martes, 7 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 8 DE MARZO

 

SAN JUAN DE DIOS. Nació en Montemayor el Nuevo, cerca de Lisboa (Portugal), el año 1495, y aún niño se trasladó a España. Después de una azarosa juventud llena de peligros, con largos períodos en la milicia, estando en Granada como vendedor de libros, con los cuarenta años cumplidos, oyó predicar a san Juan de Ávila y se convirtió a Dios. Tenido por loco, por sus manifestaciones "excesivas" de fe y devoción, fue ingresado en el hospital. Allí se encontró con la dramática realidad de los enfermos, abandonados a sí mismos y marginados, y decidió consagrar su vida al servicio de los mismos. Fundó un hospital en 1539, para el que pedía limosna, y vinculó a su obra a un grupo de compañeros, los cuales constituyeron después la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Destacó, sobre todo, por su caridad con los enfermos y necesitados. Murió en Granada el 8 de marzo de 1550.- Oración: Señor, tú que infundiste en san Juan de Dios espíritu de misericordia, haz que nosotros, practicando las obras de caridad, merezcamos encontrarnos un día entre los elegidos de tu reino. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




BEATO FAUSTINO MÍNGUEZ. Nació en Xamirás, aldea de la provincia de Ourense (España), en 1831. El año 1850 ingresó en la Orden de las Escuelas Pías y en 1856 se ordenó de sacerdote. De 1857 a 1860 ejerció su ministerio en Cuba, y, vuelto a España, estuvo destinado en varios colegios. Destacó por su cultura y sus conocimientos tanto en letras clásicas como en ciencias; estudió y cultivó las plantas medicinales y practicó la homeopatía con gran aceptación popular. Además, fue un buen predicador y un gran director espiritual. En 1885 fundó el Pío Instituto Calasancio de Hijas de la Divina Pastora, congregación religiosa dedicada a la enseñanza y formación cristiana de la niñez y la juventud, especialmente las pobres, al estilo de san José de Calasanz, que él guió con prudencia y eficacia hasta su consolidación. Murió en Getafe (Madrid) el año 1925 y fue beatificado en 1998.

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Santos Apolonio y Filemón. Fueron martirizados el año 287 en la ciudad de Antinoo en Egipto.

San Duthac. Nació en Escocia, se formó en Irlanda y, cuando regresó a su patria, lo nombraron obispo de Ross. Murió en Tayne (Escocia) hacia el año 1065.

San Esteban de Obazine. Nació en Limoges (Francia), se ordenó de sacerdote y optó por una vida de austeridad y oración. Repartió sus bienes a los pobres y se retiró a la soledad con un grupo de ermitaños. Hacia el año 1130 fundó el monasterio de Obazine, cerca de Limoges, del que fue abad y para el que escogió la regla cisterciense. También fundó un monasterio femenino, y luego varios monasterios que afilió a la Orden Cisterciense. Murió el año 1159.

San Félix. Fue un sacerdote de Borgoña (Francia) que marchó a evangelizar a los Anglos orientales de Inglaterra en tiempo del rey Sigeberto. San Honorio de Canterbury lo consagró obispo el año 627, y fijó su sede en Dunwich, donde murió el año 646/647. Predicó incansablemente, convirtió a muchos paganos, fundó iglesias, monasterios y escuelas.

San Hunfredo. Fue obispo de Thérouanne (Francia), después de haber sido monje de la abadía benedictina de Prüm, en las Ardenas. La ciudad fue asaltada y destruida por los normandos, y él se entregó sin descanso a la tarea de reagrupar y consolar a sus fieles en tan dramáticas circunstancias. Era muy devoto de la Virgen y celebraba con mucho fervor la fiesta de su Asunción. Murió el año 871.

San Litifrido. Fue obispo de Pavía (Italia) del año 864 al año 874.

San Poncio. Fue diácono de san Cipriano en Cartago (Túnez) en el siglo III, lo acompañó hasta su muerte en el exilio, y nos dejó luego, según san Jerónimo, un admirable relato de su vida y su martirio.

San Provino. Fiel discípulo de san Ambrosio, fue obispo de Como y preservó a su diócesis de la herejía arriana. Murió hacia el año 420.

San Senán. Fue abad de su monasterio en la isla de Scattery (Irlanda) en el siglo VI.

