viernes, 14 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 15 DE ABRIL

 

SAN DAMIÁN DE VEUSTER (o de Molokai). Nació en Tremenloo (Bélgica) el año 1840 en el seno de una familia numerosa y cristiana. En su adolescencia trabajó en la granja familiar, pero a los 19 años ingresó en la Congregación de los Sagrados Corazones. Estudió en París y Lovaina. Antes de acabar la carrera pidió ir a misiones y en 1864 llegó a Honolulu en las islas Hawai. Allí completó los estudios y recibió la ordenación sacerdotal. Estuvo trabajando en la isla principal hasta que, en 1873, el obispo pidió voluntarios para la leprosería de la isla de Molokai, a la que el gobierno enviaba los enfermos. Él se ofreció y aquella fue su misión definitiva. Su vida fue heroica. Tuvo que hacer de sacerdote, médico, padre, cuidar las almas, limpiar las llagas, distribuir medicinas, despertar la propia estima de los enfermos, que acabaron organizándose, cultivando la tierra, creando instituciones. En 1884 él mismo resultó contagiado de lepra, y a partir de entonces comenzó a ser conocido y ponderado el ejemplo de su vida de radical entrega al servicio de los leprosos. Murió en la localidad de Kalawao, isla de Molokai en Oceanía, el 15 de abril de 1889. Fue canonizado el año 2009.- Oración: Padre de misericordia, que en san Damián nos has dado el sublime testimonio de su caridad a los más pobres y abandonados, concédenos, por su intercesión, que también nosotros, impulsados por el amor al Corazón de tu Hijo, seamos servidores de los hermanos más necesitados y marginados. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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San Abundio. Según refiere san Gregorio Magno en sus Diálogos, fue un humilde y fiel sacristán o servidor de la basílica de San Pedro en Roma. Murió el año 564.

San Crescente. Fue quemado vivo, a causa de su fe, en Mira de Licia (en la actual Turquía), en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Marón. Sufrió el martirio en el Monte Áureo del Piceno (Marcas, Italia) en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Ortario. Monje y abad del monasterio de Landelles en territorio de Bayeux (Normandía, Francia). Llevó vida de austeridad y oración, y fue asiduo en el cuidado de los enfermos y la asistencia a los pobres. Murió en el siglo XI.

San Paterno. Nació en Poitiers, abrazó la vida monástica y llevó luego vida solitaria. El obispo de Coutances lo ordenó de sacerdote y se dedicó entonces al apostolado, fundado a la vez monasterios. A la edad de setenta años fue elegido obispo de Avranches y, después de gobernar santamente su diócesis durante bastantes años, regresó a su monasterio de Scissy en territorio de Coutances (Normandía, Francia), en el que murió hacia el año 565.

Santa Potenciana. Virgen cristiana que vivió en Villanueva de la Reina (Jaén, España) en la época mozárabe (s. XII-XIII), se santificó trabajando como tejedora en su propia casa y, por no renegar de sus creencias religiosas, fue torturada y emparedada antes de morir.

Santos Teodoro y Pausilipo. Sufrieron el martirio en Tracia durante la persecución del emperador Adriano (117-137).

Beato César de Bus. Nació en Cavaillon, cerca de Aviñón (Francia), en 1544. Pasó la juventud entre los oficiales de Carlos III y la corte real, apartado de la práctica religiosa. En 1575 se convirtió de su vida mundana y en 1582 recibió la ordenación sacerdotal. A partir de entonces se entregó por entero a la predicación y a la catequesis, a oír confesiones y a visitar hospitales. Para asegurar una catequesis asidua y bien organizada fundó la Congregación de Padres de la Doctrina Cristiana. Se quedó ciego a los 50 años, y murió en Aviñón en 1607.




PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Decía san Pablo a los Corintios: -Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; y si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Y si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría (1 Cor 13,1-3).

Pensamiento franciscano:

De las Admoniciones de san Francisco: -Bienaventurado el siervo que ama tanto a su hermano cuando está enfermo, que no puede recompensarle, como cuando está sano, que puede recompensarle. Bienaventurado el siervo que ama y respeta tanto a su hermano cuando está lejos de él, como cuando está con él, y no dice nada detrás de él, que no pueda decir con caridad delante de él (Adm 24-25).

