viernes, 3 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 4 DE MARZO

 

SAN CASIMIRO. Hijo del rey Casimiro IV de Polonia y heredero del trono, nació en el castillo de Wawel (Cracovia) el año 1458. Recibió una educación esmerada y desde niño se hizo manifiesta su inclinación a la piedad y al bien. Siendo muy joven, los húngaros que se habían rebelado contra su rey, le ofrecieron la corona; no le agradó la propuesta por el uso de las armas y la injusticia que suponía. Decidió consagrar su castidad a Dios, y por ello no aceptó el matrimonio que le propuso su padre. Cumplió sus deberes como gobernante y cultivó de manera eminente las virtudes cristianas, la castidad, la penitencia, la caridad y la generosidad hacia los indigentes: la gente lo llamaba «defensor de los pobres». Fue también gran defensor de la fe. Tuvo particular devoción a la Eucaristía y a la Virgen María. Murió tuberculoso el año 1484, a la edad de 25 años, en Grodno y está enterrado en Vilna (Lituania).- Oración: Dios todopoderoso, sabemos que servirte es reinar; por eso te pedimos nos concedas, por intercesión de san Casimiro, vivir sometidos a tu voluntad en santidad y justicia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


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San Apiano. Fue monje en el monasterio de San Pedro de Pavía (Lombardía, Italia). Su abad lo envió a Comacchio, en Emilia-Romaña, y allí llevó vida eremítica e hizo un intenso apostolado. Murió en un año incierto del siglo VIII.

San Basino. Era hijo de los duques de Austrasia. Fue monje y luego abad del monasterio benedictino de San Maximino de Tréveris (Alemania). Elevado a la sede episcopal de la ciudad, dio un gran ejemplo de austeridad, humildad, entrega a su ministerio pastoral, ayuda a los pobres. Construyó iglesias y colaboró en la fundación de monasterios. Murió el año 705.

Santos Focio, Arquelao, Quirino y otros diecisiete compañeros, mártires. Sufrieron el martirio en Nicomedia de Bitinia (hoy Turquía), en el siglo III o IV.

San Juan Antonio Farina. Nació en 1803, muy joven entró en el seminario de Vicenza (Italia) y pronto dio muestras de su predisposición para la docencia. Ordenado de sacerdote en 1827 y empezado el ministerio, intuyó el valor pastoral de la enseñanza. En 1831 abrió la primera escuela popular femenina. En 1836 fundó el instituto de las Hermanas Maestras de santa Dorotea Hijas de los Sagrados Corazones, para la educación de las muchachas pobres y la atención a indigentes y marginados. El papa lo nombró obispo de Treviso en 1850, y en 1860 lo trasladó a la sede de Vicenza, donde murió en 1888. Canonizado el 23-XI-2014.

San Pedro. Pertenecía a la noble familia de los Pappacarbone. Ingresó en el monasterio benedictino de Cava dei Tirreni (Campania, Italia), pero luego se retiró a vivir como ermitaño en el monte Sant´Elia. Más tarde marchó a Cluny, donde estuvo cinco años. Cuando regresó, encontró dificultades para introducir en Cava la reforma cluniacense, por lo que se fue al monasterio de Cilento. Fue nombrado obispo de Policastro, oficio al que renunció dos años después. Lo eligieron abad de Cava en 1079, cuando se allanaron las anteriores dificultades. Renovó la disciplina y florecieron las vocaciones. Murió ya anciano en 1123.

Beatos Cristóbal Bales, Alejandro Blake y Nicolás Horner. Cristóbal era sacerdote. Estudió en Reims y en Roma, y recibió la ordenación sacerdotal en Laon el año 1587. A pesar de su enfermedad, tuberculosis, regresó a Inglaterra y ejerció el sagrado ministerio hasta que lo arrestaron en enero de 1590. Alejandro era un fervoroso seglar que regentaba un hostal en Londres, y lo acusaron de haber albergado a sacerdotes. Nicolás era otro cristiano seglar, sastre de oficio, y lo arrestaron por haberse negado a prestar el juramento de supremacía religiosa de la Reina y por haber hospedado a sacerdotes en su casa. Los tres fueron ahorcados y descuartizados en Londres, durante el reinado de Isabel I, el 4 de marzo de 1590.

