lunes, 6 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 7 DE MARZO

 

SANTA PERPETUA Y SANTA FELICIDAD. Mártires de Cartago, cerca de Túnez, el año 203. Conservamos las Actas auténticas del martirio, redactadas hasta la víspera del sacrificio por la misma Perpetua y continuadas luego por un testigo. A raíz del decreto del emperador Septimio Severo contra los cristianos, fueron apresados muchos de ellos. Perpetua, de ilustre cuna y exquisita formación, era hija de padre pagano, estaba casada como matrona y tenía un hijo recién nacido. Felicidad era una joven esclava, casada y a punto de dar a luz. El proceso fue penoso y prolongado. En todo momento Perpetua mostró su entereza, reafirmando su fe ante las autoridades y animando a sus compañeros de martirio. En los dolores del parto, en la cárcel, dijo Felicidad a un guardián: «Ahora soy yo la que sufro; en el anfiteatro será Otro el que sufra por mí». Con motivo del aniversario del hijo del emperador, se iban a celebrar unos juegos en los que el número fuerte del programa sería el martirio de los encarcelados. En el anfiteatro les soltaron las fieras que malhirieron a nuestras santas y fueron rematadas luego a golpe de espada.- Oración: Señor, tus santas mártires Perpetua y Felicidad, a instancias de tu amor, pudieron resistir al que las perseguía y superar el suplicio de la muerte; concédenos, por su intercesión, crecer constantemente en nuestro amor a ti. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SANTO TOMÁS DE AQUINO. Doctor de la Iglesia con el título de Doctor Angélico. Nació alrededor del año 1225, hijo de los condes de Aquino, en Roccasecca (Italia). Estudió en el monasterio de Montecasino y más tarde en Nápoles, donde conoció a los dominicos e ingresó en su Orden. Completó sus estudios en Colonia bajo la dirección de san Alberto Magno. Ya ordenado de sacerdote, marchó a la Universidad de París. Escribió muchas obras de filosofía y teología y ejerció también el profesorado, contribuyendo grandemente al desarrollo y sistematización de las ciencias eclesiásticas en su Orden y en la Iglesia. Su obra más conocida es la Suma Teológica. Decía: «Más he aprendido orando ante el crucifijo que de los libros». Después residió, como teólogo y maestro, en Nápoles, en Orvieto junto al Papa, en Roma, en París y una vez más en Nápoles. Cuando se dirigía al Concilio de Lyon, al que había sido invitado por el Papa, murió en Fossanova el 7 de marzo de 1274. Su fiesta se celebra el 28 de enero, día en que su cuerpo fue trasladado a Toulouse en 1369.- Oración: Oh Dios, que hiciste de santo Tomás de Aquino un varón preclaro por su anhelo de santidad y por su dedicación a las ciencias sagradas, concédenos entender lo que él enseñó e imitar el ejemplo que nos dejó en su vida. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN JUAN BAUTISTA NAM CHONG-SAM. Seglar coreano mártir. Era de origen noble, de joven emprendió la carrera de la administración pública, era una persona culta y desempeñó altos cargos: camarero del rey, mandarín, etc. Pronto le resultó difícil conciliar la fe cristiana y su alto "standing", por lo que renunció a sus cargos y se dedicó a enseñar la lengua coreana a los misioneros extranjeros, y la literatura a los hijos de altos funcionarios. A raíz de un ataque de la armada rusa en 1866, buscaron la mediación de Juan Bautista ante las autoridades francesas; por circunstancias ajenas a él, no pudo llevar a término su misión. Resuelto el problema, algunos oficiales gubernamentales se sintieron ofendidos porque se había pedido ayuda a un cristiano, y decretaron el exterminio de los católicos. Juan Bautista fue arrestado, torturado por no renegar de su fe y decapitado en Seúl el año 1866.



BEATO JOSÉ OLALLO VALDÉS. Nació en La Habana (Cuba) el año 1820 de padres desconocidos. Creció y se educó en la Casa Cuna y en la de Beneficencia. Muy joven ingresó en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. En 1835 lo destinaron al Hospital de Camagüey, donde se dedicó por el resto de su vida al servicio de los enfermos, incluso cuando fueron suprimidas las Órdenes Religiosas. En el decenio de guerra (1868-78) siguió trabajando "con dulce firmeza" en favor de todos, como siempre, con preferencia por los pobres, ancianos, huérfanos, esclavos, sin distinción de ideología, raza o religión. Se distinguió siempre por su bondad, y si cabe más aún cuando asistía a moribundos y agonizantes. Se le llamó "apóstol de la caridad" y "padre de los pobres". Personalmente era modesto, sobrio, sin más aspiraciones ni apariencias que servir a los enfermos; renunció al presbiterado, y mostró una gran competencia como médico-cirujano, aun siendo autodidacta. Murió en Camagüey el 7 de marzo de 1889. Fue beatificado el año 2008.

