martes, 28 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 29 DE MARZO

 

BEATO JUAN HAMBLEY. Nació en Cornualles (Inglaterra) el año 1560. Para seguir su vocación sacerdotal, que entonces no tenía cauces en su patria por la persecución anglicana contra los católicos, marchó a estudiar al colegio inglés de Reims (Francia). Ordenado de sacerdote, volvió a Inglaterra, consciente de los riesgos que suponía ejercer allí su sagrado ministerio. En efecto, en el verano de 1586 fue detenido y encarcelado, acusado de traición por el mero hecho de ser sacerdote católico. Cuando lo juzgaron en marzo del año siguiente, Juan se vio envuelto en los razonamientos del juez, en sus promesas y amenazas, y, en un primer momento, prometió adaptarse a las nuevas leyes inglesas en materia de religión. A la mañana siguiente, cuando el juez le pidió que ratificara su promesa, Juan le respondió con firmeza y claridad que se arrepentía profundamente de su actitud anterior y que quería permanecer enteramente fiel a la fe católica y a la Iglesia Romana. En consecuencia, fue ahorcado y descuartizado en Salisbury, durante el reinado de Isabel I, el año 1587, un día de marzo cercano a la Pascua. Tenía 27 años de edad.

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Santos Armogasto, Arquinimo y Saturno. En el norte de África, durante la persecución de los vándalos, bajo el rey arriano Genserico, sufrieron crueles tormentos y oprobios, hasta el martirio, por profesar la verdadera fe y, en particular, la divinidad de Jesucristo, el año 462.

San Eustasio de Nápoles. Fue obispo de Nápoles en el siglo III.

San Guillermo Tempier. Fue primero canónigo regular de la iglesia de San Hilario de Poitiers. En 1184 fue elegido obispo de esta ciudad. Defendió con tesón y valentía los derechos y bienes de la Iglesia frente a las pretensiones egoístas de los nobles, por lo que tuvo que sufrir mucho. Reformó las costumbres del clero y del pueblo, a los que ofreció en su persona un ejemplo de vida santa y austera. Murió el año 1197.

San Ludolfo. Fue primero monje premonstratense y, en 1236, lo eligieron obispo de Ratzenburg en Sajonia (Alemania). Quería un alto grado de santidad para su clero y por eso propuso a su cabildo catedralicio convertirse en una comunidad premonstratense, cuya Regla él observaba con fidelidad. Construyó y dotó el monasterio de benedictinas de Rehna. Defendió la libertad y los bienes de la Iglesia, por lo que fue desterrado y arrojado, por orden del duque Alberto, a una lóbrega cárcel en la que llegó a tal grado de postración que, apenas lo liberaron de los cepos, murió. Esto sucedió en Wismar (Holstein) el año 1250.

San Marcos. Fue obispo de Aretusa en Siria y, durante la controversia arriana, mantuvo fielmente la doctrina católica, defendiendo la divinidad de Jesucristo. Siendo emperador Juliano el Apóstata fue perseguido y sufrió vejaciones y torturas, pero murió de muerte natural el año 364. San Gregorio Nacianceno lo celebra como «varón eximio y santísimo anciano».


Beato Bertoldo. Originario de Francia o Italia, fue militar y viajó a Siria. Conoció a los ermitaños y se retiró con ellos al Monte Carmelo. Allí consiguió que los anacoretas dispersos que se sentían discípulos y seguidores del profeta Elías, se reunieran con él para formar comunidad en un pequeño convento que había construido y que encomendó a la Madre de Dios. Murió hacia el año 1198. Se dice que fue prior general del Carmelo.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la Carta de san Pablo a los Colosenses: «Por tanto, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él» (Col 3,1-4).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Regla: -Devolvamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos los bienes son de él, y démosle gracias por todos a él, de quien proceden todos los bienes (1 R 17,17).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios nuestro Padre con la confianza que nos da el sabernos hijos suyos.

-Para que la Iglesia sepa dar respuestas adecuadas a quienes preguntan por Cristo y su mensaje.

