jueves, 9 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano

DÍA 10 DE MARZO

 

SANTA MARÍA EUGENIA DE JESÚS MILLERET. Nació en Metz (Francia) el año 1817, en el seno de una familia acomodada, no creyente, a pesar de lo cual, por motivos sociales, recibió el bautismo y la primera comunión. Su madre la educó en la libertad y la responsabilidad. En 1830 su padre quedó en la ruina, y el matrimonio se separó. Marchó ella a París con su madre, que pronto falleció, dejándola sola con quince años. Siguió viviendo en un ambiente mundano hasta que, a los diecinueve años, se convirtió a Dios a raíz de las conferencias del P. Lacordaire en Notre-Dame. Tres años después, en 1839, fundó la congregación contemplativa y a la vez apostólica de las Religiosas de la Asunción para la educación integral, humana y cristiana de la juventud femenina. Murió en Auteuil (París) el 10 de marzo de 1898. La canonizó Benedicto XVI el año 2007.



BEATO ELÍAS DEL SOCORRO NIEVES. Nació en la isla de San Pedro, aldea de Yuriria, en Guanajuato (México), el año 1882, en el seno de una familia de humildes agricultores. Recibió una buena educación cristiana en la familia, en la escuela y en la parroquia. En 1900 se trasladó a Celaya, donde trabajó de bracero. Diez años después pudo ingresar en la Orden de San Agustín. Profesó, estudió, y recibió la ordenación sacerdotal en 1916. Pasó por varios destinos hasta que, en 1921, lo enviaron como vicario a la parroquia rural de La Cañada de Caracheo. Los feligreses en su mayoría eran pobres. Se entregó con generosidad no sólo al ministerio pastoral, en el que tropezó con odios y rivalidades impregnadas de anticlericalismo, sino también al trabajo manual para ayudar a sus fieles. Cuando llegó la persecución religiosa, tuvo que pasar a la clandestinidad y vivir catorce meses en una cueva, prestando la asistencia religiosa que le era posible, hasta que lo arrestaron. Cuando lo interrogaron, declaró abiertamente cual era su condición religiosa. Lo fusilaron el día 10 de marzo de 1928 en la carretera de Cortázar, mientras gritaba: ¡Viva Cristo Rey!


* * *

San Atala. Nació en Borgoña (Francia) y, siendo aún muy joven, ingresó en el monasterio de Lerins. Buscando una más estricta observancia, se trasladó al monasterio de Luxeuil, gobernado por san Columbano. Cuando Columbano fue expulsado por el rey Teodorico de Austrasia y tuvo que marcharse a Italia, Atala lo acompañó. Se establecieron en Bobbio (Emilia-Romaña). Al morir Columbano el año 615, Atala fue elegido abad. Gobernó el monasterio manteniendo la observancia monacal y fomentando el fervor religioso. Hizo frente al arrianismo de los lombardos. Murió el año 626.

Santos Cayo y Alejandro. Fueron martirizados en Apamea del Meandro, en Frigia (en la actual Turquía), a finales del siglo II o principios del III, en tiempo de los emperadores Marco Antonio y Lucio Vero.

San Droctoveo. Abad, discípulo de san Germán de Autun a quien acompañó cuando lo hicieron obispo de París. Germán lo puso al frente del monasterio que luego sería conocido con el nombre de Saint-Germain-des-Prés. Allí vivió santamente hasta que murió el año 530.

San Juan Ogilvie. Nació en Escocia en 1579 y siendo aún niño pasó al Continente para estudiar. Se convirtió del calvinismo al catolicismo. Estuvo estudiando teología algunos años por las universidades europeas. Entre sus maestros está Cornelio a Lápide. El año 1599, estando en la República Checa, entró en la Compañía de Jesús. Recibió la ordenación sacerdotal en París el año 1610. Tres años después regresó a su patria, y se entregó con todo fervor y celo a la tarea pastoral en clandestinidad, hasta que lo arrestaron en Glasgow. Allí lo encarcelaron, lo torturaron y lo ahorcaron el año 1615, en tiempo del rey Jacobo I.