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San Ardón Esmaragdo. Monje y sacerdote del monasterio benedictino de Aniane o Aniano (Francia), en el que fue compañero y luego biógrafo de san Benito de Aniano. Dirigió la escuela del monasterio, asistió a los concilios de Francfort y Aquisgrán, y murió el año 843.

Santos Basilio, Eugenio, Agatodoro, Elpidio, Eterio, Capitón y Efrén. En el Quersoneso (Grecia) se recuerda en esta fecha a estos santos obispos que sufrieron el martirio a principios del siglo IV.

San Eubulio. Era compañero de san Adrián (ver el día 5-III) y lo martirizaron a causa de su fe dos días después de él, durante la persecución del emperador Diocleciano, en Cesarea de Palestina, el año 309. Lo arrojaron a los leones y luego lo remataron a espada.

San Gaudioso. Fue obispo de Brescia (Italia) en el siglo V.

San Pablo de Plousías. Fue obispo de Prusa de Bitinia, en la actual Turquía, y por defender el culto de las sagradas imágenes frente a los iconoclastas, fue desterrado. Murió en el exilio el año 850.

San Pablo el Simple. Fue discípulo de san Antonio Abad en la Tebaida de Egipto en fecha incierta del siglo IV.

Santos Sátiro (o Sáturo), Saturnino, Revocato e Secundino. Son compañeros de martirio de las santas Perpetua y Felicidad, en Cartago (Túnez), el año 203, en la persecución de Septimio Severo. Sátiro era catequista y no estaba con los otros cuando fueron apresados, pero, al enterarse de lo sucedido, se entregó voluntariamente a fin de compartir la suerte de sus catecúmenos. Confesaron su fe ante las autoridades y ninguno se volvió atrás, a pesar de las amenazas, halagos y torturas. Los tres primeros fueron arrojados a las fieras en el anfiteatro y luego rematados a espada; Saturnino murió en la cárcel.

Santos Simeón Berneux, Justo Ranfer de Bretenières, Luis Beaulieu y Pedro Enrique Dorie. Franceses de nacimiento, miembros de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París, el primero era obispo, Vicario apostólico de Corea, y los otros tres presbíteros, y cada uno estaba en el lugar de su trabajo apostólico cuando fueron arrestados. Los reunieron en la cárcel de Seúl, circunstancia que ellos aprovecharon para orar juntos, fortalecerse en la fe y perseverancia, y disponerse a morir por Cristo. Los sometieron a tormentos y a largos y duros interrogatorios, en los que confesaron con entereza su fe y manifestaron que habían ido a Corea a salvar almas en nombre de Cristo, y no a otra cosa. Fueron decapitados en Sai-Nam-Tho (Corea) en año 1866.

Santa Teresa Margarita Redi. Nació en Arezzo (Italia) el año 1747 de familia acomodada y muy cristiana. Se sintió llamada por santa Teresa de Jesús y, en 1764, ingresó en el monasterio de carmelitas descalzas de Florencia. Su fuente principal de inspiración fue el pasaje de la primera carta de san Juan: "Dios es amor", y trató de vivir marcada por esta realidad. Se dedicó a la oración y a la asistencia a las hermanas ancianas, hasta que, muy pronto, antes de cumplir los 23 años, murió en su monasterio en 1770.

Beatos Juan Larke, Juan Ireland y Germán Gardiner. Los tres eran ingleses, los dos primeros sacerdotes y el tercero seglar, se negaron a reconocer la supremacía de Enrique VIII en la Iglesia de Inglaterra, profesaron su fe católica y su fidelidad al Romano Pontífice. Se les acusó de traición contra el Rey, y a los tres se les condenó a muerte con la advertencia de que, si cambiaban de actitud, se les perdonaría la vida. Permanecieron firmes en sus convicciones, y fueron ahorcados y luego descuartizados en la plaza Tyburn de Londres el año 1544.

