sábado, 4 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 5 DE MARZO



SAN JUAN JOSÉ DE LA CRUZ. Nació en la isla de Ischia (Italia) el año 1654, de familia noble y piadosa, cuyos cinco hijos se consagraron al Señor. Desde pequeño profesó una especial devoción a la Virgen y un amor generoso a los pobres. Muy joven vistió el hábito franciscano en Nápoles y fue el primero en ingresar en la Reforma alcantarina recién implantada en Italia, de la que él sería el principal promotor en su tierra. Ordenado de sacerdote, sin dejar su vida de oración y penitencia en los retiros, se entregó al apostolado popular, al confesonario y a la dirección de almas. El Señor lo probó con grandes desolaciones interiores, tinieblas y dudas, que le hicieron padecer sobremanera. Con humildad y caridad ejerció los cargos que le impuso la obediencia. Dios quiso obrar por su medio portentos y concederle dones místicos extraordinarios. Después de una vida contemplativa y de extrema austeridad siguiendo el ejemplo de san Pedro de Alcántara, murió en Nápoles el 5 de marzo de 1734.




BEATO CRISTÓBAL MACASSOLI DE MILÁN. Nació en Milán, de la noble familia de los Macassoli, hacia 1415. A los veinte años entró en la Orden franciscana atraído por el movimiento de observancia y renovación evangélica promovido por san Bernardino de Siena. Ordenado sacerdote y observando con rigor y sencillez la Regla de san Francisco, se entregó con ardiente celo al apostolado de la predicación y a la atención caritativa a los pobres. Pronto lo envolvió una gran fama, tanto por las numerosas conversiones que conseguía como por los milagros con que Dios lo acompañaba. Junto con el beato Pacífico de Cerano fundó el convento de Santa María de las Gracias, en Vigevano (Milán), donde murió el 5 de marzo de 1485.



BEATO JEREMÍAS DE VALAQUIA. Nació en Tzazo (Valaquia, Rumania) el año 1556. De joven emigró a Italia buscando una mayor religiosidad, que sólo encontró en los capuchinos de Nápoles. Hizo el noviciado con ellos y profesó como hermano en 1579. Luego estuvo en diversos conventos y en 1585 lo destinaron al de S. Efrén Nuevo de Nápoles con la misión de atender a los enfermos en la gran enfermería de los frailes. Allí permaneció hasta su muerte, acaecida el 5 de marzo de 1625. Juan Pablo II, que lo beatificó en 1983, dijo de él: «Manantial inagotable de su vida interior era... la meditación asidua del crucifijo, la intimidad con Jesús eucarístico y una devoción filial a la Madre de Dios. Se prodigó generosamente con los pobres y empleó toda clase de medios para aliviarles las miserias... En la atención a los enfermos gastó toda la riqueza de su generosidad y abnegación heroica... Y justamente por ir a visitar a un enfermo en un riguroso día de invierno, contrajo la pleuroneumonía que derrumbó su robusta fibra».

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San Adrián. En Cesarea de Palestina, el año 309, durante la persecución del emperador Diocleciano, el día en que los habitantes celebraban la fiesta pagana de la Fortuna, Adrián, a causa de su fe, fue arrojado a los leones y luego rematado a espada, por orden del gobernador Firmiliano.

San Ciarano (Kieran). Fue obispo y abad irlandés, que murió el año 530 en Saighir, región de Ossory (Irlanda).

San Conón. Era un cristiano de profesión hortelano que, a causa de su fe, sufrió el martirio en Panfilia (en la actual Turquía), hacia el año 250, en tiempo del emperador Decio. Según la tradición, le obligaron a tirar de un carro con los pies traspasados por clavos; extenuado, cayó de rodillas, se puso en oración y expiró.

San Focas. Era un cristiano, de profesión hortelano, que a principios del siglo IV vivía en Sinope, en la región del Ponto Euxino (Turquía), y lo apreciaban todos por su generosidad y hospitalidad, virtudes que también puso en práctica con quienes iban a ser sus verdugos, que no lo conocían. Él mismo, después de haberlos servido, se identificó ante ellos, que seguidamente le dieron muerte cruel.

San Gerásimo. Nació en la región de Licia (Turquía). Llevó vida de monje y luego de anacoreta en su tierra. El Concilio de Calcedonia definió la doble naturaleza de Cristo, pero Gerásimo abrazó el monofisismo (una sola naturaleza). San Eutimio el Grande lo sacó de su error y lo devolvió a la fe católica. Hacia el año 455 fundó una laura a orillas del río Jordán, a la que acudieron muchos fieles deseosos de una vida de penitencia y austeridad como la suya. Murió allí el año 475.