-Para que los hombres puedan descubrir los signos de la presencia de Dios en el mundo y en la vida de los cristianos.

-Para que la Buena Nueva que nos trajo Cristo sea predicada en todo el mundo y a todas las personas.

-Para que los creyentes permanezcamos siempre en comunión con Cristo y demos, con nuestras obras, testimonio de su venida al mundo.

Oración: Hijo amado del Padre, acuérdate de tu misericordia y tu fidelidad en favor especialmente de quienes hemos recibido el bautismo. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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INTRODUCIDOS EN LA VIDA MISMA DE JESÚS
De la Homilía de S. S. Benedicto XVI
en la fiesta del Bautismo de Señor (9-I-2011)

Queridos hermanos y hermanas:

Según el relato del evangelista san Mateo (3,13-17), Jesús fue de Galilea al río Jordán para que lo bautizara Juan; de hecho, acudían de toda Palestina para escuchar la predicación de este gran profeta, el anuncio de la venida del reino de Dios, y para recibir el bautismo, es decir, para someterse a ese signo de penitencia que invitaba a convertirse del pecado. Aunque se llamara bautismo, no tenía el valor sacramental del rito que celebramos hoy; como bien sabéis, con su muerte y resurrección Jesús instituye los sacramentos y hace nacer la Iglesia. El que administraba Juan era un acto penitencial, un gesto que invitaba a la humildad frente a Dios, invitaba a un nuevo inicio: al sumergirse en el agua, el penitente reconocía que había pecado, imploraba de Dios la purificación de sus culpas y se le enviaba a cambiar los comportamientos equivocados, casi como si muriera en el agua y resucitara a una nueva vida.

Por esto, cuando Juan Bautista ve a Jesús que, en fila con los pecadores, va para que lo bautice, se sorprende; al reconocer en él al Mesías, al Santo de Dios, a aquel que no tenía pecado, Juan manifiesta su desconcierto: él mismo, el que bautizaba, habría querido hacerse bautizar por Jesús. Pero Jesús lo exhorta a no oponer resistencia, a aceptar realizar este acto, para hacer lo que es conveniente para «cumplir toda justicia». Con esta expresión Jesús manifiesta que vino al mundo para hacer la voluntad de Aquel que lo mandó, para realizar todo lo que el Padre le pide; aceptó hacerse hombre para obedecer al Padre. Este gesto revela ante todo quién es Jesús: es el Hijo de Dios, verdadero Dios como el Padre; es aquel que «se rebajó» para hacerse uno de nosotros, aquel que se hizo hombre y aceptó humillarse hasta la muerte de cruz (cf. Flp 2,7).

El bautismo de Jesús se sitúa en esta lógica de la humildad y de la solidaridad: es el gesto de quien quiere hacerse en todo uno de nosotros y se pone realmente en la fila con los pecadores; él, que no tiene pecado, deja que lo traten como pecador (cf. 2 Cor 5,21), para cargar sobre sus hombros el peso de la culpa de toda la humanidad, también de nuestra culpa. Es el «siervo de Dios» del que nos habló el profeta Isaías (cf. 42,1). Lo que dicta su humildad es el deseo de establecer una comunión plena con la humanidad, el deseo de realizar una verdadera solidaridad con el hombre y con su condición. El gesto de Jesús anticipa la cruz, la aceptación de la muerte por los pecados del hombre. Este acto de anonadamiento, con el que Jesús quiere uniformarse totalmente al designio de amor del Padre y asemejarse a nosotros, manifiesta la plena sintonía de voluntad y de fines que existe entre las personas de la santísima Trinidad. Para ese acto de amor, el Espíritu de Dios se manifiesta como paloma y baja sobre él, y en aquel momento el amor que une a Jesús al Padre se testimonia a cuantos asisten al bautismo, mediante una voz desde lo alto que todos oyen.

