sábado, 25 de marzo de 2017

LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR!!


Brisa Andina

Caricias para el Alma


Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. La encarnación del Hijo de Dios es el misterio básico de nuestra fe cristiana. El que profesamos en el Credo diciendo que “por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”. Hoy sería bueno que leyéramos, a modo de meditación o lectura espiritual, los números que el Catecismo de la Iglesia Católica dedica a este misterio de la Anunciación y la Encarnación.
La celebración de hoy es también, como la de la Presentación del Señor del 2 de febrero, “una fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen: del Verbo que se hace hijo de María y de la Virgen que se convierte en Madre de Dios. Con relación a Cristo, como memoria del SI salvador del Verbo Encarnado, como conmemoración del principio de la Redención. Con relación a María, como fiesta de la nueva Eva, virgen fiel y obediente, que con su sí generoso se convirtió, por obra del Espíritu, en Madre de Dios y también en verdadera Madre de los vivientes” (Pablo VI, Marialis Cultus 6). Por eso, si antes hablábamos de la “Anunciación de Nuestra Señora”, ahora llamamos a esta fiesta la “Anunciación del Señor”.
Como no sabemos cuándo sucedió el acontecimiento decisivo de la Encarnación, ya desde muy pronto se pensó celebrarlo nueve meses antes de la Navidad (del 25 de marzo al 25 de diciembre), en una fecha que, además, coincide con el equinoccio de la primavera, que los antiguos creían que había sido también la fecha del inicio de la creación. Estos razonamientos ya los hacía san Agustín.
En la liturgia hispánica se decidió, durante el concilio X de Toledo, el año 656, que era mejor cambiar la fecha, para que no coincidiera con la Cuaresma. Por eso, sin dar importancia a lo de los nueve meses, prefirieron colocar esta celebración unos días antes de la Navidad, el 18 de diciembre.
Isaías 7,10-14: “La Virgen está encinta” El profeta le ofrece al rey Acaz, en el siglo VII antes de Cristo, la ayuda de Dios para la solución de sus problemas. Pero el rey se fía más de su alianza militar con los asirios. Y entonces es cuando el profeta le anuncia un signo: una muchacha -que luego en griego se tradujo por “virgen”- dará a luz a un niño. Este niño pudo ser, históricamente, el hijo de Acaz, Ezequías, pero los judíos lo interpretaron como figura del futuro Mesías, porque Isaías, en este pasaje, ya le llama “Emmanuel”, el “Dios-con-nosotros”.
Hebreos 10,4-10: “Está escrito en el libro: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad” Esta página de la carta a los Hebreos nos ayuda a centrar claramente la fiesta en su protagonista, Cristo Jesús, que “cuando entró en el mundo”, hizo suyos los sentimientos del salmo 39, que se cita y se comenta, y que nos ha servido como salmo de meditación: “Tú no quieres sacrificios ni holocaustos, pero me has dado un cuerpo: aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.
La Encarnación del Hijo de Dios tiene esta finalidad: con su entrega en la cruz, va a reconciliar a Dios con la humanidad. La de hoy es la ofrenda inicial, que ya apunta a la ofrenda final de la Pascua, de una vez para siempre, en la Cruz.
Lucas 1,26-38: “Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo” La página de la Anunciación del Señor, tal como nos la cuenta Lucas (que leemos, además, el 20 de diciembre y, también, el domingo IV de Adviento del año B), es de las más expresivas, poéticas y esperanzadoras de nuestra fe cristiana.
Se ve claramente la iniciativa de Dios y la respuesta de una humilde muchacha israelita, como representante de todo el pueblo del Antiguo Testamento y también de todos los que después, durante los ya dos mil años de historia cristiana, responden al plan salvador de Dios. Dios dice su “sí” a la humanidad. Y la humanidad, en la persona de María, le responde con su “sí” de acogida: “Hágase en mí según tu palabra”, que es un eco perfecto de la actitud de Cristo: “Vengo a hacer tu voluntad”.
Del encuentro de estos dos “síes” brota, por obra del Espíritu, el Salvador Jesús, el Dios-con-nosotros que anunciaba el profeta: “y el Verbo se hizo carne”. El Hijo de Dios, su Palabra personificada, tomó naturaleza humana. Sobre todo, en estos años que vivimos en torno al gran Jubileo del año 2000, celebramos con más énfasis esta fiesta, recordando que hace dos mil años que el Hijo de Dios se encarnó en nuestra historia.
Hoy es uno de los días en que con más sentido podemos rezar el Ángelus: “el ángel de Dios anunció a María…; hágase en mí según tu palabra…; y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros”.
Por una parte, nos llena de alegría la gran noticia -que no aparecerá ciertamente en los medios de comunicación- de que Dios no es un Dios lejano, sino “Dios con nosotros”, que ha querido hacerse hombre para que nosotros podamos unirnos a su vida divina. Y, por otra, nos sentimos animados, por el ejemplo de María, a contestar con nuestro “sí” personal, vital, desde nuestra historia concreta, a ese acercamiento de Dios, superando así los planteamientos más superficiales de la vida a los que podría invitarnos nuestra comodidad o el clima de la sociedad.
Es la fiesta del “sí” y del amor: el de Dios y el nuestro. Si también nosotros respondemos a Dios “hágase en mí según tu Palabra”, como hicieron Cristo desde el primer momento de su existencia y María de Nazaret en el diálogo con el ángel, se volverá a dar, en nuestro mundo, una nueva encarnación de Cristo Jesús. Por obra de su Espíritu seguirá brotando la salvación y la gracia y la alegría de la Buena Noticia.
Y María de Nazaret -la “nueva Eva”, que obedeció a la voz de Dios, al contrario que la primera-, se convertirá en la mejor representante y modelo de los que pertenecemos a la nueva humanidad que Dios ha formado en torno a su Hijo. Una de las preces de Vísperas así lo pide: “dispón nuestros corazones para que reciban a Cristo como la Virgen Madre lo recibió”.
^ “Tú has querido que la Palabra se encarnase en el seno de la Virgen María” (oración)
| “Y le pondrá por nombre Emmanuel, Dios-con-nosotros” (1a lectura)
| “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (2a lectura)
\ “Hágase en mí según tu palabra” (evangelio)
  • “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (aclamación evangelio)

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