miércoles, 8 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 9 DE MARZO

 

SANTA FRANCISCA ROMANA. Nació en Roma el año 1384 de familia noble y rica. Pronto se sintió atraída por la vida religiosa, pero no pudo rehuir la boda que sus padres le prepararon. Se casó muy joven y tuvo tres hijos. Fue una esposa amante y abnegada, que se adaptó y cuidó a su buen marido, y guardó las formas que su estado le exigían, sin renunciar por ello a su vida de oración, austeridad y penitencia. Encontró en su cuñada Vanozza una amiga y compañera ideal para la vida virtuosa. Fue siempre generosa con todos, especialmente con los indigentes. El año 1425 fundó la Congregación de Oblatas, bajo la Regla de San Benito, que no necesariamente vivían enclaustradas. Muerto su esposo en 1435, repartió sus bienes entre los pobres, se dedicó al cuidado de los enfermos, a los que atendía en sus casas, en los hospitales de Roma, e incluso en su propio domicilio, y desempeñó una admirable actividad con los necesitados, destacando, sobre todo, por su humildad y paciencia. Murió el año 1440.- Oración: Oh Dios, que nos diste en santa Francisca Romana un modelo singular de vida matrimonial y monástica, concédenos vivir en tu servicio con tal perseverancia, que podamos descubrirte y seguirte en todas las circunstancias de la vida. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SANTA CATALINA DE BOLONIA. Nació en Bolonia en 1413, de familia noble. Recibió una esmerada educación humanística en la corte de Ferrara. Después de la experiencia en una asociación piadosa de mujeres y de largos años de tribulación espiritual, formó parte, en 1432, de la primera comunidad de clarisas de Ferrara. La nombraron maestra de novicias, a las que dio una sólida formación con su ejemplo y sus consejos, fruto de sus experiencias. Allí escribió su obra principal, "Las siete armas", que tiene tanto de autobiografía como de tratado espiritual. En 1436 se trasladó a Bolonia con otras monjas, para poner en marcha, como abadesa, el nuevo monasterio. Sobresalió en la pobreza y humildad. Vivió el seguimiento de Cristo crucificado, la contemplación del Niño de Belén y el amor a la Eucaristía con su temperamento vivaz y artístico, propenso al canto y a la danza. Murió en Bolonia el 9 de marzo de 1463.- Oración: Señor, Dios nuestro, que has colmado de gracias extraordinarias a tu virgen santa Catalina de Bolonia, concédenos imitar sus virtudes para merecer con ella el gozo de tu reino. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.



SANTO DOMINGO SAVIO. Joven discípulo de san Juan Bosco que, desde la infancia, gozó de un ánimo dulce y alegre, y recorrió expeditamente el camino de la perfección cristiana, llegando a la santidad cuando todavía era un adolescente. Nació en Riva de Chieri (Turín, Italia) el 2 de abril de 1842; su padre era herrero y su madre costurera. Fue un niño superdotado y desde pequeño hizo proyectos dignos de un cristiano maduro. Al hacer la primera comunión, se propuso "antes morir que pecar". A los doce años, su padre lo presentó a Don Bosco, que quedó prendado de sus cualidades naturales y espirituales. Bajo la guía del Santo, alcanzó una madurez humana y cristiana precoz. Sus grandes devociones fueron Jesús Sacramentado, la Inmaculada Concepción de María, el Papa. Tenía una salud frágil y era de natural vivo y sensible, y tuvo que superarse y afrontar no pocas dificultades. La enfermedad lo obligó a dejar el Oratorio de Turín y trasladarse Mondonio, donde murió el 9 de marzo de 1857. Su memoria se celebra el 6 de mayo.- Oración:Oh Dios, fuente de todo bien, que en santo Domingo Savio ofreces a los adolescentes un ejemplo admirable de caridad y de pureza: concédenos también a nosotros crecer como hijos en la alegría y en el amor hasta la plena estatura de Cristo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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San Bruno de Querfurt. Nació en Querfurt (Alemania) de familia noble hacia el año 974. Cuando acompañaba por Italia al emperador Otón III, fascinado por el carisma de san Romualdo, fundador de la Orden Camaldulense, abrazó la vida monástica. Vuelto a su patria, se dedicó a evangelizar a los bárbaros de las regiones vecinas. En 1004 el papa Juan XVIII lo nombró obispo misionero. Emprendió varias expediciones apostólicas y en una de ellas fue asesinado, el año 1009, junto con dieciocho compañeros, por los paganos de Moravia Oriental.