Beato Humberto III de Saboya. Nació cerca de Turín en 1136, hijo del conde Amadeo III de Saboya, al que sucedió en el condado en 1148. Tuvo que afrontar situaciones complejas en su actividad política. Fue un hombre de profunda religiosidad y piedad, en el que influyó el beato Amadeo de Lausana, su consejero. Fue generoso con las iglesias y monasterios. Frecuentaba los monasterios, en los que vivía como un monje más. Murió el año 1188 en la abadía cisterciense de Haute Combe en Chambéry (Saboya).

Beata María-Luisa Isabel de Lamoignon (en religión, madre Saint-Louis). Nació en París el año 1763, en el seno de una familia católica, noble, rica y ferviente. Contrajo matrimonio con el conde Molé de Champlâtreux, y tuvieron cinco hijos. Animada por su esposo, guillotinado en 1794, visitaba a los pobres y enfermos de la parroquia. A petición del obispo de Vannes, renunciando a la vida contemplativa a la que se sentía atraída, fundó la congregación de las Hermanas de la Caridad de San Luis, en la que ella misma profesó en 1803. Murió en Vannes el 4-III-1825. Beatificada en 2012.

Beatos Miecislao Bohatkiewicz, Ladislao Mackowiak y Estanislao Pyrtek. Los tres eran sacerdotes diocesanos lituanos, que ejercían su ministerio en parroquias rurales. Tras la invasión nazi fueron arrestados, maltratados en la cárcel y fusilados, el año 1942, en la villa de Berezwecz, cerca de Glebokie en Polonia.

Beata Plácida (Eulalia) Viel. Nació en Normandía (Francia) el año 1815. A los 18 años ingresó en la congregación de las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la Misericordia, que había fundado hacía poco santa María Magdalena Postel, la cual depositó una gran confianza en la joven, que pronto fue colaboradora suya. Cuando falleció la fundadora, la hermana Plácida la sucedió en el gobierno general de la congregación. La rigió con entereza y humildad, y la hizo crecer considerablemente. Murió el año 1877 en el convento de Saint-Saveur-le-Vicomte (Normandía).

Beato Zoltán Lajos Meszlényi. Nació el año 1892 en Hatvan (Hungría). Hizo los estudios eclesiásticos en la Gregoriana de Roma. En 1937 fue nombrado obispo auxiliar de la archidiócesis de Esztergom. Colaboró con el Card. Mindszenty. Después de la II Guerra Mundial, el régimen comunista húngaro inició un encarnizado ataque contra la Iglesia católica. Zoltán fue deportado al campo de concentración de Kistarcsa donde, cruelmente maltratado, murió el 4 de marzo de 1951. Beatificado en 2009.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?» Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: «Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,1-5.10).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Regla: -Los hermanos a quienes el Señor ha dado la gracia de trabajar, trabajen fiel y devotamente, de modo que, desechando la ociosidad, enemiga del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, al cual las demás cosas temporales deben servir (2 R 5,1-2).

Orar con la Iglesia:

Pidamos al Señor que, en la Cuaresma, nos haga más dóciles a su palabra, para que lleguemos completamente trasformados a la Pascua.

-Para que sigamos a Cristo al desierto y aprendamos de Él cómo hemos de afrontar las tentaciones.

-Para que practiquemos el ayuno, la oración y la limosna en el espíritu que Jesús nos enseñó con su ejemplo y predicación.

-Para que cada día encontremos lugar y tiempo para dedicarnos a la oración y la meditación de la palabra del Dios.

-Para que nuestro maestro Jesús nos conceda comprender su palabra y discernir en ella el camino de la esperanza y de la vida.

