lunes, 10 de abril de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 11 DE ABRIL

 

SAN ESTANISLAO DE CRACOVIA. Nació en Szczepanowski (Cracovia, Polonia) hacia el año 1030. Hizo sus estudios en París y fue ordenado sacerdote por el obispo de Cracovia, Lamberto, a quien sucedió el año 1071, después de haber ejercido el ministerio como canónigo y predicador. Fue un buen pastor al frente de su diócesis, ayudó a los pobres y oprimidos y cuidó la formación de sus clérigos, a los que visitaba todos los años. Defendió con entereza la libertad de la Iglesia, la civilización y las costumbres cristianas frente a las injusticias de su tiempo. El 11 de abril de 1097, mientras celebraba la eucaristía, fue asesinado por el rey Boleslao, a quien había increpado por su mala conducta. Fue canonizado en Asís el año 1523 por Inocencio IV.- Oración: Señor, tú has otorgado a san Estanislao, tu obispo, la gracia de sucumbir en aras de tu gloria bajo la espada de los perseguidores; concédenos, por su intercesión, perseverar con firmeza en la fe, hasta la muerte. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SANTA GEMA GALGANI. Nació cerca de Lucca (Italia) el año 1878. Vivió sólo 25 años, pero fueron muy intensos en acontecimientos humanos, fallecimientos de familiares y enfermedades, y en experiencias espirituales. Fue insigne en la contemplación de la Pasión del Señor y en la paciencia con que soportó dolores y adversidades. En su juventud recibió la inspiración de seguir el camino de la cruz de Cristo, y tuvo algunas visiones de su ángel custodio; el tema de la caridad para con los pobres la obsesionó desde niña. Leyó la vida de san Gabriel de la Dolorosa, que se le apareció y la confortó. Siempre tuvo una salud muy frágil y las enfermedades se le amontonaron: osteítis tuberculosa, trastornos de apariencia neurótica, tabes dorsal, meningitis, parálisis, etc. Se multiplicaron sus experiencias místicas y los fenómenos sobrenaturales, no siempre bien interpretados, lo que la hizo sufrir mucho. En 1899 recibió el don místico de la estigmatización. Quiso ser religiosa, pero no pudo. Con todo, el Señor le hizo vivir intensamente su condición de víctima, esposa del Crucificado. Murió en Lucca el 11 de abril de 1903. Su memoria se celebra el 16 de mayo.- Oración: Señor, que hiciste a santa Gema imagen fiel de tu Hijo muerto y resucitado, concédenos por su intercesión que, participando aquí en la tierra de los sufrimientos de Cristo, merezcamos participar también de su gloria en el cielo, para siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



BEATO ÁNGEL CARLETTI DE CHIVASSO. Nació el año 1411 en Chivasso, cerca de Turín (Italia), de familia noble y piadosa. Estudió derecho en Bolonia y, vuelto a su tierra, obtuvo la dignidad senatorial y ejerció el oficio de magistrado. A los 33 años, muertos sus padres, repartió su fortuna entre su hermano y los pobres, y vistió el hábito franciscano en los Observantes de Génova. Ordenado de sacerdote, se dedicó con éxito a la predicación, para la que estaba bien dotado, y a la dirección de almas. Entre sus escritos, el más difundido fue la "Summa Angélica", de teología moral. Mucho le preocupó la atención a los pobres, para los que fomentó los Montes de Piedad que los libraran de los usureros. Sixto IV le encomendó predicar la cruzada en 1480. Entre los franciscanos fue Vicario general de los Observantes. Ya anciano se retiró al convento de Cuneo (Piamonte), donde vivió humildemente y se entregó a la contemplación; murió allí el 11 de abril de 1495.