San Macario de Jerusalén. Fue obispo de Jerusalén del año 313 al 334, más o menos, o sea, en el tiempo en que se inauguró la "paz constantiniana" y se procedió a la construcción cristiana de la Tierra Santa. A petición suya, Constantino el Grande y su madre santa Elena sacaron a la luz el área del Calvario, y construyeron la basílica del Santo Sepulcro y de la Resurrección, recogieron reliquias sagradas e hicieron otras excavaciones y construcciones. Recibió a santa Elena y con ella estuvo en la invención de la Santa Cruz. Por otra parte, se opuso al arrianismo y participó en el Concilio de Nicea el año 325.

San Simplicio, papa del año 468 al 483. Había nacido en Tívoli y le tocó gobernar la Iglesia en un periodo atormentado que vio la caída del Imperio Romano de Occidente y el conflicto en la Iglesia de Oriente a causa de la herejía monofisita que sostenía que Cristo tenía una sola naturaleza, la divina. Con todo, pudo restaurar y construir iglesias en Roma, y evitar la destrucción de obras de arte. Como pastor, confortó a los atribulados, estimuló la unidad de la Iglesia y consolidó la fe.

San Víctor. Sufrió el martirio en el norte de África, seguramente en la persecución del emperador Decio (250). San Agustín le dedicó uno de sus sermones.

Beato Juan José Lataste. Nació en Cadillac-sur-Garonne (Francia) en 1832. Ingresó en la Orden de los Dominicos en 1857. Ordenado sacerdote en 1862, se convirtió en predicador de la misericordia divina, y desde 1864 centró su apostolado en la atención a las reclusas de la cárcel de Cadillac; para mejor atenderlas, acogerlas y que pudieran abrazar la vida religiosa una vez liberadas de la prisión, fundó la congregación de las Hermanas Dominicas de Betania. El amor a Dios y la devoción a la Eucaristía le permitieron afrontar dificultades e incomprensiones. Murió el 10-III-1869 en Frasne-le-Château (Francia). Beatificado en 2012.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura; él sacia de bienes tus anhelos, y como un águila se renueva tu juventud. (Salmo 102,1-5).

Pensamiento franciscano:

De la Carta de san Francisco a un Ministro: -Si alguno de los hermanos, por instigación del enemigo, pecara mortalmente, esté obligado por obediencia a recurrir a su guardián. Y todos los hermanos que sepan que ha pecado, no lo avergüencen ni lo difamen, sino tengan gran misericordia de él, y mantengan muy oculto el pecado de su hermano; porque no necesitan médico los sanos sino los que están mal (CtaM 14-15).

Orar con la Iglesia:

Adoremos a Cristo, Hijo de Dios, que quiso ser también hijo de una familia humana.

-Tú que quisiste vivir bajo la autoridad de María y de José, enséñanos a vivir en la humildad y en la obediencia.

-Tú que quisiste que María, tu madre, conservara en su corazón tus palabras y acciones, enséñanos a escuchar con corazón limpio y bueno las palabras de tu boca.

-Tú que creaste el universo y quisiste ser llamado hijo del carpintero, enséñanos a trabajar fiel y devotamente en nuestras propias tareas.

-Tú que en la familia de Nazaret creciste en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres, concédenos crecer siempre en ti, nuestra cabeza.

