miércoles, 12 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 13 DE ABRIL



SAN MARTÍN I, papa del año 649 al año 655. Nació en Todi (Umbría, Italia), y fue elegido papa el año 649. Aquel mismo año celebró un Concilio en la basílica de Letrán en el que condenó sin paliativos el error monotelita de Eutiques, que negaba la doble voluntad de Cristo derivada de su doble naturaleza, divina y humana. Por ello tuvo que enfrentarse con el emperador de Oriente Constancio II, defensor de la herejía de Eutiques. El Emperador hizo que el exarca de Rávena lo apresara en Letrán y lo llevara a Constantinopla. Allí se le juzgó y fue condenado a muerte por supuesta traición, pena que, dada la ancianidad del Pontífice, se conmutó por la de destierro al Quersoneso (Crimea), donde murió como un mártir el 13 de abril del año 655.- Oración: Dios todopoderoso, tú has querido que san Martín, papa y mártir, no fuera vencido ni por las amenazas, ni por los sufrimientos; concédenos, a nosotros, soportar con fortaleza de espíritu las adversidades de este mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN HERMENEGILDO. Es el gran defensor de la fe católica en la España de su tiempo contra los durísimos ataques de la herejía arriana. Su gloria consiste en haber padecido el martirio por negarse a recibir la comunión de manos de un obispo arriano y en ser, de hecho, el primer pilar de la unidad religiosa de la nación española, que llegaría poco después con la conversión de su hermano Recaredo. Hermenegildo, gobernador de la Bética durante la dominación visigótica, convertido del arrianismo al catolicismo por influjo de su esposa y de san Leandro, se alzó en armas contra su padre, Leovigildo, que pretendía imponer las doctrinas de Arrio. Vencido y apresado en Córdoba, fue a parar a Tarragona donde fue decapitado el 13 de abril del año 586.- Oración: Oh Dios, que suscitaste en tu Iglesia a san Hermenegildo, mártir, como intrépido defensor de la fe, concédenos a cuantos veneramos hoy la memoria de su martirio la unidad en la confesión de tu nombre y la perseverancia en tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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San Caradoco. Nació en Gales y fue arpista en la corte del rey Rhys. Le desengañó la forma en que los cortesanos trataban a las personas llanas del pueblo, peor que a sus perros, y por otra parte tuvo un fuerte enfrentamiento con el rey. Todo esto le llevó a la decisión de dejar el mundo cortesano y consagrarse a Dios. Recibió la tonsura y el presbiterado. Estuvo varios años viviendo como ermitaño en soledad, y luego se retiró con algunos compañeros a una isla de Gales para entregarse a la contemplación. Murió el año 1124.

Santos Carpo, Pápilo, Agatónica y compañeros mártires. Fueron martirizados en Pérgamo (Turquía), no se sabe con seguridad si en tiempo del emperador Marco Aurelio (161-180) o en tiempo del emperador Decio (249-251), por mantenerse firmes en la fe cristiana sin avenirse al culto de los dioses. Carpo era obispo de Tiatira, Pápilo era diácono y Agatónica era hermana de Pápilo. Con ellos fueron martirizados otros muchos cristianos.

San Sabas Reyes Salazar. Nació en Cocula (Jalisco, México) el año 1883 en el seno de una familia humilde. Ordenado de sacerdote en 1911, ejerció el sagrado ministerio en varias parroquias de las diócesis de Tamaulipas y Guadalajara. Fue un sacerdote bueno y cumplidor, y se dedicó a la formación de los jóvenes en la enseñanza tanto del catecismo como de las ciencias, artes y oficios, y particularmente en la música. En 1926, con la guerra civil agravada, pasó a la clandestinidad. Cuando llegaron las fuerzas federales a Tototlán (Jalisco), lo detuvieron y durante tres días lo torturaron bárbaramente. Por último lo fusilaron mientras él gritaba vivas a Cristo Rey. Era el año 1927.

San Urso. Fue el obispo que trasladó la sede episcopal de Classe a Rávena (Italia) hacia el año 402. Edificó en esta ciudad la catedral, que dedicó a la Santa Anástasis o Resurrección del Señor. Murió hacia el año 425.

Beato Albertino. Nació en Montone (Umbría, Italia) en la primera mitad del siglo XIII. Entró en el monasterio de Fonte Avellana, en las Marcas, del que fue elegido prior en 1275, y, como tal, prior también de toda la congregación de Fonte Avellana. Fue hombre de paz que, con su mediación, reconcilió gentes y pueblos enemistados. Desempeñó varios encargos papales. Rehusó la mitra que el papa le ofrecía, a la que antepuso su amor a la soledad acorde con su vocación eremítica. Murió en 1294.