BEATO SINFORIANO DUCKI. Nació en Varsovia el año 1888. A los 30 años ingresó en los capuchinos como hermano laico. Terminado el noviciado le encomendaron en Varsovia el oficio de limosnero para la construcción del Seminario Menor. Después lo nombraron socio del Provincial. Era de carácter sociable, sencillo y cortés, que fácilmente se ganaba la simpatía del pueblo. Llevaba una vida muy activa, pero nunca perdió el espíritu de oración. El 27 de junio de 1941 la Gestapo arrestó a todos los capuchinos de Varsovia. Fray Sinforiano fue internado primero en la prisión di Pawiak, y luego, el 3 de septiembre, en el campo de concentración de Auschwitz. Siete meses después fue condenado a una muerte lenta. Una tarde, mientras los custodios del campo asesinaban a prisioneros destrozándoles la cabeza a golpes, fray Sinforiano hizo sobre los caídos la señal de la cruz. Se volvieron los esbirros contra él, lo apalearon y asesinaron. Era el 11 de abril de 1942. Es uno de los Mártires de la II Guerra Mundial (1940-43) beatificados por Juan Pablo II en 1999.

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San Antipas. San Juan Evangelista lo llama en el Apocalipsis «mi testigo fiel» (Ap 2,13). Fue martirizado por el nombre de Jesús en Pérgamo (en la actual Turquía).

San Barsanufio (o Barsanofio). Era oriundo de Egipto. Llevó vida de anacoreta cerca de Gaza, en Palestina. Fue insigne por su altísima contemplación y por la integridad y austeridad de su vida. Murió el año 540.

San Domnión. Fue obispo de Salona en Dalmacia (en la actual Croacia). Según la tradición sufrió el martirio durante la persecución del emperador Diocleciano, hacia el año 299.

San Felipe. Fue obispo de Gortina, en la isla de Creta. En tiempo de los emperadores Marco Antonio Vero y Lucio Aurelio Cómodo, defendió con vigor la Iglesia que se le había encomendado, tanto del odio de los paganos como de las insidias de los herejes. Murió el año 180.

San Isaac de Monteluco. Era natural de Siria y huyendo de los herejes monofisitas llegó a Espoleto, en la Umbría italiana. Allí se hizo famoso por un milagro, y llevó vida eremítica hasta que fundó el monasterio de Monteluco, que presidió hasta su muerte acaecida hacia el año 550. San Gregorio Magno celebra sus virtudes.

Beata Elena Guerra. Nació en Lucca (Italia) el año 1835. Era muy inteligente y recibió de su madre una sólida formación cristiana. Marcó de modo especial su vida la preparación y recepción del sacramento de la confirmación: su obra y su espiritualidad estuvieron empapadas de la devoción al Espíritu Santo. Pronto empezó a colaborar en obras asistenciales y a promover asociaciones de formación y ayuda a las jóvenes. Superada una larga enfermedad, fundó la Congregación de Santa Zita, un tanto informal (de la que fue alumna santa Gema Galgani), de la que más tarde nació la Congregación de las Oblatas del Espíritu Santo, para la formación de niñas y jóvenes. Murió en Lucca el año 1914.

Beato Jorge Gervase. Nació en Inglaterra y perteneció un tiempo a la Iglesia reformada; luego pasó a la Iglesia católica. De joven lo tuvieron retenido los piratas y fue miembro de la tripulación de Francis Drake. Más tarde sirvió en la armada española. Decidido a seguir la carrera eclesiástica, ingresó en el seminario inglés de Douai (Francia), y se ordenó de sacerdote en 1603. Volvió a su patria, pero pronto fue expulsado. En Douai ingresó en los benedictinos, después de lo cual regresó a Inglaterra. A los dos meses lo arrestaron. Se negó a prestar el juramento de lealtad al rey Jacobo I, admitió que era sacerdote y monje, y lo ahorcaron y descuartizaron en la plaza Tyburn de Londres el año 1608.

Beato Lanuino. Era normando y estudió en Roma. Entró en la Cartuja hacia 1087, y acompañó a san Bruno en su viaje a Italia y su estancia en Roma. También lo acompañó en la fundación del monasterio de la Torre, en Calabria, lo sustituyó en sus ausencias y, cuando murió, fue sucesor suyo. Se distinguió como intérprete fiel del espíritu del fundador a la hora de establecer los monasterios de la Orden Cartuja. Murió en Calabria el año 1119.

