domingo, 5 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano



 DÍA 6 DE MARZO

 

SAN JULIÁN DE TOLEDO. Nació en Toledo (España) de familia judía conversa hacia el año 620. Se educó en la escuela catedralicia, donde trabó amistad con el famoso Gudila, fue ascendiendo los grados de la jerarquía y lo eligieron obispo metropolitano de su ciudad el 680. Era hombre de una gran personalidad, buenas dotes naturales y extraordinaria prudencia en los asuntos que tenía que afrontar. No obstante, engañado, intervino en la deposición del rey Wamba, al que luego trató de compensar haciendo su apología. Convocó tres concilios, expuso en sus escritos la recta doctrina católica y fue un modelo de justicia, caridad y celo por la salvación de las almas. Defendió ante la Curia Romana la ortodoxia de la Iglesia española. En su gobierno mostró una gran sabiduría y prudencia, ecuanimidad y cuidado de los pobres e indigentes. Murió en Toledo el año 690.




SAN OLEGARIO. Nació en Barcelona de familia noble hacia el año 1060. Se educó en la escuela catedralicia y en 1093 se ordenó de sacerdote. Sintiéndose atraído por la vida religiosa, ingresó en los Canónigos Regulares de San Adrián de Besós; luego pasó a San Rufo de Provenza, donde fue elegido abad en 1110. Cinco años después lo eligieron obispo de Barcelona, y se entregó al ministerio de la predicación y a la asistencia a los pobres y enfermos. Cuando Tarragona fue reconquistada, el papa le encomendó su sede metropolitana, sin dejar la de Barcelona. Asistió al Concilio Ecuménico I de Letrán el año 1123. Fue legado pontificio en la tarea de reconquista del conde de Barcelona. Visitó Tierra Santa. A la muerte del papa Honorio II, hubo una doble elección, y Olegario prestó su obediencia a Inocencio II. En medio de una intensa actividad eclesiástica y civil, como la mediación entre los reyes de Castilla y Aragón, llevó una intensa vida interior, de alta contemplación, con un profundo sentido de la justicia y una generosa caridad para con los pobres. Murió en Barcelona el año 1136.



SANTA ROSA DE VITERBO. Nació en Viterbo (Italia) en 1234. Muy joven quiso entrar en las clarisas, pero no pudo por su edad y su pobreza. Una grave enfermedad le facilitó el rápido ingreso en la Tercera Orden de San Francisco. Recuperada la salud, se entregó a la vida de oración y penitencia, a la vez que recorría las calles de su ciudad, llevando una pequeña cruz y exhortando al amor de Jesús y de María, y a la fidelidad a la Iglesia. Dios le concedió carismas extraordinarios y por su medio obró milagros. Viterbo estaba dividida en partidarios del Emperador, que eran quienes la gobernaban, y partidarios del Papa. Para afianzar la fe católica, Rosa hacía campaña contra los enemigos del Papa, por lo que fue desterrada con su familia a Soriano. En 1250 murió Federico II, Viterbo volvió a la obediencia pontificia y Rosa y los suyos regresaron a su ciudad. Allí murió el 6 de marzo de 1252. El 4 de septiembre de 1258 su cuerpo incorrupto fue trasladado al monasterio de las clarisas.- Oración: Padre de bondad, que has unido en la joven santa Rosa de Viterbo la firmeza de ánimo y el encanto de la bondad; al celebrar hoy su fiesta, concédenos imitar también sus virtudes. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SANTA COLETA BOYLET. Nació en Corbie (al norte de Francia) en 1381. Sus padres, ya mayores, la llamaron Nicolette o Colette, agradeciendo a san Nicolás el haberla tenido. Huérfana de padre y madre a los 18 años, distribuyó sus bienes entre los pobres y emprendió una variada experiencia religiosa que pasó por vestir el hábito de la Tercera Orden y llevar vida eremítica, hasta profesar en las clarisas. Desde su profunda vida de pobreza y oración, se sintió llamada a renovar su Orden, a la que quiso devolver el espíritu y la observancia que le diera santa Clara en su Regla. Con autorización pontificia, reformó unos monasterios y fundó otros nuevos, para los que redactó unas Constituciones, aprobadas por la Iglesia. Aún en la actualidad son numerosos los monasterios de "Coletinas", que se inspiran en Clara y en Coleta. Su impulso renovador benefició también mucho a los franciscanos. Murió en Gante (Bélgica) el 6 de marzo de 1447. Su fiesta se celebra el 7 de febrero.- Oración: Señor, Dios nuestro, que has elegido a santa Coleta como modelo de vírgenes en el seguimiento de los consejos evangélicos, concédenos caminar por la senda de la vida franciscana, que ella impulsó con su ejemplo y doctrina, y avanzar seguros por ese camino. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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San Ciríaco (o Quiríaco). Fue un sacerdote ejemplar que murió en Tréveris (Alemania) a principios del siglo IV.