Oración: Señor, tú que nos concedes un tiempo propicio para la conversión y reconciliación contigo y con nuestros hermanos, haz que nos adentremos en el camino que lleva a la alegría pascual. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA MISIÓN DE LOS ÁNGELES
Benedicto XVI, Ángelus del 1 de marzo de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio del primer domingo de Cuaresma, con el estilo sobrio y conciso de san Marcos, nos introduce en el clima de este tiempo litúrgico: «El Espíritu impulsó a Jesús al desierto y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás» (Mc 1,12-13). En Tierra Santa, al oeste del río Jordán y del oasis de Jericó, se encuentra el desierto de Judea, que, por valles pedregosos, superando un desnivel de cerca de mil metros, sube hasta Jerusalén. Después de recibir el bautismo de Juan, Jesús se adentró en aquella soledad conducido por el mismo Espíritu Santo que se había posado sobre él consagrándolo y revelándolo como Hijo de Dios.

En el desierto, lugar de la prueba, como muestra la experiencia del pueblo de Israel, aparece con intenso dramatismo la realidad de la kénosis, del vaciamiento de Cristo, que se despojó de la forma de Dios (cf. Flp 2, 6-7). Él, que no ha pecado y no puede pecar, se somete a la prueba y por eso puede compadecerse de nuestras flaquezas (cf. Heb 4,15). Se deja tentar por Satanás, el adversario, que desde el principio se opuso al designio salvífico de Dios en favor de los hombres.

Casi de pasada, en la brevedad del relato, ante esta figura oscura y tenebrosa que tiene la osadía de tentar al Señor, aparecen los ángeles, figuras luminosas y misteriosas. Los ángeles, dice el evangelio, «servían» a Jesús (Mc 1,13); son el contrapunto de Satanás. "Ángel" quiere decir "enviado". En todo el Antiguo Testamento encontramos estas figuras que, en nombre de Dios, ayudan y guían a los hombres. Basta recordar el libro de Tobías, en el que aparece la figura del ángel Rafael, que ayuda al protagonista en numerosas vicisitudes. La presencia tranquilizadora del ángel del Señor acompaña al pueblo de Israel en todas las circunstancias, tanto en las buenas como en las malas.

En el umbral del Nuevo Testamento, Gabriel es enviado a anunciar a Zacarías y a María los acontecimientos felices que constituyen el inicio de nuestra salvación; y un ángel, cuyo nombre no se dice, advierte a José, orientándolo en aquel momento de incertidumbre. Un coro de ángeles lleva a los pastores la buena nueva del nacimiento del Salvador; y, del mismo modo, son también los ángeles quienes anuncian a las mujeres la feliz noticia de su resurrección. Al final de los tiempos, los ángeles acompañarán a Jesús en su venida en la gloria (cf. Mt 25,31). Los ángeles sirven a Jesús, que es ciertamente superior a ellos, y su dignidad se proclama aquí, en el Evangelio, de modo claro aunque discreto. En efecto, incluso en la situación de extrema pobreza y humildad, cuando es tentado por Satanás, sigue siendo el Hijo de Dios, el Mesías, el Señor.

Queridos hermanos y hermanas, quitaríamos una parte notable del Evangelio, si dejáramos de lado a estos seres enviados por Dios, que anuncian su presencia en medio de nosotros y son un signo de ella. Invoquémoslos a menudo, para que nos sostengan en el compromiso de seguir a Jesús hasta identificarnos con él. Pidámosles, de modo especial hoy, que velen sobre mí y sobre mis colaboradores de la Curia romana que esta tarde, como cada año, comenzaremos la semana de ejercicios espirituales. María, Reina de los ángeles, ruega por nosotros.

[Después del Ángelus] Saludo con afecto a los fieles de lengua española... En el mensaje de Cuaresma de este año he querido resaltar el valor y el sentido del ayuno. La privación voluntaria de algo que de por sí es lícito nos ayuda a un mayor dominio de nosotros mismos, a combatir el pecado, a amar más al prójimo, en definitiva, a cumplir con mayor prontitud la voluntad de Dios. Que la santísima Virgen nos alcance la gracia de vivir con provecho este tiempo de preparación para la Pascua.

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INVIRTIÓ SU TESORO SEGÚN EL MANDATO DEL ALTÍSIMO
De la vida de san Casimiro,
escrita por un autor casi contemporáneo

La sorprendente, sincera y no engañosa caridad de Casimiro, por la que amaba ardientemente al Dios todopoderoso en el Espíritu, impregnaba de tal forma su corazón, que brotaba espontáneamente hacia su prójimo. No había cosa más agradable y más deseable para él que repartir sus bienes y entregarse a sí mismo a los pobres de Cristo, a los peregrinos, enfermos, cautivos y atribulados.

