martes, 11 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 12 DE ABRIL

 

SANTA TERESA DE JESÚS DE LOS ANDES. Nació en Santiago de Chile el 13 de julio de 1900, en el seno de una familia acomodada y muy cristiana. Desde su niñez procuró comulgar diariamente y pasar largo rato en diálogo amistoso con Jesús, a la vez que vivía una intensa vida mariana. Profundamente afectiva, se creía incapaz de vivir separada de los suyos. Sin embargo, asumió generosa la prueba de estudiar en régimen de internado, como entrenamiento para la separación definitiva que consumaría el 7 de mayo de 1919, ingresando en las Carmelitas Descalzas de Los Andes. No alcanzó a vivir ni un año entero en el convento, pues murió de tifus el 12 de abril de 1920. Las religiosas aseguraban que había entrado ya santa. Cristo, ese loco de amor, me ha vuelto loca, decía ella. Alcanzó una envidiable madurez integrando en la más armoniosa síntesis lo divino y lo humano: oración, estudios, deberes hogareños... y deporte, al que era aficionadísima. Juan Pablo II la canonizó en 1993.




SAN JOSÉ MOSCATI. Es un modelo de seglar cristiano, médico, catedrático, investigador, un profesional que enseña a ser santos en el trabajo cotidiano. Nació en Benevento (Italia) el año 1880; su padre era magistrado. Se doctoró en medicina en la Universidad de Nápoles y enseguida empezó a ejercerla en el hospital napolitano de los Incurables. Se dedicó, además, a la enseñanza y a la investigación, y participó en muchos congresos científicos. Fue siempre un modelo del médico consciente de sus deberes profesionales y de su misión humana y cristiana ante la persona que sufre. Hombre de profundos sentimientos religiosos, se santificaba en su trabajo y en la vida de piedad y oración que acompañaba el ejercicio de su labor como médico. Se volcó en la atención de sus pacientes día a día, y se multiplicó en circunstancias especiales como la erupción del Vesubio en 1906 o la epidemia de cólera en 1911. Cuidaba los cuerpos y se preocupaba por las almas. Fue generoso y delicado con los pobres. Murió de improviso el 12 de abril de 1927 en Nápoles. Lo canonizó Juan Pablo II en 1987.

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San Alferio. Nació en Salerno (Italia) el año 930 de familia noble. Estuvo mucho tiempo al servicio de Guaimario, príncipe de su ciudad, quien lo envió como legado suyo al rey de Francia. Enfermó por el camino y se hospedó en el monasterio de Chiusa, en el que vistió el hábito benedictino y del que pasó al de Cluny, donde fue discípulo de san Odilón. Años después, el príncipe de Salerno lo llamó para que reformara los monasterios de su tierra. No lo consiguió, y se retiró a Cava dei Tirreni donde fundó el monasterio cluniacense que tanta influencia tuvo después en la reforma monástica. Murió el año 1050.

San Basilio. Obispo de Pario, en el Helesponto (Turquía), que, por defender el culto de las sagradas imágenes contra los iconoclastas, padeció azotes, cadenas y destierro. Murió el año 735.

San Constantino. Fue obispo de Gap, en Provenza (Francia), a mediados del siglo VI.

San Damián. Obispo de Pavía (Italia). En el III Concilio de Constantinopla se leyó una carta suya sobre la recta fe acerca de la voluntad y del obrar de Cristo. Murió el año 697.

San David Uribe Velasco. Nació en Buenavista de Cuéllar (México) el año 1888. Ingresó en el seminario de Chilapa, y se ordenó de sacerdote en 1913. Fue secretario del obispo de Tabasco y luego se dedicó a la pastoral parroquial en condiciones adversas por la persecución desatada contra la Iglesia, lo que le obligó a pasar a la clandestinidad. Detenido y acusado en falso, el jefe militar le ofreció la libertad si aceptaba la nueva situación y ser obispo de la iglesia cismática creada por el gobierno de la república, lo que rechazó rotundamente. Lo fusilaron el año 1927 en San José Vista Hermosa, diócesis de Cuernavaca.

