miércoles, 8 de marzo de 2017

Cuaresma. Cruz de Salvación


A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió,
venid adorémosle.
Los 40 días de desierto, donde Jesús fue llevado por el Espíritu Santo  y donde experimentó la ferocidad de la tentación y venció por su obediencia a la palabra del Padre y por el vigor del Espíritu que lo llenaba,  son como un compendio de los días nuestra vida presente.
Si la vida de Jesús está marcada por la tentación, es decir, fue una existencia probada hasta el final, hasta la Hora definitiva en que consumó su obra en la Cruz, también la vida del creyente estará signada para la tentación  y por las pruebas.
Jesús conoció y experimentó la tentación, porque al ser hombre verdadero, se solidariza desde dentro con nuestra humanidad expuesta a la prueba. Por eso afirma la Escritura que “Él es capaz de compadecerse de nuestras flaquezas, porque también Él fue tentado” (Hb 4, 14).
Pero, a diferencia de nosotros, Él no sucumbe en la prueba; Él permanece fiel y vence al mal y al Malo con la sola fuerza del bien.
Hemos de pensar, mis herm
anos, que un creyente tentado no es un creyente más débil, sino quien más posibilidades tiene de mostrar su fortaleza, en verdad, la fortaleza del Fuerte que nos acompaña en todos los desiertos de nuestra vida.
Los momentos de prueba – que es lo que significa el término “tentación” en el lenguaje bíblico – no sólo nos hacen más conscientes de nuestra debilidad humana, sino que son la oportunidad privilegiada para palpar la bondad, la cercanía misericordiosa de Dios para con su Pueblo.
Le dejo la palabra a San Agustín que sobre estas cuestiones ha dicho cosas más importantes:
“Nuestra vida, en efecto, mientras dura esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones”
“Así pues, nos transformó en sí mismo, cuando quiso ser tentado por Satanás. Acabamos de escuchar en el Evangelio cómo el Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en el desierto. El Cristo total era tentado por el diablo, ya que en él eras tú tentado. Cristo, en efecto, tenía de ti la condición humana para sí mismo, de sí mismo la salvación para ti; tenía de ti la muerte para sí mismo, de sí mismo la vida para ti; tenía de ti ultrajes para sí mismo, de sí mismo honores para ti; consiguientemente, tenía de ti la tentación para sí mismo, de sí mismo la victoria para ti.
Si en él fuimos tentados, en él venceremos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también a ti mismo victorioso en él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo;
pero entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras aprendido de él a vencerla”
Padre Claudio Bert
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