miércoles, 29 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 30 DE MARZO

 

SAN PEDRO REGALADO. Nació en Valladolid el año 1390. Atraído por la predicación de Pedro de Villacreces, que lideraba una reforma de la Orden franciscana, ingresó muy joven en el convento de La Aguilera (Burgos), donde, bajo la guía del P. Villacreces, progresó en una vida de pobreza y de oración semejante a la de los orígenes franciscanos. Ya sacerdote, marchó en 1415 a la fundación del convento de El Abrojo, cerca de Valladolid. Allí se entregó de lleno a la estricta vida de conversión evangélica, que alternaba con la predicación por los pueblos cercanos. Muerto Villacreces, le sucedió al frente de la reforma emprendida. Promovió la fiel observancia de la Regla y se distinguió por su ruda austeridad y altísima contemplación. Al mismo tiempo, se desvivió por los enfermos, especialmente los leprosos. Gozó de extraordinarios dones místicos, y los focos principales de su devoción fueron la Eucaristía, la Santísima Virgen y la pasión del Señor. Murió el 30 de marzo de 1456 en La Aguilera. Su fiesta se celebra el 13 de mayo.- Oración: Dios todopoderoso, que concediste a tu siervo san Pedro Regalado, mortificado en la carne, el don de la contemplación, concédenos, por su intercesión, el gozo de contemplarte eternamente. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN LUDOVICO DE CASORIA. Nació en Casoria (Nápoles) en 1814. Tomó el hábito franciscano en 1832 y recibió la ordenación sacerdotal en 1837. En 1847, mientras oraba, el Señor le indicó que debía consagrarse al servicio de los pobres y los enfermos. «La fuerza del amor de Dios -dijo Juan Pablo II- te impulsó a ti, estudioso y profesor estimado, a entregarte a los más pobres: a los sacerdotes enfermos, a los inmigrantes africanos, a los mudos, a los ciegos, a los ancianos y a los huérfanos». Para los frailes montó primero una farmacia y luego una enfermería en una quinta, sede también de la Obra de los «Moretti», dedicada a la juventud africana. Creó diversas obras asistenciales: asilos para ancianos, convictorios, escuelas, colonias agrícolas, hospicios, montes de piedad, tipografías... Promovió la cultura y puso en marcha iniciativas culturales como un observatorio meteorológico, cinco revistas, traducciones al italiano, etc. También desarrolló proyectos misioneros. Fundó la Congregación de los frailes de la Caridad, "Bigi", y la Congregación de las Franciscanas de Santa Isabel, "Bigie". Murió en Nápoles el 30 de marzo de 1885. Canonizado el 23-XI-2014. [Más información].



BEATA RESTITUTA KAFKA. Nació en Brünn o Brno (en la actual República Checa) el año 1894. Pronto se trasladó con su familia a Viena, donde estudió y empezó a trabajar en el Hospital de Lainz. Allí conoció a las Franciscanas de la Caridad Cristiana para el cuidado de los enfermos, en cuya congregación ingresó. Durante la I Guerra Mundial trabajó como enfermera en el quirófano. En 1920 la enviaron al Hospital de Mödling. La llamaban sor Resoluta por su carácter firme y decidido. Cuando en 1938 prohibieron los nazis las actividades y signos religiosos en los hospitales militares, ella continuó facilitando los sacramentos a quienes lo solicitaban y luego puso crucifijos en las habitaciones. Por esto fue arrestada en 1942 y, tras un largo y penoso año de cárcel, fue decapitada por los nazis en Viena el 30 de marzo de 1943. Juan Pablo II la beatificó en 1998, y estableció que su memoria litúrgica se celebre el 29 de octubre.

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Santos Antonio Daveluy y compañeros mártires. Antonio era obispo, francés de nacionalidad; Pedro Aumaître y Martín Lucas Huin, presbíteros, eran también franceses; José Chang Chu-gi, Tomás Son Cha-son y Lucas Hwang Sok-tu, catequistas, eran seglares coreanos. Todos había trabajado juntos en la obra de la evangelización, juntos los encarcelaron y fueron decapitados el año 1866 en el pueblo de Su-Ryong (Corea), por su fe de Cristo.