San Erkembodón. Fue monje benedictino en la abadía de Sithieu, cerca de Saint-Omer (Francia), de la que llegó a ser abad. Después fue elegido obispo de Thérouanne, pero sin dejar su cargo de abad. Gobernó ambas entidades con gran celo apostólico. Murió el año 742.

San Julio I, papa del año 337 al año 352. Le tocó gobernar la Iglesia en tiempos difíciles, tanto en lo político (por la ingerencia de los hijos de Constantino en asuntos eclesiásticos) como en lo religioso (por la herejía arriana que negaba la divinidad de Cristo). Custodió valientemente la fe católica del Concilio de Nicea que proclamaba la divinidad de Cristo, y defendió y acogió a san Atanasio, perseguido y exiliado. Reunió el año 343 el concilio de Sárdica.

San Sabas el Godo. Durante la persecución contra los cristianos desatada por el rey godo Atanarico en Capadocia, lo sometieron a muchas torturas y luego lo ahogaron en el río, tres días después de la Pascua del Señor, por haber rehusado comer viandas ofrecidas a los ídolos. Sucedió en Capadocia (en la actual Turquía) el año 372.

Santas Visia y Sofía. Vírgenes cristianas que sufrieron el martirio en Fermo, región de las Marcas en Italia, en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Zenón. Oriundo de África, fue elegido obispo de Verona (Italia) el año 362. Puso todo el empeño en evangelizar a sus gentes y en hacer frente al paganismo y al arrianismo, que combatió en sus discursos. Sus escritos, que recuerdan a los grandes autores africanos, dan importantes noticias sobre su actividad pastoral. Su preocupación principal fue confirmar al clero y al pueblo en la vida de fe, sobre todo con el ejemplo de su caridad, humildad, pobreza personal y generosidad hacia los necesitados. Murió el año 372.

Beato Lorenzo. Fue un sacerdote de la Orden de San Jerónimo, que vivió en el siglo XIV en el monasterio de Belem, cerca de Lisboa (Portugal), al que acudían muchísimos penitentes, atraídos por su fama de santidad y de discreción de espíritus.

Beatos Pedro Ruiz y Pedro Roca. Eran dos jóvenes religiosos Hijos de la Sagrada Familia, estudiantes de teología, que aspiraban a recibir un día la ordenación sacerdotal. Al estallar la persecución religiosa se refugiaron en Mura y luego en Manresa. Para terminar los estudios teológicos y ser ordenados sacerdotes, se pusieron en camino hacia Roma, pero fueron detenidos el 4 de abril de 1937 y encarcelados en Manresa. Los asesinaron en Sant Fruitós de Bagues (Barcelona) el 12 de abril de 1937. Pedro Ruiz nació en Vilviestre de Muñó (Burgos) en 1912; hizo su profesión religiosa en 1928; era escolar teólogo de tercer año y había recibido las órdenes menores. Pedro Roca nació Mura (Barcelona) en 1916; hizo su profesión religiosa en 1933; era escolar teólogo de primer año. Beatificados el 13-X-2013.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro. No encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes que les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No esta aquí. Ha resucitado. Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar». Y recordaron sus palabras. Habiendo vuelto del sepulcro, anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás (cf. Lc 24,1-9).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Testamento: «A todos los sacerdotes quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero en ellos considerar pecado, porque discierno en ellos al Hijo de Dios, y son señores míos. Y lo hago por esto, porque nada veo corporalmente en este siglo del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo Cuerpo y su santísima Sangre, que ellos reciben y ellos solos administran a los otros» (Test 8-10).

Orar con la Iglesia:

Adoremos a nuestro Redentor, que por nosotros quiso morir y ser sepultado para resucitar de entre los muertos.