Oración: Señor Jesús, concédenos que, siguiendo las enseñanzas que nos diste en tu familia de Nazaret, te sigamos fielmente y demos gloria a Dios Padre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

* * *

LAS DESGRACIAS INVITAN A LA CONVERSIÓN
Benedicto XVI, Ángelus del 7 de marzo de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia del tercer domingo de Cuaresma nos presenta el tema de la conversión. En la primera lectura, tomada del Libro del Éxodo, Moisés, mientras pastorea su rebaño, ve una zarza ardiente, que no se consume. Se acerca para observar este prodigio, y una voz lo llama por su nombre e, invitándolo a tomar conciencia de su indignidad, le ordena que se quite las sandalias, porque ese lugar es santo. «Yo soy el Dios de tu padre -le dice la voz- el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob»; y añade: «Yo soy el que soy» (Ex 3,6.14). Dios se manifiesta de distintos modos también en la vida de cada uno de nosotros. Para poder reconocer su presencia, sin embargo, es necesario que nos acerquemos a él conscientes de nuestra miseria y con profundo respeto. De lo contrario, somos incapaces de encontrarlo y de entrar en comunión con él. Como escribe el Apóstol san Pablo, también este hecho fue escrito para escarmiento nuestro: nos recuerda que Dios no se revela a los que están llenos de suficiencia y ligereza, sino a quien es pobre y humilde ante él.

En el pasaje del Evangelio de hoy, Jesús es interpelado acerca de algunos hechos luctuosos: el asesinato, dentro del templo, de algunos galileos por orden de Poncio Pilato y la caída de una torre sobre algunos transeúntes (cf. Lc 13,1-5). Frente a la fácil conclusión de considerar el mal como un efecto del castigo divino, Jesús presenta la imagen verdadera de Dios, que es bueno y no puede querer el mal, y poniendo en guardia sobre el hecho de pensar que las desventuras sean el efecto inmediato de las culpas personales de quien las sufre, afirma: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo» (Lc 13,2-3). Jesús invita a hacer una lectura distinta de esos hechos, situándolos en la perspectiva de la conversión: las desventuras, los acontecimientos luctuosos, no deben suscitar en nosotros curiosidad o la búsqueda de presuntos culpables, sino que deben representar una ocasión para reflexionar, para vencer la ilusión de poder vivir sin Dios, y para fortalecer, con la ayuda del Señor, el compromiso de cambiar de vida.

Frente al pecado, Dios se revela lleno de misericordia y no deja de exhortar a los pecadores para que eviten el mal, crezcan en su amor y ayuden concretamente al prójimo en situación de necesidad, para que vivan la alegría de la gracia y no vayan al encuentro de la muerte eterna. Pero la posibilidad de conversión exige que aprendamos a leer los hechos de la vida en la perspectiva de la fe, es decir, animados por el santo temor de Dios. En presencia de sufrimientos y lutos, la verdadera sabiduría es dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y leer la historia humana con los ojos de Dios, el cual, queriendo siempre y solamente el bien de sus hijos, por un designio inescrutable de su amor, a veces permite que se vean probados por el dolor para llevarles a un bien más grande.

Queridos amigos, recemos a María santísima, que nos acompaña en el itinerario cuaresmal, a fin de que ayude a cada cristiano a volver al Señor de todo corazón. Que sostenga nuestra decisión firme de renunciar al mal y de aceptar con fe la voluntad de Dios en nuestra vida.

[Después del Ángelus] Este tiempo de Cuaresma es un periodo favorable para que tanto padres como hijos os dirijáis al Señor, para presentarle vuestras alegrías y vuestras penas, vuestras esperanzas y vuestras tristezas y pedirle que os acompañe cada día. Os invito a redescubrir el sentido de la oración familiar y a mantener así una relación de amistad con Dios. Que la Virgen María ayude a todas las familias, sobre todo a las que pasan dificultades, a no desesperar nunca del amor de su Hijo.

La Cuaresma es una ocasión propicia para renunciar al egoísmo y la superficialidad, para elevar fervientes plegarias al Señor, intensificar la escucha de su Palabra, participar más dignamente en los sacramentos e incrementar las obras de misericordia y caridad hacia todos los que sufren. Que la Virgen María ayude con su materna intercesión al pueblo cristiano en este tiempo santo a seguir con mayor fidelidad a su Hijo Jesucristo, que espera siempre frutos de conversión y de santidad de vida.