Orar con la Iglesia:

Cuando celebramos la memoria de san Damián de Molokai, que hizo de su vida una entrega generosa al anuncio del Evangelio, invoquemos la ayuda divina.

-Para que la Iglesia sea fiel al Evangelio, como signo de amor a Dios y a los hombres.

-Para que el Espíritu Santo ilumine y sostenga a los misioneros y a todos los que anuncian el Evangelio en situaciones de particular dificultad.

-Para que los responsables de la convivencia cívica de los pueblos, busquen el bien y el progreso de todos, en especial de los más débiles.

-Para que surjan en todas las comunidades cristianas jóvenes y adultos decididos a consagrar sus vidas al anuncio del Evangelio a los pobres.

Oración: Te pedimos, Padre todopoderoso, que derrames sobre nosotros tu gracia salvadora, para que podamos servirte con la entrega generosa e incansable a nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SAN DAMIÁN DE VEUSTER O DE MOLOKAI
De la homilía de Juan Pablo II en la beatificación (4-IV-95)

4.- A lo largo de los siglos, la Iglesia no ha cesado de extenderse y de llevar el evangelio hasta los confines de la tierra, respondiendo a la petición del mismo Cristo que ha dado el Espíritu Santo, fuerza indispensable, para que los hombres cumplan esta tarea evangelizadora. La Iglesia da gracias al Espíritu Santo por el Padre Damián, porque es el mismo Espíritu quien le ha inspirado el deseo de consagrarse sin reserva a los leprosos en las islas del Pacífico, en concreto en Molokai. Hoy, por mi boca, la Iglesia reconoce y confirma el valor ejemplar del Padre Damián en el camino de la santidad, alabando a Dios por haberle guiado hasta el final de su existencia, por un camino a veces difícil. La Iglesia contempla con gozo lo que Dios puede realizar a través de la debilidad humana, porque «es Él quien nos da la santidad y es el hombre quien la recibe» (Orígenes).

El Padre Damián ha mostrado una forma particular de santidad a lo largo de su ministerio, era a la vez sacerdote, religioso y misionero. Por esta triple cualidad ha manifestado el rostro de Cristo, mostrando el camino de la salvación, enseñando el Evangelio y siendo un incansable agente de desarrollo. Organizó la vida religiosa, social y fraterna en Molokai, isla abandonada por la sociedad; con él, cada uno tenía su lugar y era reconocido y amado por sus hermanos.

5.- La celebración de este día es también una llamada a la solidaridad. Cuando Damián se encontró en medio de los enfermos pudo pronunciar estas palabras: «Nuestro Señor me dará las gracias necesarias para llevar la cruz hasta nuestro Gólgota particular de Kalawao». La certeza de que sólo cuentan el amor y el don de sí le animaba y le hacía feliz. El Apóstol de los Leprosos es un ejemplo resplandeciente de cómo el amor a Dios no nos aleja del amor al mundo, al contrario, el amor de Cristo nos lleva a amar a los hermanos hasta dar la vida por ellos.

8.- El Padre Damián experimentó la fe en la divinidad de Cristo desde su más tierna infancia, en su familia en Flandes. Creció con ella y la llevó después a sus hermanos y hermanas a las lejanas islas Hawai. Para confirmar hasta el final la verdad de su testimonio, ofreció su vida en medio de ellos. ¿Qué otra cosa hubiera podido ofrecer a los leprosos, condenados a una muerte lenta, sino su propia fe y esta verdad de que Cristo es Señor y de que Dios es Amor? Llegó a ser leproso en medio de los leprosos, llegó a ser leproso para los leprosos. Sufrió y murió como ellos, creyendo en la resurrección en Cristo, porque Cristo es Señor.

11.- Beato Damián, tú te dejaste conducir por el Espíritu Santo, como hijo obediente a la voluntad del Padre. Por tu vida y tu obra misionera, manifiestas la ternura y la misericordia de Cristo para todo hombre, desvelándole la belleza de su ser interior, que ninguna enfermedad, ninguna deformidad, ninguna debilidad pueden desfigurar totalmente. Por tu acción y predicación, recuerdas que Jesús asumió la pobreza y el sufrimiento de los hombres, revelando así su valor misterioso. Intercede junto a Cristo, médico de los cuerpos y de las almas, por nuestros hermanos y hermanas, para que, en las angustias y dolores no se sientan abandonados, sino que, unidos al Señor Resucitado y a su Iglesia, descubran que el Espíritu Santo viene a visitarlos y obtengan así la consolación prometida a los afligidos.