Para las viudas y huérfanos y necesitados era no solamente un defensor y un protector, sino que se portaba con ellos como si fuera su padre, su hijo o su hermano.

Tendríamos que escribir una larga historia si hubiésemos de contar uno por uno sus actos de amor a Dios y sus obras de caridad con el prójimo.

Es poco menos que imposible describir su gran amor por la justicia, su templanza, su prudencia, su fortaleza y constancia, precisamente en esa edad en la que los hombres suelen sentir mayor inclinación al mal.

A cada paso exhortaba a su padre, el rey, a respetar la justicia en el gobierno de la nación y en el de los pueblos que le estaban sometidos. Y, si alguna vez el rey por debilidad o negligencia incurría en algún error, no dudaba en reprochárselo con modestia.

Tomaba como suyas las causas de los pobres y miserables, por lo que la gente le llamaba «defensor de los pobres». A pesar de su dignidad de príncipe y de su nobleza de sangre, no tenía dificultad en tratar con cualquier persona por humilde y despreciable que pareciera.

Siempre fue su deseo ser contado más bien entre los pobres de espíritu, de quienes es el reino de los cielos, que entre los personajes famosos y poderosos de este mundo. No tuvo ambición del dominio terreno ni quiso nunca recibir la corona que el padre le ofrecía, por temor de que su alma se viera herida por el aguijón de las riquezas, que nuestro Señor Jesucristo llamó espinas, o sufriera el contagio de las cosas terrenas.

Personas de gran autoridad, algunas de las cuales viven aún y que conocían hasta el fondo su comportamiento, aseguran que permaneció virgen hasta el fin de sus días.

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«ADORAR AL SEÑOR DIOS»
Orar siempre, actitud de Francisco de Asís
por Julio Micó, OFMCap

El que ha sido tocado por Dios en lo profundo de su ser, como Francisco, necesita alargar el encuentro con el Señor para satisfacer su sed de sentido, sin el que la vida estaría vacía, e iluminar su diario existir. Francisco lo describe como espíritu de oración y devoción (2 R 5,2).

Este empeño en hacer de la alabanza el susurro continuo de un corazón abierto a Dios es tradicional en la historia de la espiritualidad. Ante la invitación de Jesús a orar siempre y no desanimarse (Lc 18,1), algunos Santos Padres y escritores de los siglos IV y V organizaron el Oficio divino según los momentos claves del día. La finalidad no era otra más que responder a la llamada evangélica de orar sin descanso. De este modo la plegaria discontinua de las Horas aparece como una sustitución de la plegaria continua. Si la primera garantiza el Oficio comunitario de los cenobitas, la segunda permanece siempre como norma suprema hacia la que debe tender toda vida monástica.

Francisco, seguramente, no tuvo conocimiento de que alguna vez se hubiera dado en su literalidad el deseo de alabar a Dios continuamente. Pero la alerta evangélica de orar siempre para no caer en la tentación, que sirvió de marco a monjes y eremitas a la hora de concretizar su programa de oración, fue retomada también por Francisco como ámbito en el que se debía desenvolver la vida de los hermanos. Por eso nos dice:

«Guardémonos mucho de la malicia y sutileza de Satanás, que quiere que el hombre no tenga su mente y su corazón dirigidos a Dios. Y, dando vueltas, desea llevarse el corazón del hombre so pretexto de alguna recompensa o ayuda, y sofocar en su memoria la palabra y preceptos del Señor, queriendo cegar el corazón del hombre por medio de los negocios y cuidados del siglo, y habitar allí... Por lo tanto, hermanos todos, guardémonos mucho de perder o apartar del Señor nuestra mente y corazón so pretexto de alguna merced u obra o ayuda. Mas en la santa caridad que es Dios, ruego a todos los hermanos, tanto los ministros como los otros, que, removido todo impedimento y pospuesta toda preocupación y solicitud, del mejor modo que puedan, hagan servir, amar, honrar y adorar al Señor Dios con corazón limpio y mente pura, que es lo que él busca sobre todas las cosas; y hagámosle siempre allí habitación y morada a aquél que es Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, que dice: Vigilad, pues, orando en todo tiempo, para que seáis considerados dignos de huir de todos los males que han de venir, y de estar en pie ante el Hijo del Hombre. Y cuando estéis de pie para orar, decid: Padre nuestro, que estás en el cielo. Y adorémosle con puro corazón, porque es preciso orar siempre y no desfallecer» (1 R 22,19-29).