San Teofilacto. Fue obispo de Nicomedia de Bitinia (en la actual Turquía). Lo desterraron, por defender el culto de las imágenes sagradas frente a los iconoclastas, a la región de Caria (Turquía), donde murió hacia el año 840.

San Veremundo de Irache. Abad del monasterio benedictino de Irache (Navarra, España), es uno de los personajes más ilustres de su tiempo. Con su vida personal de ayuno y oración avivó en sus monjes el deseo de perfección. El monasterio prosperó en observancia monástica, ciencia y santidad, en acogida y servicio a los pobres y a los peregrinos, en renovación y ampliación de las instalaciones. El santo abad fue consejero de los reyes de Navarra, quienes lo apoyaron y ayudaron mucho. Murió el año 1095.

Beato Vicente Kadlubek. Nació hacia 1160 de una noble familia polaca, estudió en Francia e Italia y se ordenó de sacerdote. En 1208 fue nombrado obispo de Cracovia. Inocencio III, que había sido compañero suyo de estudios, le pidió que emprendiera una profunda reforma del clero y del pueblo. Con sus visitas pastorales y su predicación trató de llevar adelante el programa pontificio de renovación, cuidando a la vez la vida de los religiosos. Asistió en 1215 al Concilio IV de Letrán. El año 1218 presentó la dimisión y se retiró al monasterio cisterciense de Jedrzejow, en el que hizo la profesión religiosa y en el que murió en 1223.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a los discípulos de Emaús: «¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Más tarde, abrió el entendimiento a los apóstoles para que comprendieran las Escrituras. Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día» (Lc 24,26-27.45-46).

Pensamiento franciscano:

La Leyenda de los tres compañeros recoge estas palabras de san Francisco dichas al principio de la Orden: «Bien sé, hermanos, que el Señor nos ha llamado... para que nos dediquemos principalmente a la oración y acción de gracias, predicando de tanto en tanto a los hombres el camino de la salvación y dándoles consejos saludables» (TC 55).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios, nuestro Padre, en este tiempo de gracia, en este día de salvación.

-Para que en el gobierno y en las leyes de la Iglesia se trasparente siempre la Ley nueva de Cristo.

-Para que los cuerpos legislativos y ejecutivos de las naciones respeten la dignidad del hombre.

-Para que los enfermos, los pobres, los marginados... sean convenientemente atendidos.

-Para que cuantos nos llamamos y somos cristianos reconozcamos la presencia de Cristo en nuestros prójimos que sufren.

Oración: Llegue a tu presencia, Señor, el meditar de nuestro corazón y que te agraden las súplicas de nuestra boca. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén,

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LA TRANSFIGURACIÓN, UNA EXPERIENCIA DE ORACIÓN
Benedicto XVI, Ángelus del 8 de marzo de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Durante los días pasados, como sabéis, hice los ejercicios espirituales juntamente con mis colaboradores de la Curia romana. Fue una semana de silencio y de oración: la mente y el corazón pudieron dedicarse totalmente a Dios, a la escucha de su Palabra y a la meditación de los misterios de Cristo. Con las debidas proporciones, es algo así como lo que les sucedió a los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, cuando Jesús los llevó a ellos solos a un monte alto, en un lugar apartado, y mientras oraba se «transfiguró»: su rostro y su persona se volvieron luminosos, resplandecientes.

La liturgia vuelve a proponer este célebre episodio precisamente hoy, segundo domingo de Cuaresma (cf. Mc 9,2-10). Jesús quería que sus discípulos, de modo especial los que tendrían la responsabilidad de guiar a la Iglesia naciente, experimentaran directamente su gloria divina, para afrontar el escándalo de la cruz. En efecto, cuando llegue la hora de la traición y Jesús se retire a rezar a Getsemaní, tomará consigo a los mismos Pedro, Santiago y Juan, pidiéndoles que velen y oren con él (cf. Mt 26,38). Ellos no lo lograrán, pero la gracia de Cristo los sostendrá y les ayudará a creer en la resurrección.

