jueves, 30 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 31 DE MARZO

 

BEATO CRISTÓBAL ROBINSON. Nació en un pueblecito del condado de Cumberland (Inglaterra) el año 1568. En su tiempo la monarquía obligó a sus ciudadanos a abandonar la fe tradicional católica y a profesar otra nueva, so pena de sufrir persecución, hasta incluso la muerte. Cristóbal, para dar curso a su vocación sacerdotal, tuvo que marchar a Francia a estudiar, y en 1592 fue ordenado de sacerdote en Reims. Aquel mismo año regresó a su tierra, en la que estuvo seis años ejerciendo su ministerio en condiciones de clandestinidad, ocultando su condición de sacerdote, administrando los sacramentos y catequizando con suma cautela, etc. Presenció la ejecución de san Juan Boste, que luego narró en una relación, y el ejemplo del mártir lo afianzó en su vocación misionera. Años después fue detenido y encarcelado, acusado de haberse ordenado de sacerdote en el extranjero y haber ejercido su ministerio en el país. En el juicio, a pesar de las amenazas y halagos, permaneció firme en su fe. Lo ahorcaron y descuartizaron en Carlisle (Inglaterra) en una fecha incierta de 1597, durante el reinado de Isabel I.



BEATA NATALIA TULASIEWICZ. Nació en Rzeszów (Polonia) el año 1906. Estudió en Poznam en las Ursulinas y luego en la Universidad, en la que se licenció en letras. Estuvo enseñando en colegios de religiosas hasta que, en 1939, dictaron contra ella orden de extrañamiento. Se dedicó entonces a la enseñanza universitaria clandestina. En 1943 se ofreció para trabajar en Alemania como obrera de fábrica, con la intención de ayudar a sus compañeras a conservar la fe y la espiritualidad. Trabajó en Hannover, donde su actividad religiosa no pasó inadvertida. Fue arrestada por la Gestapo en 1944, torturada y ultrajada en la cárcel de Colonia, e internada en el campo de exterminio de Ravensbrück (Alemania). El Viernes Santo de 1945 hizo una prédica en su barracón sobre la muerte y resurrección de Jesucristo; dos días después, el 31 de marzo, Domingo de Pascua, la llevaron a la cámara de gas, donde murió. Fue una docente seglar, animadora del apostolado de los seglares, que marchó voluntariamente a Alemania para confortar a las mujeres condenadas a trabajos forzados.

* * *

San Agilolfo. Obispo de Colonia (Alemania), preclaro por la austeridad de vida y la predicación, que murió el año 751.

Santa Balbina. En Roma, sobre el Aventino, hay una basílica dedicada a santa Balbina.

San Benjamín. Fue diácono en la Iglesia de Argol (Persia). Durante el reinado de Vararane V, perseguidor de los cristianos, no cesó de predicar el Evangelio, mostrando un gran celo misionero tanto a la hora de sostener en la fe a los fieles como a la hora de llevarla a los paganos. Arrestado y llevado a juicio, ante su negativa a apostatar del cristianismo y abrazar la religión persa, lo torturaron metiéndole cañas afiladas en las uñas y en los orificios del cuerpo. Por último lo asesinaron el año 420.

San Guido de Pomposa. Nació en Rávena (Italia) y en su juventud, para seguir su vocación de consagrarse a solo Dios, rehusó el matrimonio que le propusieron sus padres. Estuvo unos años de ermitaño y luego ingresó en el monasterio de Pomposa, junto a Ferrara, del que llegó a ser abad. Recibió a muchos discípulos y restauró los edificios; luego se preocupó de modo especial por la oración, la contemplación y el culto divino, buscando vivir en la soledad, atento sólo a Dios. Favoreció las nuevas teorías musicales litúrgicas y entre sus monjes tuvo a Guido de Arezzo, el inventor de las notas musicales modernas. Murió en Borgo San Donnino (Parma) el año 1046.

Beato Buenaventura Tornielli. Nació en Forlí (Italia) el año 1411 en el seno de una familia acomodada. En 1448 ingresó en la Orden de los Siervos de María. Dedicó varios años al estudio de la teología y, ordenado de sacerdote, se dedicó sobre todo al ministerio de la palabra en las misiones populares y en la predicación. Era un predicador elocuente y de sólida doctrina, que recorrió amplias regiones de Italia, y el tema dominante de sus sermones era la conversión y la penitencia. Murió en 1491 cuando estaba predicando una cuaresma en Udine, territorio de Venecia.

