jueves, 13 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 14 DE ABRIL

 

BEATO PEDRO GONZÁLEZ (conocido como San Telmo). Nació en Frómista (Palencia, España) el año 1185. Fue educado por un tío suyo canónigo y estudió en la universidad de Palencia. Nombrado deán de la catedral, se dio a una vida de lujo y ostentación. Una caída ridícula del caballo, que provocó la rechifla de cuantos lo contemplaban, le hizo comprender lo vano de su proceder. Renunció a todo y vistió el hábito de santo Domingo. Ordenado de sacerdote, se entregó con celo al apostolado. Su palabra inflamada y la santidad de su vida edificaban a la corte y a los pueblos. Fueron multitud los pecadores convertidos y los fieles que, bajo su dirección, progresaron en la vida cristiana. Fue confesor y capellán del rey san Fernando III. Ejerció un gran apostolado popular en Galicia, y la gente de la mar lo tiene como patrono. Murió en Tuy (Pontevedra) el año 1246.- Oración: Oh Dios, que por el beato Pedro ayudas de modo especial a los que corren peligro en el mar; concédenos, por su intercesión, que la luz de tu gracia brille como faro en las tormentas de nuestra vida, para que podamos arribar al puerto de la salvación eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor, Amén.




BEATA ISABEL CALDUCH ROVIRA (en el siglo, Josefina). Pertenece al grupo de mártires valencianos beatificados por Juan Pablo II el año 2001. Nació en Alcalá de Chivert (Castellón, España) el año 1882 de una familia muy religiosa. Desde niña sus padres la habituaron a hacer limosnas y obras de caridad. De joven rompió una buena relación de noviazgo para ingresar en el monasterio de las clarisas capuchinas de Castellón de la Plana, en el que hizo su primera profesión en 1901. Pacífica y amable por temperamento, era una religiosa ejemplar y observante. Fue dos trienios maestra de novicias. Al estallar la persecución religiosa y cerrarse su monasterio en julio de 1936, marchó a su pueblo con un hermano suyo sacerdote, también mártir. Fue arrestada por los milicianos el 13 de abril de 1937, vejada, maltratada, y fusilada al día siguiente junto al cementerio de Cuevas de Vinromá (Castellón).

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San Assach (o Tassach). Obispo de Elphin (Irlanda) en el siglo V. Se le considera discípulo de san Patricio y primer obispo de esta Iglesia.

San Benito. Fue un joven pastor de Aviñón (Provenza, Francia), gracias al cual y con la ayuda extraordinaria de Dios, se construyó un puente sobre el río Ródano, de gran utilidad para los ciudadanos. Se le atribuyeron milagros y murió con fama de santidad en torno al año 1164.

San Bernardo de Tiron. Fue primero monje en el monasterio de San Cipriano, cerca de Poitiers (Francia). También estuvo en el de Saint-Savin, y durante algún tiempo llevó vida de ermitaño. Por último fundó el monasterio de Tiron, cerca de Chartres en Francia, en el que implantó la estricta observancia de la Regla de San Benito y en el que formó en la vida monástica y guió en la perfección evangélica a los muchos discípulos que se le unieron. Murió el año 1117.

Santas Bernica, Prosdoca y Domnina. Bernica y Prosdoca, vírgenes, eran hermanas, y Domnina era su madre. Las tres santas mártires, durante la persecución del emperador Diocleciano, cuando huían de sus perseguidores que querían abusar de ellas, murieron ahogadas en un río. Esto sucedió en Antioquía de Siria (en la actual Turquía) a principios del siglo IV.

San Frontón. Abad que, al parecer, fue primero monje en Alejandría, donde había nacido. Después se retiró con unos setenta compañeros al desierto de Nitria en Egipto, para llevar allí vida eremítica. Se le sitúa en el siglo IV.

San Juan. Obispo de Montemarano en Campania (Italia). Se distinguió por su empeño en socorrer a los pobres y en dignificar y santificar a su clero. Murió a finales del siglo XI.

San Lamberto. Fue primero monje y abad del monasterio de Fontanelle, y luego obispo de Lyon en Francia. Murió el año 688.