Quiero subrayar que la Transfiguración de Jesús fue esencialmente una experiencia de oración (cf. Lc 9,28-29). En efecto, la oración alcanza su culmen, y por tanto se convierte en fuente de luz interior, cuando el espíritu del hombre se adhiere al de Dios y sus voluntades se funden como formando una sola cosa. Cuando Jesús subió al monte, se sumergió en la contemplación del designio de amor del Padre, que lo había mandado al mundo para salvar a la humanidad. Junto a Jesús aparecieron Elías y Moisés, para significar que las Sagradas Escrituras concordaban en anunciar el misterio de su Pascua, es decir, que Cristo debía sufrir y morir para entrar en su gloria (cf. Lc 24,26.46). En aquel momento Jesús vio perfilarse ante él la cruz, el extremo sacrificio necesario para liberarnos del dominio del pecado y de la muerte. Y en su corazón, una vez más, repitió su «Amén». Dijo «sí», «heme aquí», «hágase, oh Padre, tu voluntad de amor». Y, como había sucedido después del bautismo en el Jordán, llegaron del cielo los signos de la complacencia de Dios Padre: la luz, que transfiguró a Cristo, y la voz que lo proclamó «Hijo amado» (Mc 9,7).

Juntamente con el ayuno y las obras de misericordia, la oración forma la estructura fundamental de nuestra vida espiritual. Queridos hermanos y hermanas, os exhorto a encontrar en este tiempo de Cuaresma momentos prolongados de silencio, posiblemente de retiro, para revisar vuestra vida a la luz del designio de amor del Padre celestial. En esta escucha más intensa de Dios dejaos guiar por la Virgen María, maestra y modelo de oración. Ella, incluso en la densa oscuridad de la pasión de Cristo, no perdió la luz de su Hijo divino, sino que la custodió en su alma. Por eso, la invocamos como Madre de la confianza y de la esperanza.

[Después del Ángelus] La fecha de hoy -8 de marzo, Día internacional de la mujer- nos invita a reflexionar sobre la condición de la mujer y a renovar nuestro compromiso para que siempre y por doquier toda mujer pueda vivir y manifestar en plenitud sus capacidades, obteniendo pleno respeto a su dignidad. En este sentido se han expresado el concilio Vaticano II y el magisterio pontificio, en particular la carta apostólica Mulieris dignitatem, del siervo de Dios Juan Pablo II. Sin embargo, los testimonios de los santos tienen más valor que los documentos; y nuestra época ha tenido el de la madre Teresa de Calcuta: humilde hija de Albania, se convirtió, por la gracia de Dios, en ejemplo para todo el mundo en el ejercicio de la caridad y en el servicio de la promoción humana. ¡Cuántas otras mujeres trabajan cada día, de forma oculta, por el bien de la humanidad y por el reino de Dios! Aseguro hoy mi oración por todas las mujeres, para que se respete cada vez más su dignidad y se valoren sus potencialidades positivas.

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JESUCRISTO ES FIEL Y LO PROVEE TODO
De las cartas de san Juan de Dios (ff. 23v-24r. 27rv)

Si mirásemos cuán grande es la misericordia de Dios, nunca dejaríamos de hacer bien mientras pudiésemos: pues que, dando nosotros, por su amor, a los pobres lo que él mismo nos da, nos promete ciento por uno en la bienaventuranza. ¡Oh bienaventurado logro y ganancia! ¿Quién no da lo que tiene a este bendito mercader, pues hace con nosotros tan buena mercancía y nos ruega, los brazos abiertos, que nos convirtamos y lloremos nuestros pecados y hagamos caridad primero a nuestras ánimas y después a los prójimos? Porque, así como el agua mata al fuego, así la caridad al pecado.

Son tantos los pobres que aquí se llegan, que yo mismo muchas veces estoy espantado cómo se pueden sustentar, mas Jesucristo lo provee todo y les da de comer. Como la ciudad es grande y muy fría, especialmente ahora en invierno, son muchos los pobres que se llegan a esta casa de Dios. Entre todos, enfermos y sanos, gente de servicio y peregrinos, hay más de ciento diez. Como esta casa es general, reciben en ella generalmente de todas enfermedades y suerte de gentes, así que, aquí hay tullidos, mancos, leprosos, mudos, locos, paralíticos, tiñosos, y otros muy viejos y muy niños, y, sin éstos, otros muchos peregrinos y viandantes, que aquí se allegan, y les dan fuego y agua, sal y vasijas para guisar de comer. Para todo esto no hay renta, mas Jesucristo lo provee todo.