San Crodegando. Nació en Brabante de familia noble el año 712. Recibió una sólida formación de los benedictinos. El 737 Carlos Martel lo nombró canciller del reino de Austrasia, cargo en el que mantuvo su vida de piedad. Sin dejar su cargo civil, fue elegido obispo de Metz (Francia). Puso todo su empeño en la reforma de la Iglesia y en especial del clero, al que inculcaba la Regla de San Benito y la forma de vida benedictina. Amaba la liturgia y promovió en ella el canto. Presidió varios concilios. Murió el año 766 en Metz, en la abadía de Gorza, que él había fundado.

San Evagrio. Obispo de Constantinopla elegido por los católicos frente al obispo arriano. Fue desterrado por el emperador Valente y murió como un insigne defensor de la fe católica.

San Fridolino. Monje originario de Irlanda, que estuvo peregrinando por Francia hasta que fundó en Säkingen (Suiza) dos monasterios en honor de san Hilario, de los que fue abad y donde murió en el siglo VIII.

San Marciano. En Tortona, región del Piamonte en Italia, se recuerda a este santo, a quien se considera primer obispo de la ciudad y mártir en la primera mitad del siglo II.

Santos Mártires de Siria. Son cuarenta y dos cristianos que fueron arrestados en Amorio de Frigia, llevados luego junto al río Éufrates en Siria, y allí martirizados el año 848.

San Victorino. Sufrió el martirio en Nicomedia de Bitinia (en la actual Turquía), en una fecha incierta de los primeros siglos de la Iglesia.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Después de la Última Cena, «Jesús salió, como de costumbre, al monte de los Olivos, y los discípulos lo siguieron. Llegados al lugar, les dijo: "Orad para que no caigáis en la tentación". Y se apartó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba diciendo: "Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya"» (Lc 22,39-42).

Pensamiento franciscano:

Por aquellos días, los hermanos le rogaron a Francisco que les enseñase a orar, pues, caminando en simplicidad de espíritu, no conocían todavía el oficio eclesiástico. Él les respondió: «Cuando oréis, decid: "Padre nuestro..." y "Te adoramos, ¡oh Cristo!, en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, pues por tu santa cruz redimiste al mundo"» (1 Cel 45).

Orar con la Iglesia:

Acudamos a Cristo, Palabra del Padre, que al acampar entre nosotros nos abrió el camino de la salvación, y digámosle: Líbranos, Señor, de todo mal.

-Por el misterio de tu encarnación, por tu nacimiento y tu infancia, por toda tu vida consagrada al servicio del Padre: Líbranos, Señor, de todo mal.

-Por tu trabajo, por tu predicación y tus largas horas de camino, por tu trato con los pecadores: Líbranos, Señor, de todo mal.

-Por tu agonía y tu pasión, por tu cruz y tu desolación, por tus angustias, por tu muerte y sepultura: Líbranos, Señor, de todo mal.

-Por tu resurrección y ascensión a los cielos, por la donación del Espíritu Santo, por tu gloria eterna, libra, Señor, a nuestros hermanos difuntos. Y a nosotros líbranos, Señor, de todo mal.

Oración: Dios todopoderoso, por el nacimiento de tu Hijo en nuestra carne, líbranos del yugo con que nos domina la servidumbre del pecado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA ORACIÓN NOS PONE EN MANOS DEL PADRE
Benedicto XVI, Ángelus del 4 de marzo de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

En el segundo domingo de Cuaresma, el evangelista san Lucas subraya que Jesús subió a un monte «para orar» (Lc 9,28) juntamente con los apóstoles Pedro, Santiago y Juan y, «mientras oraba» (Lc 9,29), se verificó el luminoso misterio de su transfiguración. Por tanto, para los tres Apóstoles subir al monte significó participar en la oración de Jesús, que se retiraba a menudo a orar, especialmente al alba y después del ocaso, y a veces durante toda la noche. Pero sólo aquella vez, en el monte, quiso manifestar a sus amigos la luz interior que lo colmaba cuando oraba: su rostro -leemos en el evangelio- se iluminó y sus vestidos dejaron transparentar el esplendor de la Persona divina del Verbo encarnado (cf. Lc 9,29).