Beata Sancha de Portugal. Hija del rey Sancho I de Portugal y hermana de las beatas Teresa y Mafalda, nació en Coimbra hacia el año 1180. Desde muy joven quiso vivir consagrada totalmente al Señor, por lo que renunció a los matrimonios que le propusieron. Se retiró a su posesión de Jerabrica para llevar una vida de intensa piedad y recogimiento. Allí acogió a los santos franciscanos Berardo y compañeros que, enviados por san Francisco, se dirigían a tierra de musulmanes a predicarles la fe, y que fueron martirizados en Marrakech. Entró luego en el monasterio cisterciense de Cellis, a cuya fundación ella había contribuido, en el que profesó y vivió hasta su muerte en 1229.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la predicación de san Pablo a los judíos: «Los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las palabras de los profetas que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo. Y aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Durante muchos días, se apareció a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, y ellos son ahora sus testigos ante el pueblo» (Hch 13,27-31).

Pensamiento franciscano:

San Francisco recuerda en su Testamento: «El Señor me dio una tal fe en las iglesias, que así sencillamente oraba y decía: Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo» (Test 4-5).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Cristo, autor y señor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos, y que por su poder nos resucitará a nosotros.

-Cristo, luz que brilla en las tinieblas, rey de la vida y salvador de los que han muerto, concédenos vivir siempre en tu alabanza.

-Señor Jesús, que anduviste por los caminos de la pasión y de la cruz, concédenos que, unidos a ti en el dolor y en la muerte, resucitemos también contigo.

-Hijo del Padre, tú que has hecho de nosotros un pueblo de reyes y sacerdotes, enséñanos a ofrecer con alegría nuestro sacrificio de alabanza.

-Rey de la gloria, esperamos anhelantes el día de tu manifestación gloriosa, para poder contemplar tu rostro y ser semejantes a ti.

Oración: Señor Jesucristo, que, vencedor de la muerte, nos has abierto las puertas de la vida, concédenos ser renovados por tu Espíritu, para vivir en el reino de la luz y de la vida. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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EL «ALELUYA» Y EL «REGINA CAELI»
Benedicto XVI, Regina Caeli del 24 de marzo de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

En la solemne Vigilia pascual volvió a resonar, después de los días de Cuaresma, el canto del Aleluya, palabra hebrea universalmente conocida, que significa «alabad al Señor». Durante los días del tiempo pascual esta invitación a la alabanza se propaga de boca en boca, de corazón en corazón. Resuena a partir de un acontecimiento absolutamente nuevo: la muerte y resurrección de Cristo. El aleluya brotó del corazón de los primeros discípulos y discípulas de Jesús en aquella mañana de Pascua, en Jerusalén.

Casi nos parece oír sus voces: la de María Magdalena, la primera que vio al Señor resucitado en el jardín cercano al Calvario; las voces de las mujeres, que se encontraron con él mientras corrían, asustadas y felices, a dar a los discípulos el anuncio del sepulcro vacío; las voces de los dos discípulos que con rostros tristes se habían encaminado a Emaús y por la tarde volvieron a Jerusalén llenos de alegría por haber escuchado su palabra y haberlo reconocido «en la fracción del pan»; las voces de los once Apóstoles, que aquella misma tarde lo vieron presentarse en medio de ellos en el Cenáculo, mostrarles las heridas de los clavos y de la lanza y decirles: «¡La paz con vosotros!». Esta experiencia ha grabado para siempre el aleluya en el corazón de la Iglesia, y también en nuestro corazón.

De esa misma experiencia deriva también la oración que rezamos hoy y todos los días del tiempo pascual en lugar del Ángelus: el Regina caeli. El texto que sustituye durante estas semanas al Ángelus es breve y tiene la forma directa de un anuncio: es como una nueva «anunciación» a María, que esta vez no hace un ángel, sino los cristianos, que invitamos a la Madre a alegrarse porque su Hijo, a quien llevó en su seno, resucitó como lo había prometido.