San Paciano. Nació en Barcelona a principios del siglo IV de una familia distinguida. Contrajo matrimonio y consta que tuvo al menos un hijo, Dextro, que ocupó altos cargos en la administración imperial. Después de la muerte de Pretextato, obispo de Barcelona, el año 347, fue elegido Paciano para sucederle. Dejó escritos varios libros, y de ellos se deduce que tenía una amplia cultura y una sólida formación teológica, y que ejerció con gran celo su ministerio pastoral. Murió hacia el año 390. San Jerónimo, en su libro "De viris illustribus", alaba su vida y sus escritos.

San Pedro Ch'oe Hyong y San Juan Bautista Chon Chang-un. Seglares coreanos, casados y padres de familia. Los dos eran tipógrafos de profesión, circunstancia que aprovecharon para imprimir libros cristianos. Colaboraban en la catequesis y el obispo los autorizó para administrar el bautismo. Por eso fueron encarcelados y juzgados, sometidos a terribles torturas y condenados a muerte. Ellos se mantuvieron firmes en la fe y lo soportaron todo con tal entereza y constancia que asombraron incluso a sus mismos perseguidores. Fueron decapitados el año 1866 en Nei-Ko-Ri (Corea).

Santos Mártires de Sebaste. Son cuarenta soldados capadocios, enrolados en las legiones romanas, que sufrieron el martirio el año 320, a causa de su fe, en Sebaste (antigua Armenia), en tiempo del emperador Licinio. Un edicto imperial mandaba que los oficiales del ejército que rehusaran sacrificar a los dioses fueran degradados y juzgados como traidores al Imperio. A los soldados se les amenazaba con un lento martirio en caso de mostrarse contumaces. Nuestros legionarios se mantuvieron firmes en su fe, por lo que fueron encarcelados y torturados cruelmente, los obligaron a permanecer desnudos durante la noche en un estanque helado y les quebraron las piernas.

San Vital. Nació en Castronuovo de Sicilia a comienzos del siglo X. Hizo la profesión en el monasterio basiliano de San Felipe de Argira; cinco años después peregrinó a Roma y, a la vuelta, se estableció en Calabria como ermitaño. Posteriormente fundó varios monasterios. Fue preso de los sarracenos y, liberado, murió en el monasterio por él fundado de Rampolla (Basilicata) el año 993.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Después que los Magos, habiendo adorado al Niño, se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle». El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes (Mt 2,13-15).

Pensamiento franciscano:

Decía san Francisco: -Bienaventurado el hombre que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y exaltado por los hombres, que cuando es tenido por vil, simple y despreciado, porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más (Adm 19,1-2).

Orar con la Iglesia:

Glorifiquemos a Cristo, Palabra eterna del Padre, engendrado antes de los siglos y nacido por nosotros en el tiempo.

-Cristo, Palabra eterna, que al venir al mundo anunciaste la alegría a la tierra, alegra nuestros corazones con la gracia de tu visita.

-Salvador del mundo, que con tu nacimiento nos revelaste la fidelidad de Dios, haz que también nosotros seamos fieles a las promesas de nuestro bautismo.

-Rey del cielo y de la tierra, que por tus ángeles anunciaste la paz a los hombres, conserva nuestras vidas en tu paz.

-Señor, tú que viniste para ser la vid verdadera que nos diera el fruto de vida, haz que permanezcamos siempre en ti y demos fruto abundante.