-Oh Señor, que junto a tu cruz tuviste a tu Madre dolorosa que participó en tu aflicción, haz que sepamos participar en tu pasión.

-Señor Jesús, que como grano de trigo caíste en la tierra para morir y dar fruto abundante, haz que todos muramos al pecado y vivamos para Dios.

-Pastor bueno de la Iglesia, que quisiste ocultarte en el sepulcro para dar la vida a los hombres, haz que vivamos escondidos contigo en Dios.

-Nuevo Adán, que bajaste al reino de la muerte para librar a los justos, haz que nosotros, muertos al pecado, te sigamos hasta la gloria.

-Cristo, Hijo del Dios vivo, que has querido que por el bautismo fuéramos sepultados contigo en la muerte, haz que resucitemos ya a la vida nueva.

Oración: Señor Jesucristo, vencedor de la muerte, líbranos de la esclavitud del pecado. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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EL «LUNES DEL ÁNGEL»
Benedicto XVI, Regina Caeli del 5 de abril de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

En la luz de la Pascua, que celebramos durante toda esta semana, renuevo mi más cordial deseo de paz y alegría. Como sabéis, el lunes que sigue al domingo de Resurrección se llama tradicionalmente «lunes del Ángel». Es muy interesante profundizar en esta referencia al «ángel». Naturalmente, el pensamiento se dirige inmediatamente a los relatos evangélicos de la resurrección de Jesús, en los que aparece la figura de un mensajero del Señor. San Mateo escribe: «De pronto se produjo un gran terremoto, pues el ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve» (Mt 28,2-3).

Todos los evangelistas precisan luego que, cuando las mujeres se dirigieron al sepulcro y lo encontraron abierto y vacío, fue un ángel quien les anunció que Jesús había resucitado. En san Mateo este mensajero del Señor les dice: «No temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el crucificado; no está aquí; ha resucitado, como lo había dicho» (Mt 28,5-6); seguidamente les muestra la tumba vacía y les encarga que lleven el anuncio a los discípulos. San Marcos describe al ángel como «un joven, vestido con una túnica blanca», que da a las mujeres ese mismo mensaje (cf. Mc 16,5-6). San Lucas habla de «dos hombres con vestidos resplandecientes», que recuerdan a las mujeres que Jesús les había anunciado mucho antes su muerte y resurrección (cf. Lc 24,4-7). También san Juan habla de «dos ángeles vestidos de blanco»; es María Magdalena quien los ve mientras llora cerca del sepulcro, y le dicen: «Mujer, ¿por qué lloras?» (Jn 20,11-13).

Pero el ángel de la resurrección tiene también otro significado. Conviene recordar que el término «ángel», además de definir a los ángeles, criaturas espirituales dotadas de inteligencia y voluntad, servidores y mensajeros de Dios, es asimismo uno de los títulos más antiguos atribuidos a Jesús mismo. Por ejemplo, en Tertuliano, en el siglo III, leemos: «Él -Cristo- también ha sido llamado "ángel de consejo", es decir, anunciador, término que denota un oficio, no la naturaleza. En efecto, debía anunciar al mundo el gran designio del Padre para la restauración del hombre» (De carne Christi, 14). Así escribe Tertuliano. Por consiguiente, Jesucristo, el Hijo de Dios, también es llamado el ángel de Dios Padre: él es el Mensajero por excelencia de su amor.

Queridos amigos, pensemos ahora en lo que Jesús resucitado dijo a los Apóstoles: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20,21); y les comunicó su Espíritu Santo. Eso significa que, como Jesús fue el anunciador del amor de Dios Padre, también nosotros lo debemos ser de la caridad de Cristo: somos mensajeros de su resurrección, de su victoria sobre el mal y sobre la muerte, portadores de su amor divino. Ciertamente, seguimos siendo por naturaleza hombres y mujeres, pero recibimos la misión de «ángeles», mensajeros de Cristo: a todos se nos da en el Bautismo y en la Confirmación. De modo especial la reciben los sacerdotes, ministros de Cristo, a través del sacramento del Orden; me complace subrayarlo en este Año sacerdotal.

