martes, 11 de abril de 2017



ALFA Y OMEGA

Los habitantes de Tanta, ciudad golpeada por Daesh, relatan su martirio
Michel no habla desde ayer, sólo llora. Su «padre espiritual», el sacerdote Fady Ibrahim, fue una de las víctimas del atentado de Daesh contra un templo cristiano en Tanta este Domingo de Ramos. La iglesia de San Jorge era el centro neurálgico y «la joya» de la comunidad copta en Tanta, que vive hoy conmocionada por el ataque y se debate entre el duelo, el «ha sido decisión de Dios», y la indignación hacia un Gobierno que ven incapaz de protegerlos.

«El Gobierno dejó que pasara esto, él debería protegernos y no lo ha hecho, tiene parte de culpa», asevera el padre de Michel, que acompaña a su hijo hasta la iglesia donde ayer se celebró un el funeral por las víctimas. En una de las salas del complejo, voluntarios se afanan para construir las tumbas que acogerán a los 27 muertos en el atentado, entre feligreses y diáconos. «Son todos mis vecinos, mis amigos, amigos de mis hijos», lamenta una mujer con los ojos empañados en lágrimas, que concluye: «Ya nos esperamos cualquier cosa. Lo que ocurra en el futuro está en manos de Dios. Dios ha permitido lo que sucedió ayer, los que murieron ayer eran mejores que nosotros, murieron en el martirio y ahora están en mejor lugar».

Se veía venir


«Nosotros no vamos a hacer nada, el que debe reaccionar es el Gobierno. Hace unos días se encontró otra bomba en esta calle, fue un toque de alarma de que algo grande iba a pasar, deberían (los servicios de Seguridad) haber actuado», señala Fady, copto de mediana edad. «(El arco de detección de metales) no funciona bien, está de decoración», critica otro copto de nombre Reizk.

Al oír la explosión, Reizk fue de los primeros que se acercó a ayudar con los cuerpos: «Había sangre y trozos de cuerpos por todas partes, ¡Dios mío!», relata. Algunos de los heridos, que en total alcanzaron los 78, fueron trasladados al cercano hospital Universitario de Tanta, donde Ibtism, trabajadora de urgencias, recibió una avalancha de familias angustiadas, de quemados y otros heridos por la «metralla» del altar provocada por el terrorista suicida que hizo estallar el explosivo junto al presbiterio.

Un grupo de chicas, adolescentes, se acercan a la puerta del templo. Una de ellas rompe a llorar antes de poder explicar los momentos siguientes al atentado en la iglesia donde el domingo pasado atendía misa. Su amigas la abrazan, largo rato. En sus muñecas, una pequeña cruz tatuada, común entre los coptos, orgullosos de su fe y una forma de crear comunidad entre ellos.

Una peregrinación de vecinos cristianos se acercó ayer a la Iglesia de San Jorge, hoy rodeada de vallas de seguridad, dos coches patrulla y la puerta cerrada al público para ocultar las cicatrices de la explosión en el altar, la sangre en las baldosas y el iconostasio destrozado.

«Queremos irnos»

«(La iglesia) es como nuestra casa, nos duele verla así», apostilla una mujer vestida, como muchas ayer en Tanta, de riguroso negro. «¿Vosotros (en España) tenéis una iglesia así? ¿Destruida por una bomba? Te digo yo que muchos cristianos queremos irnos de Egipto, queremos vivir tranquilos», se indigna Pedro, que junto a un grupo de vecinos coptos ha pasado la mañana sentado frente a la iglesia, observando, recibiendo y dando el pésame.

Aunque la ciudad ha recuperado rápidamente el bullicio de un lunes laborable, las tiendas de las calles adyacentes a la iglesia, construida en un barrio de mayoría copta, han permanecido con las persianas cerradas. A tan sólo una manzana del templo, una escuela infantil permanece vacía. «Los niños no han venido hoy, los padres no creen que sea seguro ir a la escuela estos días, especialmente los cristianos», explica un profesor de matemáticas sentado en un patio vacío.

«Solíamos apoyar a Al Sisi, pero ya no más» dice enfadado el padre de Michel. En 2013, la comunidad copta fue objetivo de una oleada de violencia sectaria por parte de vecinos musulmanes que los acusaban de haber apoyado la asonada militar de Al Sisi contra el presidente islamista Mohamed Morsi. El patriarca de la Iglesia Ortodoxa Copta, Teodoro II, no ha ocultado en numerosos discursos su todavía permanente apoyo al Gobierno de Al Sisi, que pese a sus promesas de protección a esta minoría religiosa, que comprende entre cerca del 10% de la población, ha sido incapaz de detener los crecientes incidentes de violencia en zonas rurales, que muchas veces quedan sin investigar ni castigos a los culpables. Entre los coptos de a pie, este apoyo incondicional a Al Sisi comenzó a resquebrajarse tras el atentado el pasado diciembre contra otra iglesia en El Cairo.

Otros se encogen de hombros; se han resignado. «Ésta es nuestra casa y nadie nos va a impedir ir a la iglesia y seguir celebrando», apostilla una joven Mariam. Tanto el Papa Teodoro II como Abdelfatah Al Sisi han pedido responder a estos atentados con unidad entre cristianos y musulmanes, «todos egipcios» que sufren «la amenaza del terrorismo que quiere desestabilizar el país».

Alicia Alamillos/ABC
Fecha de Publicación: 11 de Abril de 2017

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