Esta misma insistencia en la oración se repite innumerables veces a través de sus Escritos, recordándonos a todos los hermanos que «nada nos impida, nada nos separe de esta Presencia, y en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, todos los días y continuamente, creamos verdadera y humildemente y tengamos en el corazón y amenos, honremos, adoremos, sirvamos, alabemos y bendigamos, glorifiquemos y sobreexaltemos, engrandezcamos y demos gracias al altísimo y sumo Dios» (1 R 23,10-11).

La necesidad de mantenerse continuamente en esta actitud acogedora de la Presencia viene expresada en la repetición machacona del todo aplicado a los hermanos, el tiempo y el lugar. El hombre en su totalidad debe mantener despierto y abierto el corazón para que el Dios Trinidad habite y actúe en él hasta transformarlo.

Los biógrafos han ampliado este dato, por otra parte cierto, de la disponibilidad orante de Francisco, llevándolo muchas veces hasta la materialización de que el Santo estaba continuamente en oración. No cabe duda que Francisco ocupó mucho tiempo en la plegaria y se esforzó por mantener ese espíritu de oración y devoción como presupuesto; pero esa exageración piadosa no se entiende si no es para motivar el deseo de hacerlo un modelo hagiográfico que invitara a los hermanos, pero sobre todo a los creyentes, a la práctica de la oración.

Celano apunta esta función didáctica del relato al decirnos que si narra «las maravillas de su oración es para que las imiten los que han de venir» (2 Cel 94). En este sentido hay que entender también las palabras de san Buenaventura al decir de Francisco que «para no verse privado de la consolación del Amado, se esforzaba, orando sin intermisión, por mantener siempre su espíritu unido a Dios... Era también la oración para este hombre dinámico un refugio, pues, desconfiando de sí mismo y fiado de la bondad divina, en medio de toda su actividad descargaba en el Señor, por el ejercicio continuo de la oración, todos sus afanes... Exhortaba a los hermanos, con todos los medios posibles, a que se dedicaran a su ejercicio. Y en cuanto a él se refiere, cabe decir que ora caminase o estuviese sentado, lo mismo en casa que afuera, ya trabajase o descansase, de tal modo estaba entregado a la oración, que parecía consagrar a la misma no sólo su corazón y su cuerpo, sino hasta toda su actividad y todo su tiempo» (LM 10,1).

El ideal de la oración continua se haría aquí realidad. Para los biógrafos esta descripción, que nos puede parecer exagerada, está en función de la misma Leyenda escrita por san Buenaventura, que no pretende más que hacer de Francisco un modelo hagiográfico que invite a los fieles a la comunicación con Dios. Pero si analizamos un poco esta figura del Francisco orante comprobaremos, más allá de la literalidad de las palabras, que no se refiere tanto a la materialidad de la oración, tal como nosotros la entendemos, cuanto a esa actitud orante que el mismo Santo define, como antes he dicho, como espíritu de oración y devoción.

En esto no hace más que remontarse a la más pura tradición monástica y eremítica, donde tanto la Palabra como su eco son objeto de rumia por parte del monje, para mantener continuamente abierto su corazón a Dios. Sólo desde esta disponibilidad es posible recibir en los momentos propios de la oración la visita saludable del Señor y hacer fecunda su permanencia. Porque de lo que se trata no es de encerrar en un espacio de tiempo determinado la presencia salvadora de Dios en nosotros, sino de tomar conciencia de que Dios se nos da continuamente y tenemos que hacer de nuestras vidas su habitación y morada; y esta realidad necesita tiempo para ser percibida, pero todavía más para ser llevada a cabo de una forma responsable.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 56, 1990, 177-212]

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