Beato Leónidas Fëdorov. Nació en San Petersburgo (Rusia) el año 1879 de familia ortodoxa, fue alumno del seminario ortodoxo, en Roma ingresó en la Iglesia católica, en 1911 se ordenó de sacerdote de rito católico oriental, ingresó en los Monjes Estuditas y regresó a su ciudad natal. Pronto fue arrestado y deportado a Siberia. En 1917 recobró la libertad y fue nombrado exarca de los católicos rusos de rito bizantino. Fue arrestado de nuevo en 1923, y condenado a diez años de cárcel en el campo de concentración de las islas Solovski y en Vjadka. Murió, mártir de la fe, en Kirov el año 1935. Prestó a sus cristianos la mejor atención posible y fue un apóstol del ecumenismo.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dice la Carta a los Romanos: -¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (cf. Rm 8,35-39).

Pensamiento franciscano:

Luego de emprender el viaje y de haber llegado a Espoleto para continuar hasta la Pulla, se sintió enfermo. Empeñado, con todo, en llegar hasta la Pulla, se echó a descansar, y, semidormido, oyó a alguien que le preguntaba a dónde se proponía caminar. Y como Francisco le detallara todo lo que intentaba, aquél añadió: «¿Quién te puede ayudar más, el señor o el siervo?» Y como respondiera que el señor, de nuevo le dijo: «¿Por qué, pues, dejas al señor por el siervo, y al príncipe por el criado?» Y Francisco contestó: «Señor, ¿qué quieres que haga?» «Vuélvete -le dijo- a tu tierra, y allí se te dirá lo que has de hacer» (TC 6).

Orar con la Iglesia:

Adoremos a Cristo, Hijo de Dios vivo, que quiso ser también hijo de una familia humana.

-Oh Cristo, por el misterio de tu sumisión a María y a José, enséñanos el respeto y la obediencia a los que nos gobiernan legítimamente sin pretender apartarnos de tu camino.

-Tú que amaste a tus padres y fuiste amado por ellos, afianza a todas las familias en el amor y la concordia.

-Tú que estuviste siempre atento a las cosas de tu Padre, haz que lo busquemos con limpieza de corazón y estemos dispuestos a hacer su voluntad.

-Tú que quisiste que tus padres te buscaran durante tres días, enséñanos a buscar siempre primero el reino de Dios y su justicia.

Oración: Dios todopoderoso, luz de los que en ti creen, haz que la tierra se llene de tu gloria y todos reconozcamos a tu Hijo como el único santo, el único Señor, el único altísimo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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ESCUCHAR A CRISTO, COMO MARÍA
Benedicto XVI, Ángelus del 12 de marzo de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer por la mañana concluyó la semana de ejercicios espirituales, que el patriarca emérito de Venecia, cardenal Marco Cè, predicó aquí, en el palacio apostólico. Fueron días dedicados totalmente a la escucha del Señor, que siempre nos habla, pero espera de nosotros mayor atención, especialmente en este tiempo de Cuaresma. Nos lo recuerda también la página evangélica de este domingo, que propone de nuevo la narración de la transfiguración de Cristo en el monte Tabor.

Mientras estaban atónitos en presencia del Señor transfigurado, que conversaba con Moisés y Elías, Pedro, Santiago y Juan fueron envueltos repentinamente por una nube, de la que salió una voz que proclamó: «Este es mi Hijo amado; escuchadlo» (Mc 9,7).

Cuando se tiene la gracia de vivir una fuerte experiencia de Dios, es como si se viviera algo semejante a lo que les sucedió a los discípulos durante la Transfiguración: por un momento se gusta anticipadamente algo de lo que constituirá la bienaventuranza del paraíso. En general, se trata de breves experiencias que Dios concede a veces, especialmente con vistas a duras pruebas. Pero a nadie se le concede vivir «en el Tabor» mientras está en esta tierra. En efecto, la existencia humana es un camino de fe y, como tal, transcurre más en la penumbra que a plena luz, con momentos de oscuridad e, incluso, de tinieblas. Mientras estamos aquí, nuestra relación con Dios se realiza más en la escucha que en la visión; y la misma contemplación se realiza, por decirlo así, con los ojos cerrados, gracias a la luz interior encendida en nosotros por la palabra de Dios.