Beata Juana de Toulouse. De familia noble, quiso vivir reclusa en las proximidades del convento carmelita de Toulouse (Francia), donde llevó una vida santa, de oración y penitencia. Es probable que profesase la Regla del Carmen o que fuera terciaria carmelita. Murió a principios del siglo XV.




PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dice la Carta a los Hebreos: «Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec» (Heb 5,7-10).

Pensamiento franciscano:

Decía san Francisco: «Bienaventurado el siervo que, cuando habla, no manifiesta todas sus cosas con miras a la recompensa, y no es ligero para hablar, sino que prevé sabiamente lo que debe hablar y responder. ¡Ay de aquel religioso que no guarda en su corazón los bienes que el Señor le muestra, y no los muestra a los otros con obras, sino que, con miras a la recompensa, ansía más bien mostrarlos con palabras! Él recibe su recompensa (cf. Mt 6,2.16), y los oyentes sacan poco fruto» (Adm 21).

Orar con la Iglesia:

Bendigamos a Jesús, nuestro Salvador, que por su muerte nos ha abierto el camino de la salvación, y digámosle confiados: Guíanos por tus senderos, Señor.

-Señor de misericordia, que en el bautismo nos diste una vida nueva, te pedimos que nos hagas cada día más conformes a ti.

-Enséñanos, Señor, a ser alegría para los tristes, los que sufren, y haz que sepamos servirte en cada uno de los necesitados.

-Que procuremos, Señor, hacer lo bueno, lo recto y justo ante ti, y que busquemos tu rostro con humildad y sinceridad de corazón.

-Perdona, Señor, las faltas que hemos cometido contra la unidad y dicha de tu familia, y haz que tengamos un solo corazón y un solo espíritu.

Oración: Señor Dios nuestro, haz que el amor sin medida con que nos enriqueces nos lleve a abandonar la corrupción del hombre viejo, y a revestirnos del Hombre Nuevo, Cristo. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

* * *

CAMINO HACIA LA PASIÓN DE JESÚS
De la Homilía de Benedicto XVI el 29 de marzo de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

En el pasaje evangélico de hoy [Domingo V de Cuaresma, Ciclo B], san Juan refiere un episodio que aconteció en la última fase de la vida pública de Cristo, en la inminencia de la Pascua judía, que sería su Pascua de muerte y resurrección. Narra el evangelista que, mientras se encontraba en Jerusalén, algunos griegos, prosélitos del judaísmo, por curiosidad y atraídos por lo que Jesús estaba haciendo, se acercaron a Felipe, uno de los Doce, que tenía un nombre griego y procedía de Galilea. «Señor -le dijeron-, queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). Felipe, a su vez, llamó a Andrés, uno de los primeros apóstoles, muy cercano al Señor, y que también tenía un nombre griego; y ambos «fueron a decírselo a Jesús» (Jn 12,22).

En la petición de estos griegos anónimos podemos descubrir la sed de ver y conocer a Cristo que experimenta el corazón de todo hombre. Y la respuesta de Jesús nos orienta al misterio de la Pascua, manifestación gloriosa de su misión salvífica. «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre» (Jn 12,23). Sí, está a punto de llegar la hora de la glorificación del Hijo del hombre, pero esto conllevará el paso doloroso por la pasión y la muerte en cruz. De hecho, sólo así se realizará el plan divino de la salvación, que es para todos, judíos y paganos, pues todos están invitados a formar parte del único pueblo de la alianza nueva y definitiva.

A esta luz comprendemos también la solemne proclamación con la que se concluye el pasaje evangélico: «Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32), así como el comentario del Evangelista: «Decía esto para significar de qué muerte iba a morir» (Jn 12,33). La cruz: la altura del amor es la altura de Jesús, y a esta altura nos atrae a todos.

Muy oportunamente la liturgia nos hace meditar este texto del evangelio de san Juan en este quinto domingo de Cuaresma, mientras se acercan los días de la Pasión del Señor, en la que nos sumergiremos espiritualmente desde el próximo domingo, llamado precisamente domingo de Ramos y de la Pasión del Señor. Es como si la Iglesia nos estimulara a compartir el estado de ánimo de Jesús, queriéndonos preparar para revivir el misterio de su crucifixión, muerte y resurrección, no como espectadores extraños, sino como protagonistas juntamente con él, implicados en su misterio de cruz y resurrección. De hecho, donde está Cristo, allí deben encontrarse también sus discípulos, que están llamados a seguirlo, a solidarizarse con él en el momento del combate, para ser asimismo partícipes de su victoria.

