miércoles, 19 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 20 DE ABRIL

 

SANTA INÉS SEGNI DE MONTEPULCIANO. Nació cerca de Montepulciano (Toscana, Italia) en la segunda mitad del siglo XIII de familia noble. Su trayectoria es sorprendente y se sale de lo habitual. A los 9 años ingresó en el monasterio de las monjas penitentes «del Saco», así llamadas por su vestido. Cinco años después acompañó a la maestra de novicias a Proceno, junto a Viterbo, para fundar un monasterio del que al año siguiente, con 15 años, fue elegida superiora. Sus cualidades y su santidad, su piedad, ternura e infancia espiritual, sin que le faltaran sufrimientos e incomprensiones, llamaron la atención de todos. En 1306 volvió a Montepulciano como superiora del nuevo monasterio allí construido. Pasados unos años, la comunidad adoptó las Constituciones de las monjas dominicas y se puso bajo la dirección de los frailes predicadores. En sus últimos años Inés sobrellevó con gran paciencia los dolores de una enfermedad del aparato digestivo, y murió el 20 de abril de 1317.- Oración: Oh Dios, que enriqueciste a tu esposa Santa Inés con un admirable fervor en la oración; concédenos que, a imitación suya, teniendo siempre en ti nuestro corazón, podamos conseguir el fruto excelente de sentirnos hijos tuyos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



BEATO ANASTASIO PANKIEWICZ (de pila, Santiago). Nació en Nagórzany (Polonia) el año 1882. Entró en la Orden franciscana en 1900, y en 1906 recibió la ordenación sacerdotal. Fue guardián de varios conventos, en los que destacó por su buen hacer y su celo apostólico. Organizó el centro pastoral y escolar del barrio Doly en la ciudad industrial de Lodz, y fundó la congregación de Hermanas Antonianas de Cristo Rey. También se dedicó a la formación de sus frailes y fue capellán militar en la I Guerra Mundial. El 10 de octubre de 1941 lo arrestaron los nazis y lo deportaron al campo de concentración de Dachau. Asignado al «reparto de inválidos», murió por los malos tratos recibidos en la carretera que conduce al crematorio de Hartheim, cerca de Linz (Austria), el 20 de abril (o de mayo) de 1942; después incineraron su cuerpo y esparcieron las cenizas. Antes, consciente de la inminencia de su muerte, se confesó y luego dijo a un amigo: «Estoy tranquilo y listo para morir». Es uno de los Mártires de la II Guerra Mundial beatificados por Juan Pablo II en 1999.


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San Anastasio de Antioquía. Fue monje en el monasterio del Monte Sinaí. El año 599 lo eligieron obispo de Antioquía de Siria (en la actual Turquía). El 609 fue martirizado, mutilado y quemado, víctima del motín organizado por los judíos contra las conversiones forzadas por el emperador Focas.

San Aniceto, papa del año 155 al año 166. Era originario de Emesa en Siria. Sucedió a san Pío I, y le sucedió san Sotero. Durante su pontificado tuvo que afrontar la herejía de Marción. Recibió fraternalmente como huésped insigne a san Policarpo, obispo de Esmirna, para dialogar sobre la fecha de la Pascua, que en Occidente se celebra siempre en domingo, mientras que en Oriente se celebra en cualquier día de la semana, dependiendo del calendario que siga cada Iglesia. No llegaron a un acuerdo, pero se separaron en paz y comunión. Alguna tradición dice que murió mártir, supuesto que no recoge el nuevo Martirologio.

Santa Heliena. Nació en Laurino (Campania, Italia), y siendo aún muy joven se dedicó a la vida eremítica en una gruta del Monte Pruno, consagrada a la oración y a la penitencia, a la vez que atendía a los monjes de un monasterio vecino y a los pobres del lugar. Murió en plena juventud en un año desconocido del siglo VII.

San Marcelino de Embrun. Fue un sacerdote procedente del norte de África que, con otros compañeros, evangelizó la región de los Alpes Marítimos en el sureste de Francia. San Eusebio de Vercelli lo ordenó obispo de Embrun. Lo persiguieron los arrianos y tuvo que refugiarse en los Alpes, desde donde acudía a atender a sus feligreses. Murió el año 374.

San Marciano. De él sabemos que fue monje en Auxerre (Francia) y que murió el año 488.

San Secundino. Sufrió el martirio en Córdoba (España) en el siglo IV.

Santos Sulpicio y Serviciano. Sufrieron el martirio en Roma y fueron enterrados en el segundo miliario de la vía Latina, en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Teodoro. Se le llamaba «Triquinas», «El Peludo», por la áspera túnica de pelos largos con que se vestía. Era de Constantinopla y abrazó en su juventud la vida solitaria retirándose a un monasterio. Murió en el siglo V.

San Vihón. Nació en Frisia y era abad cuando Carlomagno, en la dieta de Paderborn del año 777, le encargó, junto con otros sacerdotes, la evangelización de los sajones. Después se le confió como obispo la nueva diócesis de Osnabrück, en Sajonia (Alemania). Sufrió mucho por Cristo y murió el año 804.

Beato Antonio Page. Sacerdote secular nacido en Harrow (Inglaterra), hombre pacífico y honrado, que recibió la ordenación sacerdotal en Reims (Francia) el año 1591. Volvió a su tierra y estuvo trabajando pastoralmente entre grandes riesgos y con mucha precaución en Yorkshire, hasta que lo arrestaron y condenaron por ser sacerdote. Tras sufrir crueles suplicios, lo ejecutaron en York (Inglaterra) el año 1593, durante el reinado de Isabel I.

Beata Clara Bosatta. Nació en Pianello Lario (Como, Italia) el año 1858, y murió allí mismo en 1887. Tras algunas experiencias de vida religiosa que no cuajaron, y de una vida de entrega a los pobres, niños y ancianos, el encuentro con el beato Luis Guanella le dio la orientación definitiva de su vida. Formó parte del grupo fundador de la Pequeña Casa de la Divina Providencia de Como, promovida por Don Guanella. En 1886 marchó a Como para atender a las ancianas desamparadas y a las obreras jóvenes, pero, al enfermar de tisis, la devolvieron a su pueblo natal.

Beato Domingo Ciriaco Domínguez, Marista. Nació en Villoria de Órbigo (León) en 1911. Emitió sus primeros votos en 1928. Lo destinaron al colegio San José de la calle Fuencarral de Madrid. Tenía cualidades para la enseñanza y consiguió ser un excelente profesor. Al estallar la persecución religiosa, se refugió en casa de unos familiares que tenían un puesto de verduras, donde trabajó como dependiente. Le tocó hacer el servicio militar en Valencia, y el 20 de abril de 1937, cuando se presentó a recoger el salvoconducto que le permitiera viajar, fue reconocido y denunciado por un exalumno del colegio; lo internaron en el colegio San José, convertido en checa, de la que ya no salió. Beatificado el 13-X-2013.

Beato Domingo Vernagalli. Nació en Pisa el año 1180, y era ya sacerdote cuando decidió abrazar la vida eremítica ingresando en la Orden Camaldulense. Fundó un hospicio para niños expósitos y se dedicó a su cuidado. Murió en su ciudad natal el año 1218.

Beatos Francisco Page y Roberto Watkinson. Francisco nació en Amberes (Bélgica) de padres protestantes. Estudió leyes en Londres y empezó el ejercicio de su profesión. Se enamoró de una joven católica, que lo aceptaba si se hacía católico. Aceptó y acudió para su formación a un jesuita. Francisco se convirtió y optó por el sacerdocio. Estudió en el colegio inglés de Douai (Francia) y recibió la ordenación sacerdotal. Volvió a Inglaterra y, a la espera de ingresar en el noviciado de los jesuitas en Flandes, ejerció el ministerio dos años en Londres, hasta que lo detuvieron; estando en la cárcel profesó en la Compañía de Jesús. Roberto nació de padres católicos en el condado de York (Inglaterra). Hizo los estudios eclesiásticos en Douai y Roma y se ordenó de sacerdote en Arras. Volvió a su patria, pero fue inmediatamente arrestado. Los dos fueron condenados por ser sacerdotes ordenados en el extranjero, ahorcados y descuartizados en la plaza Tyburn de Londres en 1602.

Beato Gerardo de Salis. Fue un canónigo pobre y después un ermitaño aún más pobre. Llevó una vida austera de piedad y penitencia. Con su fervor inflamó a muchos en el amor de Dios, atrayéndolos a la vida eremítica. Fundó numerosas casas de canónigos regulares. Murió el año 1120 en el monasterio de Châteliers, en territorio de Poitiers (Francia).

Beato Mauricio MacKenraghty. Sacerdote irlandés que, por la sospecha de ser tal, estuvo dos años encarcelado, en los que, con licencia del carcelero, salía para ejercer su ministerio, hasta que fue descubierto y se hizo manifiesta su condición de sacerdote. Se le ofreció la libertad si se hacía anglicano y reconocía la autoridad soberana de la reina Isabel I incluso en el ámbito religioso, pero él permaneció fiel a su fe católica, por lo que fue ahorcado en Clonmel (Irlanda) el año 1585.

Beatos Ricardo Sargeant y Guillermo Thomson. Sacerdotes ingleses. Ricardo nació en Gloucestershire y cursó la carrera eclesiástica en Reims (Francia); ordenado de sacerdote, regresó a su patria y estuvo dos años ejerciendo su ministerio en Londres, hasta que fue arrestado y encarcelado. Guillermo nació en Blackburn, en el Lancashire, también estudió en Reims y, cuando ordenado de sacerdote volvió a Inglaterra, fue acogido por santa Ana Line, verdadera madre y protectora de los sacerdotes. Lo detuvieron cuando llevaba dos años de apostolado clandestino. A los dos los condenaron porque, siendo sacerdotes católicos ordenados en el extranjero, habían entrado en el país y allí se habían establecido. Los ahorcaron y descuartizaron en la plaza Tyburn de Londres el año 1584.

Beatos Santiago Bell y Juan Finch. Santiago era un sacerdote secular inglés que, después de veinte años pasados en la apostasía, volvió a la Iglesia Católica y se convirtió en padre de los pobres; traicionado por un espía, fue detenido. Juan era un católico seglar, casado y padre de familia, agricultor y catequista, que llevaba a los sacerdotes de una casa a otra y de un pueblo a otro, les ayudaba en su tarea y participaba en la celebración de la misa. Por ello sufrió dura cárcel muchos años, sufriendo hambre y otros suplicios. Los dos fueron ejecutados en Lancaster durante el reinado de Isabel I, el año 1584.

Beato Simón Rinalducci. Nació en Todi (Italia) a finales del siglo XIII. En su juventud ingresó en la Orden de Ermitaños de San Agustín, en la que profesó y se ordenó de sacerdote. Ejerció un amplio apostolado entre la juventud estudiantil de Bolonia y con su predicación fervorosa y su ejemplo edificó al pueblo. Soportó humildemente y en silencio las falsas acusaciones de que fue objeto. Ejerció cargos de autoridad en su Orden. Murió en Bolonia el año 1322.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico :

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, dicho esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,19-21).

Pensamiento franciscano :

Dice san Francisco en su Admonición sobre la paz: «Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). Son verdaderamente pacíficos aquellos que, con todo lo que padecen en este siglo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, conservan la paz en el alma y en el cuerpo» (Adm 15).

Orar con la Iglesia :

Dirijamos al Padre nuestras súplicas, por medio de Jesucristo el Señor, que vive siempre e intercede por nosotros.

-Para que el Señor Jesús, Salvador del mundo, dé su paz a la Iglesia y la haga testigo fiel y creíble de su resurrección.

-Para que los gobernantes busquen ante todo la justicia y la paz.

-Para que los que buscan la fe, sean iluminados por la luz de Cristo resucitado y por el ejemplo de los hermanos.

-Para que Jesús, el Señor, vencedor de la muerte, nos confirme a nosotros en la paz que dio a sus discípulos y en la misión de dar testimonio de su resurrección.

Oración: Padre todopoderoso, te suplicamos que acojas benigno las oraciones que te presenta tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

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EL AMOR MISERICORDIOSO DE DIOS Y LA PAZ
Benedicto XVI, del Regina Caeli
de los días 15 de abril de 2007 y 19 de abril de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo concluye la semana o, más precisamente, la «octava» de Pascua, que la liturgia considera como un único día: «Este es el día en que actuó el Señor». No es un tiempo cronológico, sino espiritual, que Dios abrió en el entramado de los días cuando resucitó a Cristo de entre los muertos. El Espíritu Creador, al infundir la vida nueva y eterna en el cuerpo sepultado de Jesús de Nazaret, llevó a la perfección la obra de la creación, dando origen a una «primicia»: primicia de una humanidad nueva que es, al mismo tiempo, primicia de un nuevo mundo y de una nueva era.

Esta renovación del mundo se puede resumir en una frase: la que Jesús resucitado pronunció como saludo y sobre todo como anuncio de su victoria a los discípulos: «Paz a vosotros». La paz es el don que Cristo ha dejado a sus amigos como bendición destinada a todos los hombres y a todos los pueblos. No la paz según la mentalidad del «mundo», como equilibrio de fuerzas, sino una realidad nueva, fruto del amor de Dios, de su misericordia. Es la paz que Jesucristo adquirió al precio de su sangre y que comunica a los que confían en él. «Jesús, confío en ti»: en estas palabras se resume la fe del cristiano, que es fe en la omnipotencia del amor misericordioso de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, a la vez que os agradezco vuestra cercanía espiritual con ocasión de mi cumpleaños y del aniversario de mi elección como Sucesor de Pedro, os encomiendo a todos a María, Madre de misericordia, Madre de Jesús, que es la encarnación de la Misericordia divina. Con su ayuda, dejémonos renovar por el Espíritu, para cooperar en la obra de paz que Dios está realizando en el mundo y que no hace ruido, sino que actúa en los innumerables gestos de caridad de todos sus hijos.

La comunión de los primeros cristianos tenía como verdadero centro y fundamento a Cristo resucitado. En efecto, el Evangelio narra que, en el momento de la Pasión, cuando el Maestro divino fue arrestado y condenado a muerte, los discípulos se dispersaron. Sólo María y las mujeres, con el apóstol san Juan, permanecieron juntos y lo siguieron hasta el Calvario. Una vez resucitado, Jesús dio a los suyos una nueva unidad, más fuerte que antes, invencible, porque no se fundaba en los recursos humanos sino en la misericordia divina, gracias a la cual todos se sentían amados y perdonados por él.

Por tanto, es el amor misericordioso de Dios el que une firmemente, hoy como ayer, a la Iglesia y hace de la humanidad una sola familia; el amor divino, que mediante Jesús crucificado y resucitado nos perdona los pecados y nos renueva interiormente. Animado por esta íntima convicción, mi amado predecesor Juan Pablo II quiso dedicar este domingo, el segundo de Pascua, a la Misericordia divina, e indicó a todos a Cristo resucitado como fuente de confianza y de esperanza, acogiendo el mensaje espiritual que el Señor transmitió a Faustina Kowalska, sintetizado en la invocación: «Jesús, en ti confío».

Como sucedió con la primera comunidad, María nos acompaña en la vida de cada día. Nosotros la invocamos como «Reina del cielo», sabiendo que su realeza es como la de su Hijo: toda amor, y amor misericordioso. Os pido que le encomendéis a ella mi servicio a la Iglesia, a la vez que con confianza le decimos: Mater misericordiae, ora pro nobis.

[Después del Regina caeli] Saludo con afecto... En este segundo domingo de Pascua, dedicado a la Divina Misericordia, invoquemos a la santísima Virgen María para que nos alcance la gracia de reconocer a Cristo resucitado como la fuente de toda esperanza, que sigue actuando su misericordia en los sacramentos, especialmente en el de la Reconciliación, y en la acción caritativa de la Iglesia.

El siervo de Dios Juan Pablo II nos recordó a todos el mensaje de Cristo misericordioso, revelado a santa Faustina. Nos exhortó a llevarlo al mundo entero. Ante el mal, que en los corazones humanos siembra tanta desolación, es una tarea más actual que nunca. Esforcémonos por ser testigos del amor misericordioso de Dios.

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CRISTO TRANSFORMARÁ NUESTRO CUERPO HUMILDE
San Anastasio de Antioquía,
Sermón 5 sobre la resurrección de Cristo (6-7.9)

Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos. Pero, no obstante, Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Los muertos, por tanto, que tienen como Señor al que volvió a la vida, ya no están muertos, sino que viven, y la vida los penetra hasta tal punto que viven sin temer ya a la muerte.

Como Cristo que, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, así ellos también, liberados de la corrupción, no conocerán ya la muerte y participarán de la resurrección de Cristo, como Cristo participó de nuestra muerte.

Cristo, en efecto, no descendió a la tierra sino para destrozar las puertas de bronce y quebrar los cerrojos de hierro, que, desde antiguo, aprisionaban al hombre, y para librar nuestras vidas de la corrupción y atraernos hacia él, trasladándonos de la esclavitud a la libertad.

Si este plan de salvación no lo contemplamos aún totalmente realizado -pues los hombres continúan muriendo, y sus cuerpos continúan corrompiéndose en los sepulcros-, que nadie vea en ello un obstáculo para la fe. Que piense más bien cómo hemos recibido ya las primicias de los bienes que hemos mencionado y cómo poseemos ya la prenda de nuestra ascensión a lo más alto de los cielos, pues estamos ya sentados en el trono de Dios, junto con aquel que, como afirma san Pablo, nos ha llevado consigo a las alturas; escuchad, si no, lo que dice el Apóstol: Nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él.

Llegaremos a la consumación cuando llegue el tiempo prefijado por el Padre, cuando, dejando de ser niños, alcancemos la medida del hombre perfecto. Así le agradó al Padre de los siglos, que lo determinó de esta forma para que no volviéramos a recaer en la insensatez infantil, y no se perdieran de nuevo sus dones.

Siendo así que el cuerpo del Señor resucitó de una manera espiritual, ¿será necesario insistir en que, como afirma san Pablo de los otros cuerpos, se siembra un cuerpo animal, pero resucita un cuerpo espiritual, es decir, transfigurado como el de Jesucristo, que nos ha precedido con su gloriosa transfiguración?

El Apóstol, en efecto, bien enterado de esta materia, nos enseña cuál sea el futuro de toda la humanidad, gracias a Cristo, el cual transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso.

Si, pues, esta transfiguración consiste en que el cuerpo se torna espiritual, y este cuerpo es semejante al cuerpo glorioso de Cristo, que resucitó con un cuerpo espiritual, todo ello no significa sino que el cuerpo, que fue sembrado en condición humilde, será transformado en cuerpo glorioso.

Por esta razón, cuando Cristo elevó hasta el Padre las primicias de nuestra naturaleza, elevó ya a las alturas a todo el universo, como él mismo lo había prometido al decir: Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.

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FRANCISCO, HOMBRE PACÍFICO Y PACIFICADOR
Del discurso de Juan Pablo II a una peregrinación (2-X-86)

La vida y la personalidad del Pobrecillo de Asís son extraordinariamente ricas en numerosos aspectos de la santidad cristiana; pero indudablemente uno de los mensajes, inspirados en el Evangelio, que san Francisco ha vivido en profundidad y que sigue resonando en las conciencias de los contemporáneos, es el de la urgencia y ansia de paz. Cuando él, después de la elección total y definitiva de la vocación a la que Dios le había llamado, pasaba por las ciudades y por los pueblos con sus primeros discípulos, o se detenía en las plazas y en los caseríos, repetía las palabras sencillas y sublimes: «Paz y Bien», que querían ser no sólo un augurio, sino también un compromiso que implicara a los oyentes, frecuentemente destrozados por las divisiones y por las luchas recíprocas: regiones contra regiones, ciudades contra ciudades, pueblos contra pueblos y familias contra familias; en la Italia medieval surgía y resonaba la palabra humilde y modesta, pero fuerte con la potencia del Evangelio, de este hombre de Dios, enamorado de Dama Pobreza, y que vivía su fraternidad con todos de una forma intensa y original.

Este humilde hermano fue visto y juzgado por sus contemporáneos como el «hombre nuevo, enviado al mundo por el cielo» (LM 12,8). Y en el espíritu de Cristo, él quiso incluso ponerse a su disposición como mediador entre la cristiandad y el islamismo, llegando a visitar al Sultán de Egipto, Melek-el-Kamel, para presentarle -como un auténtico profeta inerme- el mensaje del Hijo de Dios encarnado.

En verdad podemos decir que san Francisco fue no sólo mensajero, sino, todavía más, constructor y agente de reconciliación y de paz: «El Señor me reveló -dice él- que dijésemos este saludo: El Señor te dé la paz» (Test 23). Su biógrafo, Tomás de Celano, presenta así el comportamiento del Pobrecillo: «En toda predicación que hacía, antes de proponer la palabra de Dios a los presentes, les deseaba la paz, diciéndoles: "El Señor os dé la paz". Anunciaba devotísimamente y siempre esta paz a hombres y mujeres, a los que encontraba y a quienes le buscaban. Debido a ello, muchos que rechazaban la paz y la salvación, con la ayuda de Dios abrazaron la paz de todo corazón y se convirtieron en hijos de la paz y en émulos de la salvación eterna» (1 Cel 23).

Las crónicas del tiempo nos dicen que san Francisco llevó la concordia a la ciudad de Arezzo, destrozada por contiendas internas; y sabido es que, precisamente en el último año de su vida, consiguió que hicieran las paces Guido II y Opórtulo, obispo y podestá respectivamente de Asís.

A esta extraordinaria figura de cristiano y de santo, operador incansable de paz y de bien, he intentado referirme cuando he invitado a los representantes de las diversas Confesiones cristianas y de otras Religiones del mundo a una «Jornada de oración por la paz», que se desarrollará el 27 de octubre [de 1986] en Asís, «lugar que la seráfica figura de san Francisco ha transformado en centro de fraternidad universal» (Homilía del 25-1-86).

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