San Clinio. Abad del monasterio de San Pedro de la Foresta, cerca de Aquino, en la región de Lazio (Italia). Murió hacia el año 1030.

San Domnino. Sufrió el martirio en Tesalónica, Macedonia (en la actual Grecia), el año 304. Por orden del emperador Maximiano fue mutilado y luego abandonado hasta morir de hambre.

San Juan Clímaco. Hacia los veinte años de su edad estaba de monje en la península del Sinaí, donde experimentó la vida comunitaria y la vida solitaria. Cuando tenía unos sesenta años, lo llamaron a guiar como abad el famoso monasterio del Monte Sinaí. Para una mejor formación de los monjes escribió en griego la obra que tanta repercusión ha tenido en la espiritualidad de todos los tiempos: Escala del Paraíso, en la que propone el camino del progreso espiritual a modo de una ascensión hacia Dios por treinta peldaños. «Escala» en griego es «Klimax», y de ahí le viene el sobrenombre de «Clímaco». Murió el año 649.

San Julio Álvarez Mendoza. Nació en Guadalajara (México) el año 1866. Con ayuda económica de los patronos de sus padres pudo cursar la carrera eclesiástica. Se ordenó de sacerdote en 1894. Desarrolló toda su actividad sacerdotal en Mechoacanejo (Jalisco). Fue un cura de pueblo afectuoso, sencillo, pobre entre los pobres, desprendido y generoso, padre y amigo de los niños. Fomentó el espíritu litúrgico de los fieles, cuidó la catequesis, enseñó pequeños trabajos que ayudaran a la gente a sobrevivir. Cuando llegó la persecución religiosa, trató de pasar desapercibido, dando catecismo y administrando sacramentos en secreto. Lo capturaron en una de sus correrías pastorales y, después de propinarle insultos y malos tratos, lo fusilaron en San Julián (Guadalajara) el año 1927.

San Leonardo Murialdo. Nació en Turín (Italia) el año 1828, y murió allí mismo en 1900. Estudió en el colegio de los escolapios y en la Universidad de Turín. En 1851 se ordenó de sacerdote. En su larga vida sacerdotal se dedicó al trabajo entre los jóvenes, sobre todo en el oratorio de San Luis de Porta Nova, y entre los encarcelados, a la predicación popular y a la atención a los pobres. Entre sus iniciativas y fundaciones cabe destacar la Pía Sociedad de San José, para educar en la fe y la caridad cristianas a los niños abandonados.

Santos Mártires de Constantinopla. Conmemoración de los muchos santos mártires que, en Constantinopla, en tiempo del emperador Constancio (siglo IV), por orden del obispo arriano Macedonio, fueron desterrados o torturados con toda clase de tormentos hasta la muerte.

Santa Osburga. Fue la primera abadesa del monasterio de Coventry (Inglaterra), en el que murió el año 1018.

San Régulo. Obispo de Senlis (Francia) en el siglo IV.

San Segundo. Sufrió el martirio en Asti (Piamonte, Italia), seguramente en el siglo III.

San Zósimo de Siracusa. Nació en Siracusa el año 570 y de pequeño ingresó en el monasterio de Santa Lucía. Cuando alcanzó la edad canónica profesó como monje, y en su momento recibió la ordenación sacerdotal. Fue primero humilde custodio del sepulcro de santa Lucía, después abad del monasterio, y por último obispo de Siracusa (Sicilia), ciudad en la que murió el año 660.

Beato Amadeo IX de Saboya. Hijo de los duques de Saboya, nació en 1435. Lo casaron con Violante de Valois (también conocida como Yolanda de Saboya), hija del rey de Francia; resultó un matrimonio feliz, pues congeniaban, sentían amor mutuo y los unía la vida de piedad y de caridad para con los pobres. En 1464, a la muerte de su padre, le sucedió al frente del ducado. En su gobierno buscó con ahínco la paz, a pesar de propugnar una cruzada, y se ganó la voluntad de sus súbditos por su bondad. Era epiléptico, pero su esposa compensaba sus limitaciones. Favoreció siempre con sus medios y con su compromiso personal la causa de los pobres, las viudas y los huérfanos. Murió en Vercelli (en la actual Italia) el año 1472.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«Junto a la cruz de Jesús estaba su madre... Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto amaba, dijo a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Luego, dijo al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio... Luego, Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: "Está cumplido". E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn 19,25-30).