El Señor mismo nos explica cómo podemos asociarnos a su misión. Hablando de su muerte gloriosa ya cercana, utiliza una imagen sencilla y a la vez sugestiva: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Se compara a sí mismo con un «grano de trigo deshecho, para dar a todos mucho fruto», como dice de forma eficaz san Atanasio. Y sólo mediante la muerte, mediante la cruz, Cristo da mucho fruto para todos los siglos. De hecho, no bastaba que el Hijo de Dios se hubiera encarnado. Para llevar a cabo el plan divino de la salvación universal era necesario que muriera y fuera sepultado: sólo así toda la realidad humana sería aceptada y, mediante su muerte y resurrección, se haría manifiesto el triunfo de la Vida, el triunfo del Amor; así se demostraría que el amor es más fuerte que la muerte.

Con todo, el hombre Jesús, que era un hombre verdadero, con nuestros mismos sentimientos, sentía el peso de la prueba y la amarga tristeza por el trágico fin que le esperaba. Precisamente por ser hombre-Dios, experimentaba con mayor fuerza el terror frente al abismo del pecado humano y a cuanto hay de sucio en la humanidad, que él debía llevar consigo y consumar en el fuego de su amor. Todo esto él lo debía llevar consigo y transformar en su amor. «Ahora -confiesa- mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora?» (Jn 12,27). Le asalta la tentación de pedir: «Sálvame, no permitas la cruz, dame la vida». En esta apremiante invocación percibimos una anticipación de la conmovedora oración de Getsemaní, cuando, al experimentar el drama de la soledad y el miedo, implorará al Padre que aleje de él el cáliz de la pasión.

Sin embargo, al mismo tiempo, mantiene su adhesión filial al plan divino, porque sabe que precisamente para eso ha llegado a esta hora, y con confianza ora: «Padre, glorifica tu nombre» (Jn 12,28). Con esto quiere decir: «Acepto la cruz», en la que se glorifica el nombre de Dios, es decir, la grandeza de su amor. También aquí Jesús anticipa las palabras del Monte de los Olivos: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Transforma su voluntad humana y la identifica con la de Dios. Este es el gran acontecimiento del Monte de los Olivos, el itinerario que deberíamos seguir fundamentalmente en todas nuestras oraciones: transformar, dejar que la gracia transforme nuestra voluntad egoísta y la impulse a uniformarse a la voluntad divina.

* * *

SI ALGUNO PECA,
TENEMOS A UNO QUE ABOGUE ANTE EL PADRE
Del Comentario de San Juan Fisher sobre el Salmo 129

Cristo Jesús es nuestro sumo sacerdote, y su precioso cuerpo, que inmoló en el ara de la cruz por la salvación de todos los hombres, es nuestro sacrificio. La sangre que se derramó para nuestra redención no fue la de los becerros y los machos cabríos (como en la ley antigua), sino la del inocentísimo Cordero, Cristo Jesús, nuestro salvador.

El templo en el que nuestro sumo sacerdote ofrecía el sacrificio no era hecho por manos de hombres, sino que había sido levantado por el solo poder de Dios; pues Cristo derramó su sangre a la vista del mundo: un templo ciertamente edificado por la sola mano de Dios.

Y este templo tiene dos partes: una es la tierra, que ahora nosotros habitamos; la otra nos es aún desconocida a nosotros, mortales.

Así, primero, ofreció su sacrificio aquí en la tierra, cuando sufrió la más acerba muerte. Luego, cuando revestido de la nueva vestidura de la inmortalidad entró por su propia sangre en el santuario, o sea, en el cielo, presentó ante el trono del Padre celestial aquella sangre de inmenso valor, que había derramado una vez para siempre en favor de todos los hombres, pecadores.

Este sacrificio resultó tan grato y aceptable a Dios, que así que lo hubo visto, compadecido inmediatamente de nosotros, no pudo menos que otorgar su perdón a todos los verdaderos penitentes.

