domingo, 19 de marzo de 2017

La Eucaristía…..el Gran Amor


Quien no entiende la Eucaristía difícilmente logre entender lo que entraña ser cristiano. Sí, puesto que el cristiano es un hombre que se dejó alcanzar por la más grande de las entregas que Dios tuvo para con la humanidad: “tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único, para que creyendo en él tengan vida eterna”, nos dice la Escritura.


Sí, el cristiano es aquél que se dejó arrebatar por el “amor más grande, que es el que da su vida por sus amigos” (Jn. 15, 13). Y arrebatado por ese amor ya no vive para sí ni muere para sí. Este es el cristiano, un hombre que renunció a tenerse en el centro, para dejar espacio al Yo de Cristo, a su Persona Divina.

Y estas consideraciones nos acercan al Misterio eucarístico, por cierto, misterio de la fe. Porque es precisamente allí, en las especies consagradas del pan y del vino donde se actualiza, hasta que el Señor vuelva, su mayor entrega, su amor hasta el extremo, su amor hasta el fin.

Y si las aguas del bautismo nos comunicaron la misma vida de Dios y nos sumergieron en la comunión intradivina del Padre con el Hijo en el Espíritu; es en la Eucaristía donde no sólo encontramos la fuente y el surtidor de esa vida divina sino más aún, porque allí esa vida divina tiene un rostro concreto, esa vida es una Presencia incorporante que nos asimila, nos consagra.

Allí es Jesús mismo quien nos sienta a su mesa: “…tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: ‘Tomad, comed, éste es mi cuerpo’. Tomó luego una copa y, dada las gracias, se la dio diciendo: ‘Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza…’”
(Mt.26, 26-28) Y sólo quien tiene el coraje de permanecer en esa mesa donde acontece ininterrumpidamente el milagro de la multiplicación de los panes, y donde se nos comunica el gozo inaudito de la pesca milagrosa, sólo ése puede dar frutos y alcanzar la vida en abundancia.

P. Claudio Bert

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