Pensamiento franciscano:

Dice santa Clara en su Bendición: «Yo, Clara, sierva de Cristo, plantita de nuestro muy bienaventurado padre san Francisco, ruego a nuestro Señor Jesucristo, por su misericordia y por la intercesión de su santísima Madre santa María, que el Padre celestial os dé y os confirme ésta su santísima bendición en el cielo y en la tierra: en la tierra, multiplicándoos en su gracia y en sus virtudes entre sus siervos y siervas en su Iglesia militante; y en el cielo, exaltándoos y glorificándoos en la Iglesia triunfante entre sus santos y santas» (cf. BenCla 6-10).

Orar con la Iglesia:

Invoquemos a Dios Padre, por intercesión de María, imagen de lo que el hombre puede llegar a ser cuando se abre a la palabra de Dios.

-Para que el pueblo santo de Dios sea testigo de la fe ante el mundo como María, que cooperó de modo especial a la obra de la redención.

-Para que nuestros pastores, imitando a la Virgen fiel, precedan y guíen al pueblo en la fidelidad a Cristo y lleven a los pobres el Evangelio.

-Para que todos los que se entregan al servicio de los demás sean imagen de la solicitud de Cristo y de María por los hermanos.

-Para que los padres de familia, a ejemplo de María que vivió la experiencia de la vida privada con Jesús, sepan vivir en la realidad cotidiana la luz y la esperanza de la fe.

-Para que todos los creyentes, que invocamos a María como vida, dulzura y esperanza nuestra, recibamos de ella la perseverancia hasta el encuentro definitivo con su Hijo.

Oración: Señor Dios, que has hecho de la Virgen María la colaboradora generosa del Redentor, concédenos también a nosotros adherirnos a Cristo para colaborar a la salvación del mundo. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA VIRGEN MARÍA,
COOPERADORA EN LA OBRA DE LA REDENCIÓN
Juan Pablo II, Catequesis en la audiencia general
del miércoles 9 de abril de 1997

1. A lo largo de los siglos la Iglesia ha reflexionado en la cooperación de María en la obra de la salvación, profundizando el análisis de su asociación al sacrificio redentor de Cristo. Ya san Agustín atribuye a la Virgen la calificación de «colaboradora» en la Redención, título que subraya la acción conjunta y subordinada de María a Cristo redentor.

La reflexión se ha desarrollado en este sentido, sobre todo desde el siglo XV. Algunos temían que se quisiera poner a María al mismo nivel de Cristo. En realidad, la enseñanza de la Iglesia destaca con claridad la diferencia entre la Madre y el Hijo en la obra de la salvación, ilustrando la subordinación de la Virgen, en cuanto cooperadora, al único Redentor.

Por lo demás, el apóstol Pablo, cuando afirma: «Somos colaboradores de Dios» (1 Cor 3,9), sostiene la efectiva posibilidad que tiene el hombre de colaborar con Dios. La cooperación de los creyentes, que excluye obviamente toda igualdad con él, se expresa en el anuncio del Evangelio y en su aportación personal para que se arraigue en el corazón de los seres humanos.

2. El término «cooperadora» aplicado a María cobra, sin embargo, un significado específico. La cooperación de los cristianos en la salvación se realiza después del acontecimiento del Calvario, cuyos frutos se comprometen a difundir mediante la oración y el sacrificio. Por el contrario, la participación de María se realizó durante el acontecimiento mismo y en calidad de madre; por tanto, se extiende a la totalidad de la obra salvífica de Cristo. Solamente ella fue asociada de ese modo al sacrificio redentor, que mereció la salvación de todos los hombres. En unión con Cristo y subordinada a él, cooperó para obtener la gracia de la salvación a toda la humanidad.

