domingo, 2 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 3 DE ABRIL

 

SAN RICARDO DE CHICHESTER. Nació en Wych (Droitwich), condado de Worcester (Inglaterra), hacia 1197. Estudió en Oxford, París y Bolonia. En 1235 volvió a Oxford y lo nombraron rector de la Universidad. Acompañó al arzobispo de Canterbury a Francia y lo asistió en su muerte. En seguida estudió teología y en 1242 se ordenó de sacerdote, después de lo cual volvió a su patria donde ejerció el apostolado parroquial. Tres años más tarde fue elegido obispo de Chichester; el rey Enrique III le impidió dos años tomar posesión de su sede. Fue asiduo en la predicación y en la visita pastoral, cuidó mucho la formación y la conducta del clero, fue atento a las necesidades de los fieles, lleno de comprensión y particularmente sensible a los sufrimientos de los enfermos y los ancianos, se volcó en obras de caridad para con los pobres. Luchó por el celibato del clero y la administración gratuita de los sacramentos, así como por la digna celebración de la misa. Murió en Dover el año 1253, cuando predicaba la cruzada. Fue canonizado por Urbano IV en 1262.




SAN LUIS SCROSOPPI. Nació en Údine (Italia) el año 1804. Siendo diácono colaboró ya con su hermano Carlos, del Oratorio, que era director de una casa que acogía a niñas abandonadas. Recibió la ordenación sacerdotal en 1827, y poco después quiso hacerse capuchino, atraído por el ideal de pobreza y fraternidad de san Francisco, pero no pudo porque su hermano Carlos lo necesitaba. En 1846 ingresó en el Oratorio de San Felipe Neri. Juan Pablo II, al beatificarlo, lo propuso como ejemplo luminoso y eficaz de vida cristiana a laicos, sacerdotes y religiosos, por haber logrado una síntesis equilibrada entre vida contemplativa y vida activa. Instituyó la Casa de las Abandonadas o Instituto de la Providencia y la Casa de la Providencia para la formación de las jóvenes, inició la Obra de las Sordomudas y fundó la congregación de las Hermanas de la Providencia. Además, en 1856 restableció la congregación del Oratorio, que había sido suprimida. Murió en Údine el 3 de abril de 1884. Fue canonizado por Juan Pablo II el año 2001.



BEATO GANDULFO DE BINASCO. Nació en Binasco (Milán) hacia el año 1200, de la familia Sacchi. Siendo joven y en vida de san Francisco, entró en la Orden de los Hermanos Menores. Ordenado de sacerdote, ejerció con gran celo y mucho fruto el ministerio de la predicación, primero en el norte de Italia y luego en Sicilia. Alternaba la actividad apostólica con la vida contemplativa, recorría pueblos y ciudades y pasaba temporadas retirado en una ermita. Se cuentan de él muchos milagros. Murió en Polizzi Generosa (Palermo) el 3 de abril de 1260.



BEATO JUAN DE PENNA. Nació hacia el año 1195 en Penna San Giovanni (Marcas), donde murió el 3 de abril de 1271 (ó 1275). Ordenado de sacerdote, se dedicó a la predicación y al apostolado de la caridad en el sur de Francia y en su tierra natal. El cap. 45 de las Florecillas lleva este título: "Cómo un hermano, por nombre Juan de la Penna, fue llamado por Dios a la Orden cuando aún era niño". En 1213, la predicación y el ejemplo de un compañero de san Francisco, Fr. Felipe, llevó a Juan a vestir el sayal franciscano. En 1217 fue enviado con otros compañeros a Provenza para hacer frente a la herejía albigense, restaurar la fe católica e implantar la Orden. Juan se consagró a la predicación y al cuidado de los leprosos y de otros enfermos. En 1242 regresó a Italia donde, con su carácter apacible y bondadoso, gobernó conventos y armonizó apostolado y contemplación.