De esta manera, estoy aquí empeñado y cautivo por solo Jesucristo. Viéndome tan empeñado, muchas veces no salgo de casa por las deudas que debo, y viendo padecer tantos pobres, mis hermanos y prójimos, y con tantas necesidades, así al cuerpo como al ánima, como no los puedo socorrer, estoy muy triste, mas empero confío en Jesucristo; que él me desempeñará, pues él sabe mi corazón. Y, así, digo que maldito el hombre que fía de los hombres, sino de solo Jesucristo; de los hombres has de ser desamparado, que quieras o no; mas Jesucristo es fiel y durable, y pues que Jesucristo lo provee todo, a él sean dadas las gracias por siempre jamás. Amén.

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«ADORAR AL SEÑOR DIOS» 
Oración y vida en san Francisco (II)
por Julio Micó, OFMCap

Cualquiera que desconozca las biografías que hablan de Francisco, podrá creer que la madurez con que vivió su relación con Dios -su oración- le obligaba a llevar una vida retirada y al margen de los problemas que bullían en la sociedad de su tiempo. Sin embargo, no fue así. Sorprende la gran actividad apostólica que realizaba y su acercamiento a los grupos sociales más diversos, con el fin de comunicarles de forma directa y experimental la buena noticia del Evangelio. El talante de itinerancia que adopta en su apostolado es un exponente de su afán por anunciar a todos los hombres que la raíz y el horizonte de lo humano está en Jesús, el Dios que se hace hombre manifestándose en la espesura de nuestra humanidad.

Para Francisco, la oración no fue un tiempo sagrado dedicado exclusivamente a Dios para llenarse de Él y luego poderlo ofrecer a los demás en el apostolado, como a veces insinúan los biógrafos. Toda su vida evangélica, por estar vivida ante la mirada bondadosa de Dios, fue oración, si bien tomaba formas distintas según se materializara en espacios de reflexión y contemplación o en actividades de convivencia y predicación.

De este modo, la oración y la vida, o la contemplación y la acción, eran momentos de su ser cristiano que se autentificaban recíprocamente. Por su oración pasaba todo lo creado con su carga de sufrimiento y su capacidad para convertirse en alabanza de Dios (Cánt); pero, al mismo tiempo, su predicación era una invitación a tomar la vida con seriedad, con profundidad, alabando al Señor por habernos amado de una forma tan desinteresada y comprometida (2CtaF 19-62). Para Francisco, alabanza y acción se identificaban hasta el punto de motivar a sus frailes diciéndoles: «Alabad a Dios, porque es bueno, y enaltecedlo en vuestras obras; pues para esto os ha enviado al mundo entero, para que de palabra y de obra deis testimonio de su voz y hagáis saber a todos que no hay otro omnipotente sino Él» (CtaO 8-9).

Para Francisco, como buen medieval, el mundo no es un engranaje mecanicista donde las cosas suceden según sus propias leyes sin que nadie lo habite ni armonice. Él lo pensaba vivo; animado por una Presencia que funda, sostiene y empuja todo lo creado hacia su plenitud (1 R 22,1-4); de ahí su enorme providencialismo. La historia, más que una sucesión de aconteceres inconexos, es el fluir providente de un proyecto nacido del amor. Por eso Francisco recuerda en su Testamento que el Señor fue el que le hizo cambiar de vida y hacer penitencia (v. 1); el que lo acompañó hasta donde estaban los leprosos, para que practicase con ellos la misericordia (v. 2); el que le dio tal fe en las iglesias, como lugar de encuentro entre Dios y los hombres, que no constituían ningún obstáculo a la hora de formular una sencilla oración sobre la cruz (v. 4). Igualmente, fue el Señor el que le concedió una fe tan grande en los sacerdotes, a causa de su ministerio, que prefería callar sus defectos y limitaciones para colaborar con ellos de una forma reverente (vv. 6-10); lo mismo habría que decir de los teólogos (v. 13). Por último, el Señor fue el que le dio los hermanos para que formaran la Fraternidad, inspirándoles que vivieran según la forma del santo Evangelio (v. 14).

Si el mundo no es fruto del azar sino de la magnanimidad amorosa de Dios que lo acompaña en su caminar, la actitud del hombre no puede ser otra más que reconocer esta presencia, abandonándose en sus manos, y hacer de su vida una alabanza continua al que nos llama a participar de su mismo amor.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 56, 1990, 177-212]

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