En la narración de san Lucas hay otro detalle que merece destacarse: la indicación del objeto de la conversación de Jesús con Moisés y Elías, que aparecieron junto a él transfigurado. Ellos -narra el evangelista- «hablaban de su muerte (en griego éxodos), que iba a consumar en Jerusalén» (Lc 9,31).

Por consiguiente, Jesús escucha la Ley y los Profetas, que le hablan de su muerte y su resurrección. En su diálogo íntimo con el Padre, no sale de la historia, no huye de la misión por la que ha venido al mundo, aunque sabe que para llegar a la gloria deberá pasar por la cruz. Más aún, Cristo entra más profundamente en esta misión, adhiriéndose con todo su ser a la voluntad del Padre, y nos muestra que la verdadera oración consiste precisamente en unir nuestra voluntad a la de Dios.

Por tanto, para un cristiano orar no equivale a evadirse de la realidad y de las responsabilidades que implica, sino asumirlas a fondo, confiando en el amor fiel e inagotable del Señor. Por eso, la transfiguración es, paradójicamente, la verificación de la agonía en Getsemaní (cf. Lc 22,39-46). Ante la inminencia de la Pasión, Jesús experimentará una angustia mortal, y aceptará la voluntad divina; en ese momento, su oración será prenda de salvación para todos nosotros. En efecto, Cristo suplicará al Padre celestial que «lo salve de la muerte» y, como escribe el autor de la carta a los Hebreos, «fue escuchado por su actitud reverente» (Heb 5,7). La resurrección es la prueba de que su súplica fue escuchada.

Queridos hermanos y hermanas, la oración no es algo accesorio, algo opcional; es cuestión de vida o muerte. En efecto, sólo quien ora, es decir, quien se pone en manos de Dios con amor filial, puede entrar en la vida eterna, que es Dios mismo.

Durante este tiempo de Cuaresma pidamos a María, Madre del Verbo encarnado y Maestra de vida espiritual, que nos enseñe a orar como hacía su Hijo, para que nuestra existencia sea transformada por la luz de su presencia.

[Después del Ángelus] Deseo dar las gracias a quienes, en los días pasados, me acompañaron con su oración durante los ejercicios espirituales. Exhorto a todos a buscar, en este tiempo de Cuaresma, el silencio y el recogimiento, para dedicar más tiempo a la oración y a la meditación de la palabra de Dios.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española... En este domingo de Cuaresma, en que contemplamos a Jesús transfigurado en el monte Tabor, pidamos a la Virgen María que nos ayude a transformarnos, a través de un camino de conversión, en verdadera imagen de Cristo.

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EL QUE NOS DIO LA VIDA
NOS ENSEÑÓ TAMBIÉN A ORAR
San Cipriano, Tratado sobre el Padrenuestro (Caps. 1-3)

Los preceptos evangélicos, queridos hermanos, no son otra cosa que las enseñanzas divinas, fundamentos que edifican la esperanza, cimientos que corroboran la fe, alimentos del corazón, gobernalle del camino, garantía para la obtención de la salvación; ellos instruyen en la tierra las mentes dóciles de los creyentes, y los conducen a los reinos celestiales.

Muchas cosas quiso Dios que dijeran e hicieran oír los profetas, sus siervos; pero cuánto más importantes son las que habla su Hijo, las que atestigua con su propia voz la misma Palabra de Dios, que estuvo presente en los profetas, pues ya no pide que se prepare el camino al que viene, sino que es él mismo quien viene abriéndonos y mostrándonos el camino, de modo que quienes, ciegos y abandonados, errábamos antes en las tinieblas de la muerte, ahora nos viéramos iluminados por la luz de la gracia y alcanzáramos el camino de la vida, bajo la guía y dirección del Señor.

El cual, entre todos los demás saludables consejos y divinos preceptos con los que orientó a su pueblo para la salvación, le enseñó también la manera de orar, y, a su vez, él mismo nos instruyó y aconsejó sobre lo que teníamos que pedir. El que nos dio la vida nos enseñó también a orar, con la misma benignidad con la que da y otorga todo lo demás, para que fuésemos escuchados con más facilidad, al dirigirnos al Padre con la misma oración que el Hijo nos enseñó.

El Señor había ya predicho que se acercaba la hora en que los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y verdad; y cumplió lo que antes había prometido, de tal manera que nosotros, que habíamos recibido el espíritu y la verdad como consecuencia de su santificación, adoráramos a Dios verdadera y espiritualmente, de acuerdo con sus normas.

