lunes, 27 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 28 DE MARZO

 

SAN ESTEBAN HARDING, Abad y cofundador del Císter. Nació en Meriot (Inglaterra) el año 1060, y de joven profesó la vida monástica en Sherbone. Abandonó su monasterio y se marchó a París a estudiar. Se arrepintió del mal paso dado, y acudió a Roma para pedir perdón. De regreso, se detuvo en el monasterio de Molesmes, cuyo abad era san Roberto. Éste, Alberico y Esteban fundaron el año 1098 el nuevo monasterio de Cîteaux (Borgoña), origen de los cistercienses. Su principio inspirador era la voluntad de restablecer la fiel obediencia a la Regla de San Benito en su integridad. Cuando en 1109 murió Alberico, Estaban le sucedió como abad, y fue él quien recibió a san Bernardo y quien lo envió, en 1115, a fundar la abadía de Claraval. Organizó la centralidad del gobierno monacal con la «Carta de la Caridad», para que no hubiera discordias entre los monjes y todos vivieran bajo el mismo dictado de la caridad, observando la misma Regla y según costumbres semejantes. En vida de Esteban fueron doce las fundaciones cistercienses. Murió en Cîteaux (Francia) el año 1134.




SAN JOSÉ SEBASTIÁN PELCZAR. Nació en 1842 en Korczyna (Polonia), cerca de Krosno. Desde niño mostró aptitudes extraordinarias para el estudio. Ordenado de sacerdote en Przemysl, completó sus estudios en Roma. Al regresar a su patria, fue profesor de teología en el seminario de su diócesis y en la Universidad Jaguellónica de Cracovia, de la que llegó a ser rector. Además, trabajó de forma incansable en la difusión de la cultura en su pueblo y en obras sociales. El 18 de abril de 1893 hizo la profesión de terciario franciscano ante la tumba de San Francisco en Asís. En 1894 fundó la congregación de Esclavas del Sagrado Corazón, con el fin de proclamar su Reino mediante el amor a las jóvenes, los enfermos y todos los necesitados. En 1899 fue nombrado obispo de Przemysl y, durante 25 años, actuó como un valiente y celoso pastor en obras apostólicas y sociales. Fue autor de numerosos escritos. Murió en Przemysl el 28 de marzo de 1924. Lo canonizó Juan Pablo II el año 2003.



BEATA JUANA MARÍA DE MAILLÉ. Nació de familia noble en el castillo de La Roche, cerca de Tours (Francia), el año 1331. Su primer preceptor fue el franciscano que era confesor de su familia. Muertos sus padres, el tutor la dio en matrimonio, el año 1347, al barón Roberto de Silly. Ambos esposos compartían ideales y propósitos de perfección cristiana. En la guerra con los ingleses, él cayó prisionero y ella lo liberó pagando un fuerte rescate. Con los bienes que les quedaban atendieron a enfermos y desamparados en la peste negra, y luego a leprosos. Tras la muerte de Roberto en guerra, sus parientes expulsaron del castillo a Juana, que se refugió en el hospicio de Tours, donde atendía a los enfermos y vivía como religiosa. Huyendo de la malevolencia de algunos, se retiró a una ermita y, en 1386, volvió a Tours, se estableció cerca del convento de los franciscanos, de los que tomó confesor, y llevó vida casi de reclusa hasta su muerte acaecida el 28 de marzo de 1414. Al parecer se hizo terciaria franciscana.

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San Castor. Mártir de la antigüedad cristiana, siglo I (?), que fue inmolado por su fe cristiana en Tarso de Cilicia (en la actual Turquía).

San Cirilo. Era diácono de la Iglesia de Heliópolis en Fenicia (Líbano), y fue martirizado con feroz bestialidad bajo el emperador Juliano el Apóstata el año 362.

San Cono (o Conon). Nació de familia noble en Naso (Sicilia), donde murió hacia el año 1236. De joven abrazó la vida monástica en el monasterio basiliano de su pueblo. Hizo una peregrinación a Tierra Santo y, a su regreso, se encontró con que sus padres habían fallecido y le habían dejado una rica herencia. Entonces repartió todos sus bienes entre los pobres y se retiró a la vida eremítica, hacia la que se había sentido siempre inclinado.

San Guntramno o Guntram o Gontran. Era rey de los francos, hijo de Clotario I, de quien heredó parte de su reino. Los inicios de su reinado no fueron ejemplares, cometió irregularidades en su conducta, pero se convirtió, hizo penitencia de sus pecados y emprendió una vida sensata y santa. Gobernó con sabiduría y firmeza, moderando las pretensiones de los nobles. Fue generoso con la Iglesia y con los pobres. Respetó la autonomía de las autoridades eclesiásticas. Murió en Chalon-sur-Saone (Borgoña) el año 593.

San Hilarión. Fue "hegúmeno" (superior) del monasterio de Pelecete, situado en el monte Olimpo de Bitinia (hoy Grecia), y defendió valientemente el culto de las imágenes sagradas contra los iconoclastas, por lo que sufrió mucho. Su vida se sitúa en el siglo VIII.