* * *

CONVERTÍOS Y CREED EN LA BUENA NOTICIA
Pablo VI, Constitución apostólica «Paenitemini»

Cristo, que en su vida siempre hizo lo que enseñó, antes de iniciar su ministerio, pasó cuarenta días y cuarenta noches en la oración y el ayuno, e inauguró su misión pública con este mensaje gozoso: Convertíos y creed en la Buena Noticia. Estas palabras constituyen, en cierto modo, el compendio de toda vida cristiana.

Al reino anunciado por Cristo se puede llegar solamente por la «metánoia», es decir, por esa íntima y total transformación y renovación de todo el hombre -de todo su sentir, juzgar y disponer- que se lleva a cabo en él a la luz de la santidad y caridad de Dios, santidad y caridad que, en el Hijo, se nos ha manifestado y comunicado con plenitud.

La invitación del Hijo de Dios a la «metánoia» resulta mucho más indeclinable en cuanto que él no sólo la predica, sino que él mismo se ofrece como ejemplo. Pues Cristo es el modelo supremo de penitentes; quiso padecer la pena por los pecados que no eran suyos, sino de los demás.

Con Cristo, el hombre queda iluminado con una luz nueva, y consiguientemente reconoce la santidad de Dios y la gravedad del pecado; por medio de la palabra de Cristo se le transmite el mensaje que invita a la conversión y concede el perdón de los pecados, dones que consigue plenamente en el bautismo. Pues este sacramento lo configura de acuerdo con la pasión, muerte y resurrección del Señor, y bajo el sello de este misterio plantea toda la vida futura del bautizado.

Por ello, siguiendo al Maestro, cada cristiano tiene que renunciar a sí mismo, tomar su cruz, participar en los sufrimientos de Cristo; transformado de esta forma en una imagen de su muerte, se hace capaz de meditar la gloria de la resurrección. También siguiendo al Maestro, ya no podrá vivir para sí mismo, sino para aquel que lo amó y se entregó por él y tendrá también que vivir para los hermanos, completando en su carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia.

Además, estando la Iglesia íntimamente unida a Cristo, la penitencia de cada cristiano tiene también una propia e íntima relación con toda la comunidad eclesial, pues no sólo en el seno de la Iglesia, en el bautismo, recibe el don de la «metánoia», sino que este don se restaura y adquiere nuevo vigor por medio del sacramento de la penitencia, en aquellos miembros del Cuerpo místico que han caído en el pecado. «Porque quienes se acercan al sacramento de la penitencia reciben por misericordia de Dios el perdón de las ofensas que a él se le han infligido, y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que han producido una herida con el pecado y la cual coopera a su conversión con la caridad, con el ejemplo y con la oración» (LG 11). Finalmente, también en la Iglesia el pequeño acto penitencial impuesto a cada uno en el sacramento, se hace partícipe de forma especial de la infinita expiación de Cristo, al paso que, por una disposición general de la Iglesia, el penitente puede íntimamente unir a la satisfacción sacramental todas sus demás acciones, padecimientos y sufrimientos.

De esta forma la misión de llevar en el cuerpo y en el alma la muerte del Señor, afecta a toda la vida del bautizado, en todos sus momentos y expresiones.

* * *

VOCACIÓN FRANCISCANA
por Lázaro Iriarte, OFMCap

Francisco descubre al hombre hermano

En el comienzo de su Testamento el santo describe en estos términos el itinerario de su vocación personal: «De esta forma me concedió el Señor a mí, hermano Francisco, dar comienzo a mi vida de penitencia. Cuando yo me hallaba en pecados, se me hacía amarga en extremo la vista de los leprosos. Pero el mismo Señor me llevó entre ellos y usé de misericordia con ellos. Y una vez apartado de los pecados, lo que antes me parecía amargo se me convirtió en dulcedumbre del alma y del cuerpo».