Es además un sacrificio perenne, de forma que no sólo cada año (como entre los judíos se hacía), sino también cada día, y hasta cada hora y cada instante, sigue ofreciéndose para nuestro consuelo, para que no dejemos de tener la ayuda más imprescindible.

Por lo que el Apóstol añade: Consiguiendo la liberación eterna.

De este santo y definitivo sacrificio se hacen partícipes todos aquellos que llegaron a tener verdadera contrición y aceptaron la penitencia por sus crímenes, aquellos que con firmeza decidieron no repetir en adelante sus maldades, sino que perseveran con constancia en el inicial propósito de las virtudes. Sobre lo cual, San Juan se expresa en estos términos: Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

* * *

¡FRANCISCO, ENSÉÑANOS A ORAR!
Sabiduría y gozo (I)
por Francesco Saverio Toppi, OFMCap

Al hablar de la oración de san Francisco, jamás repetiremos bastante que todo está en tomar a Jesús como Persona, que nos interpela, nos ama y nos pide ser amado. Es el secreto de san Francisco.

Y esto, no sólo respecto a Jesús crucificado, con la compunción del corazón, sino también a Jesús resucitado, glorioso, en una visión completa del misterio pascual.

En el pasaje antes citado de Celano, donde se describe la oración del Santo en los bosques, se lee también: «...Allí conversaba con el amigo, allí se recreaba con el esposo» (2 Cel 95). Esta discreta alusión evoca un aspecto de la oración que conviene evidenciar en la vida de san Francisco y, de rechazo, también en la nuestra.

Celano concluye el texto en que se refiere a la larga oración de contrición «con temor y temblor en la presencia del Dueño de toda la tierra», informando que Francisco «sintió descender a su corazón una alegría inefable y una dulzura intensísima» (1 Cel 26).

Volviendo atrás, a los primeros tiempos de la conversión, reparemos en un episodio, que es destacado como uno de los decisivos, como uno de los momentos determinantes en el vuelco radical de la vida del brillante joven de Asís. Nos referimos al éxtasis inefable experimentado después de un banquete con los amigos. Nos lo narran los Tres Compañeros:

«Cuando después de merendar salieron de la casa, los amigos se formaron delante de él e iban cantando por las calles; y él, con el bastón en la mano como jefe, iba un poco detrás de ellos sin cantar y meditando reflexivamente. Y sucedió que súbitamente lo visitara el Señor, y su corazón quedó tan lleno de dulzura, que ni podía hablar, ni moverse, ni era capaz de sentir ni de percibir nada, fuera de aquella dulcedumbre. Y quedó de tal suerte enajenado de los sentidos, que, como él dijo más tarde, aunque lo hubieran partido en pedazos, no se hubiera podido mover del lugar.

»Como los amigos miraran atrás y le vieran bastante alejado de ellos, se volvieron hasta él; atemorizados, lo contemplaban como hombre cambiado en otro. Uno de ellos le preguntó, diciéndole: "¿En qué pensabas, que no venías con nosotros? ¿Es que piensan, acaso, casarte?". A lo cual respondió vivazmente: "Decís verdad, porque estoy pensando en tomar una esposa tan noble, rica y hermosa como nunca habéis visto otra". Pero ellos lo tomaron a chacota. Él, sin embargo, no lo dijo por sí, sino inspirado por Dios; porque la dicha esposa fue la verdadera religión que abrazó, entre todas la más noble, la más rica y la más hermosa en su pobreza» (TC 7).

Refiriendo el mismo episodio, escribe Celano: «En efecto, la inmaculada esposa de Dios es la verdadera Religión que abrazó, y el tesoro escondido es el reino de los cielos, que tan esforzadamente él buscó» (1 Cel 7). Y añade en otro lugar: «Fue tan grande la dulzura divina de que se vio invadido en aquella hora, que, incapaz de hablar, no acertaba tampoco a moverse del lugar en que estaba. Se enseñoreó de él una afección espiritual que lo arrebataba a las cosas invisibles, por cuya influencia todas las de la tierra las tuvo como de ningún valor, más aún, del todo frívolas. ¡Estupenda dignación en verdad esta de Cristo, quien a los que ponen en práctica cosas pequeñas hace merced de otras muy preciosas...! Son misterios de Dios que Francisco va descubriendo; y, sin saber cómo, es encaminado a la ciencia perfecta» (2Cel 7).

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, n. 19 (1978) 29-30]

No hay comentarios:

Publicar un comentario