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SAN DAMIÁN DE VEUSTER O DE MOLOKAI
De la homilía de Benedicto XVI en la canonización (11-X-09)

José De Veuster, que en la congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María recibió el nombre de Damián, a la edad de 23 años, en 1863 dejó su tierra natal, Flandes, para anunciar el Evangelio en el otro lado del mundo, en las islas Hawai. Su actividad misionera, que le dio tanta alegría, llegó a su cima en la caridad. No sin miedo ni repugnancia, eligió ir a la isla de Molokai al servicio de los leprosos que allí se encontraban, abandonados de todos; así se expuso a la enfermedad que padecían. Con ellos se sintió en casa. El servidor de la Palabra se convirtió de esta forma en un servidor sufriente, leproso con los leprosos, durante los últimos cuatro años de su vida. Por seguir a Cristo, el padre Damián no sólo dejó su patria, sino que también arriesgó la salud: por ello -como dice la palabra de Jesús- recibió la vida eterna (cf. Mc 10,30).

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BIENAVENTURADOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU
San León Magno, Sermón 95,2-3 sobre las bienaventuranzas

No puede dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de la humildad, ya que los pobres, en su indigencia, se familiarizan fácilmente con la mansedumbre y, en cambio, los ricos se habitúan fácilmente a la soberbia. Sin embargo, no faltan tampoco ricos adornados de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de caridad, considerando que su mejor ganancia es emplear los bienes que poseen en aliviar la miseria de sus prójimos.

El don de esta pobreza se da, pues, en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir, pues pueden ser iguales por el deseo incluso aquellos que por la fortuna son desiguales, y poco importan las diferencias en los bienes terrenos si hay igualdad en las riquezas del espíritu. Bienaventurada es, pues, aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni pone su ambición en acrecentar las riquezas de este mundo, sino que desea más bien los bienes del cielo.

Después del Señor, los apóstoles fueron los primeros que nos dieron ejemplo de esta magnánima pobreza, pues, al oír la voz del divino Maestro, dejando absolutamente todas las cosas, en un momento pasaron de pescadores de peces a pescadores de hombres y lograron, además, que muchos otros, imitando su fe, siguieran esta misma senda. En efecto, muchos de los primeros hijos de la Iglesia, al convertirse a la fe, no teniendo más que un solo corazón y una sola alma, dejaron sus bienes y posesiones y, abrazando la pobreza, se enriquecieron con bienes eternos y encontraban su alegría en seguir las enseñanzas de los apóstoles, no poseyendo nada en este mundo y teniéndolo todo en Cristo.

Por eso, el bienaventurado apóstol Pedro, cuando, al subir al templo, se encontró con aquel cojo que le pedía limosna, le dijo: No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar.

¿Qué cosa más sublime podría encontrarse que esta humildad? ¿Qué más rico que esta pobreza? No tiene la ayuda del dinero, pero posee los dones de la naturaleza. Al que su madre dio a luz deforme, la palabra de Pedro lo hace sano; y el que no pudo dar la imagen del César grabada en una moneda a aquel hombre que le pedía limosna, le dio, en cambio, la imagen de Cristo al devolverle la salud.

Y este tesoro enriqueció no sólo al que recobró la facultad de andar, sino también a aquellos cinco mil hombres que, ante esta curación milagrosa, creyeron en la predicación de Pedro. Así aquel pobre apóstol, que no tenía nada que dar al que le pedía limosna, distribuyó tan abundantemente la gracia de Dios que dio no sólo el vigor a las piernas del cojo, sino también la salud del alma a aquella ingente multitud de creyentes, a los cuales había encontrado sin fuerzas y que ahora podían ya andar ligeros siguiendo a Cristo.

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LA ADMIRACIÓN EN FRANCISCO DE ASÍS
por Michel Hubaut, OFM

Una mirada reeducada por Cristo

La mirada del hombre moderno se ha vuelto triste porque el hombre sólo sabe ver cosas-objeto de explotación o de consumo. El hombre ha achatado la tierra. Las cosas han perdido su dimensión simbólica, sagrada. Dios ya no está presente en ellas. Sólo quedan «cosas». El hombre ha perdido al mismo tiempo la capacidad de admiración. Incluso el cielo plagado de estrellas ha dejado de narrar la gloria de Dios; es un lugar que hay que explorar o explotar sin más. Los seres creados ya no transmiten «mensajes». Así las cosas, el hombre se ve remitido a sí mismo, a su horizonte limitado, a su soledad, y su mirada se abisma a menudo en la decepción.