El particular papel de cooperadora que desempeñó la Virgen tiene como fundamento su maternidad divina. Engendrando a Aquel que estaba destinado a realizar la redención del hombre, alimentándolo, presentándolo en el templo y sufriendo con él, mientras moría en la cruz, «cooperó de manera totalmente singular en la obra del Salvador» (LG 61). Aunque la llamada de Dios a cooperar en la obra de la salvación se dirige a todo ser humano, la participación de la Madre del Salvador en la redención de la humanidad representa un hecho único e irrepetible.

A pesar de la singularidad de esa condición, María es también destinataria de la salvación. Es la primera redimida, rescatada por Cristo «del modo más sublime» en su concepción inmaculada (cf. bula Ineffabilis Deus, de Pío IX), y llena de la gracia del Espíritu Santo.

3. Esta afirmación nos lleva ahora a preguntamos: ¿cuál es el significado de esa singular cooperación de María en el plan de la salvación? Hay que buscarlo en una intención particular de Dios con respecto a la Madre del Redentor, a quien Jesús llama con el título de «mujer» en dos ocasiones solemnes, a saber, en Caná y al pie de la cruz (cf. Jn 2,4; 19,26). María está asociada a la obra salvífica en cuanto mujer. El Señor, que creó al hombre «varón y mujer» (cf. Gn 1,27), también en la Redención quiso poner al lado del nuevo Adán a la nueva Eva. La pareja de los primeros padres emprendió el camino del pecado; una nueva pareja, el Hijo de Dios con la colaboración de su Madre, devolvería al género humano su dignidad originaria.

María, nueva Eva, se convierte así en icono perfecto de la Iglesia. En el designio divino, representa al pie de la cruz a la humanidad redimida que, necesitada de salvación, puede dar una contribución al desarrollo de la obra salvífica.

4. El Concilio tiene muy presente esta doctrina y la hace suya, subrayando la contribución de la Virgen santísima no sólo al nacimiento del Redentor, sino también a la vida de su Cuerpo místico a lo largo de los siglos y hasta el ésxaton: en la Iglesia, María «colaboró» y «colabora» (cf. LG 53 y 63) en la obra de la salvación. Refiriéndose al misterio de la Anunciación, el Concilio declara que la Virgen de Nazaret, «abrazando la voluntad salvadora de Dios (...), se entregó totalmente a sí misma, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo. Con él y en dependencia de él, se puso, por la gracia de Dios todopoderoso, al servicio del misterio de la Redención» (LG 56).

Además, el Vaticano II no sólo presenta a María como la «madre del Redentor», sino también como «compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas», que colabora «de manera totalmente singular a la obra del Salvador con su obediencia, fe, esperanza y ardiente amor». Recuerda, asimismo, que el fruto sublime de esa colaboración es la maternidad universal: «Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia» (LG 61).

Por tanto, podemos dirigirnos con confianza a la Virgen santísima, implorando su ayuda, conscientes de la misión singular que Dios le confió: colaboradora de la redención, misión que cumplió durante toda su vida y, de modo particular, al pie de la cruz.

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SAN LEONARDO MURIALDO
Benedicto XVI, Catequesis en la audiencia general
del miércoles 28 de abril de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

Leonardo Murialdo nació en Turín el 26 de octubre de 1828: es la Turín de san Juan Bosco y de san José Cottolengo, tierra fecundada por numerosos ejemplos de santidad de fieles laicos y de sacerdotes. Leonardo era el octavo hijo de una familia sencilla. De niño, junto con su hermano, entró en el colegio de los padres escolapios de Savona para cursar la enseñanza primaria, secundaria y superior; allí encontró a educadores preparados, en un clima de religiosidad basado en una catequesis seria, con prácticas de piedad regulares. Sin embargo, durante la adolescencia atravesó una profunda crisis existencial y espiritual que lo llevó a anticipar el regreso a su familia y a concluir los estudios en Turín, donde se matriculó en el bienio de filosofía. La «vuelta a la luz» aconteció -como cuenta él- después de algunos meses, con la gracia de una confesión general, en la cual volvió a descubrir la inmensa misericordia de Dios; entonces, con 17 años, maduró la decisión de hacerse sacerdote, como respuesta de amor a Dios que lo había aferrado con su amor.