El Padre manifiesta abiertamente a los hombres -a nosotros- la comunión profunda que lo une al Hijo: la voz que resuena desde lo alto atestigua que Jesús es obediente en todo al Padre y que esta obediencia es expresión del amor que los une entre sí. Por eso, el Padre se complace en Jesús, porque reconoce en las acciones del Hijo el deseo de seguir en todo su voluntad: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). Y esta palabra del Padre alude también, anticipadamente, a la victoria de la resurrección y nos dice cómo debemos vivir para complacer al Padre, comportándonos como Jesús.

Queridos amigos, al darnos la fe, el Señor nos ha dado lo más precioso que existe en la vida, es decir, el motivo más verdadero y más bello por el cual vivir: por gracia hemos creído en Dios, hemos conocido su amor, con el cual quiere salvarnos y librarnos del mal. La fe es el gran don con el que nos da también la vida eterna, la verdadera vida.

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VAMOS PREPARANDO LA CERCANA FIESTA DEL SEÑOR
NO SÓLO CON PALABRAS, SINO TAMBIÉN CON OBRAS
De las Cartas pascuales de San Atanasio (Carta 14,1-2)

El Verbo, que por nosotros quiso serlo todo, nuestro Señor Jesucristo, está cerca de nosotros, ya que Él prometió que estaría continuamente a nuestro lado. Dijo en efecto: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Y, del mismo modo que es a la vez pastor, sumo sacerdote, camino y puerta, ya que por nosotros quiso serlo todo, así también se nos ha revelado como fiesta y solemnidad, según aquellas palabras del Apóstol: Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo; puesto que su persona era la Pascua esperada. Desde esta perspectiva, cobran un nuevo sentido aquellas palabras del salmista: Tú eres mi júbilo: me libras de los males que me rodean. En esto consiste el verdadero júbilo pascual, la genuina celebración de la gran solemnidad, en vernos libres de nuestros males; para llegar a ello, tenemos que esforzarnos en reformar nuestra conducta y en meditar asiduamente, en la quietud del temor de Dios.

Así también los santos, mientras vivían en este mundo, estaban siempre alegres, como si siempre estuvieran celebrando fiesta; uno de ellos, el bienaventurado salmista, se levantaba de noche, no una sola vez, sino siete, para hacerse propicio a Dios con sus plegarias. Otro, el insigne Moisés, expresaba en himnos y cantos de alabanza su alegría por la victoria obtenida sobre el Faraón y los demás que habían oprimido a los hebreos con duros trabajos. Otros, finalmente, vivían entregados con alegría al culto divino, como el gran Samuel y el bienaventurado Elías; ellos, gracias a sus piadosas costumbres, alcanzaron la libertad, y ahora celebran en el cielo la fiesta eterna, se alegran de su antigua peregrinación, realizada en medio de tinieblas, y contemplan ya la verdad que antes sólo habían vislumbrado.

Nosotros, que nos preparamos para la gran solemnidad, ¿qué camino hemos de seguir? Y, al acercarnos a aquella fiesta, ¿a quién hemos de tomar por guía? No a otro, amados hermanos, y en esto estaremos de acuerdo vosotros y yo, no a otros, fuera de nuestro Señor Jesucristo, el cual dice: Yo soy el camino. Él es, como dice San Juan, el que quita el pecado del mundo; Él es quien purifica nuestras almas, como dice en cierto lugar el profeta Jeremías: Paraos en los caminos a mirar, preguntad: «¿Cuál es el buen camino?»; seguidlo, y hallaréis reposo para vuestras almas.

En otro tiempo, la sangre de los machos cabríos y la ceniza de la ternera esparcida sobre los impuros podía sólo santificar con miras a una pureza legal externa; mas ahora, por la gracia del Verbo de Dios, obtenemos una limpieza total; y así en seguida formaremos parte de su escolta y podremos ya desde ahora, como situados en el vestíbulo de la Jerusalén celestial, preludiar aquella fiesta eterna; como los santos apóstoles, que siguieron al Salvador como a su guía, y por esto eran, y continúan siendo hoy, los maestros de este favor divino; ellos decían, en efecto: Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. También nosotros nos esforzamos por seguir al Señor y, así, vamos preparando la fiesta del Señor no sólo con palabras, sino también con obras.