Santa Liduina (o Lidvina). Nació en Schiedam (Holanda) el año 1380. A los quince años sufrió un accidente cuando patinaba sobre el hielo, a consecuencia del cual quedó paralítica para el resto de su vida. Con el tiempo aumentaron las enfermedades y se multiplicaron los dolores hasta crearle una situación desesperante. Con la ayudad del sacerdote Juan de Pot, encontró sentido a sus padecimientos al unirlos a los de Cristo, con quien quiso colaborar en la salvación del mundo. Cobró fama de santidad y fueron muchas las personas, sanas o enfermas, que buscaron en ella esperanza y consuelo. Murió en 1433.

Santos Tiburcio, Valeriano y Máximo. Sufrieron el martirio en Roma en fecha desconocida del siglo III. Fueron enterrados en el cementerio de Pretextato de la vía Apia.

Santa Tomaides. Esta mártir era natural de Alejandría de Egipto y contrajo matrimonio con un pescador. Su suegro se enamoró de ella y quiso seducirla, pero ella se opuso firmemente y él la asesinó. Fue el año 476.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico :

Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad. Sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre; como un niño saciado así está mi alma dentro de mí. Espere Israel en el Señor ahora y por siempre (Salmo 130).

Pensamiento franciscano :

Admonición de san Francisco: -Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). El siervo de Dios no puede conocer cuánta paciencia y humildad tiene en sí, mientras todo le suceda a su satisfacción. Pero cuando venga el tiempo en que aquellos que deberían causarle satisfacción, le hagan lo contrario, cuanta paciencia y humildad tenga entonces, tanta tiene y no más (Adm 13).

Orar con la Iglesia:

Glorifiquemos a Cristo, vencedor del pecado y de la muerte, del odio y de egoísmo, y que nos manda amarnos como Él nos ha amado.

-Oh Cristo, que en tu resurrección destruiste el poder del pecado y de la muerte, haz que nosotros venzamos los pecados de la vida diaria.

-Tú que alejaste de nosotros la muerte y nos has dado nueva vida, concédenos caminar alegres y gozosos por la senda de tu vida nueva.

-Tú que hiciste pasar a la humanidad de muerte a vida, haz que trasmitamos a cuantos se relacionen con nosotros la paz y felicidad que nos has dado.

-Tú que alegraste a tu Madre y a tus discípulos con tus apariciones, llénanos de tanto gozo, que redunde en bien de los demás.

Oración: Te pedimos, Señor Jesucristo, que tu Espíritu haga florecer en nuestras vidas las Bienaventuranzas. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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LAS BIENAVENTURANZAS
Benedicto XVI, Ángelus del 30 de enero de 2011

Queridos hermanos y hermanas:

En este cuarto domingo del tiempo ordinario [Ciclo A], el Evangelio presenta el primer gran discurso que el Señor dirige a la gente, en lo alto de las suaves colinas que rodean el lago de Galilea. «Al ver Jesús la multitud -escribe san Mateo-, subió al monte: se sentó y se acercaron sus discípulos; y, tomando la palabra, les enseñaba» (Mt 5,1-2). Jesús, nuevo Moisés, «se sienta en la "cátedra" del monte» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 92) y proclama «bienaventurados» a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre de justicia, a los limpios de corazón, a los perseguidos (cf. Mt 5,3-10). No se trata de una nueva ideología, sino de una enseñanza que viene de lo alto y toca la condición humana, precisamente la que el Señor, al encarnarse, quiso asumir, para salvarla. Por eso, «el Sermón de la montaña está dirigido a todo el mundo, en el presente y en el futuro y sólo se puede entender y vivir siguiendo a Jesús, caminando con él» (Jesús de Nazaret, p. 96).

Las Bienaventuranzas son un nuevo programa de vida, para liberarse de los falsos valores del mundo y abrirse a los verdaderos bienes, presentes y futuros. En efecto, cuando Dios consuela, sacia el hambre de justicia y enjuga las lágrimas de los que lloran, significa que, además de recompensar a cada uno de modo sensible, abre el reino de los cielos. «Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo» (Jesús de Nazaret, p. 101). Reflejan la vida del Hijo de Dios que se deja perseguir, despreciar hasta la condena a muerte, a fin de dar a los hombres la salvación.