María T Casini

María T CasiniBEATA MARÍA TERESA CASINI. Nació en Frascati (Italia) en 1864. Desde muy joven se propuso consagrar su vida a Dios. Alma contemplativa y apostólica, favorecida por experiencias místicas profundas, escuchó la llamada del Corazón de Jesús para hacer de su vida una ofrenda de oración en apoyo de los sacerdotes y de reparación de sus infidelidades. En 1885 ingresó en el monasterio de la Santísima Concepción, de las clarisas de Roma, pero en 1886 tuvo que dejarlo por problemas de salud. Recobrada ésta, emprendió nuevas iniciativas, como la apertura de una especie de seminario, y que desembocarían en la fundación de las Hermanas Oblatas del Sagrado Corazón de Jesús, con el fin de implorar dones de santidad para los sacerdotes, ayudarlos en su ministerio y suscitar nuevas vocaciones. Durante algún tiempo fueron de estricta clausura, pero luego se abrieron a realizaciones externas. El papa Francisco dijo de ella: "Mujer contemplativa y misionera, hizo de su vida una oblación de oración y de caridad concreta en sostén de los sacerdotes". Murió en Grottaferrata (Roma) el 3 de abril de 1937. Beatificada el 31-X-2015.

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Santos Cresto y Papo. Por lo que sabemos, sufrieron el martirio en Tomis (Escitia), junto al mar Negro, en el siglo IV.

San José el Himnógrafo. Nació en Sicilia el año 816; cuando se produjo la invasión árabe se refugió con su familia en Grecia. Abrazó la vida monástica en Macedonia y recibió la ordenación sacerdotal. Se trasladó a Constantinopla, y, a raíz de la contienda iconoclasta, lo enviaron a Roma para pedir ayuda al Papa. En el viaje cayó en manos de piratas árabes. Cuando lo liberaron, volvió a Constantinopla, pero poco después fue desterrado. A su regreso, el emperador le confió la custodia de la iglesia de Santa Sofía. Murió el año 886. Compuso himnos para la liturgia.

San Juan. Fue obispo de Nápoles (Italia). Durante la Vigilia Pascual del año 432, mientras celebraba los sagrados misterios, falleció. Fue enterrado, acompañado de multitud de fieles y neófitos, el día de la solemnidad de la Resurrección del Señor.

San Nicetas. Nació en Cesarea de Bitinia (Turquía) hacia el año 760. En su juventud ingresó en el monasterio de Medikion en el Monte Olimpo. Allí recibió la ordenación sacerdotal el 790, y en el 813 fue elegido abad. Cuando surgió la contienda iconoclasta, él se puso decididamente a favor del culto de las imágenes, por lo que fue desterrado por el emperador León el Armenio. Luego, éste lo llamó y consiguió que abrazara sus doctrinas heréticas. Ayudado por amigos, Nicetas comprendió que había dado un mal paso, y volvió a la ortodoxia, por lo que fue desterrado de nuevo. Cuando fue asesinado el emperador, Nicetas recobró la libertad y se retiró a un monasterio de Constantinopla, donde murió el año 824.

San Sixto I, papa, aproximadamente, del año 115 al año 125. Tenemos muy pocos datos seguros sobre su vida y actividad. Gobernó la Iglesia en tiempo del emperador Adriano. Se le atribuyen varias normas relativas al culto litúrgico.

San Ulpiano. Siendo todavía un adolescente, durante la persecución del emperador Maximino Daia, después de haber sido torturado, lo metieron en un saco con un perro y una serpiente venenosa, y lo arrojaron al mar. Sucedió esto en Tiro de Fenicia (Líbano) el año 306.

Beatos José Luciano Ezequiel Huerta Gutiérrez y José Salvador Huerta Gutiérrez. Durante la persecución religiosa mexicana, provocada por la Constitución promulgada en 1917, se encuentran numerosos cristianos que, por defender su fe y la libertad de la Iglesia, fueron martirizados. Entre ellos se encuentran los hermanos Huerta Gutiérrez, que fueron asesinados en el Panteón de Mezquitán de Guadalajara el 3 de abril de 1927. Los dos habían nacido en Magdalena (México), eran casados y padres de familia, fervientes católicos seglares, y habían ido a rendir homenaje al mártir beato José Anacleto González. Los detuvieron y torturaron por separado, y los ejecutaron a los dos juntos, que perdonaron a sus perseguidores y aclamaron a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe.

Beato Juan de Jesús y María Otazua. Sacerdote y religioso Trinitario, nació Rigoitia (Vizcaya) en 1895. Estuvo bastantes años en Madrid ocupándose del culto de la iglesia de San Ignacio de Loyola, y cuando ésta fue incendiada, marchó al Santuario de la Virgen de la Cabeza (Jaén), cuya comunidad fue expulsada el 28-VII-1936; encontró acogida en casa del Duque de la Quintanilla. Poco después lo metieron en la cárcel de Andújar, donde pidió que lo llevaran al departamento de los condenados a muerte, para ayudarlos a bien morir. Un tribunal lo condenó a 20 años de prisión, pero la madrugada del 3-IV-1937 lo fusilaron en Mancha Real (Jaén).