Santos Prisco, Malco y Alejandro. Eran tres cristianos que vivían en el campo, cerca de Cesarea de Palestina, ciudad en la que abundaban los mártires y se exponían sus restos al escarnio del pueblo. Durante la persecución del emperador Valeriano, impulsados por el ardor divino, se presentaron espontáneamente ante el juez y le echaron en cara su crueldad para con los cristianos. Enfurecido el magistrado ordenó que sin demora fueran arrojados a las fieras para que los devorasen. Era el año 260.

San Proterio. Obispo de Alejandría (Egipto) que, en medio de un tumulto del pueblo, fue cruelmente asesinado el Jueves Santo del año 454 por unos monofisitas, seguidores de su predecesor Dióscoro.

Beato Antonio Patrizi. Nació en Siena (Italia), en la primera mitad del siglo XIII, de familia noble. Abrazó la vida eremítica en la Orden de Ermitaños de San Agustín, y recibió la ordenación sacerdotal. Se distinguió por su amor a los hermanos de religión y al prójimo. Murió en Monticiano (Siena) hacia el año 1311.

Beato Cristóbal Wharton. Nació en Middleton (York, Inglaterra) en 1540. Estudió en Oxford y se licenció en artes. Para seguir su vocación sacerdotal, fue a estudiar a Reims (Francia) y se ordenó de sacerdote en 1584. Volvió a su patria y estuvo ejerciendo su ministerio clandestinamente, hasta que lo detuvieron y encerraron. Condenado como traidor y porque se había ordenado en el extranjero, le ofrecieron la libertad si juraba la supremacía religiosa de la Reina. Se negó a ello, y lo ahorcaron y descuartizaron en York el año 1600, en el reinando Isabel I.

Beata Renata María Feillatreau. Fue una seglar católica, nacida en Angers (Francia) el año 1751, casada, que, durante la Revolución Francesa, protegía a los sacerdotes fieles a la Iglesia, oía sus misas, guardaba los ornamentos, etc. La acusaron de ser enemiga de la República, de haber robado al Estado, de haber auxiliado y protegido a sus enemigos. Ella confesó abiertamente su fe y su propósito de mantenerse fiel a la Iglesia. La guillotinaron en su ciudad natal el año 1794.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús: -¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: «Déjame que te saque la mota del ojo», teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano (Mt 7,3-5).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en la Regla: --Atiendan los hermanos a que sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar siempre a él con puro corazón y tener humildad, paciencia en la persecución y en la enfermedad, y amar a los que nos persiguen y reprenden y acusan, porque dice el Señor: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen y os calumnian (2 R 10,8-10).

Orar con la Iglesia:

Dirijamos nuestra súplica al Señor Jesús, que manifiesta su poder sobre todo en la misericordia y el perdón, y pidámosle que acoja nuestro corazón contrito y humillado.

-Por la Iglesia: para que sea signo e instrumento de reconciliación y lugar de acogida abierta a todos los hombres.

-Por los sacerdotes, ministros de la Iglesia: para que realicen con entrega generosa el ministerio sacramental del perdón y de la misericordia.

-Por los que sufren las consecuencias del pecado: el egoísmo, el odio, la opresión, el desprecio, la marginación: para que vean atendidas sus demandas de justicia y de paz.

-Por los que nos reunimos en torno al altar y celebramos la Eucaristía: para que luego seamos testigos de la palabra del Señor y de su amor.

Oración: Ten misericordia de nosotros, Señor Jesús, perdona nuestros pecados y asístenos con tu gracia para que no volvamos a pecar. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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JESÚS SALVA A LA MUJER ADÚLTERA
Benedicto XVI, Ángelus del 21 de marzo de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos llegado al quinto domingo de Cuaresma, en el que la liturgia nos propone, este año (Ciclo C), el episodio evangélico de Jesús que salva a una mujer adúltera de la condena a muerte (Jn 8,1-11). Mientras está enseñando en el Templo, los escribas y los fariseos llevan ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio, para la cual la ley de Moisés preveía la lapidación. Esos hombres piden a Jesús que juzgue a la pecadora con la finalidad de «ponerlo a prueba» y de impulsarlo a dar un paso en falso. La escena está cargada de dramatismo: de las palabras de Jesús depende la vida de esa persona, pero también su propia vida. De hecho, los acusadores hipócritas fingen confiarle el juicio, mientras que en realidad es precisamente a él a quien quieren acusar y juzgar. Jesús, en cambio, está «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): él sabe lo que hay en el corazón de cada hombre, quiere condenar el pecado, pero salvar al pecador, y desenmascarar la hipocresía.