San Lucio I, papa del 25-VI-253 al 5-III-254; su pontificado duró menos de un año. Era romano y el 25 de junio del año 253 sucedió a san Cornelio en la Sede de San Pedro. Apenas elegido, fue arrestado y desterrado por el emperador Treboniano Gallo. Después de la muerte de éste y el advenimiento de Valeriano, pudo regresar a Roma, donde murió de muerte natural el 5 de marzo del año 254. Fue enterrado en el cementerio de Calixto, en la Vía Appia.

San Teófilo de Cesarea. Fue obispo de Cesarea de Palestina, en tiempo del emperador Septimio Severo. Brilló por su sabiduría y por la integridad de su vida. Murió el año 195.

San Virgilio. Era obispo de Arlés (Francia) y había sido monje de Lerins. De él sabemos que ofreció cristiana hospitalidad a san Agustín de Canterbury y a los monjes que lo acompañaban cuando, enviados por el papa san Gregorio Magno como misioneros, se dirigían a Inglaterra. Murió en Arlés hacia el año 618.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Leví o Mateo siguió a Jesús y dio en su honor un gran banquete, en el que participaron muchos publicanos. «Los fariseos y los escribas dijeron entonces a los discípulos de Jesús: "¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?". Jesús les respondió: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a pecadores a que se conviertan"» (cf. Lc 5,27-32).

Pensamiento franciscano:

Así ora san Francisco en su Regla no bulada: «Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, porque todos nosotros no somos dignos de nombrarte, imploramos suplicantes que nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo amado, en quien bien te complaciste, junto con el Espíritu Santo Paráclito, te dé gracias por todos como a ti y a él os place, él que te basta siempre para todo y por quien tantas cosas hiciste en favor nuestro» (1 R 23,5).

Orar con la Iglesia:

Bendigamos a Jesús, nuestro Salvador, que por su muerte y resurrección nos ha abierto el camino de la salvación.

-Señor de misericordia, que en el bautismo nos diste una nueva vida, te pedimos que nos hagas cada día más conformes a ti.

-Enséñanos a ser alegría para los que sufren, y haz que sepamos servirte en cada uno de los indigentes.

-Haz que procuremos hacer lo bueno, lo recto y lo verdadero ante ti, y que busquemos tu rostro con sinceridad de corazón.

-Perdona las faltas que hemos cometido contra la unidad y la concordia de tu familia, y haz que tengamos un solo corazón y un solo espíritu.

Oración: Señor Jesús, ilumínanos con la luz de tu palabra, para que la celebración de la Cuaresma produzca en nosotros sus mejores frutos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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LA IMAGEN DEL DESIERTO
Benedicto XVI, Ángelus del 5 de marzo de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

El miércoles pasado iniciamos la Cuaresma, y hoy celebramos el primer domingo de este tiempo litúrgico, que estimula a los cristianos a comprometerse en un camino de preparación para la Pascua. Hoy el evangelio nos recuerda que Jesús, después de haber sido bautizado en el río Jordán, impulsado por el Espíritu Santo, que se había posado sobre él revelándolo como el Cristo, se retiró durante cuarenta días al desierto de Judá, donde superó las tentaciones de Satanás (cf. Mc 1,12-13). Siguiendo a su Maestro y Señor, también los cristianos entran espiritualmente en el desierto cuaresmal para afrontar junto con él «el combate contra el espíritu del mal».

La imagen del desierto es una metáfora muy elocuente de la condición humana. El libro del Éxodo narra la experiencia del pueblo de Israel que, habiendo salido de Egipto, peregrinó por el desierto del Sinaí durante cuarenta años antes de llegar a la tierra prometida. A lo largo de aquel largo viaje, los judíos experimentaron toda la fuerza y la insistencia del tentador, que los inducía a perder la confianza en el Señor y a volver atrás; pero, al mismo tiempo, gracias a la mediación de Moisés, aprendieron a escuchar la voz de Dios, que los invitaba a convertirse en su pueblo santo.

Al meditar en esta página bíblica, comprendemos que, para realizar plenamente la vida en la libertad, es preciso superar la prueba que la misma libertad implica, es decir, la tentación. Sólo liberada de la esclavitud de la mentira y del pecado, la persona humana, gracias a la obediencia de la fe, que la abre a la verdad, encuentra el sentido pleno de su existencia y alcanza la paz, el amor y la alegría.