Beato Pedro Eduardo Dankowski. Sacerdote diocesano polaco que nació en 1908. De joven ingresó en el seminario de Cracovia y recibió la ordenación sacerdotal en 1931. Ejerció su ministerio en varias parroquias. Declarada la guerra, ayudó a las familias que huían a las montañas. Fue arrestado por los nazis en mayo de 1941 y, después de pasar por varias cárceles, lo internaron en el campo de exterminio de Oswiecim o Auschwitz, cerca de Cracovia (Polonia), donde enfermó a causa de los malos tratos recibidos, que le llevaron a la muerte en 1942.

Beatos Roberto Middleton y Thurston Hunt. Roberto nació en Yorkshire hacia 1569 de familia protestante y en su juventud llegó a la fe católica. Estudio en Douai (Francia), se ordenó de sacerdote en Roma y después ingresó en la Compañía de Jesús. Thurston era natural de Carlton Hale, estudió en Reims (Francia) y recibió la ordenación sacerdotal en 1585. Roberto, al año siguiente de volver a Inglaterra, fue detenido, y, cuando lo llevaban a Lancanter, un grupo de católicos, entre ellos Thurston, quiso liberarlo, pero la operación salió mal. A Roberto y Thurston los encerraron en Londres y luego los trasladaron a Lancaster, donde fueron ahorcados y, aún vivos, descuartizados en 1601.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«Era la hora tercia cuando crucificaron a Jesús y con él a dos bandidos. A la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí, Eloí, lemá sabactaní, (que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"). Después, Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios"» (cf. Mc 15,25-39)

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su primera Regla: Los hermanos muestren por las obras el amor que se tienen mutuamente, como dice el Apóstol: No amemos de palabra y de boca, sino de obra y de verdad. Y a nadie difamen. No murmuren, no denigren a otros. Y sean modestos, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres. No juzguen, no condenen. Y, como dice el Señor, no consideren los pecados mínimos de los otros; al contrario, recapaciten más bien en los suyos propios con amargura de su alma (cf. 1 R 1,6-12).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Jesús, el Señor, que santificó por su propia sangre al pueblo, y digámosle llenos de confianza: Compadécete, oh Cristo, de nosotros.

-Redentor nuestro, por tu pasión, ayúdanos en nuestra lucha contra el mal y fortalece nuestra esperanza, para que podamos celebrar tu resurrección.

-Haz que los cristianos anunciemos al mundo tu Evangelio, dando testimonio de él por nuestra fe, esperanza y caridad.

-Conforta, Señor, a los que sufren o están tristes, y danos a nosotros la voluntad firme de consolar a nuestros hermanos.

-Haz que tus fieles aprendamos a participar en tu pasión con los propios sufrimientos, para que nuestras vidas manifiesten tu salvación a los hombres.

Oración: Perdona, Señor Jesús, las culpas de tu pueblo, y que tu amor y tu bondad nos libren del poder del pecado, al que nos ha sometido nuestra debilidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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«ESTE HOMBRE ERA HIJO DE DIOS»
Benedicto XVI, Discurso al final del Vía Crucis
(Coliseo, Roma, 10 de abril de 2009)

Queridos hermanos y hermanas:

Al terminar el relato dramático de la Pasión, anota el evangelista san Marcos: «El centurión que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: "Realmente este hombre era Hijo de Dios"» (Mc 15,39). No deja de sorprendernos la profesión de fe de este soldado romano, que había asistido al desarrollo de las diferentes fases de la crucifixión. Cuando la oscuridad de la noche estaba por caer sobre aquel Viernes único de la historia, cuando el sacrificio de la cruz ya se había consumado y los que estaban allí se apresuraban para poder celebrar la Pascua judía a tenor de lo prescrito, las breves palabras oídas de labios de un comandante anónimo de la tropa romana resuenan en el silencio ante aquella muerte tan singular. Este oficial de la tropa romana, que había asistido a la ejecución de uno de tantos condenados a la pena capital, supo reconocer en aquel Hombre crucificado al Hijo de Dios, que expiraba en el más humillante abandono. Su fin ignominioso habría debido marcar el triunfo definitivo del odio y de la muerte sobre el amor y la vida. Pero no fue así. En el Gólgota se erguía la Cruz, de la que colgaba un hombre ya muerto, pero aquel Hombre era el «Hijo de Dios», como confesó el centurión «al ver cómo había expirado», en palabras del evangelista.