En la intimidad con su Señor, Francisco aprendió a admirar. El Espíritu de Cristo despertó su mirada. Pues Cristo fue el primero que invitó a los hombres a saber mirar a través del mundo creado el anuncio de un universo más hermoso todavía, el del Reino, y a presentir en el mundo creado la acción permanente del Padre. Cristo tuvo esta mirada asombrada. Y en esa mirada de Cristo Francisco supo educar también su propia mirada. Jesús vibró ante la belleza del mundo creado, desde la caña que dobla el viento, el sendero pedregoso en el que el sembrador pierde sus granos, la rojez llameante del ocaso del sol, hasta la gallina que recoge a sus polluelos bajo sus alas. Y Jesús discierne en todo ello un signo del misterio que Él revela. Jesús es la fuente, la luz, el camino, el pan, la piedra, la puerta. Todo es reflejo de su propio misterio. Jesús nos brinda la inteligencia profunda de las cosas creadas. Toda la creación habla de Él y de su Padre.

Francisco extrae su propia admiración de la capacidad admirativa de Cristo. Y su marcada preferencia por las criaturas más humildes la impulsa también esta misma mirada crística. Ve en ellas un signo de la humildad y del anonadamiento de Cristo: «La piedad del Santo se llenaba de una mayor terneza cuando consideraba el primer y común origen de todos los seres, y llamaba a las criaturas todas -por más pequeñas que fueran- con los nombres de hermano o hermana, pues sabía que todas ellas tenían con él un mismo principio. Pero profesaba un afecto más dulce y entrañable a aquellas criaturas que por su semejanza natural reflejan la mansedumbre de Cristo y queda constancia de ello en la Escritura. Muchas veces rescató corderos que eran llevados al matadero, recordando al mansísimo Cordero, que quiso ser conducido a la muerte para redimir a los pecadores» (LM 8,6). «También ardía en vehemente amor por los gusanillos, porque había leído que se dijo del Salvador: Yo soy gusano y no hombre (Sal 21,7). Y por esto los recogía del camino y los colocaba en lugar seguro para que no los escorchasen con sus pies los transeúntes» (1 Cel 80).

«¿Quién podrá explicar la alegría que provocaba en su espíritu la belleza de las flores, al contemplar la galanura de sus formas y al aspirar la fragancia de sus aromas? Al instante dirigía el ojo y la consideración a la hermosura de aquella flor que, brotando luminosa en la primavera de la raíz de Jesé (Cristo), dio vida con su fragancia a millares de muertos» (1 Cel 81).

«Por este motivo, amaba con más cariño y contemplaba con mayor regocijo las cosas en las que se encontraba alguna semejanza alegórica del Hijo de Dios» (1 Cel 77).

Lo que podría aparecer como una mera ingenuidad, en Francisco era, de hecho, fruto de esa «mirada simbólica». Jesús viviente ilumina ya, desde dentro, toda la creación reconciliada en Él.

«Bien lo saben cuantos hermanos convivieron con él: qué a diario, qué de continuo traía en sus labios la conversación sobre Jesús... ¡Qué intimidades las suyas con Jesús! Jesús en el corazón, Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los ojos, Jesús en las manos, Jesús presente siempre en todos sus miembros... Es más: si, estando de viaje, cantaba a Jesús o meditaba en Él, muchas veces olvidaba que estaba de camino y se ponía a invitar a todas las criaturas a loar a Jesús. Porque con ardoroso amor llevaba y conservaba siempre en su corazón a Jesucristo, y éste crucificado, fue señalado gloriosísimamente sobre todos con el sello de Cristo; con mirada extática le contemplaba sentado, en gloria indecible e incomprensible, a la derecha del Padre, con el cual, Él, coaltísimo Hijo del Altísimo, en la unidad del Espíritu Santo, vive y reina, vence e impera, Dios eternamente glorioso por todos los siglos de los siglos» (1 Cel 115).

[Cf. en texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 36 (1983) 375-383]

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