Precisamente por eso, la Cuaresma constituye un tiempo favorable para una atenta revisión de vida en el recogimiento, la oración y la penitencia. Los ejercicios espirituales que, como es costumbre, tendrán lugar desde esta tarde hasta el sábado próximo aquí, en el palacio apostólico, me ayudarán a mí y a mis colaboradores de la Curia romana a entrar más conscientemente en este característico clima cuaresmal.

Queridos hermanos y hermanas, a la vez que os pido que me acompañéis con vuestras oraciones, os aseguro un recuerdo ante el Señor a fin de que la Cuaresma sea para todos los cristianos una ocasión de conversión y de impulso aún más valiente hacia la santidad. Con este fin, invoquemos la intercesión materna de la Virgen María.

[Después del Ángelus] Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española... Os invito a vivir este tiempo cuaresmal, a través del ayuno, la oración y la limosna, como un camino de peregrinación interior hacia Jesucristo, que es la fuente de la misericordia. Os deseo a todos una santa Cuaresma.

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ACTUALICEMOS UNOS CON OTROS
LA BONDAD DEL SEÑOR
San Gregorio de Nacianzo, Sermón 14 (23-25),
Sobre el amor a los pobres

Reconoce de dónde te viene que existas, que tengas vida, inteligencia y sabiduría, y, lo que está por encima de todo, que conozcas a Dios, tengas la esperanza del reino de los cielos y aguardes la contemplación de la gloria (ahora, ciertamente, de forma enigmática y como en un espejo, pero después de manera más plena y pura); reconoce de dónde te viene que seas hijo de Dios, coheredero de Cristo, y, dicho con toda audacia, que seas, incluso, convertido en Dios. ¿De dónde y por obra de quién te vienen todas estas cosas?

Limitándonos a hablar de las realidades pequeñas que se hallan al alcance de nuestros ojos, ¿de quién procede el don y el beneficio de que puedas contemplar la belleza del cielo, el curso del sol, la órbita de la luna, la muchedumbre de los astros y la armonía y el orden que resuenan en todas estas cosas, como en una lira?

¿Quién te ha dado las lluvias, la agricultura, los alimentos, las artes, las casas, las leyes, la sociedad, una vida grata y a nivel humano, así como la amistad y familiaridad con aquellos con quienes te une un verdadero parentesco?

¿A qué se debe que puedas disponer de los animales, en parte como animales domésticos y en parte como alimento?

¿Quién te ha constituido dueño y señor de todas las cosas que hay en la tierra?

¿Quién ha otorgado al hombre, para no hablar de cada cosa una por una, todo aquello que le hace estar por encima de los demás seres vivientes?

¿Acaso no ha sido Dios, el mismo que ahora solicita tu benignidad, por encima de todas las cosas y en lugar de todas ellas? ¿No habríamos de avergonzarnos, nosotros, que tantos y tan grandes beneficios hemos recibido o esperamos de él, si ni siquiera le pagáramos con esto, con nuestra benignidad? Y si él, que es Dios y Señor, no tiene a menos llamarse nuestro Padre, ¿vamos nosotros a renegar de nuestros hermanos?

No consintamos, hermanos y amigos míos, en administrar de mala manera lo que, por don divino, se nos ha concedido, para que no tengamos que escuchar aquellas palabras: Avergonzaos, vosotros, que retenéis lo ajeno, proponeos la imitación de la equidad de Dios, y nadie será pobre.

No nos dediquemos a acumular y guardar dinero, mientras otros tienen que luchar en medio de la pobreza, para no merecer el ataque acerbo y amenazador de las palabras del profeta Amós: Escuchad, los que decís: «¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo, y el sábado para ofrecer el grano?».

Imitemos aquella suprema y primordial ley de Dios, que hace llover sobre los justos y los pecadores, y hace salir igualmente el sol para todos; que pone la tierra, las fuentes, los ríos y los bosques a disposición de todos sus habitantes; el aire se lo entrega a las aves, y el agua a los que viven en ella, y a todos da, con abundancia, los subsidios para su existencia, sin que haya autoridad de nadie que los detenga, ni ley que los circunscriba, ni fronteras que los separen; se lo entregó todo en común, con amplitud y abundancia, y sin deficiencia alguna. Así enaltece la uniforme dignidad de la naturaleza con la igualdad de sus dones, y pone de manifiesto las riquezas de su benignidad.