Fue ordenado el 20 de septiembre de 1851. Precisamente en aquel período, como catequista del Oratorio del Ángel Custodio, don Bosco lo conoció, lo apreció y lo convenció a aceptar la dirección del nuevo Oratorio de San Luis en «Porta Nuova», que dirigió hasta 1865. Allí también entró en contacto con los graves problemas de las clases más pobres, visitó sus casas, madurando una profunda sensibilidad social, educativa y apostólica que lo llevó a dedicarse después, de forma autónoma, a múltiples iniciativas en favor de la juventud. Catequesis, escuela, actividades recreativas fueron los fundamentos de su método educativo en el Oratorio.

En 1873 fundó la Congregación de San José, cuyo fin apostólico fue, desde el principio, la formación de la juventud, especialmente la más pobre y abandonada. El ambiente turinés de ese tiempo estaba marcado por un intenso florecimiento de obras y actividades caritativas promovidas por Leonardo Murialdo hasta su muerte, que tuvo lugar el 30 de marzo de 1900.

Me complace subrayar que el núcleo central de la espiritualidad de Murialdo es la convicción del amor misericordioso de Dios: un Padre siempre bueno, paciente y generoso, que revela la grandeza y la inmensidad de su misericordia con el perdón. San Leonardo experimentó esta realidad no a nivel intelectual sino existencial, mediante el encuentro vivo con el Señor. Siempre se consideró un hombre favorecido por Dios misericordioso: por esto vivió el sentimiento gozoso de la gratitud al Señor, la serena conciencia de sus propias limitaciones, el deseo ardiente de penitencia, el compromiso constante y generoso de conversión. Veía toda su existencia no sólo iluminada, guiada, sostenida por este amor, sino continuamente inmersa en la infinita misericordia de Dios.

En su testamento espiritual escribió: «Tu misericordia me rodea, oh Señor... Como Dios está siempre y en todas partes, así es siempre y en todas partes amor, es siempre y en todas partes misericordia». Recordando el momento de crisis que tuvo en su juventud, anotó: «El buen Dios quería que resplandeciera de nuevo su bondad y generosidad de modo completamente singular. No sólo me admitió de nuevo en su amistad, sino que me llamó a una elección de predilección: me llamó al sacerdocio, y esto apenas algunos meses después de que yo volviera a él».

Subrayando la grandeza de la misión del sacerdote, que debe «continuar la obra de la redención, la gran obra de Jesucristo, la obra del Salvador del mundo», es decir, la de «salvar las almas», san Leonardo se recordaba siempre a sí mismo y recordaba a sus hermanos la responsabilidad de una vida coherente con el sacramento recibido. Amor de Dios y amor a Dios: esta fue la fuerza de su camino de santidad, la ley de su sacerdocio, el significado más profundo de su apostolado entre los jóvenes pobres y la fuente de su oración. San Leonardo Murialdo se abandonó con confianza a la Providencia, cumpliendo generosamente la voluntad divina, en contacto con Dios y dedicándose a los jóvenes pobres. De este modo unió el silencio contemplativo con el ardor incansable de la acción, la fidelidad a los deberes de cada día con la genialidad de las iniciativas, la fuerza en las dificultades con la serenidad de espíritu. Este es su camino de santidad para vivir el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.

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¡FRANCISCO, ENSÉÑANOS A ORAR!
Oración afectiva, temor de Dios
y compunción del corazón
por Francesco Saverio Toppi, OFMCap

La asimilación vivida y amada de la Palabra de Dios llevó a san Francisco a una oración-conversación amorosa con Dios.

Escribe su primer biógrafo: «Cuando oraba en las selvas y soledades, llenaba los bosques de gemidos, rociaba la tierra con sus lágrimas, se golpeaba el pecho con la mano, y allí, cual si estuviera en lo más secreto del retiro, hablaba frecuentemente en voz alta con su Señor. Allí respondía al juez, allí suplicaba al padre, allí conversaba con el amigo, allí se recreaba con el esposo, el Señor» (2 Cel 95).