Un antiguo eremita afirma: «Las Bienaventuranzas son dones de Dios, y debemos estarle muy agradecidos por ellas y por las recompensas que de ellas derivan, es decir, el reino de los cielos en el siglo futuro, la consolación aquí, la plenitud de todo bien y misericordia de parte de Dios… una vez que seamos imagen de Cristo en la tierra» (Pedro de Damasco). El Evangelio de las Bienaventuranzas se comenta con la historia misma de la Iglesia, la historia de la santidad cristiana, porque -como escribe san Pablo- «Dios ha escogido lo débil del mundo para humillar lo poderoso; ha escogido lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta» (1 Co 1,27-28). Por esto la Iglesia no teme la pobreza, el desprecio, la persecución en una sociedad a menudo atraída por el bienestar material y por el poder mundano. San Agustín nos recuerda que «lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no sólo con espíritu sereno, sino incluso con alegría».

Queridos hermanos y hermanas, invoquemos a la Virgen María, la Bienaventurada por excelencia, pidiendo la fuerza para buscar al Señor y seguirlo siempre, con alegría, por el camino de las Bienaventuranzas.

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METERÉ MI LEY EN SU PECHO
San León Magno, Sermón 95,1-2 sobre las bienaventuranzas

Amadísimos hermanos:

Al predicar nuestro Señor Jesucristo el Evangelio del reino, y al curar por toda Galilea enfermedades de toda especie, la fama de sus milagros se había extendido por toda Siria, y, de toda la Judea, inmensas multitudes acudían al médico celestial. Como a la flaqueza humana le cuesta creer lo que no ve y esperar lo que ignora, hacía falta que la divina sabiduría les concediera gracias corporales y realizara visibles milagros, para animarles y fortalecerles, a fin de que, al palpar su poder bienhechor, pudieran reconocer que su doctrina era salvadora.

Queriendo, pues, el Señor convertir las curaciones externas en remedios internos y llegar, después de sanar los cuerpos, a la curación de las almas, apartándose de las turbas que lo rodeaban, y llevándose consigo a los apóstoles, buscó la soledad de un monte próximo. Quería enseñarles lo más sublime de su doctrina, y la mística cátedra y demás circunstancias que de propósito escogió daban a entender que era el mismo que en otro tiempo se dignó hablar a Moisés. Mostrando, entonces, más bien su terrible justicia; ahora, en cambio, su bondadosa clemencia. Y así se cumplía lo prometido, según las palabras de Jeremías: Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. Después de aquellos días -oráculo del Señor- meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones.

Así, pues, el mismo que habló a Moisés fue el que habló a los apóstoles, y era también la ágil mano del Verbo la que grababa en lo íntimo de los corazones de sus discípulos los decretos del nuevo Testamento; sin que hubiera como en otro tiempo densos nubarrones que lo ocultaran, ni terribles truenos y relámpagos que aterrorizaran al pueblo, impidiéndole acercarse a la montaña, sino una sencilla charla que llegaba tranquilamente a los oídos de los circunstantes. Así era como el rigor de la ley se veía suplantado por la dulzura de la gracia, y el espíritu de hijos adoptivos sucedía al de esclavitud en el temor.

Las mismas divinas palabras de Cristo nos atestiguan cómo es la doctrina de Cristo, de modo que los que anhelan llegar a la bienaventuranza eterna puedan identificar los peldaños de esa dichosa subida. Y así dice: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Podría no entenderse de qué pobres hablaba la misma Verdad, si, al decir: Bienaventurados los pobres, no hubiera añadido cómo había de entenderse esa pobreza; porque podría parecer que para merecer el reino de los cielos basta la simple miseria en que se ven tantos por pura necesidad, que tan gravosa y molesta les resulta. Pero, al decir: Bienaventurados los pobres en el espíritu, da a entender que el reino de los cielos será de aquellos que han merecido más por la humildad de sus almas que por la carencia de bienes.

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LA ADMIRACIÓN EN FRANCISCO DE ASÍS
por Michel Hubaut, OFM

La primacía universal de Cristo

Cristo es el corazón de este universo nuestro en vías de creación y de redención. Francisco tiene una visión crística del universo. Su mirada, como la de san Pablo, es teologal. Ve a Cristo en el principio de todo, en el centro y en el final de todas las cosas. Cristo es quien da sentido, grandeza, dinamismo a todo el universo creado. Cristo es, incluso, la nobleza del cuerpo humano: «Repara, ¡oh hombre!, en cuán grande excelencia te ha constituido el Señor Dios, pues te creó y formó a imagen de su querido Hijo según el cuerpo y a su semejanza según el espíritu» (Adm 5,1).