Beatos Francisco Dickenson y Milón Gerard. Los dos eran sacerdotes seculares ingleses que, durante la persecución de que eran objeto los cristianos en Inglaterra, estudiaron la carrera eclesiástica y recibieron la ordenación sacerdotal en Reims (Francia). Después, en 1589, las autoridades eclesiásticas les dijeron que volvieran a su patria. En la travesía, el capitán del barco sospechó que era sacerdotes y, al desembarcar, los denunció. Fueron detenidos y encarcelados, acusados de estar al servicio del rey de España y de conspirar contra la reina Isabel I. Los torturaron sin conseguir que confesaran traición alguna ni que abjuraran de su fe. Los ahorcaron y descuartizaron en Rochester el año 1590.

Beato Escubilión Rousseau (de pila, Juan Bernardo). Nació en Francia el año 1797. En 1822 ingresó en la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Estuvo trabajando en varios colegios suyos hasta que, en 1833, lo destinaron a la isla de La Reunión, en el Océano Índico. Los habitantes de la isla eran en buena parte esclavos negros que trabajaban en las plantaciones de café y caña de azúcar, y a ellos se dedicó con particular atención durante el resto de su vida. Realizó una gran labor docente, abrió escuelas y cuidó la catequesis. En 1848 tuvo la alegría de ver suprimida la esclavitud. Murió en 1867.

Beatos Juan Lockwood y Eduardo Catherick. Ambos eran sacerdotes ingleses católicos, que habían estudiado la carrera eclesiástica en Douai (Francia) y que, recibida la ordenación sacerdotal, habían vuelto a su patria a ejercer su ministerio, con gran cautela a causa de la persecución de que eran objeto los católicos. Juan se había librado ya dos veces de la pena capital en su larga vida pastoral. Eduardo había estado realizando su apostolado siete años. Los detuvieron por separado y se encontraron en la cárcel. Los condenaron sólo por ser sacerdotes católicos. Fueron ahorcados en York el año 1642 bajo el reinado de Carlos I. Al acercarse al patíbulo, Eduardo se amedrantó, pero Juan, que tenía 87 años, lo confortó y quiso precederle en el suplicio para levantarle el ánimo.

Beata Ida de Boulogne. Nació en Lorena de familia noble y en su juventud contrajo matrimonio con Eustaquio II, conde de Boulogne (Francia). Tuvieron varios hijos, entre ellos Godofredo y Balduino, reyes de Jerusalén. Su marido nunca le impidió llevar a cabo las obras de piedad y de caridad a que se sentía inclinada desde su niñez. Muerto el esposo, empleó aún más generosamente sus muchos bienes en ayudar a todos los necesitados, pobres, enfermos, peregrinos, viudas, huérfanos, y en restaurar monasterios. Fue oblata seglar de la Orden benedictina y tuvo de director espiritual a san Anselmo de Canterbury. Murió en el monasterio de Santa María, cerca de Wast (Boulogne, Francia), en 1113.

Beata Ida de Val-des-Roses. Nació en Lovaina (Bélgica), hija de un rico comerciante. Desde muy joven mostró una gran inclinación a la devoción y a la vida religiosa, por lo que sufrió malos tratos de su padre. Por fin pudo ingresar en el monasterio cisterciense de Val-des-Roses, cerca de Malinas, en el que llevó una intensa vida de oración, trabajo y penitencia, en la menudearon los fenómenos místicos. Murió el año 1290.

Beata Margarita. Nació ciega en un pueblo de la Umbría italiana el año 1287. Sus padres la llevaron a Città di Castello, a la tumba de un santo franciscano, para implorar su curación. No obtuvieron el milagro y la abandonaron en la iglesia. La recogieron y la criaron mujeres buenas del pueblo. Estuvo en un monasterio, pero lo consideró relajado y lo dejó. Ingresó entonces en la Tercera Orden de Santo Domingo y se consagró a la oración y las obras buenas. Visitaba a enfermos y pobres, cuidaba de niños y hacía cuanto le permitía su ceguera. Murió en 1320.

Beato Rolando Rivi. Nació en San Valentino de Castellarano (Reggio Emilia, Italia) el 7-I-1931, de padres profundamente cristianos. Desde muy niño fue monaguillo y ayudaba en los oficios divinos. A los 11 años entró en el seminario de Marola y vistió la sotana como era entonces costumbre; desde entonces la estuvo llevando siempre hasta su martirio. En 1944 los nazis cerraron el seminario y Rolando volvió a su pueblo. El 10 de abril de 1945, cuando volvía de la iglesia a su casa con la sotana puesta, lo apresaron unos partisanos comunistas, que fingieron juzgarlo, lo torturaron y lo mataron el 13 del mismo mes y año en Piane di Monchio (Módena), a los 14 años de edad. Beatificado el 6-X-2013.

