad. Después de la muerte de su madre, Anselmo atravesó un período de disipación moral: descuidó los estudios y, arrastrado por las pasiones terrenas, se hizo sordo a la llamada de Dios. Se marchó de casa y comenzó a viajar por Francia en busca de nuevas experiencias. Después de tres años, al llegar a Normandía, se dirigió a la abadía benedictina de Bec, atraído por la fama de Lanfranco de Pavía, prior del monasterio. Para él fue un encuentro providencial y decisivo para el resto de su vida. Bajo la guía de Lanfranco, san Anselmo retomó con vigor sus estudios y en poco tiempo se convirtió no sólo en el alumno predilecto, sino también en el confidente del maestro. Su vocación monástica se volvió a despertar y a la edad de 27 años entró en la Orden y fue ordenado de sacerdote. La vida ascética y el estudio le abrieron nuevos horizontes, haciéndole encontrar de nuevo, en un grado mucho más alto, la familiaridad con Dios que había tenido de niño.

Cuando en 1063 Lanfranco se convirtió en abad de Caen, san Anselmo fue nombrado prior del monasterio de Bec, y en 1079 lo eligieron abad. Entretanto numerosos monjes habían sido llamados a Canterbury para llevar a los hermanos del otro lado del Canal de la Mancha la renovación que se estaba llevando a cabo en el continente, y Lanfranco de Pavía se convirtió en el nuevo arzobispo de Canterbury. Éste le pidió a san Anselmo que pasara cierto tiempo con él para instruir a los monjes y ayudarle en la difícil situación en que se encontraba su comunidad eclesial tras la invasión de los normandos. La permanencia de san Anselmo se reveló muy fructuosa y, a la muerte de Lanfranco, fue elegido para sucederle en la sede arzobispal de Canterbury.

San Anselmo se comprometió inmediatamente en una enérgica lucha por la libertad de la Iglesia, manteniendo con valentía la independencia del poder espiritual respecto del temporal. Defendió a la Iglesia de las indebidas injerencias, encontrando ánimo y apoyo en el Romano Pontífice, al que siempre mostró una valiente y cordial adhesión. Esta fidelidad le costó, en 1103, incluso la amargura del destierro de su sede de Canterbury. En 1106, san Anselmo pudo volver a Inglaterra y concluyó la larga lucha que libró con las armas de la perseverancia, la valentía y la bondad. Dedicó los últimos años de su vida sobre todo a la formación moral del clero y a la investigación intelectual sobre temas teológicos. Murió el 21 de abril de 1109.

«Dios, te lo ruego, quiero conocerte, quiero amarte y poder gozar de ti. Y si en esta vida no soy capaz de ello plenamente, que al menos cada día progrese hasta que llegue a la plenitud» (Proslogion, cap. 14). Esta oración permite comprender el alma mística de este gran santo, fundador de la teología escolástica, al que la tradición cristiana ha dado el título de «doctor magnífico», porque cultivó un intenso deseo de profundizar en los misterios divinos, pero plenamente consciente de que el camino de búsqueda de Dios nunca se termina, al menos en esta tierra. La claridad y el rigor lógico de su pensamiento tuvieron siempre como objetivo «elevar la mente a la contemplación de Dios». Afirma claramente que quien quiere hacer teología no puede contar sólo con su inteligencia, sino que debe cultivar al mismo tiempo una profunda experiencia de fe. Para quien quiera profundizar en ella, siguen siendo muy útiles también hoy sus célebres palabras: «No busco entender para creer, sino que creo para entender» (ib., 1).

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QUE TE CONOZCA Y TE AME
PARA QUE ENCUENTRE EN TI MI ALEGRÍA
Del libro "Proslogion" de san Anselmo (caps. 14, 16, 26)

¿Has encontrado, alma mía, lo que buscabas? Buscabas a Dios, y has encontrado que él está por encima de todas las cosas, que nada mejor que él se puede imaginar, y que él es la vida, la luz, la sabiduría, la bondad, la bienaventuranza eterna y la eternidad dichosa; él está por todas partes y siempre.

Señor Dios mío, creador y restaurador de mi ser, di a mi alma deseosa que eres otro del que ella ha visto para que vea limpiamente lo que desea. Intenta ver más, pero no ve nada más de lo que ha visto, sino tinieblas. En verdad no ve tinieblas, puesto que en ti no existen, pero ve que no puede ver más por sus propias tinieblas.