Oración: Haz, Señor, que resplandezca en nuestras obras la fe que has hecho brillar en nuestro espíritu. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén,

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EL AMOR VENCE PRUEBAS Y DIFICULTADES
Benedicto XVI, Ángelus del 26 de diciembre de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio según san Lucas narra que los pastores de Belén, después de recibir del ángel el anuncio del nacimiento del Mesías, «fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre» (2,16). Así pues, a los primeros testigos oculares del nacimiento de Jesús se les presentó la escena de una familia: madre, padre e hijo recién nacido. Por eso, el primer domingo después de Navidad, la liturgia nos hace celebrar la fiesta de la Sagrada Familia. Este año tiene lugar precisamente al día siguiente de la Navidad y, prevaleciendo sobre la de san Esteban, nos invita a contemplar este «icono» en el que el niño Jesús aparece en el centro del afecto y de la solicitud de sus padres. En la pobre cueva de Belén -escriben los Padres de la Iglesia- resplandece una luz vivísima, reflejo del profundo misterio que envuelve a ese Niño, y que María y José custodian en su corazón y dejan traslucir en sus miradas, en sus gestos y sobre todo en sus silencios. De hecho, conservan en lo más íntimo las palabras del anuncio del ángel a María: «El que ha de nacer será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35).

Sin embargo, el nacimiento de todo niño conlleva algo de este misterio. Lo saben muy bien los padres que lo reciben como un don y que, con frecuencia, así se refieren a él. Todos hemos escuchado decir alguna vez a un papá y a una mamá: «Este niño es un don, un milagro». En efecto, los seres humanos no viven la procreación meramente como un acto reproductivo, sino que perciben su riqueza, intuyen que cada criatura humana que se asoma a la tierra es el «signo» por excelencia del Creador y Padre que está en el cielo. ¡Cuán importante es, por tanto, que cada niño, al venir al mundo, sea acogido por el calor de una familia! No importan las comodidades exteriores: Jesús nació en un establo y como primera cuna tuvo un pesebre, pero el amor de María y de José le hizo sentir la ternura y la belleza de ser amados. Esto es lo que necesitan los niños: el amor del padre y de la madre. Esto es lo que les da seguridad y lo que, al crecer, les permite descubrir el sentido de la vida. La Sagrada Familia de Nazaret pasó por muchas pruebas, como la de la «matanza de los inocentes» -nos la recuerda el Evangelio según san Mateo-, que obligó a José y a María a emigrar a Egipto (cf. 2,13-23). Ahora bien, confiando en la divina Providencia, encontraron su estabilidad y aseguraron a Jesús una infancia serena y una educación sólida.

Queridos amigos, ciertamente la Sagrada Familia es singular e irrepetible, pero al mismo tiempo es «modelo de vida» para toda familia, porque Jesús, verdadero hombre, quiso nacer en una familia humana y, al hacerlo así, la bendijo y consagró. Encomendemos, por tanto, a la Virgen y a san José a todas las familias, para que no se desalienten ante las pruebas y dificultades, sino que cultiven siempre el amor conyugal y se dediquen con confianza al servicio de la vida y de la educación.

[Después del Ángelus] En este tiempo de la santa Navidad, el deseo y la invocación del don de la paz se han intensificado aún más. Pero nuestro mundo sigue marcado por la violencia, especialmente contra los discípulos de Cristo. He recibido con gran tristeza la noticia del atentado en una iglesia católica en Filipinas, mientras se celebraban los ritos del día de Navidad, así como el ataque a iglesias cristianas en Nigeria. La tierra se ha vuelto a manchar de sangre en otras partes del mundo, como en Pakistán. Deseo expresar mi más sentido pésame por las víctimas de estas absurdas violencias, y repito una vez más el llamamiento a abandonar la senda del odio para encontrar soluciones pacíficas a los conflictos y dar a las queridas poblaciones seguridad y serenidad. En este día, en que celebramos a la Sagrada Familia, que vivió la dramática experiencia de tener que huir a Egipto a causa de la furia homicida de Herodes, recordemos también a todos aquellos -especialmente a las familias- que se ven obligados a abandonar sus casas a causa de la guerra, de la violencia y de la intolerancia. Os invito, por tanto, a uniros a mí en la oración para pedir con fuerza al Señor que toque el corazón de los hombres y traiga esperanza, reconciliación y paz.