¿Se ha escrito alguna vez un homenaje más hermoso a la condición humana? ¡Dios creó todo por su Hijo y con miras a su Hijo! Cuando Dios moldea al hombre y al universo, ya piensa en la encarnación de su Hijo. ¡Todo fue creado para acoger al Hijo! Francisco tiene realmente una visión crística del universo. La primacía universal de Cristo ilumina la mirada asombrada de Francisco. En efecto, hechura suya somos, «creados en Cristo Jesús» (Ef 2,10): «Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles... todo fue creado por él y para él, él es anterior a todo, y todo subsiste en él» (Col 1,15-17).

Jesús recapitula todos los seres. Su humanidad asume la materia de todo el universo. Si Dios se manifiesta en la multiplicidad de las «palabras creadas», la «Palabra» Jesús lo dice todo. Francisco se sitúa espontáneamente en esta perspectiva de Fe.

Un universo de «signos»

«Este feliz viador, Francisco, que anhelaba salir de este mundo, como lugar de destierro y peregrinación, se servía, y no poco por cierto, de las cosas que hay en él. En cuanto a los príncipes de las tinieblas, se valía, en efecto, del mundo como de campo de batalla; y en cuanto a Dios, como de espejo lucidísimo de su bondad. En una obra cualquiera canta al Artífice de todas; cuanto descubre en las hechuras, lo refiere al Hacedor. Se gozaen todas las obras de las manos del Señor, y a través de tantos espectáculos de encanto intuye la razón y la causa que les da vida. En las hermosas reconoce al Hermosísimo; cuanto hay de bueno le grita: "El que nos ha hecho es el mejor". Por las huellas impresas en las cosas sigue dondequiera al Amado, hace con todas una escala por la que sube hasta el trono» (2 Cel 165).

La creación, para Francisco, no es sólo una posesión que el hombre debe legítimamente explorar y dominar. Es también una «revelación» en la que todo se torna no sólo reflejo de Dios, espejo de su Belleza, sino también signo mediador. La creación ha sido querida por Dios como el lugar en el que Él se da y se revela. Si no hubiera existido el pecado, el hombre podría leer esta «Palabra» de Dios como un libro abierto. Pero el pecado ha ofuscado el corazón y la inteligencia del hombre. Lo cual obliga a Dios a ofrecerle una Revelación complementaria: la de las Escrituras.

«Pues lo invisible de Dios, su poder eterno y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras; de modo que son inexcusables, pues, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias; todo lo contrario, se ofuscaron en sus razonamientos, de tal modo que su corazón insensato quedó envuelto en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron necios...» (Rom 1,20-22).

Francisco recobró esta lectura admirada que ha perdido el hombre. Si bien el sabio debe, según sus competencias, analizar y escrutar el universo y sus leyes, su primera misión no es la de descubrir el origen y la finalidad del universo. Lo cual no le impide en absoluto, como creyente, asombrarse y presentir en el universo una dimensión distinta que no le descifra su microscopio ni su telescopio. La Fe no entra en competencia con la ciencia. La Fe tiene otra mirada, otra «sabiduría». Es la de Francisco.

«Para que todas las criaturas le impulsaran al amor divino, exultaba de gozo en cada una de las obras de las manos del Señor y por el alegre espectáculo de la creación se elevaba hasta la razón y causa vivificante de todos los seres. En las cosas bellas contemplaba al que es sumamente hermoso y mediante las huellas impresas en las criaturas buscaba por doquier a su Amado, sirviéndose de todos los seres como de una escala para subir hasta Aquel que es todo deseable. Impulsado por el afecto de su extraordinaria devoción, degustaba la bondad originaria de Dios en cada una de las criaturas, como en otros tantos arroyos derivados de la misma bondad; y, como si percibiera un concierto celestial en la armonía de las facultades y movimientos que Dios les ha otorgado, las invitaba dulcemente -cual otro profeta David- a cantar las alabanzas divinas» (LM 9,1).

Para Francisco todo se vuelve «signo»: «Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, especialmente el señor hermano sol, el cual es día, y por el cual nos alumbras. Y él es bello y radiante con gran esplendor, de ti, Altísimo, lleva significación» (Cánt 3-4).

Para Francisco, cada criatura, a su nivel, remite una y otra vez, y siempre, a la realidad de Cristo Señor: «Todas las criaturas que hay bajo el cielo, de por sí, sirven, conocen y obedecen a su Creador mejor que tú» (Adm 5,2).

[Cf. en texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 36 (1983) 375-383]

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