Beato Serafín Morazzone. Nació en Milán el año 1747, en el seno de una familia pobre y numerosa. Para seguir los estudios eclesiásticos necesitó ayudas y su propio trabajo. En 1773 se ordenó sacerdote y enseguida se trasladó a la parroquia de Chiuso, pequeña aldea de Lecco, donde permaneció hasta su muerte. De él se ha dicho que fue otro Cura de Ars. Hombre de oración, muy devoto de la Eucaristía, atendió con el mayor celo a todos y cuidó especialmente a los pobres y enfermos. Manzoni, que posiblemente lo tuvo de confesor, lo recuerda con afecto en sus obras. Murió el 13-IV-1822. Beatificado en 2011.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico :

San Pedro tomó la palabra en casa de Cornelio y dijo: «Nosotros somos testigos de todo lo que Jesús hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. Lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos» (Hch 10,39-42).

Pensamiento franciscano :

Admonición de san Francisco: -Bienaventurado el hombre que soporta a su prójimo según su fragilidad en aquello en que querría ser soportado por él, si estuviera en un caso semejante. Bienaventurado el siervo que devuelve todos los bienes al Señor Dios, porque quien retiene algo para sí, esconde en sí el dinero de su Señor Dios (Mt 25,18), y lo que creía tener se le quitará (Lc 8,18) (Adm 18).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Cristo, el Señor, que murió y resucitó por nosotros.

-Cristo, luz y salvación de todos los pueblos, derrama el fuego de tu Espíritu sobre los cristianos, llamados a ser testigos de tu resurrección.

-Que el pueblo de Israel te reconozca como el Mesías de su esperanza, y toda la tierra se llene del conocimiento de tu gloria.

-Consérvanos, Señor Jesús, en la unidad y comunión de tu Iglesia para que el mundo crea que el Padre te ha enviado.

-Tú, que has vencido la muerte, destruye en nosotros el poder del mal, y sana las heridas que el enemigo o nosotros mismos nos hemos causado.

Oración: Señor Jesucristo, que has manifestado tu gloria a todas las naciones, vela solícito por la obra de tu amor, para que la Iglesia persevere en la confesión de tu nombre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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«NO TENGÁIS MIEDO»
Benedicto XVI, Regina Caeli del 9 de abril de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos llenos del gozo espiritual que las solemnes celebraciones de la Pascua producen realmente en el corazón de los creyentes. ¡Cristo ha resucitado! A este misterio tan grande la liturgia no sólo dedica un día -sería demasiado poco para tanta alegría-, sino cincuenta, es decir, todo el tiempo pascual, que se concluye con Pentecostés. El domingo de Pascua es un día absolutamente especial, que se extiende durante toda esta semana, hasta el próximo domingo, y forma la octava de Pascua.

En el clima de la alegría pascual, la liturgia de hoy nos lleva al sepulcro, donde María Magdalena y la otra María, según el relato de san Mateo, impulsadas por el amor a él, habían ido a «visitar» la tumba de Jesús. El evangelista narra que Jesús les salió al encuentro y les dijo: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (Mt 28,10). Verdaderamente experimentaron una alegría inefable al ver de nuevo a su Señor, y, llenas de entusiasmo, corrieron a comunicarla a los discípulos.

Hoy el Resucitado nos repite a nosotros, como a aquellas mujeres que habían permanecido junto a él durante la Pasión, que no tengamos miedo de convertirnos en mensajeros del anuncio de su resurrección. No tiene nada que temer quien se encuentra con Jesús resucitado y a él se encomienda dócilmente. Este es el mensaje que los cristianos están llamados a difundir hasta los últimos confines de la tierra.

El cristiano, como sabemos, no comienza a creer al aceptar una doctrina, sino tras el encuentro con una Persona, con Cristo muerto y resucitado. Queridos amigos, en nuestra existencia diaria son muchas las ocasiones que tenemos para comunicar de modo sencillo y convencido nuestra fe a los demás; así, nuestro encuentro puede despertar en ellos la fe. Y es muy urgente que los hombres y las mujeres de nuestra época conozcan y se encuentren con Jesús y, también gracias a nuestro ejemplo, se dejen conquistar por él.