En efecto, «alégrate» fue la primera palabra que el mensajero celestial dirigió a la Virgen en Nazaret. Y el sentido era este: Alégrate, María, porque el Hijo de Dios está a punto de hacerse hombre en ti. Ahora, después del drama de la Pasión, resuena una nueva invitación a la alegría: «Gaude et laetare, Virgo Maria, alleluia, quia surrexit Dominus vere, alleluia», «Alégrate y regocíjate, Virgen María, aleluya, porque verdaderamente el Señor ha resucitado, aleluya».

Queridos hermanos y hermanas, dejemos que el aleluya pascual también se grabe profundamente en nosotros, de modo que no sea sólo una palabra en ciertas circunstancias exteriores, sino la expresión de nuestra misma vida: la existencia de personas que invitan a todos a alabar al Señor y lo hacen actuando como «resucitados». Decimos a María: «Ruega al Señor por nosotros», para que Aquel que en la resurrección de su Hijo devolvió la alegría al mundo entero, nos conceda gozar de esa alegría ahora y siempre, en nuestra vida actual y en la vida sin fin.

[Después del Regina Caeli] Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en este lunes de la octava de Pascua. Os invito a alegraros y a regocijaros con la Virgen María, porque el Señor Jesús resucitó de entre los muertos y reina para siempre. Él intercede por vosotros y os alienta a vivir de acuerdo con la fe que profesáis.

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LA LUCHA POR LA FE
San Cipriano de Cartago, Carta 58, 8-9.11

Dios nos contempla, Cristo y sus ángeles nos miran, mientras luchamos por la fe. Qué dignidad tan grande, qué felicidad tan plena es luchar bajo la mirada de Dios y ser coronados por Cristo.

Revistámonos de fuerza, hermanos amadísimos, y preparémonos para la lucha con un espíritu indoblegable, con una fe sincera, con una total entrega. Que el ejército de Dios marche a la guerra que se nos declara.

El Apóstol nos indica cómo debemos revestirnos y prepararnos, cuando dice: Abrochaos el cinturón de la verdad, por coraza poneos la justicia; bien calzados para estar dispuestos a anunciar el Evangelio de la paz. Y, por supuesto, tened embrazado el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del Malo. Tomad por casco la salvación y por espada la del Espíritu, es decir, la palabra de Dios.

Que estas armas espirituales y celestes nos revistan y nos protejan para que en el día de la prueba podamos resistir las asechanzas del demonio y podamos vencerlo.

Pongámonos por coraza la justicia para que el pecho esté protegido y defendido contra los dardos del Enemigo; calzados y armados los pies con el celo por el Evangelio para que, cuando la serpiente sea pisoteada y hollada por nosotros, no pueda mordernos y derribarnos.

Tengamos fuertemente embrazado el escudo de la fe para que, protegidos por él, podamos repeler los dardos del Enemigo.

Tomemos también el casco espiritual para que, protegidos nuestros oídos, no escuchemos los edictos idolátricos, y, protegidos nuestros ojos, no veamos los ídolos detestables. Que el casco proteja también nuestra frente para que se conserve incólume la señal de Dios, y nuestra boca para que la lengua victoriosa confiese a su Señor, Cristo.

Armemos la diestra con la espada espiritual para que rechace con decisión los sacrificios sacrílegos y, acordándose de la eucaristía, en la que recibe el cuerpo del Señor, se una a él para poder después recibir de manos del Señor el premio de la corona eterna.

Que estas verdades, hermanos amadísimos, queden esculpidas en vuestros corazones. Si meditamos de verdad en estas cosas, cuando llegue el día de la persecución, el soldado de Cristo, instruido por sus preceptos y advertencias, no sólo no temerá el combate, sino que se encontrará preparado para el triunfo.