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LA PACIENCIA Y CARIDAD DE SANTA FRANCISCA
María Magdalena de Anguillaria,
"Vida de santa Francisca Romana" (Caps. 6-7)

Dios probó la paciencia de Francisca no sólo en su fortuna, sino también en su mismo cuerpo, haciéndola experimentar largas y graves enfermedades, como se ha dicho antes y se dirá luego. Sin embargo, no se pudo observar en ella ningún acto de impaciencia, ni mostró el menor signo de desagrado por la torpeza con que a veces la atendían.

Francisca manifestó su entereza en la muerte prematura de sus hijos, a los que amaba tiernamente; siempre aceptó con serenidad la voluntad de Dios, dando gracias por todo lo que le acontecía. Con la misma paciencia soportaba a los que la criticaban, calumniaban y hablaban mal de su forma de vivir. Nunca se advirtió en ella ni el más leve indicio de aversión respecto de aquellas personas que hablaban mal de ella y de sus asuntos; al contrario, devolviendo bien por mal, rogaba a Dios continuamente por dichas personas.

Y ya que Dios no la había elegido para que se preocupara exclusivamente de su santificación, sino para que emplease los dones que él le había concedido para la salud espiritual y corporal del prójimo, la había dotado de tal bondad que, a quien le acontecía ponerse en contacto con ella, se sentía inmediatamente cautivado por su amor y su estima, y se hacía dócil a todas sus indicaciones. Es que, por el poder de Dios, sus palabras poseían tal eficacia que con una breve exhortación consolaba a los afligidos y desconsolados, tranquilizaba a los desasosegados, calmaba a los iracundos, reconciliaba a los enemigos, extinguía odios y rencores inveterados, en una palabra, moderaba las pasiones de los hombres y las orientaba hacia su recto fin.

Por esto todo el mundo recurría a Francisca como a un asilo seguro, y todos encontraban consuelo, aunque reprendía severamente a los pecadores y censuraba sin timidez a los que habían ofendido o eran ingratos a Dios.

Francisca, entre las diversas enfermedades mortales y pestes que abundaban en Roma, despreciando todo peligro de contagio, ejercitaba su misericordia con todos los desgraciados y todos los que necesitaban ayuda de los demás. Fácilmente los encontraba; en primer lugar les incitaba a la expiación uniendo sus padecimientos a los de Cristo, después les atendía con todo cuidado, exhortándoles amorosamente a que aceptasen gustosos todas las incomodidades como venidas de la mano de Dios, y a que las soportasen por el amor de aquel que había sufrido tanto por ellos.

Francisca no se contentaba con atender a los enfermos que podía recoger en su casa, sino que los buscaba en sus chozas y en los hospitales públicos. Allí calmaba su sed, arreglaba sus camas y curaba sus úlceras con tanto mayor cuidado cuanto más fétidas o repugnantes eran.

Acostumbraba también ir al hospital de Camposanto y allí distribuía entre los más necesitados alimentos y delicados manjares. Cuando volvía a casa, llevaba consigo los harapos y los paños sucios y los lavaba cuidadosamente y planchaba con esmero, colocándolos entre aromas, como si fueran a servir para su mismo Señor.

Durante treinta años desempeñó Francisca este servicio a los enfermos, es decir, mientras vivió en casa de su marido, y también durante este tiempo realizaba frecuentes visitas a los hospitales de Santa María, de Santa Cecilia en el Trastévere, del Espíritu Santo y de Camposanto. Y, como durante este tiempo en el que abundaban las enfermedades contagiosas, era muy difícil encontrar no sólo médicos que curasen los cuerpos, sino también sacerdotes que se preocupasen de lo necesario para el alma, ella misma los buscaba y los llevaba a los enfermos que ya estaban preparados para recibir la penitencia y la eucaristía. Para poder actuar con más libertad, ella misma retribuía de su propio peculio a aquellos sacerdotes que atendían en los hospitales a los enfermos que ella les indicaba.