El Evangelio no dice nada de la Madre del Señor, de María, pero la tradición cristiana con razón la contempla mientras se alegra más que nadie al abrazar de nuevo a su Hijo divino, al que estrechó entre sus brazos cuando lo bajaron de la cruz. Ahora, después de la resurrección, la Madre del Redentor se alegra con los «amigos» de Jesús, que constituyen la Iglesia naciente.

A la vez que renuevo de corazón a todos mi felicitación pascual, la invoco a ella, Regina caeli, para que mantenga viva la fe en la resurrección en cada uno de nosotros y nos convierta en mensajeros de la esperanza y del amor de Jesucristo.

[Después de la plegaria mariana] Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en este lunes de la octava de Pascua, en la cual la tradición y la liturgia invitan de manera especial a tomar conciencia de que Cristo resucitado ya no muere más, y por ello exhorta a profundizar en el misterio y el compromiso bautismal.

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LA CARIDAD, GARANTÍA DE LA UNIDAD DE LA IGLESIA
San Juan Crisóstomo, Homilía antes de partir para el exilio

Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Sin nada vinimos al mundo y sin nada nos iremos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual. Por eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza.

Nadie nos podrá separar. Lo que Dios ha unido, no puede separarlo el hombre. Del hombre y de la mujer se dice: Abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

Si no puedes romper el vínculo conyugal, ¿cuánto menos podrás llegar a dividir la Iglesia? ¿No has oído aquella palabra del Señor: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos? Y, allí donde un pueblo numeroso esté reunido por los lazos de la caridad, ¿no estará presente el Señor?

Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña.

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LA ADMIRACIÓN EN FRANCISCO DE ASÍS
por Michel Hubaut, OFM

Ni panteísta, ni poeta romántico o nostálgico de un paraíso perdido, ni esteta de salón, ni militante ecologista... Francisco no se deja fácilmente encasillar o «domesticar».

Él es sencillamente un hombre cuyo corazón y cuya mirada han sido moldeados, iluminados, deslumbrados por la luz de Cristo y de su santo Evangelio.

Se sumerge en la admiración por la Fe. Toda la historia de la creación y salvación converge hacia la belleza y la grandeza del hombre consumado y reconciliado por la encarnación y la resurrección de Cristo. Y Cristo, eternamente, da gracias al Padre. Cristo es la admiración y el admirador del Padre.

¿Cómo podemos seguir conservando hoy la mirada asombrada, la capacidad de admiración, en un mundo tan duro, en un mundo de odio, de divisiones, de guerra y de sangre? ¿Querer mantener en un mundo así la actitud admirativa no equivale a negar la triste realidad y huir refugiándose en el mundo de los sueños? Sí, con frecuencia nuestra mirada es una mirada «desengañada». El canto de la creación parece estar oculto bajo el ruido de las armas y el sollozo de las lágrimas. Ahora bien, Francisco, que tenía tanta lucidez para captar la miseria y el pecado del hombre, fue un hombre que tenía una gran capacidad admirativa. ¿De dónde sacó esta mirada asombrada sobre la creación, sobre el hombre, sobre el presente y sobre el futuro?

En primer lugar, para Francisco la creación no es un acontecimiento del pasado. Es una acción actual, permanente, de Dios creador y salvador. Francisco capta la actualidad dinámica de la creación: «Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y poder, con todo el entendimiento, con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y quereres, al Señor Dios, que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida; (...) que nos ha hecho y nos hace todo bien a nosotros» (1 R 23,8).

Además, no puede disociar el misterio de la creación y el de la redención. A pesar del drama del pecado, Dios prosigue su proyecto creador. La creación se ha vuelto redentora a causa del rechazo dramático del hombre a colaborar espontáneamente al acto creador de Dios: «Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey de cielo y tierra, te damos gracias por ti mismo, pues por tu santa voluntad, y por medio de tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza... Y te damos gracias porque, al igual que nos creaste por tu Hijo, así, por el santo amor con que nos amaste, quisiste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa María, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz, y sangre, y muerte. Y te damos gracias porque este mismo Hijo tuyo ha de venir en la gloria de su majestad» (1 R 23,1-4).

Esta Trinidad creadora y redentora, en la que el Padre, el Hijo y el Espíritu colaboran en el mismo proyecto, fascina a Francisco. La creación y la redención -acontecimiento permanente- son, en su origen y en su punto final, la lógica misma del amor. El amor trinitario es quien crea y quien salva. Francisco se asombra ante la magnitud y la profundidad de este misterio.

[Cf. en texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 36 (1983) 375-383]

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