Nos encontramos ante la típica oración «afectiva», que será característica de la oración franciscana, y que es puerta abierta a la experiencia íntima de Dios. «Nuestra oración es más bien "afectiva", u oración del corazón, que nos lleva a una experiencia íntima de Dios» (Taizé 17). Aun dando por descontada la aportación del temperamento de Francisco, no sería justo reducir este género de oración a sentimentalismo, a exuberancia de carácter afectivo, a capacidad creativa de objetivar los impulsos interiores. En nuestro caso se trata de una actitud existencial múltiple de la criatura ante el Creador, del cristiano ante Cristo.

La transcendencia, la santidad, la majestad de Dios estaban de tal modo impresas en el alma de Francisco, que suscitaban en él una oración dominada de manera particular por el espíritu de adoración. Dan idea de ello los términos tan frecuentes en su boca y en sus escritos de Altísimo, Omnipotente, Sumo, Justo, Fuerte, Grande, Rey del cielo y de la tierra, Eterno, Santísimo, etc. Algo de esto revela la primera estrofa del Cántico del Hermano Sol, aun estando todo él impregnado de una tierna intimidad con el Padre celestial. Testimonio elocuente de lo mismo es su virtud preferida: la humildad.

En el Pobrecillo de Asís prevalecía el don del temor de Dios en el sentido bíblico-teológico más puro del término: experiencia infusa de la majestad y de la santidad del Altísimo y Sumo Dios. De aquí, la compunción del corazón, la contrición, viva y declarada. La oración del publicano: «¡Dios mío, ten compasión de este pecador!» (Lc 18,13), expresaba una actitud de fondo suya habitual (1 Cel 26). Y el Santo enseñaba y mostraba con el ejemplo «la necesidad, para los que tienden a la perfección, de purificarse cada día con las lágrimas de la contrición» (LM 5,8).

A nadie se le ocurrirá pensar que el temor de Dios y la compunción del corazón pertenecen al Antiguo Testamento y a la espiritualidad medieval. Francisco, el santo del amor y de la alegría, recuerda con su ejemplo que «el temor de Dios es principio y corona de la Sabiduría», y que la compunción del corazón, que brota de la experiencia del amor del Padre, conduce al gozo del banquete festivo preparado por el Señor.

Sobre el trasfondo, se divisa al Crucificado, al que Francisco comprendió y revivió, incluso en la carne, de un modo singularísimo, hasta el carisma, entonces inaudito, de las Llagas. San Buenaventura subraya que la vocación de Francisco a contemplar a Jesús Crucificado se remonta a los primeros tiempos de su conversión: «Buscaba lugares solitarios, donde más fácilmente podía entregarse al llanto y al fervor de la oración, acompañada de gemidos inenarrables, logrando después de largas e insistentes súplicas ser escuchado benignamente por el Señor. Oraba así cierto día en un lugar solitario, y todo absorto en Dios a impulsos de su ardiente fervor, apareciósele Cristo clavado en la cruz. Con esta visión quedó su alma abrasada en incendios de amor, y tan profundamente se grabó en su corazón la memoria de la Pasión de Cristo que, desde entonces, siempre que recordaba los tormentos del Salvador, le era de todo punto imposible contener las lágrimas y los suspiros, como él mismo lo manifestó después familiarmente al acercarse el fin de su vida. Comprendió con esto que el Señor quería inculcarle, para que lo pusiese en práctica, aquello del Evangelio: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga"» (LM 1,5).

Lo que debe hacernos reflexionar, para una recuperación sólida de la oración, es que tal actitud hacia el Crucificado condujo a Francisco, con inmediatez y coherencia concreta, en medio de aquellos que eran imágenes vivientes del Crucificado: los leprosos, los pobres, los mendigos, el desecho de la sociedad. La oración es autenticada por la vida, y la vida es sustentada por la oración.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, n. 19 (1978) 29-30]

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