De verdad, Señor, que esta luz en la que habitas es inaccesible, pues no existe nadie que pueda penetrar esta luz para contemplarte. Yo no la veo, pues es excesiva para mí, y, sin embargo, todo lo que veo lo veo por ella, del mismo modo que el ojo débil, lo que ve, lo ve por la luz del sol, aunque no pueda mirarlo directamente.

¡Mi entendimiento no puede alcanzar esa luz!; es demasiado resplandeciente para comprenderla, y tampoco los ojos de mi alma soportan el mirarla por mucho tiempo. Su fulgor la deslumbra, su sublimidad la supera, su inmensidad la anonada, su amplitud la ofusca.

¡Oh luz suprema e inaccesible! ¡Oh verdad íntegra y feliz, qué lejos estás de mí que estoy tan cerca de ti! ¡Qué lejos estás de mi presencia, mientras yo siempre estoy en la tuya!

En todas partes estás presente e íntegra, y yo no te veo. Me muevo y existo en ti, y, sin embargo, no puedo alcanzarte. Estás dentro y alrededor de mí y no te siento.

Te ruego, Señor, que te conozca y te ame para que encuentre en ti mi alegría. Y si en esta vida no puedo alcanzar la plenitud, que al menos crezca de día en día hasta que llegue a aquella plenitud. Que en esta vida se haga más profundo mi conocimiento de ti, para que allí sea completo; que tu amor crezca en mí para que allí sea perfecto, y que mi alegría, grande en esperanza, sea completa en la posesión.

Señor, por medio de tu Hijo nos ordenas e incluso nos aconsejas que pidamos, y prometes que recibiremos, para que nuestro gozo sea perfecto. Yo te pido, Señor, como nos aconsejas por medio de nuestro admirable consejero, que reciba lo que prometes por tu fidelidad, para que mi gozo sea perfecto. Yo te pido, Dios veraz, que reciba, para que mi gozo sea perfecto.

Entre tanto, que esto sea lo que medite mi mente, proclame mi lengua, ame mi corazón y hable mi boca. Que sea el hambre de mi alma, y la sed de mi cuerpo: que todo mi ser lo desee, hasta que entre en el gozo del Señor, que es Dios trino y uno, bendito en todos los siglos. Amén.

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ESTOY UNIDO SIEMPRE CON DIOS, MI SUMO BIEN
De una carta de san Conrado de Parzham

Fue voluntad de Dios que abandonara todo lo más querido y grato; y le rindo gracias constantemente por haberme traído a la vida religiosa, en la que he encontrado tanta paz y felicidad, como jamás la había disfrutado en el mundo.

Mi forma de vida consiste principalmente en esto: amar y padecer, contemplando, adorando, admirando constantemente el inefable amor que Dios manifiesta hacia las criaturas más humildes. Y nunca se logra llegar al fondo de este amor de Dios.

Estoy unido siempre con Dios, mi sumo bien, y no hay cosa alguna que me pueda separar de él; digo más: cuanto mayores son las ocupaciones que tengo, tanto más se aumenta y siento en mí esta unión con Dios. Trato y hablo familiarmente con Dios como un hijo con su padre, redoblo mis súplicas y mis gemidos, y le manifiesto con filial confianza cuanto aflige y preocupa a mi espíritu. Y si alguna vez caigo en pecado, le pido perdón con gran humildad, diciéndole que quiero ser con él un hijo bueno y dócil, y que sólo deseo crecer en caridad, amándole más.

Cuando necesito ejercitarme en las virtudes de la mansedumbre y de la humildad, me basta fijar la vista y contemplar el crucifijo, que es mi libro. Y, así, una mirada a Jesús crucificado me es suficiente para saber afrontar todas las situaciones. De esta forma, me ejercito en la humildad, en la mansedumbre, en la paciencia, en una palabra, aprendo a llevar mi cruz: más aún, esa cruz se me vuelve dulce y su yugo suave.

Acepto con agradecimiento las alegrías y las penas como venidas de las manos del Padre celestial: porque él conoce mejor que nadie lo que más nos conviene. Por eso mismo, me alegro en el Señor, y sólo me duele no amarle como se merece. ¡Oh, si llegara a ser un serafín de amor! Ardientemente deseo que las criaturas me ayuden a amar a Dios sobre todas las cosas. Porque la caridad no acaba nunca.



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