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¡FRANCISCO, ENSÉÑANOS A ORAR!
La palabra de Dios
por Francesco Saverio Toppi, OFMCap

Acudamos confiados a la escuela de oración de Francisco. El Seráfico Padre nos conducirá, ante todo, a conocer a Jesús a través del Evangelio, como condujo a sus primeros compañeros a la iglesita de la Porciúncula para que el Señor les manifestase su voluntad y les desvelase el camino que debían seguir.

La incidencia del Evangelio en la vida de san Francisco es demasiado conocida para que la tratemos de nuevo aquí. Será oportuno, sin embargo, destacar que la oración de nuestro Santo tiene como fuente la meditación del Evangelio y de la Sagrada Escritura, y que esta meditación era penetrante y fructuosa por cuanto iba seguida de la ejecución inmediata de lo leído. Francisco estaba profundamente convencido de que en el Evangelio hablaba Jesús en persona, y, consiguientemente, sin titubeos ni discusiones, traducía a obras cuanto su Señor le mandaba.

Para él, la equivalencia de la Palabra y de la Eucaristía brotaba de la intuición de la presencia de Jesús tanto en la una como en la otra; por esto, cuando no podía participar en la Misa, quería escuchar el evangelio del día (EP 117).

De aquí, su solícita insistencia en recomendar idéntico respeto y culto a las palabras escritas del Señor y a las especies eucarísticas. Es interesante leer a este respecto el Testamento y las Cartas de Francisco a los Clérigos, al Capítulo, a los Custodios.

Él podía atestiguar que había buscado siempre al Señor en las Sagradas Escrituras, y que las había asimilado hasta el punto de poseerlas más que suficientemente para la meditación (2 Cel 105).

Tenemos de ello un testimonio vivo en sus Escritos, rebosantes todos ellos de pensamientos y de citas de la Biblia.

En su Carta a toda la Orden, manifiesta así su actitud hacia la Sagrada Escritura: «Y porque "quien es de Dios escucha las palabras de Dios" (Jn 8,47), nosotros, los que más especialmente estamos dedicados a los Oficios divinos, debemos, no sólo escuchar y hacer lo que dice Dios, sino además cuidar los vasos y los libros litúrgicos, que contienen sus palabras santas, para hacer calar en nosotros la grandeza de nuestro Creador y nuestra sumisión a Él. Por tanto, recomiendo a todos mis hermanos y les urjo en Cristo que veneren las palabras divinas, todo lo que puedan, dondequiera que las encuentren; y si no están bien guardadas o están esparcidas en algún lugar indecoroso, por lo que a ellos toca, que las recojan y guarden, venerando en las palabras al Señor que las pronunció» (CtaO 34-36).

Bien sabía el Pobrecillo que la Palabra de Dios es un medio a través del cual el Señor se hace presente, se comunica personalmente y, en consecuencia, se sentía de inmediato en contacto con Dios y lo adoraba, escuchando y venerando sus palabras. Él advertía casi sensiblemente la presencia y la acción de las Tres Personas Divinas en la Sagrada Escritura, como se deduce de la Carta a todos los Fieles: «Siendo yo siervo de todos, estoy obligado a servir a todos y a administrarles las odoríferas palabras de mi Señor... Por las presente letras y mensajes me he propuesto transmitiros las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es el Verbo del Padre, y las palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida (Jn 6,33)» (2CtaF 2-3).

El Concilio presenta la convergencia de las Tres Personas Divinas en la Revelación, y recomienda a los religiosos «tener, ante todo, diariamente en las manos, la Sagrada Escritura, a fin de adquirir, por la lectura y meditación de los libros sagrados, la eminente ciencia de Jesucristo (Flp 3,8)».

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, n. 19 (1978) 29-30]

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