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«SEÑOR, ¿QUÉ QUIERES QUE HAGA?» (III)
Vocación de san Francisco de Asís

Para Francisco no existe la autoridad absoluta. Siempre hay un límite y éste es «la conciencia del hombre y el Evangelio». En su primera Admonición comenta estas palabras del Evangelio: «Dice el Señor Jesús a sus discípulos: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie llega al Padre sino por mí» (Adm 1,1). El Padre es el último fin, la meta definitiva de todo hombre. Y el lugar central y definitivo de su querer es ciertamente el Evangelio y Cristo, que para Francisco son una misma cosa. Cristo es al mismo tiempo «Palabra y Rostro de Dios, enseñanza y acción, llamada y comportamiento práctico». Francisco ve la voluntad de Dios en el conjunto del misterio de Cristo, anterior a la misma creación histórica, encarnada y glorificada. Dirá a Bernardo: «Si quieres probar con los hechos lo que dices, entremos mañana de madrugada en la iglesia y pidamos consejo a Cristo, con el Evangelio en las manos» (2 Cel 15). Evidentemente, tanto Francisco como sus hermanos vivieron con modalidades diversas esta escucha atenta del Verbo hecho Carne: prolongadas soledades, oraciones y adoraciones silenciosas que purifican la mirada, el corazón y las motivaciones de la acción.

Hay que recordar de modo especial su mirada de fe puesta «en el Cristo que se ofreció y fue crucificado» que, para Francisco y sus hermanos, fue un lugar de discernimiento especialmente en los momentos de duda y de angustia, más que una visión especulativa, cuando se trataba de hacer opciones.

Para Francisco, «los leprosos... los mendigos... los pobrecillos sacerdotes...» eran lugares privilegiados en los que encontrar más fácilmente «la voluntad de Dios». Eran para él «sacramento» de la presencia de Cristo en medio de nosotros. Francisco se convirtió al Evangelio precisamente a través del contacto con los pobres, la oración y la soledad. Y su conversión no se quedó en algo a nivel intimista, sino que caló en la realidad de la pobreza, de la miseria, de la enfermedad más repelente: éstos son para Francisco los «lugares privilegiados» de discernimiento.

Francisco ve clara la voluntad de Dios el día en que sale de su ambiente y entra a formar parte de los hermanos marginados de su tiempo. Él mismo nos lo cuenta: «El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia; en efecto, cuando estaba en pecados me era muy amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de los mismos, aquello que me había parecido amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo; y, después de esto, permanecí un poco de tiempo y salí del siglo» (Test 1-3). Este primer paso, este inicio le volverá espontáneamente a la memoria al final de su vida cuando escriba su Testamento a los hermanos.

Ciertamente, este «lugar» fue tan determinante para su vocación que lo impondrá o sugerirá también a los otros hermanos: «Desde el principio de la Religión, después que los hermanos empezaron a multiplicarse, quiso que viviesen en los hospitales de los leprosos para servir a éstos. En aquella época, cuando se presentaban postulantes, nobles y plebeyos, se les prevenía, entre otras cosas, que habrían de servir a los leprosos y residir en sus casas» (LP 9). Y si el biógrafo recuerda esta práctica es porque lamenta que se haya perdido. De hecho, en la Regla no se habla de ella.

Francisco conocía bien la naturaleza humana, de la que desconfiaba; conocía los peligros de la «propia voluntad», los enredos del egoísmo, la tendencia a tomar por «inspiración divina» lo que no es más que simple efecto de la psique o resultado del prisma socio-cultural en que se vive inmerso y que siempre es un poco deformante; todo esto, sin embargo, no le impedía tener una gran confianza en la «inspiración».

De ahí nace en él la preocupación por hacer verificar, confirmar, autenticar sus propias «inspiraciones» por medio de otras mediaciones que no sean las suyas propias. Sabe perfectamente que el receptor humano está con frecuencia ofuscado y a veces bloqueado por su infinita capacidad de autojustificación incluso espiritual. Y uno de los mejores «lugares» es la fraternidad, es decir, el conjunto de los hermanos o, como suele llamarse, «el capítulo». Leemos, en efecto, que los hermanos, al regresar de Roma, discutían para averiguar cómo observar mejor el Evangelio, cómo actuar, cómo vivir (cf. 1 Cel 34; LM 4,1-2). Y sabemos que Francisco mismo recurrió con frecuencia a los hermanos y también a las hermanas para conseguir mayor claridad en lo referente a su vocación y misión.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 34 (1983) 3-8]

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