Queridos hermanos y hermanas, nos dirigimos ahora a la Virgen María, invocándola como Regina caeli, Reina del cielo. Que ella nos ayude a acoger plenamente la gracia del misterio pascual y a ser mensajeros valientes y gozosos de la resurrección de Cristo.

[Después del Regina Cæli] Dirijo mi cordial saludo a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana. Que el triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte llene vuestra vida de alegría y paz, y os ayude siempre a ser consecuentes con vuestra condición de cristianos. No tengáis miedo. Cristo ha resucitado y vive entre nosotros. Su presencia amorosa acompaña el camino de la Iglesia y la sostiene en medio de las dificultades. Con esta certeza en vuestro corazón, ofreced al mundo un testimonio sereno y valiente de la vida nueva que brota del Evangelio.

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¿QUÉ MEJOR NOTICIA PODEMOS DAR QUE ÉSTA:
EL SALVADOR HA RESUCITADO?
San Agustín, Sermón 45 (5) sobre el A. Testamento

¿Qué es la Iglesia? El Cuerpo de Cristo. Añádele la cabeza y tendrás un hombre completo. Cabeza y cuerpo forman un solo hombre. ¿Quién es la cabeza? Aquel que nació de la Virgen María, que asumió una carne mortal sin pecado, que fue abofeteado, flagelado, despreciado y crucificado por los judíos, que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Él es la cabeza de la Iglesia, él es el pan que procede de aquella tierra. Y, ¿cuál es su cuerpo? Su esposa, esto es, la Iglesia. Serán los dos una sola carne. Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. Así se expresó también el Señor en el evangelio, cuando dijo hablando del varón y de la mujer: De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Quiso por tanto que Dios-Cristo y la Iglesia fuesen un solo hombre. Allí está la cabeza, aquí los miembros. No quiso resucitar con los miembros, sino antes que ellos, para motivar la esperanza de los miembros. Y si la cabeza quiso morir, fue para ser el primero en resucitar, el primero en subir a los cielos, de modo que los demás miembros depositaran la esperanza en su Cabeza, y aguardaran el cumplimiento en sí mismos de lo que previamente se había realizado en su cabeza.

¿Qué necesidad tenía Cristo de morir, él el Verbo de Dios, por el que se hizo todo y del que se ha escrito: En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Por medio del Verbo se hizo todo? Y, sin embargo, fue crucificado, fue escarnecido, herido por la lanza, sepultado. Por medio del Verbo se hizo todo.

Pero como se dignó ser la cabeza de la Iglesia, ésta podría haber desesperado de la propia resurrección, de no haber asistido a la resurrección de su cabeza. Fue visto primero por las mujeres, quienes se lo anunciaron a los hombres. Fueron las mujeres las primeras en ver al Señor resucitado, y el evangelio fue anunciado por las mujeres a los futuros apóstoles y evangelistas, y por mediación de las mujeres les fue anunciado Cristo. La palabra evangelio significa buena noticia. Los que dominan el griego saben qué quiere decir evangelio. Así pues, evangelio equivale a buena noticia. ¿Qué mejor noticia podemos dar que ésta: que ha resucitado nuestro Salvador?