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«ADORAR AL SEÑOR DIOS» 
Algunas conclusiones de la oración en san Francisco
por Julio Micó, OFMCap

Si Dios es -o debe ser- para nosotros el Absoluto, lógicamente todo lo demás debe estar en función de esta convicción, no solamente trabajando por limpiar nuestro corazón para poder ver a Dios, sino colocando en segundo lugar, por importante que sea, todo aquello que decimos no ser Dios mismo. El trabajo y el estudio, dos actividades-tipo que podemos convertir en absolutos, y por tanto en ídolos, deben supeditarse a la supremacía de Dios (2 R 5,1-3; CtaA 2).

Para que la oración nos ayude a crecer y caminar por el sendero de nuestra propia fe, necesita ser personalizada. Por mucho que la Fraternidad arrope y sostenga la oración de cada uno de sus miembros, nunca podrá sustituir la responsabilidad individual de hacerse presente ante el Dios del que vive y para el que vive. Nuestra dignidad personal está fundada en el amor particular que Dios nos tiene; y ese gesto de generosidad necesita ser correspondido con la alabanza y la voluntad de ir creciendo a su imagen y semejanza, puesto que imitando a Dios es como aprendemos a ser hombres.

Sin embargo, la realidad de la oración no se limita al ámbito individual. La Fraternidad es también personal y, por tanto, receptora de ese amor fundante (Test 14-15) que la convierte en pregonera de las maravillas que Dios hace con el hombre. Una Fraternidad que se ha reunido para seguir a Jesús no puede olvidar impunemente la faceta contemplativa de ese mismo Jesús, abierto incondicionalmente a la voluntad del Padre que le llevaba al compromiso por la construcción de un Reino ofrecido a los hombres. Si tomamos la oración comunitaria como un trámite rutinario para cumplir la legislación, el tiempo se encargará de clarificar las cosas haciendo ver, al menos para los que nos observan, que lo que allí se hace no es oración sino pura charlatanería o mudo silencio.

La oración, aun siendo importante por ser uno de los elementos fundantes de nuestra identidad, no puede ser tomada en vano utilizándola como falsa panacea de todos los problemas de la Fraternidad. Cuando el grupo, o uno de sus miembros, no funciona, la única solución no tiene por qué ser el aumento de los tiempos de oración, ya que -muy posiblemente- lo que necesite sea visitar a un psicólogo u otro tipo de terapias que solucionen el problema.

Por otro lado, la invasión de nuevas técnicas orientales de oración está amenazando a la oración misma al vaciarla de su contenido teológico. La oración cristiana no puede tener otro objetivo que el Dios de Jesús, manifestado como Padre suyo y también nuestro. Por eso, confundir los medios con el fin, entregándose a una oración difusa e impersonal, es renunciar a la oración que la Iglesia ha mantenido como identificadora de lo cristiano, y a la que Francisco se adhirió con laboriosidad como única forma de respuesta a la llamada existencial que el Señor le hizo una vez convertido.

La oración de Francisco, como expresión de su vida, fue la oración del que se sabe pobre y, por tanto, no se apoya en sus propios méritos sino en la bondad del Señor. Desde esta actitud se entiende el reconocimiento de los valores, sin ningún tipo de envidia, que Dios ha distribuido entre los hombres para que los aporten en el quehacer común del Reino creando fraternidad. Percibir esos valores y dar gracias a Dios por ellos es una forma de entrar en la dinámica de la pobreza que alcanza, incluso, a la misma oración. De ese modo podemos afinar la propia sensibilidad descubriendo valores reales allí donde otros no ven más que amenazas y calamidades.

La oración, en definitiva, debe abordarse desde lo que ella misma es y el lugar que ocupa dentro de la vida cristiana. La renovación conciliar intentó hacer creíble nuestra vida franciscana remitiéndonos a los orígenes para recuperar, de forma nueva, nuestra identidad. Pues bien, no se podrá dar una actualización del carisma franciscano si no recobramos la frescura, y al mismo tiempo la hondura, de una oración confiada, que no teme el reto secularizante de nuestra sociedad porque ha experimentado en su propia vida lo que es y a lo que lleva el encontrarse de una forma responsable con Dios.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 56, 1990, 177-212]

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