Es la experiencia personal de la trayectoria de la gracia en su conversión. Tal experiencia suele iluminar y gobernar la vida entera del convertido. En san Pablo, el «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» fue un rompiente de luz que vivificaría toda su visión teológica del misterio de Cristo Señor, presente en sus miembros los fieles, y acuciaría su celo por el Evangelio sin lugar al reposo. Para Francisco, el hecho de haber llegado al encuentro con Cristo a través del pobre, sobre todo a través del leproso, en quien se unen pobreza y dolor, se proyectaría en su concepción total de la Encarnación y del seguimiento del Cristo hermano.

Por temperamento y por sensibilidad cristiana el joven Francisco venía ya inclinado a la piedad para con los indigentes. Un día ocurrió que, en un momento de afanosa atención al mostrador en la tienda de paños, despidió sin limosna a un mendigo. Al caer en la cuenta, reprochóse a sí mismo tamaña descortesía, no tanto hacia el pordiosero cuanto hacia el Señor, en cuyo nombre pedía ayuda. Desde aquel día se propuso no negar nada a quien le pidiera en nombre de Dios. Dios, centro de referencia de la caballerosidad depurada del hijo del mercader, iba recibiendo, poco a poco, los rasgos de un rostro familiar: Cristo.

Francisco, ganoso de renombre, camina rumbo a Apulia entre los caballeros de Gualtiero de Brienne. Viendo a uno de ellos pobremente vestido, le regala su propia indumentaria flamante «por amor a Cristo». A la noche siguiente tiene el sueño del palacio lleno de arreos militares, completado poco después con otro sueño en que la voz del Señor le disuade de proseguir la expedición.

Vuelto a Asís, experimentó profundo hastío de los devaneos juveniles, mientras veía crecer en su corazón el interés por los pobres y el goce nuevo de sentarse a la mesa rodeado de ellos. Ya no se contentaba con socorrerles, «gustaba de verlos y oírlos». El gesto burgués de remediar la necesidad del hermano con un puñado de dinero lo hallaba absurdo. Mientras subsiste, en efecto, la desigualdad derivada del nacimiento o de la fortuna, el amor al prójimo no sazona evangélicamente. Más que dar, es preciso darse, ponerse al nivel del pobre. Y Francisco anhelaba experimentar qué es ser pobre, qué es vestir unos andrajos, el sonrojo de tender la mano implorando la caridad pública.

La ocasión se le presentó a la medida de sus deseos en una peregrinación que hizo a Roma. A la puerta de la basílica de San Pedro cambió sus vestidos con los harapos de uno de los muchos mendigos que allí se agolpaban; colocado en medio de ellos pedía limosna en francés. El francés, o más exactamente el provenzal, lengua de trovadores, era la que usaba Francisco cuando, en momentos de exaltación espiritual, afloraba su alma juglaresca. Tenía ahora la experiencia de la pobreza real, la del pobre, que es, al mismo tiempo humillación, inferioridad, falta de promoción pública y, a veces, degeneración física y moral.

La experiencia decisiva, la que le hizo dar la vuelta, valga la expresión, bajo el acoso de la gracia, fue la de los leprosos. Toda la naturaleza de Francisco, delicada, hecha al refinamiento, se revolvía al espectáculo de las carnes putrefactas de un leproso. Era el momento de dar a Cristo la prueba decisiva de su disponibilidad para «conocer su voluntad». Primero fue el vencimiento con el leproso que le salió al camino en la llanura de Asís: apeóse del caballo, puso la limosna en la mano del leproso y se la besó; el leproso, a su vez, apretó contra sus labios la mano del bienhechor. Pocos días después buscaba él mismo la experiencia dirigiéndose al lazareto para hacer lo propio con cada uno de los leprosos.

El relato de los Tres Compañeros, que parece haber recogido con mayor fidelidad los recuerdos personales de Francisco, después de una alusión expresa al obstáculo que hasta entonces le había impedido acercarse a los leprosos -sus pecados-, añade una observación preciosa en relación con el proceso de la conversión: «Estas visitas a los leprosos acrecentaban su bondad».

[Cf. el texto completo en Vocación Franciscana, esp. pp. 33-36]

No hay comentarios:

Publicar un comentario