La profesión de fe de este soldado se repite cada vez que volvemos a escuchar el relato de la pasión según san Marcos. También nosotros esta noche, como él, nos detenemos a contemplar el rostro exánime del Crucificado. Hemos revivido el episodio trágico de un Hombre único en la historia de todos los tiempos, que ha cambiado el mundo no abatiendo a otros, sino dejando que lo mataran clavado en una cruz. Este Hombre, uno de nosotros, que mientras lo están asesinando perdona a sus verdugos, es el «Hijo de Dios» que, como nos recuerda el apóstol Pablo, «no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo... se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6-8).

La pasión dolorosa del Señor Jesús suscita necesariamente piedad hasta en los corazones más duros, ya que es el culmen de la revelación del amor de Dios por cada uno de nosotros. Observa san Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3,16). Cristo murió en la cruz por amor. A lo largo de los milenios, muchedumbres de hombres y mujeres han quedado seducidos por este misterio y le han seguido, haciendo al mismo tiempo de su vida un don a los hermanos, como Él y gracias a su ayuda. Son los santos y los mártires, muchos de los cuales nos son desconocidos. También en nuestro tiempo, cuántas personas, en el silencio de su existencia cotidiana, unen sus padecimientos a los del Crucificado y se convierten en apóstoles de una auténtica renovación espiritual y social. ¿Qué sería del hombre sin Cristo? San Agustín señala: «Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si Él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si Él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si Él no hubiera venido» (Sermón, 185,1). Entonces, ¿por qué no acogerlo en nuestra vida?

Detengámonos esta noche contemplando su rostro desfigurado: es el rostro del Varón de dolores, que ha cargado sobre sí todas nuestras angustias mortales. Su rostro se refleja en el de cada persona humillada y ofendida, enferma o que sufre, sola, abandonada y despreciada. Al derramar su sangre, Él nos ha rescatado de la esclavitud de la muerte, ha roto la soledad de nuestras lágrimas, y ha entrado en todas nuestras penas y en todas nuestras inquietudes.

Hermanos y hermanas, mientras se yergue la Cruz sobre el Gólgota, la mirada de nuestra fe se proyecta hacia el amanecer del Día nuevo y gustamos ya el gozo y el fulgor de la Pascua. «Si hemos muerto con Cristo -escribe san Pablo-, creemos que también viviremos con Él» (Rm 6,8). Con esta certeza, continuamos nuestro camino. Mañana, Sábado Santo, velaremos en oración. Pero ya ahora oremos con María, la Virgen Dolorosa, oremos con todos los adolorados.

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QUE LA CRUZ SEA TU GOZO
TAMBIÉN EN TIEMPO DE PERSECUCIÓN
San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 13,1.3.6.23

Cualquier acción de Cristo es motivo de gloria para la Iglesia universal; pero el máximo motivo de gloria es la cruz. Así lo expresa con acierto Pablo, que tan bien sabía de ello: Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Cristo.

Fue, ciertamente, digno de admiración el hecho de que el ciego de nacimiento recobrara la vista en Siloé; pero, ¿en qué benefició esto a todos los ciegos del mundo? Fue algo grande y preternatural la resurrección de Lázaro, cuatro días después de muerto; pero este beneficio lo afectó a él únicamente, pues, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo estaban muertos por el pecado? Fue cosa admirable el que cinco panes, como una fuente inextinguible, bastaran para alimentar a cinco mil hombres; pero, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo se hallaban atormentados por el hambre de la ignorancia? Fue maravilloso el hecho de que fuera liberada aquella mujer a la que Satanás tenía ligada por la enfermedad desde hacía dieciocho años; pero, ¿de qué nos sirvió a nosotros, que estábamos ligados con las cadenas de nuestros pecados?

En cambio, el triunfo de la cruz iluminó a todos los que padecían la ceguera del pecado, nos liberó a todos de las ataduras del pecado, redimió a todos los hombres.

Por consiguiente, no hemos de avergonzarnos de la cruz del Salvador, sino más bien gloriarnos de ella. Porque el mensaje de la cruz es escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, mas para nosotros salvación. Para los que, están en vías de perdición es necedad, mas para nosotros, que estamos en vías de salvación, es fuerza de Dios. Porque el que moría por nosotros no era un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre.

