miércoles, 29 de marzo de 2017

El fin de los tiempos históricos.

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En su obra: “La ciudad de Dios”, San Agustín nos enseña que tanto la ciudad de Dios como la ciudad de los hombres, tienen fines opuestos. Mientras la ciudad de Dios tiene como fin la paz eterna, la ciudad de los hombres tiene como fin la destrucción. Porque en la medida en que la ciudad terrena busca el fin en sí misma, no puede sostenerse en algo que sea permanente. El error de la ciudad del mundo radica en colocar en el lugar de lo absoluto y de lo inmutable, lo relativo y mudable que conduce a la nada. De modo que mientras la ciudad de Dios se encamina a la paz que trasciende esta vida, la ciudad del mundo tiene su fin aquí. Los ciudadanos de la ciudad de Dios están en el mundo sin ser del mundo. Están en la ciudad temporal, pero sin ser de la ciudad temporal. Por eso para los ciudadanos de la ciudad de Dios, es muy importante reflexionar sobre el tiempo.

El hecho de que los ciudadanos de la ciudad de Dios tengan como fin lo inmutable y lo absoluto, conduce a que caigan en la cuenta de que el tiempo no puede ser otra cosa que la participación de la eternidad. De modo que los ciudadanos de la ciudad de Dios son conscientes de que, en este mundo temporal, el cristiano está inmerso en la eternidad. El pasado y el futuro son momentos de la eternidad porque, aunque el pasado y el futuro ya no son en nuestra percepción terrena. En realidad, el pasado y el futuro siempre han sido y son siempre. Lo que hay es un eterno presente en el que el hombre capta los sucesos de una manera fugaz. El ciudadano de la ciudad de Dios sabe que, el tiempo es como un resquicio por el que el hombre vislumbra la eternidad, y los hechos históricos son como la irrupción de la eternidad en el tiempo que conecta los momentos. El ciudadano de la ciudad de Dios sabe que el presente histórico se encuentra en la eternidad en cuanto la implica. Y es que el presente, en sentido estricto, no es temporal porque lo temporal implica el pasado y el futuro que tienen lugar en el presente. Por eso ni el pasado ni el futuro abren la visión a la eternidad. Sólo el presente es una ranura por la que el homo viator puede ver la eternidad.[1]
De lo anterior se sigue que, aunque los ciudadanos de la ciudad terrena pongan su fin en sí mismos y en el mundo, la historia universal implica la eternidad, de modo que el tiempo histórico supone necesariamente el fin que es la conclusión del tiempo, es decir, lo escatológico. Se trata del fin último después del cual ya no puede haber tiempo histórico, ni historia. El final de la historia en el que se acaba el tiempo histórico.
Pero además, si hay fin de la historia, es que hubo un principio o una creación de la historia que tiende al fin. Y es que no hay devenir si no hay fin que atrae el movimiento hacia él. Y un tiempo sin principio ni fin, en realidad no es tiempo porque sería un círculo que da vueltas sin sentido y sin razón; un eterno retorno de lo mismo como lo concebían los griegos. Por eso es necesario comprender que el tiempo tiene un inicio y un fin absolutos. Hay un inicio de la historia y un fin de la misma, es decir, un último hecho histórico.
Si reflexionamos un poco más, veremos que, sin principio y fin histórico, la Historia deja de ser una ciencia humana y se convierte en una narración de sucesos sin sentido. Pura descripción sin fin, el absurdo que no termina y que, al no tener sentido, se disuelve en la nada. De aquí que el fin de la historia no pueda ser temporal sino estar por encima del tiempo. Y ese fin es el que le da sentido a la historia y está presente en la historia. De modo que el fin ya está presente en cada acontecimiento histórico que nos muestra la eternidad. En conclusión, mientras los ciudadanos de la ciudad del mundo tienen como fin su destrucción, y por lo mismo no ven sentido al tiempo ni a la historia; los ciudadanos de la ciudad de Dios tienen como fin Dios mismo, por eso conciben el tiempo como una participación de la eternidad. Los ciudadanos de la ciudad de Dios son conscientes de que la historia exige un fin que es Dios que, siendo exterior a ella, irrumpe en ella en el misterio de salvación, porque sin Él, la historia no tiene ningún sentido.


[1] Cfr. Caturelli, Alberto. El hombre y la historia. Folia universitaria. 2ª ed. México 2005.

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