El evangelista san Juan pone de relieve un detalle: mientras los acusadores lo interrogan con insistencia, Jesús se inclina y se pone a escribir con el dedo en el suelo. San Agustín observa que el gesto muestra a Cristo como el legislador divino: en efecto, Dios escribió la ley con su dedo en las tablas de piedra (cf. Comentario al Evangelio de Juan, 33,5). Jesús, por tanto, es el Legislador, es la Justicia en persona. Y ¿cuál es su sentencia? «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». Estas palabras están llenas de la fuerza de la verdad, que desarma, que derriba el muro de la hipocresía y abre las conciencias a una justicia mayor, la del amor, en la que consiste el cumplimiento pleno de todo precepto (cf. Rom 13,8-10). Es la justicia que salvó también a Saulo de Tarso, transformándolo en san Pablo (cf. Flp 3,8-14).

Cuando los acusadores «se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos», Jesús, absolviendo a la mujer de su pecado, la introduce en una nueva vida, orientada al bien: «Tampoco yo te condeno; vete y en adelante no peques más». Es la misma gracia que hará decir al Apóstol: «Una cosa hago: olvido lo que dejé detrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús» (Flp 3, 13-14). Dios sólo desea para nosotros el bien y la vida; se ocupa de la salud de nuestra alma por medio de sus ministros, liberándonos del mal con el sacramento de la Reconciliación, a fin de que nadie se pierda, sino que todos puedan convertirse.

En este Año sacerdotal, deseo exhortar a los pastores a imitar al santo cura de Ars en el ministerio del perdón sacramental, para que los fieles vuelvan a descubrir su significado y belleza, y sean sanados nuevamente por el amor misericordioso de Dios, que «lo lleva incluso a olvidar voluntariamente el pecado, con tal de perdonarnos» (Carta para la convocatoria del Año sacerdotal).

Queridos amigos, aprendamos del Señor Jesús a no juzgar y a no condenar al prójimo. Aprendamos a ser intransigentes con el pecado -¡comenzando por el nuestro!- e indulgentes con las personas. Que nos ayude en esto la santa Madre de Dios, que, exenta de toda culpa, es mediadora de gracia para todo pecador arrepentido.

[Después del Ángelus] Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española... Ante la proximidad de la Semana santa, os animo a todos a intensificar vuestro camino de preparación para la Pascua, mediante la oración, la limosna y el ayuno. Que la contemplación piadosa y frecuente de los misterios de la pasión del Señor suscite en todos una nueva y más profunda conversión, que nos haga vivir ya para siempre de aquel mismo amor que llevó a Cristo a entregarse en la cruz por nuestra salvación.

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OBSERVA LOS MISTERIOS DE DIOS
Y LA CLEMENCIA DE CRISTO
San Ambrosio de Milán, Carta 26 (11-20)

Los letrados y los fariseos le habían traído al Señor Jesús una mujer sorprendida en adulterio. Y se la habían traído para ponerle a prueba: de modo que si la absolvía, entraría en conflicto con la ley; y si la condenaba, habría traicionado la economía de la encarnación, puesto que había venido a perdonar los pecados de todos.

Presentándosela, pues, le dijeron: Hemos sorprendido a esta mujer en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?

Mientras decían esto, Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Y como se quedaron esperando una respuesta, se incorporó y les dijo: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. ¿Cabe sentencia más divina: que castigue el pecado el que esté exento de pecado? ¿Cómo podrían, en efecto, soportar a quien condena los delitos ajenos, mientras defiende los propios? ¿No se condena más bien a sí mismo, quien en otro reprueba lo que él mismo comete?

Dijo esto, y siguió escribiendo en el suelo. ¿Qué escribía? Probablemente esto: Te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo. Escribía en el suelo con el dedo, con el mismo dedo que había escrito la Ley. Los pecadores serán escritos en el polvo, los justos en el cielo, como se dijo a los discípulos: Estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el cielo.

Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, y, sentándose, reflexionaban sobre sí mismos. Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie. Bien dice el evangelista que salieron fuera, los que no querían estar con Cristo. Fuera está la letra; dentro, los misterios. Los que vivían a la sombra de la ley, sin poder ver el sol de justicia, en las sagradas Escrituras andaban tras cosas comparables más bien a las hojas de los árboles, que a sus frutos.

Finalmente, habiéndose marchado letrados y fariseos, quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie. Jesús, que se disponía a perdonar el pecado, se queda solo, como él mismo dice: Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pues no fue un legado o un nuncio, sino el Señor en persona, el que salvó a su pueblo. Queda solo, pues ningún hombre puede tener en común con Cristo el poder de perdonar los pecados. Este poder es privativo de Cristo, que quita el pecado del mundo. Y mereció ciertamente ser absuelta la mujer que -mientras los judíos se iban- permaneció sola con Jesús.

Incorporándose Jesús, dijo a la mujer: ¿Dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha lapidado? Ella contestó: Ninguno, Señor. Y Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más. Observa los misterios de Dios y la clemencia de Cristo. Cuando la mujer es acusada, Jesús se inclina; y se incorpora cuando desaparece el acusador: y es que él no quiere condenar a nadie, sino absolver a todos. ