lunes, 17 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 18 DE ABRIL

 

BEATO ANDRÉS HIBERNÓN. Nació en Murcia (España), aunque sus padres vivían en Alcantarilla, el año 1534. En casa recibió una exquisita formación cristiana. Estuvo trabajando en Valencia en las propiedades de un tío suyo, y luego en Granada. En 1556 vistió el hábito franciscano como hermano lego entre los observantes. Más tarde, buscando una mayor austeridad de vida, pasó a los descalzos o alcantarinos. Se distinguió por su vida de penitencia, oración y contemplación, que estuvo acompañada de carismas extraordinarios, así como por el fiel cumplimiento de sus oficios conventuales y la particular atención a los pobres y necesitados. Sus devociones favoritas fueron la Eucaristía y la Virgen María en el misterio de su Inmaculada Concepción. Pasó los últimos años de su vida en Gandía (Valencia), donde murió el 18 de abril de 1602. Tuvo amistad con los santos de su tiempo: Pascual Bailón, Juan de Ribera, Luis Beltrán.- Oración: Oh Dios, que adornaste al bienaventurado Andrés con el don de una admirable inocencia y contemplación; concédenos por sus ruegos que, en medio de la inestabilidad de las cosas del mundo, podamos unirnos a ti de todo corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



BEATA MARÍA DE LA ENCARNACIÓN (en el siglo, Bárbara Avrillot). Nació en París el año 1566 de familia noble. De niña fue encomendada a las religiosas de Longchamp para su educación. Frustrados sus anhelos de vida religiosa, tuvo que acceder al deseo de sus padres y contraer matrimonio con el vizconde de Villemor, del que tuvo seis hijos. Fue su director espiritual san Francisco de Sales. Madre de familia ejemplar y mujer sumamente devota, conoció en 1601 los escritos de santa Teresa de Jesús, y quedó tan impresionada, que decidió introducir en Francia a las Carmelitas descalzas. El primer Carmelo francés surgió en París en 1604, y le siguieron los de Pointoise, Dijon y Amiens. Sus tres hijas se hicieron carmelitas. También ella en 1614, ya viuda, entró en el monasterio de Amiens. A finales de 1616, por su delicado estado de salud, fue enviada al de Pontoise, cerca de París, y allí murió santamente en 1618.- Oración: Señor, tú concediste a la beata María de la Encarnación, insigne propagadora del Carmelo teresiano, una fortaleza singular para servirte en los diversos estados de la vida cristiana y superar todas las dificultades, haz que también nosotros sepamos vencer todo obstáculo y nos mantengamos fieles en tu servicio, amándote con corazón sincero. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


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Santa Antusa de Constantinopla. Nació en Constantinopla hacia el año 750, hija del emperador iconoclasta Constantino V Coprónimo, de tan triste memoria en la historia de la Iglesia. De niña mostró inclinación a la piedad y de adolescente renunció al matrimonio y se consagró a Cristo. Dedicó sus bienes a obras de caridad y religión: ayudó a los pobres, redimió esclavos, reparó iglesias y edificó monasterios. El patriarca san Tarasio le dio el hábito monacal, ingresando en el monasterio de la Concordia, donde murió a finales del siglo VIII.

Santa Atanasia. Por obedecer a sus padres contrajo matrimonio y, cuando enviudó, tuvo que casarse de nuevo. Ella y su segundo marido llegaron al acuerdo de vivir en castidad: él entró en un monasterio y ella se trasladó a la isla griega de Egina, donde vivió como ermitaña y más tarde fue elegida superiora de la comunidad eremítica. Fue ilustre por la observancia de la disciplina monástica y por sus virtudes. Vivió en el siglo IX.

San Eusebio de Fano. Fue obispo de Fano, en las Marcas (Italia). El año 525 acompañó al papa san Juan I en su viaje a Constantinopla, enviado por el rey Teodorico con un mensaje para el emperador Justiniano. Al regreso, Teodorico los encarceló y Eusebio murió el año 526, al parecer, en Fano.

San Galdino. Milanés de nacimiento, fue obispo de Milán en el siglo XII, en los tiempos difíciles de la guerra entre el emperador Federico I Barbarroja y el Papa, y del cisma producido por la elección de dos papas. Trabajó en la reconstrucción de la ciudad destruida por la guerra, reorganizó la Iglesia en Lombardía, organizó la ayuda a los muchos pobres que había entonces, levantó las estructuras fundamentales arruinadas por los vicios viejos y nuevos, restauró la catedral con el don que le hicieron de las pocas joyas que se habían salvado de los saqueos. Entregó su alma a Dios el año 1176 en el púlpito de la iglesia de Santa Tecla, después de un sermón contra los herejes.

Santos Hermógenes y Elpidio. Sufrieron el martirio por Cristo en Melitene, Armenia, en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Juan Isauro. Fue monje en la isla griega de Egina, discípulo de san Gregorio Decapolita. Luchó con valor en defensa de las imágenes sagradas en tiempo del emperador León el Armenio. Murió hacia el año 842.

San Laseriano o Molasio. Fue abad del monasterio de Leighlin, en Irlanda. Cuando en la Iglesia irlandesa se discutía sobre la forma de celebrar la Pascua, él acudió a Roma, se informó adecuadamente y luego difundió pacíficamente en la isla la celebración según el uso romano. Murió el año 638.

San Perfecto. Nació en Córdoba (España) y era un sacerdote instruido que sabía incluso el árabe. Llevado ante el cadí e interrogado, superados unos primeros momentos de inseguridad, manifestó con firmeza su fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y que no creía en Mahoma como verdadero profeta que tuviera una misión divina. Fue encarcelado y luego decapitado. Sucedió en Córdoba el año 850.

San Pusicio. Era jefe de los artesanos del rey de Persia Sapor II. Un sacerdote, de nombre Ananías, titubeó y estaba a punto de renegar de su fe ante la perspectiva del martirio. Pusicio lo animó y confortó, por lo que le dieron tal golpe en el cuello que poco después murió. Era el Sábado Santo del año 341, y así se unió al ejército de mártires que siguieron a san Simeón, asesinado el día anterior.

San Ursmaro. Fue abad-obispo de la abadía de Lobbes (Hinault, Bélgica) a finales del siglo VII. Introdujo en su abadía la observancia de la Regla de San Benito, de la que fue un buen propagador en su tiempo. Fundó otros varios monasterios filiales, y prestó especial atención a la evangelización de los habitantes de su región. Murió el año 713.

Beato Andrés de Montereale. Nació en Mascioni, junto a L'Aquila (Italia) en torno al año 1403. A los 14 años ingresó en la Orden de los Ermitaños de San Agustín. Hechos los estudios eclesiásticos, se ordenó de sacerdote. Ocupó cargos relevantes en su Orden, que le encomendó la reforme de sus monasterios, tarea en la que mostró mucho tacto, tenacidad y paciencia. Fue un insigne predicador de la palabra divina por Francia e Italia. Pasó sus últimos años en el convento de Montereale (Abruzzo), donde murió el año 1479.

Beato Idesbaldo. Nació en Flandes hacia el año 1090 de familia noble. Contrajo matrimonio y quedó pronto viudo. Estuvo prestando diversos servicios en la corte de los condes de Flandes, y, a edad madura, ingresó en el monasterio cisterciense de Dune (Brujas, Bélgica), que gobernó santamente durante doce años como tercer abad del mismo. Murió el año 1167.

Beato José Moreau. Sacerdote secular de la diócesis de Angers (Francia). Fue párroco de Saint-Laurent-de-la-Plaine hasta que, en 1791, al negarse a jurar la constitución civil del clero, fue expulsado de ella. Luego, al llegar el «terror» de la Revolución Francesa, fue condenado a muerte y guillotinado en la plaza de Angers el Viernes Santo de 1794.

Beato Lucas Passi. Nació en Bérgamo (Italia) en 1789 de familia noble. Pronto abrazó la vida clerical; se ordenó sacerdote en 1813. Junto con su hermano Marcos, también sacerdote, se dedicó a la predicación de misiones, cuaresmas, ejercicios espirituales, etc., por las parroquias. Para la educación cristiana de la juventud fundó la Obra Santa Dorotea y, en apoyo suyo, el Instituto de las Hermanas Maestras de Santa Dorotea. Entabló intensas relaciones y colaboración con fundadores y fundadoras de la época, lo que contribuyó a una mayor renovación cristiana. Murió en Venecia el 18 de abril de 1866. Beatificado en 2013.

Beato Román Archutowski. Sacerdote polaco de la diócesis de Varsovia ordenado en 1904. Ejerció diversas labores docentes y pedagógicas, y trabajó en tareas diocesanas. Como reconocimiento, la diócesis lo hizo canónigo de la catedral y la Santa Sede le concedió la cruz «Pro Ecclesia et Pontífice». Después de la invasión nazi, fue rector del seminario y salvó a cuantas personas pudo. Lo arrestó la Gestapo en septiembre de 1942, y lo llevaron al campo de concentración de Majdanek, cerca de Lublín, en Polonia, en el que fue torturado y, consumido por el hambre y la enfermedad, murió el Domingo de Ramos de 1943.

Beata Sabina Petrelli. Nació en Siena (Italia) el año 1851. Ya de jovencita decidió consagrarse totalmente al Señor. Entró en la congregación de las Hijas de María y estuvo dando catecismo a los niños. Hizo una peregrinación a Roma en la que su grupo fue recibido por el papa Pío IX, quien invitó a los fieles de Siena a imitar a su santa Catalina. Sabina entendió el mensaje como dirigido a ella personalmente, y fundó la Congregación de Hermanas de los Pobres de Santa Catalina de Siena, para subvenir a las necesidades de las jóvenes desamparadas y a los pobres. Murió en su ciudad natal en 1923.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

San Pablo escribió a los Corintios: «Nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Y Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos... Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Cor 5,14-15.17).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Regla: «Devolvamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos son de él, y démosle gracias por todos a él, de quien proceden. Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, tenga y a él se le tributen y él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las gracias y gloria, de quien es todo bien, solo el cual es bueno» (1 R 17,17-18).

Orar con la Iglesia:

Con espíritu gozoso invoquemos a Cristo resucitado, a cuya humanidad dio vida el Espíritu Santo, haciéndolo fuente de vida para los hombres, y digámosle: Renueva y da vida a todas las cosas, Señor.

-Cristo, salvador del mundo y rey de la nueva creación, haz que desde ahora, con el espíritu, vivamos en tu reino, donde estás sentado a la derecha del Padre.

-Señor, tú que vives en tu Iglesia hasta el fin de los tiempos, condúcela por el Espíritu Santo al conocimiento de la verdad plena.

-Que los enfermos, los moribundos y todos los que sufren, encuentren luz en tu victoria, y que tu resurrección los consuele y conforte.

-Oh Cristo, luz imperecedera, te ofrecemos nuestro homenaje y te pedimos que, con la gloria de tu resurrección, ilumines a los que nos han precedido en la fe y duermen el sueño de la paz.

Oración: Señor Jesús, concédenos a cuantos hemos renacido en la fuente bautismal, vivir siempre de acuerdo con la fe que profesamos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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LA RESURRECCIÓN DE CRISTO ES NUESTRA ESPERANZA
Benedicto XVI, Regina Coeli del 13 de abril de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

En los días pascuales oiremos resonar a menudo las palabras de Jesús: «He resucitado y estoy siempre contigo». La Iglesia, haciéndose eco de este anuncio, proclama con júbilo: «Era verdad, ha resucitado el Señor, aleluya. A él la gloria y el poder por toda la eternidad». Toda la Iglesia en fiesta manifiesta sus sentimientos cantando: «Este es el día en que actuó el Señor». En efecto, al resucitar de entre los muertos, Jesús inauguró su día eterno y también abrió la puerta de nuestra alegría. «No he de morir -dice-, viviré». El Hijo del hombre crucificado, piedra desechada por los arquitectos, es ahora el sólido cimiento del nuevo edificio espiritual, que es la Iglesia, su Cuerpo místico. El pueblo de Dios, cuya Cabeza invisible es Cristo, está destinado a crecer a lo largo de los siglos, hasta el pleno cumplimiento del plan de la salvación. Entonces toda la humanidad se incorporará a él y toda realidad existente participará en su victoria definitiva. Entonces -escribe san Pablo-, él será «la plenitud de todas las cosas» (Ef 1,23) y «Dios será todo en todos» (1 Cor 15,28).

Por tanto, la comunidad cristiana se alegra porque la resurrección del Señor nos garantiza que el plan divino de la salvación se cumplirá con seguridad, no obstante toda la oscuridad de la historia. Precisamente por eso su Pascua es en verdad nuestra esperanza. Y nosotros, resucitados con Cristo mediante el Bautismo, debemos seguirlo ahora fielmente con una vida santa, caminando hacia la Pascua eterna, sostenidos por la certeza de que las dificultades, las luchas, las pruebas y los sufrimientos de nuestra existencia, incluida la muerte, ya no podrán separarnos de él y de su amor. Su resurrección ha creado un puente entre el mundo y la vida eterna, por el que todo hombre y toda mujer pueden pasar para llegar a la verdadera meta de nuestra peregrinación terrena.

«He resucitado y estoy siempre contigo». Esta afirmación de Jesús se realiza sobre todo en la Eucaristía; en toda celebración eucarística la Iglesia, y cada uno de sus miembros, experimentan su presencia viva y se benefician de toda la riqueza de su amor. En el sacramento de la Eucaristía está presente el Señor resucitado y, lleno de misericordia, nos purifica de nuestras culpas; nos alimenta espiritualmente y nos infunde vigor para afrontar las duras pruebas de la existencia y para luchar contra el pecado y el mal. Él es el apoyo seguro de nuestra peregrinación hacia la morada eterna del cielo.

La Virgen María, que vivió junto a su divino Hijo cada fase de su misión en la tierra, nos ayude a acoger con fe el don de la Pascua y nos convierta en testigos felices, fieles y gozosos del Señor resucitado.

[Después del Regina coeli] En este particular tiempo de Pascua, invito a todos a imitar a los discípulos y discípulas que, yendo de sorpresa en sorpresa, tuvieron el gozo de encontrar a Cristo resucitado, vivo para siempre entre nosotros.

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ERA NECESARIO QUE EL MESÍAS PADECIERA
PARA ENTRAR EN SU GLORIA
San Anastasio de Antioquía, Sermón 4,1-2

Después que Cristo se había mostrado, a través de sus palabras y sus obras, como Dios verdadero y Señor del universo, decía a sus discípulos, a punto ya de subir a Jerusalén: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los gentiles y a los sumos sacerdotes y a los escribas, para que lo azoten, se burlen de él y lo crucifiquen. Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano el final que debía tener en Jerusalén.

Las sagradas Escrituras habían profetizado desde el principio la muerte de Cristo y todo lo que sufriría antes de su muerte; como también lo que había de suceder con su cuerpo, después de muerto; con ello predecían que este Dios, al que tales cosas acontecieron, era impasible e inmortal; y no podríamos tenerlo por Dios, si, al contemplar la realidad de su encarnación, no descubriésemos en ella el motivo justo y verdadero para profesar nuestra fe en ambos extremos; a saber, en su pasión y en su impasibilidad; como también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas éstas, que sólo las conoce él y aquellos a quienes él se las revela; él, en efecto, conoce todo lo que atañe al Padre, de la misma manera que el Espíritu sondea la profundidad de los misterios divinos.

El Mesías, pues, tenía que padecer, y su pasión era totalmente necesaria, como él mismo lo afirmó cuando calificó de hombres sin inteligencia y cortos de entendimiento a aquellos discípulos que ignoraban que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. Porque él, en verdad, vino para salvar a su pueblo, dejando aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo existiese; y esta salvación es aquella perfección que había de obtenerse por medio de la pasión, y que había de ser atribuida al guía de nuestra salvación, como nos enseña la carta a los Hebreos, cuando dice que él es el guía de nuestra salvación, perfeccionado y consagrado con sufrimientos.

Y vemos, en cierto modo, cómo aquella gloria que poseía como Unigénito, y a la que por nosotros había renunciado por un breve tiempo, le es restituida a través de la cruz en la misma carne que había asumido; dice, en efecto, san Juan, en su evangelio, al explicar en qué consiste aquella agua que dijo el Salvador que manaría como un torrente de las entrañas del que crea en él. Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado (Jn 7,38-39); aquí el evangelista identifica la gloria con la muerte en cruz. Por eso el Señor, en la oración que dirige al Padre antes de la pasión, le pide que lo glorifique con aquella gloria que tenía junto a él, antes que el mundo existiese.

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POBREZA EVANGÉLICA,
AMOR FRATERNO Y PAZ UNIVERSAL
Juan Pablo II, Mensaje de Navidad (25-XII-1986)

1. «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz..., que dice a Sión: "Ya reina tu Dios"!» (Is 52,7). Sí, Sión, tu Dios reina. Tu Dios admirable, he aquí que yace en el pesebre donde se pone a los animales. ¡Y así comienza a reinar tu Dios, oh Sión! Tu Dios incomprensible: «Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos» (cf. Is 55,8). Ha comenzado a reinar, pues, bajo el signo de la máxima pobreza: «Siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (cf. 2 Cor 8,9).

2. Cómo son hermosos los pies de aquel mensajero de alegres noticias cuyo nombre es Francisco, el Pobrecillo de Asís, de Greccio y de la Verna. Francisco, amante de todas las criaturas; Francisco, conquistado por el amor del Niño divino nacido en la noche de Belén; Francisco, en cuyo corazón Cristo comenzó a reinar para que, también por medio de la pobreza del discípulo, nosotros comprendiéramos mejor la pobreza del Maestro y fuéramos inducidos hacia pensamientos de amor y de paz.

Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad -paz a los hombres que Él ama- (cf. Lc 2,14).

3. El Obispo de Roma da las gracias, una vez más, a cuantos han escuchado el mensaje de Francisco, amante del Creador y de todas las criaturas; el mensaje de Francisco, heraldo de la gloria de aquel Dios que «en las alturas» es Amor; el mensaje de Francisco, promotor de la paz en la tierra.

El Obispo de Roma da las gracias a todos los que vinieron a Asís, de buena gana, para estar juntos, para recogerse y meditar ante el «último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia el cual nos dirigimos» (Nostra aetate, 1), y vinieron a rezar también por la paz en la tierra.

4. El Obispo de Roma da las gracias, una vez más, a todos: a los hermanos de las Iglesias cristianas y de las Comunidades eclesiales, así como a los hermanos de las Religiones no cristianas.

Da las gracias a todos y a cada uno por aquella Jornada singular en la que hemos decidido, frente a todas las potencias de la tierra que devoran en armamentos riquezas incalculables, disipan recursos preciosos en cosas superfluas y hacen temer destrucciones apocalípticas, frente a todas esas potencias amenazadoras, hemos decidido ser pobres: pobres como Cristo, Hijo de Dios y Salvador del mundo, pobres como Francisco, elocuente imagen de Cristo, pobres como tantas almas grandes que han iluminado el camino de la humanidad.

Lo hemos decidido teniendo a nuestra disposición sólo este medio, el de la pobreza, y únicamente este poder, el poder de la debilidad: sólo la oración y solamente el ayuno.

5. ¿Acaso no es menester que el mundo escuche esta voz? ¿No es necesario que escuche el testimonio de la noche de Belén? ¿Que escuche a Dios nacido en la pobreza? ¿Que escuche a Francisco, heraldo de las ocho bienaventuranzas?

¿No es preciso que calle el estrépito del odio y el estruendo de las detonaciones mortíferas en tantos lugares de la tierra?

¿No es menester que Dios pueda escuchar finalmente la voz de nuestro silencio? ¿Y que, a través del silencio, llegue a Él la oración y el grito de todos los hombres de buena voluntad? ¿El grito de tantos corazones atormentados, así como la voz de tantos millones de seres humanos que no tienen voz?

6. Escuchad y comprended todos: Dios que abraza todas las cosas, Dios en el que «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28), ha elegido la tierra como morada suya; ha nacido en Belén; ha hecho de los corazones humanos el espacio de su Reino.

¿Podemos ignorar o deformar todo esto? ¿Es lícito destruir la morada de Dios entre los hombres? ¿No es menester, por el contrario, cambiar de raíz los planes del dominio humano en la tierra?

7. Hermanos y hermanas de todos los lugares de la tierra: Si Dios nos ha amado tanto que se ha hecho hombre por nosotros, ¿no podremos nosotros amarnos mutuamente, hasta compartir con los demás lo que se ha otorgado a cada uno para el gozo de todos? Únicamente el amor que se convierte en don puede transformar la faz de nuestro planeta, dirigiendo las mentes y los corazones hacia pensamientos de fraternidad y de paz.

Hombres y mujeres del mundo: Cristo nos pide que nos amemos unos a otros.

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