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«ADORAR AL SEÑOR DIOS»
Francisco, juglar y liturgo de Dios
por Julio Micó, OFMCap

Centrándonos en lo que normalmente entendemos por oración, cabe subrayar no sólo la profundidad teológica de la plegaria en Francisco, sino su diversidad en cuanto a las formas. La frase con la que san Buenaventura describe a Francisco como juglar y liturgo de Dios (LM 8,10) expresa realmente el modo con el que el Santo se relacionaba con el Misterio. Por una parte, su condición de juglar le permitía encontrarse con Dios de una forma espontánea, sacando de sus raíces populares esas expresiones plásticas que le posibilitaban una mayor creatividad personal. Por otra, su condición de hombre de Iglesia le obligaba a ser también liturgo, expresando en el Oficio divino y en las demás celebraciones eclesiales su docilidad al Espíritu para que le abriera a Cristo como sacramento del Padre.

a) «Alabemos a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo»

Para que se dé oración hacen falta tres elementos: Dios, el hombre y el encuentro de ambos. Pues bien, el Dios ante el que ora Francisco es el Dios trinitario; y no simplemente porque así se lo hayan enseñado, sino porque, fundamentalmente, el Dios que experimenta Francisco a partir de su conversión, el Dios que le seduce, le desconcierta y le funda en su realidad de hombre, es el Dios-Comunidad, el Dios-Trinidad. A partir de esta experiencia irá leyendo todo su camino espiritual, apoyado por la historia de salvación que se relata en la Escritura, como una manifestación continua del empeño del Padre, el Hijo y el Espíritu por hacerle partícipe de su propia vida a través de la Iglesia.

Este es el núcleo teológico de la oración de Francisco tal como se refleja en sus Escritos. Rastrear por ellos la presencia del Dios-Trinidad, que manifiesta su realidad amorosa ofreciendo al hombre la posibilidad de ser y sentirse partícipe de esa misma vida, nos llevaría demasiado tiempo. Como muestra será suficiente ver el capítulo 23 de la Regla no bulada.

Todo él es una plegaria de acción de gracias por el hecho de la salvación. No tanto por el hecho en sí, sino porque esa acción salvadora brota del amor misericordioso de Dios, es decir, del mismo ser de Dios. Esta comunicación benevolente es obra del Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu Santo. La Trinidad entera participa, aunque de forma distinta, en el acercamiento de la divinidad al hombre. Por lo tanto, el objeto al que se dirige el corazón agradecido del orante no puede ser otro más que el Dios-Trinitario. Consciente de su impotencia, acudirá a la Virgen y a los Santos para que, desde su condición privilegiada, alaben a la divinidad como le es debido.

Francisco comienza esta alabanza dando gracias al Padre por haberse comunicado, por medio del Hijo, en el Espíritu, de forma tan admirable en la creación, sobre todo al modelar al hombre con sus manos (v. 1). Si este gesto de amor es motivo de agradecimiento, todavía lo es más el habernos recreado por medio del Hijo al hacerse hombre como nosotros en el seno de María, y asumir nuestra condición pobre y pecadora (v. 3) hasta el punto de tener que morir en la cruz. Pero la muerte no es el final; el haber sentado el Padre a Jesús a su derecha, como prueba de lo que es capaz de hacer por el hombre, por la humanidad, es también motivo de agradecimiento expresado en alabanza (v. 4).

Francisco es consciente de que comprender todos estos rasgos de generosidad divina y aceptarlos con agradecimiento sólo puede hacerlo un hombre que sea a la vez Dios. De ahí que pida a nuestro Señor Jesucristo, su Hijo amado, que, junto con el Espíritu Santo, le den gracias por todo y de forma adecuada (v. 5). A esta plegaria filial de Jesús al Padre, Francisco incorpora a la Virgen y a todos los Santos para que le den gracias por todas estas cosas que ha hecho, junto con el Hijo y el Espíritu, por todos nosotros (v. 6).

El gesto agradecido de la oración, cuando es verdadero, no se limita a florecer sólo en los labios, sino que baja hasta el corazón para llenarse de un amor eficaz y duradero. No basta decir: «¡Señor, Señor!», sino que tiene que ser la propia vida en coherencia con el Evangelio la que alabe agradecida el ofrecimiento incondicional de Dios al hombre (v. 7). Sólo entonces podemos decir con verdad que el objeto de nuestro corazón, de nuestro amor, es únicamente Dios (v. 8), y que solamente Él atrae la fuerza de nuestros deseos (v. 9). Así pues, nada nos debe impedir que amemos y alabemos a Dios, trinidad y unidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo (v. 10), ya que ante el acercamiento hasta nosotros de Dios como amor no cabe otra respuesta que el amor hecho agradecimiento y alabanza. De este modo al menos entendió Francisco la oración como una respuesta al amor de Dios.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 56, 1990, 177-212]

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