También la Virgen María, aun siendo entre todas las criaturas humanas la más cercana a Dios, caminó día a día como en una peregrinación de la fe (cf. Lumen gentium, 58), conservando y meditando constantemente en su corazón las palabras que Dios le dirigía, ya sea a través de las Sagradas Escrituras o bien mediante los acontecimientos de la vida de su Hijo, en los que reconocía y acogía la misteriosa voz del Señor. He aquí, pues, el don y el compromiso de cada uno de nosotros durante el tiempo cuaresmal: escuchar a Cristo, como María. Escucharlo en su palabra, custodiada en la Sagrada Escritura. Escucharlo en los acontecimientos mismos de nuestra vida, tratando de leer en ellos los mensajes de la Providencia. Por último, escucharlo en los hermanos, especialmente en los pequeños y en los pobres, para los cuales Jesús mismo pide nuestro amor concreto. Escuchar a Cristo y obedecer su voz: este es el camino real, el único que conduce a la plenitud de la alegría y del amor.

[Después del Ángelus] Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española... En nuestro camino hacia la Pascua, la liturgia del segundo domingo de Cuaresma nos invita a contemplar a Jesús como al Hijo amado del Padre que se entrega por nuestra salvación, para que también nosotros, mediante la ofrenda de nuestra propia vida, seamos transformados a su imagen.

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LLAMADOS Y ELEGIDOS PARA GLORIA DEL SEÑOR
De la Historia del martirio
de los santos mártires cartagineses

Brilló por fin el día de la victoria de los mártires y marchaban de la cárcel al anfiteatro, como si fueran al cielo, con el rostro resplandeciente de alegría, y sobrecogidos no por el temor, sino por el gozo.

La primera en ser lanzada en alto fue Perpetua y cayó de espaldas. Se levantó, y como viera a Felicidad tendida en el suelo, se acercó, le dio la mano y la levantó. Ambas juntas se mantuvieron de pie y, doblegada la crueldad del pueblo, fueron llevadas a la puerta llamada Sanavivaria. Allí Perpetua fue recibida por un tal Rústico, que por entonces era catecúmeno, y que la acompañaba. Ella, como si despertara de un sueño (tan fuera de sí había estado su espíritu), comenzó a mirar alrededor suyo y, asombrando a todos, dijo:

«¿Cuándo nos arrojarán esa vaca, no sé cual?».

Como le dijeran que ya se la habían arrojado, no quiso creerlo hasta que comprobó en su cuerpo y en su vestido las marcas de la embestida. Después, haciendo venir a su hermano, también catecúmeno, dijo:

«Permaneced firmes en la fe, amaos los unos a los otros y no os escandalicéis de nuestros padecimientos».

Del mismo modo Saturo, junto a la otra puerta, exhortaba al soldado Pudente, diciéndole:

«En resumen, como presentía y predije, hasta ahora no he sentido ninguna de las bestias. Ahora créeme de todo corazón: cuando salga de nuevo, seré abatido por una única dentellada de leopardo».

Cuando el espectáculo se acercaba a su fin, fue arrojado a un leopardo y de una dentellada quedó tan cubierto de sangre, que el pueblo, cuando el leopardo intentaba morderle de nuevo, como dando testimonio de aquel segundo bautismo, gritaba:

«Salvo, el que está lavado; salvo, el que está lavado».

Y ciertamente estaba salvado por haber sido lavado de esta forma.

Entonces Saturo dijo al soldado Pudente:

«Adiós, y acuérdate de la fe y de mí; que estos padecimientos no te turben, sino que te confirmen».

Luego le pidió un anillo que llevaba al dedo y, empapándolo en su sangre, se lo entregó como si fuera su herencia, dejándoselo como prenda y recuerdo de su sangre. Después, exánime, cayó en tierra, donde se encontraban todos los demás que iban a ser degollados en el lugar acostumbrado.

Pero el pueblo exigió que fueran llevados al centro del anfiteatro para ayudar, con sus ojos homicidas, a la espada que iba a atravesar sus cuerpos. Ellos se levantaron y se colocaron allí donde el pueblo quería, y se besaron unos a otros para sellar el martirio con el rito solemne de la paz.

Todos, inmóviles y en silencio, recibieron el golpe de la espada; especialmente Saturo, que había subido el primero, pues ayudaba a Perpetua, fue el primero en entregar su espíritu.