¿Pues qué oración más espiritual puede haber que la que nos fue dada por Cristo, por quien nos fue también enviado el Espíritu Santo, y qué plegaria más verdadera ante el Padre que la que brotó de labios del Hijo, que es la verdad? De modo que orar de otra forma no es sólo ignorancia, sino culpa también, pues él mismo afirmó: Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición.

Oremos, pues, hermanos queridos, como Dios, nuestro maestro, nos enseñó. A Dios le resulta amiga y familiar la oración que se le dirige con sus mismas palabras, la misma oración de Cristo que llega a sus oídos.

Cuando hacemos oración, que el Padre reconozca las palabras de su propio Hijo; el mismo que habita dentro del corazón sea el que resuene en la voz, y, puesto que lo tenemos como abogado por nuestros pecados ante el Padre, al pedir por nuestros delitos, como pecadores que somos, empleemos las mismas palabras de nuestro defensor. Pues, si dice que hará lo que pidamos al Padre en su nombre, ¿cuánto más eficaz no será nuestra oración en el nombre de Cristo, si la hacemos, además, con sus propias palabras?

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«ADORAR AL SEÑOR DIOS»
La oración privada de san Francisco
por Julio Micó, OFMCap

En la oración privada es donde se descubre el auténtico Francisco como orante. La posibilidad que le ofrecía esta forma de oración liberaba toda su potencialidad creativa a la hora de materializar su encuentro con Dios. En estas situaciones espontáneas es donde emerge y se manifiesta lo más profundo de Francisco; aquello que le constituye y lo configura como hombre de Dios y para Dios.

Este hombre que se descubre relativo y abre el corazón a su Señor, lo hace desde su misma estructura cultural. La religiosidad popular le facilitó una imagen de Dios que condicionaba también su respuesta y apertura a Él. Los distintos posos culturales que yacían en el fondo de la religiosidad medieval hacían de la oración del pueblo algo más de lo que entendían los teólogos por tal. Bien es verdad que sabemos muy poco, por no decir nada, de la auténtica oración del pueblo llano en el Medioevo. Al no tener ni capacidad ni posibilidad de transmitir por escrito sus experiencias, sólo nos ha llegado lo que de ellos escribieron los clérigos, la mayoría de las veces para desautorizarlas y prohibirlas.

Cuando buscamos en Francisco esta raíz popular de su oración, difícilmente la encontraremos en sus Escritos, por cuanto éstos corresponden a una etapa avanzada de su vida y, sin pretenderlo, mantienen cierta oficialidad. Es más bien en las biografías donde aparecen, espontáneos, estos rasgos arcaicos de su personalidad popular. La obsesión por comunicar y compartir su experiencia evangélica con todos, especialmente con la gente llana, permite que afloren estas vivencias profundas al contacto con las formas de orar que tiene el pueblo.

Francisco escribió un número considerable de textos que pertenecen al género literario y a la estructura de la oración. Aunque todos ellos poseen una inspiración litúrgica, sin embargo difieren bastante en cuanto a la forma. Se dan oraciones propiamente dichas (Oficio de la Pasión; Carta a toda la Orden, 50-52; 1 R 23), alabanzas a Dios (Exhortación a la alabanza de Dios; Alabanzas al Dios Altísimo), himnos, poesías (Saludo a la bienaventurada Virgen María; Saludo a las Virtudes; Cántico de las criaturas).

El desconocimiento que tenemos de la literatura devocional que rodeaba a Francisco no nos permite asegurar, pero tampoco negar, la originalidad de algunas de sus oraciones, como la recitada ante el crucifijo de San Damián o la Paráfrasis del Padrenuestro. No obstante, del análisis del vocabulario se puede deducir que eran, más bien, oraciones comunes adoptadas para su devoción particular y que podía reelaborar a su gusto.

Todo este abanico de oraciones indica que su presencia ante Dios no fue monótona en cuanto a formas, aunque en sus Escritos no diga nada de este modo tan variado de situarse ante la divinidad. Son los biógrafos los que despliegan todas sus cualidades para mostramos un prototipo de Santo caracterizado por una oración extensa y profunda. Sin llegar a confundir el modelo que nos proponen con la realidad, sí hay que admitir la importancia de la oración en la espiritualidad de Francisco, hasta el punto de llenar grandes espacios de su vida y de constituir el centro de su ocupación y preocupación.

Las diferentes formas de oración en Francisco se entrelazan hasta devenir en un modo particular de encuentro con Dios. Sin embargo, existe una constante, por otra parte normal, que inicia su trayectoria en una preferencia por lo expresivo y gestual, pasando por lo meditativo, hasta llegar a centrar su oración en la liturgia oficial y su reflexión serena.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 56, 1990, 177-212]



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