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«SEÑOR, ¿QUÉ QUIERES QUE HAGA?» (y IV)
Vocación de san Francisco de Asís

Francisco debió comprender, sin duda, un punto fundamental del misterio de la salvación, a saber, que «el hombre establece la relación con Dios no como individuo sino como miembro de un pueblo, de una comunidad» (cf. Lumen Gentium 9). Dios habla a los hombres por medio de los hombres. De ahí que, al asaltarle una angustiosa duda, Francisco la propusiera repetidamente a sus compañeros: «Por más que durante muchos días anduvo dando vueltas al asunto con sus hermanos, Francisco no acertaba a ver con claridad... Él, que en virtud del espíritu de profecía llegaba a conocer cosas maravillosas, no era capaz en absoluto de resolver por sí mismo esta cuestión». Aunque había aprendido sublimes lecciones del divino Maestro, no se avergonzaba, como verdadero menor, de consultar incluso a los más insignificantes; su mayor preocupación era averiguar el camino y modo de servir más perfectamente a Dios conforme a su beneplácito y, para ello, «éste fue su más vivo deseo mientras vivió: preguntar a sabios y sencillos, a perfectos e imperfectos, a pequeños y grandes...» (cf. LM 12,1-2).

Convencido de que Dios habla a los hombres por medio de otros hombres, fue un asertor intransigente de la relación interpersonal que excluye del modo más absoluto y decidido la relación «dominante-dominado» o también amo-siervo. Para Francisco, la obediencia es especial y principalmente un servicio de amor fraterno, mientras la autoridad es un servicio de crecimiento y de unidad. Decía: «Igualmente..., ninguno de los hermanos tenga potestad o dominio, y menos entre ellos...; sino, más bien, por la caridad del espíritu, sírvanse y obedézcanse unos a otros de buen grado. Y ésta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo» (1 R 5,9-15).

Para Francisco, todos y cada uno de los hermanos, la fraternidad misma, podían ser camino o ruta hacia el Padre. Para él, la Comunión de los Santos no era únicamente solidaridad en la oración, sino también en la búsqueda de Dios y de su voluntad. La fraternidad, por tanto, es «lugar privilegiado» para comprender mejor la voluntad de Dios, incluso porque nosotros leemos los acontecimientos y analizamos el dinamismo del mundo con nuestros propios ojos, cuya mirada está frecuentemente ofuscada; de aquí, la necesidad de liberarnos de ella para mirar con los ojos de nuestros hermanos, de nuestro prójimo; de aquí, la consecuencia de que la experiencia franciscana no propone un ejemplar único que sirve de «ejemplo», sino un modelo que junto con los hermanos ha buscado, preguntado, dudado, inventado, realizado.

Francisco nunca fue un defensor fanático de la «Iglesia», pero tampoco separó nunca a Cristo y al Evangelio de su cuerpo vivo que es la Iglesia. Tomó siempre todas sus grandes decisiones «in sinu Ecclesiae», en el seno de la Iglesia, se tratase del obispo de Asís o del pobrecillo sacerdote que atendía la capilla de San Damián, o del papa Inocencio III.

Su continuo recurso a los «clérigos» no hace de Francisco un ser rastrero o tímido, siempre dispuesto a someterse al primero que habla o que dice la última palabra. Si alguna vez sabe renunciar, la mayoría de las veces permanece firme en su «inspiración».

Ciertamente, la interpretación que Francisco da a sus inspiraciones o al Evangelio refleja su mundo socio-cultural, su época que busca una nueva identidad. Él, para expresar sus inspiraciones, usa modelos de aquel tiempo: caballeros, trovadores, comerciantes, ambulantes e itinerantes, predicadores laicos, fraternidad de penitencia, y otros semejantes.

También hoy existen, para el movimiento franciscano, mediaciones particulares y privilegiadas para traducir a los hombres de nuestro tiempo el ideal de Francisco. Para un discernimiento auténtico, válido también para nuestros días, Francisco ofrece tres condiciones fundamentales: disponibilidad, rectitud de intención y de voluntad, y pureza de corazón que es simplicidad.

En su Carta a los clérigos, Francisco reprocha a los sacerdotes de modo particular la falta de «discernimiento» respecto a la Eucaristía que es llevada, administrada y abandonada sin respeto alguno. En este caso, el «discernimiento», para Francisco, lo constituye la mirada de fe que percibe la Presencia de Cristo a través de la materialidad de los signos.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 34 (1983) 3-8]

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