miércoles, 29 de marzo de 2017

El agotamiento y envejecer del sacerdote……bibliografía


“María es mi Madre. Y al aceptarme como hijo, deposita en mí todos los tesoros de su caridad, todo su cariño. ¡Con qué ternura vela por mí…! ¡Qué solicitud, qué amor…! ¿Qué quiere hacer de mí? Un santo, que sólo busque la mayor gloria de Nuestro Señor, su Santísimo Hijo” (San Alberto Hurtado).

Oración a la Santísima Virgen por los sacerdotes
Madre Nuestra María Santísima, Madre del verdadero Dios por quien, en quien y con quien vivimos, hoy te suplico humildemente que intercedas por tu hijo………

Pídele a Dios Espíritu Santo, encender en el corazón de este sacerdote tuyo el FUEGO DE SU AMOR.
Un fuego que le de calor a él primero y luego que la chispa de ese fuego contagie a todos los que se acerquen a él. Un fuego que caliente a los que tengan frío en su corazón, que sea una llama de amor que no se apague nunca, ni de noche ni de día. Que sea un fuego que queme todo los resentimientos, todos los malos recuerdos, todo lo negativo, todo el dolor, toda la falta de amor, todo lo que necesita renovarse.
Y luego que brote de ese mismo corazón un RÍO DE AGUA VIVA, un río que apague primero la sed de este tu siervo, su sed de Dios, su sed del Amor de Dios, su sed por la salvación de las almas.
Y después que sea una fuente de donde las almas puedan encontrar y experimentar el AMOR DE DIOS, su misericordia, su perdón por medio de la absolución dada por Tu Hijo Jesucristo a través de las manos de este sacerdote tuyo.
Madre Nuestra, este AMOR, este Fuego, esta AGUA VIVA es urgente que Dios le permita a este sacerdote experimentarlos, para su propia paz, alegría y salvación y para compartirlas con todas las almas que Dios tenga destinadas que se salven a través de su contacto con este humilde sacerdote tuyo.

Gracias por tu amor y tus cuidados maternales. Cúbrenos con tu manto y protégenos de todos los males y de las asechanzas del demonio. Sé tú nuestra guía, nuestro lucero, nuestro faro, enséñanos el camino al Cielo donde por medio del amor, la misericordia y el perdón de Dios esperamos gozar por siempre del Amor de Dios, junto contigo por siempre. Amén
Descontemos que la labor pastoral en sí supone un ponerse las 24 horas en total disponibilidad para la atención – en aquellas cosas que se refieren a Dios – del Pueblo para quien nos ordenamos.
Descontemos la genética (en la cual creo cada día más, porque gratiam supponit naturam) que tiene determinada sobre nosotros, como sobre cualquier mortal, la programación del paulatino decrecimiento de nuestro aspecto exterior y el desarrollo de nuestras afecciones internas.
Descontemos también el desgaste de tanta incomprensión, ingratitudes, intrigas, celotipias y demás cruces que a la mayoría de los sacerdotes les asigna Dios en su Providencia para identificarlos con su Hijo Paciente.
Me detengo en una consideración que me parece “natural” sea una causa de nuestro aspecto “presbiteral”. Fuimos constituidos sacramentalmente “ancianos”.
Y si quisimos ordenarnos con todo nuestro ser, será lógico que lo interior también se nos trasluzca hacia fuera.
Cada vez que el Sacerdote de Cristo “sube” al Altar, al igual que Moisés, penetra en el misterio del Dios Escondido.
Un Dios que se esconde para que el hombre lo encuentre.
Recordemos que el Horeb no fue solamente rayos y resplandor. El Horeb era una montaña “tenebrosa”. Moisés se internaba en el misterio de la oscuridad, desde el que no sabía cómo saldría.
No se puede ver a Dios y seguir viviendo. Pero quien como Moisés llega a ver siquiera la orla de su vestido, no saldrá igual cuando termine su cita con El.
Si nuestra vida es casi como un mirar a Dios “cara a cara”, si nuestra existencia es enfrentarnos con el misterio del Eterno Sacrificio del Calvario, no es absurdo pensar que ese contacto tan cercano con el Dios Eterno, El que está siendo, nos introduzca por una hora apenas, frente a Aquel para quien un día son como mil años y mil años como un día.
En la Edad Media existía la piadosa creencia que durante el tiempo de la celebración de la Misa – como el tiempo se detenía, o absorbía en la eternidad – los asistentes no envejecían.
Pero también podemos pensar que cuando todas las potencias del hombre-sacerdote se ponen en su máxima tensión hacia el sacrum, cuando es invadido por ese terror sacrum que causaba escalofrío a los Patriarcas, todos los siglos eternos del Dios que habita en las Tinieblas del misterio se le vienen encima…
“Ver” cada día la maravillosa zarza eucarística que se consume de amor por los hombres, tocarla con las manos, es un trabajo de algo riesgo.
Si en verdad creemos, como lo creemos, en el poder que irradia esta maravillosa Presencia Real, no podemos dudar que es como tocar un uranio divino: a la larga tanto poder hará lo suyo en nuestras vidas.
Si tocar la Eucaristía no nos ha prebiterizado lo suficiente, es que no sabemos lo que hacemos…
Quien celebra con esta conciencia, seguro que termina su Misa con un verdadero agotamiento de todos su ser: su cuerpo, su mente, sus sentimientos; están cargados y alumbrados por aquellas tinieblas que cubrieron toda la tierra en el momento de la Expiración del Cordero Inmaculado.
Al volver del Altar, el hombre-sacerdote ha envejecido. Por ello a la Misa siguiente se acerca rogándole a Dios que renueve su juventud y pidiéndole que le devuelva la alegría de la salvación para que esperando en Él pueda todavía confesarle con la cítara.
La Santa Misa es verdaderamente un trabajo. Y un trabajo extenuante.
Quien celebre con todo su ser lo habrá experimentado. Y el trabajo duro envejece nuestro cuerpo.
Ese es el misterioso y pendular movimiento del Altar Horeb al que cada día subimos y bajamos: juventud y envejecimiento.
Pero a la larga, el Presbítero (anciano desde sus veinticuatro, veintitrés , menos años…), será como el altar magnífico que con el tiempo, se patinó de unción, experiencia, y mira risueño el paso de Dios por su vida y la de sus hijos y hermanos.

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