Perpetua dio un salto al recibir el golpe de la espada entre los huesos, sin duda para que sufriera algún dolor. Y ella misma trajo la mano titubeante del gladiador inexperto hasta su misma garganta. Quizás una mujer de este temple, que era temida por el mismo espíritu inmundo, no hubiera podido ser muerta de otra forma, si ella misma no lo hubiese querido.

¡Oh valerosos y felices mártires! ¡Oh, vosotros, que de verdad habéis sido llamados y elegidos para gloria de nuestro Señor Jesucristo!

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«ADORAR AL SEÑOR DIOS» 
Oración y vida en san Francisco (I)
por Julio Micó, OFMCap

La oración, por importante que sea en el camino espiritual de un creyente, no puede estar desligada del resto de la vida. Orar no es un acto más de la persona, que se pueda colocar junto a otras actividades, también importantes, para la realización cristiana. El que ora se sitúa, todo él, ante la presencia de Dios, consintiendo a su acción salvadora y dejándose transir por lo que constituye su fundamento y horizonte. Por eso Francisco no rehuyó la mirada benevolente de Dios que le invitaba a la penitencia (Test 1); es decir, a la conversión de su vida en un quehacer para el Reino propuesto por Jesús en el Evangelio. Desde que Francisco experimentó en Espoleto la presencia divina de una forma arrolladora, no pudo hacer de su vida otra cosa más que gastarla, convertida en respuesta, en adorar, alabar y servir a su Señor.

Francisco no fue sólo un orante o, al decir de Celano, la oración personificada. Francisco hizo de su vida una oración continuada al desplegar todo lo que era, tenía y hacía, ante la mirada sanante de Dios.

Este empeño por caminar en su presencia es lo que hizo de Francisco un continuo buscador de Dios -peregrino del Absoluto-, que rastreaba la vida y sus acontecimientos para encontrar en ellos la voluntad de Dios y saciar su sed de totalidad.

Por eso, la oración de Francisco no fue nunca una evasiva ni una despreocupación de los problemas reales que le planteaba la vida. Tuvo que afrontar momentos difíciles y oscuros para descubrir que, al final, siempre existe una luz que confirma la esperanza; pero también experimentó en el gozo y la alegría la certeza de que Dios habita en el fondo de los seres y de los acontecimientos. Percibir lo divino que se manifiesta en la creación no es algo natural que se dé sin esfuerzo. La sensibilidad para percibir la presencia de lo divino es un don que nos ofrece el Espíritu a cambio de que le abramos las puertas de nuestro ser personal y contribuyamos a que su acción operante se lleve a cabo en nosotros.

Este gesto de receptividad activa, alargado en el tiempo y desplegado en un lugar, es lo que solemos llamar oración. La incesante necesidad de adorar, dar gracias y alabar esta Presencia desbordante, reducida a un momento y a unos modos, es lo que llamamos plegaria. Los largos espacios de tiempo empleados y la variada gama de formas en que desplegó Francisco su oración, aun siendo importantes, no deben oscurecer esa otra dimensión orante que, por estar enraizada en la vida, pero más allá del tiempo y del espacio, no puede ser contabilizada. El encuentro con el Señor necesita de espacios y de tiempos para materializar la aceptación de esa presencia; pero si esos momentos de oración, en su sentido material, no sirven para agudizar nuestra sensibilidad a la hora de percibir lo divino que se esconde y manifiesta en la historia, entonces la plegaria se convierte en un círculo cerrado que no sirve más que para autoalimentar nuestras ilusiones y buscar satisfacción a nuestros deseos.

Para Francisco, la conversión supuso el encuentro de dos historias personales: la de Dios y la suya. Pero el Dios que se encuentra Francisco no es ese ser trascendente despreocupado de todo lo que pueda ocurrir entre los hombres. El Dios que sale al encuentro de Francisco se ha hecho hombre, se ha hecho historia en Jesús, asumiendo la pobreza de sus limitaciones y afrontando el reto del tiempo para quedarse silencioso, pero operante, en la Eucaristía.

Ante tal rebajamiento, la respuesta de Francisco toma cuerpo asumiendo su total pobreza y tratando de seguir, confiado, el camino escondido que Dios hace a través de la historia. En Francisco, la voluntad de seguir la vida y pobreza de Jesús se identifica con la necesidad de tenerlo continuamente en el corazón para amarle, honrarle, adorarle, servirle, alabarle, bendecirle y glorificarle (1 R 23,10); es decir, para el Santo, orar se reduce a vivir con honradez el Evangelio.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 56, 1990, 177-212]

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