En otro tiempo, aquel cordero sacrificado por orden de Moisés alejaba al exterminador; con mucha más razón, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo nos librará del pecado. Si la sangre de una oveja irracional fue signo de salvación, ¿cuánto más salvadora no será la sangre del Unigénito?

Él no perdió la vida coaccionado ni fue muerto a la fuerza, sino voluntariamente. Oye lo que dice: Soy libre para dar mi vida y libre para volverla a tomar. Tengo poder para entregar mi vida y tengo poder para recuperarla. Fue, pues, a la pasión por su libre determinación, contento con la gran obra que iba a realizar, consciente del triunfo que iba a obtener, gozoso por la salvación de los hombres; al no rechazar la cruz, daba la salvación al mundo. El que sufría no era un hombre vil, sino el Dios humanado, que luchaba por el premio de su obediencia.

Por lo tanto, que la cruz sea tu gozo no sólo en tiempo de paz; también en tiempo de persecución has de tener la misma confianza, de lo contrario, serías amigo de Jesús en tiempo de paz y enemigo suyo en tiempo de guerra. Ahora recibes el perdón de tus pecados y las gracias que te otorga la munificencia de tu rey; cuando sobrevenga la lucha, pelea denodadamente por tu rey.

Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado por ti; y tú, ¿no te crucificarás por él, que fue clavado en la cruz por amor a ti? No eres tú quien le haces un favor a él, ya que tú has recibido primero; lo que haces es devolverle el favor, saldando la deuda que tienes con aquel que por ti fue crucificado en el Gólgota.

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¡FRANCISCO, ENSÉÑANOS A ORAR!
Respuesta al Amor
por Francesco Saverio Toppi, OFMCap

San Francisco es el «Seráfico» por antonomasia, porque de un modo singular sintió el Amor de Dios y trató de responderle con todas las fuerzas de su ser. «No podía oír la expresión "amor de Dios" sin experimentar un profundo estremecimiento..., pues inmediatamente vibraba, se conmovía, se inflamaba, como si hasta la fibra más recóndita de su corazón hubiera sido pulsada al sonido de aquellas palabras... Mucho debemos amar, decía, al Amor de Aquel que tanto nos amó» (2 Cel 196).

Es del todo singular la paráfrasis del primer mandamiento que cierra, con un final rebosante de entusiasmo y de alabanza, la Regla primitiva. Invitamos a leerla, a meditarla, reflexionando de modo particular sobre la exigencia, siempre presente, de responder al Amor de Dios con un amor «de obras y de verdad» (1 R 11,6).

A propósito de esto, tal vez no se pueda individuar una categoría más conforme a la realidad histórica, para describir y definir la espiritualidad de san Francisco, que la de «Respuesta al Amor».

Para el Seráfico Pobrecillo, la virtud, todo ejercicio de virtud tiene un sentido único, un motivo único determinante: ¡responder al Amor!

Y Francisco descubre el Amor de Dios, lo contempla, en el misterio de Cristo, en quien «se hizo visible la bondad de Dios y su amor por los hombres» (Tito 3,4).

En Cristo él busca y encuentra sobre todo el amor; a Cristo quiere darle una sincera y operante respuesta de amor.

El tema es cautivador e inagotable. Señalemos sólo a grandes trazos los puntos más destacados de la contemplación del misterio de Cristo en Francisco. Escribe su primer biógrafo: «La suprema aspiración, el deseo más vehemente y el propósito más eficaz de nuestro bienaventurado Francisco era guardar en todo y por todo el santo Evangelio, y seguir e imitar con toda perfección y solícita vigilancia, con todo empeño, con todo el ímpetu de su mente y fervor de su corazón, las huellas y la doctrina de nuestro Señor Jesucristo. Con asidua meditación recordaba sus divinas palabras y con sagaz penetración consideraba sus obras. Pero lo que ocupaba más de continuo su pensamiento, y tanto que apenas podía pensar en otra cosa, era la humildad de la Encarnación y el amor de la Pasión de Cristo» (1 Cel 84).

El pesebre reconstruido en Greccio y las llagas recibidas en el monte Alverna constituyen las expresiones culminantes, emblemáticas del modo cómo san Francisco contempló y revivió estos dos aspectos del misterio de Cristo, estos dos momentos de la benevolencia amorosa de Cristo hacia los hombres.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, n. 19 (1978) 36-37]

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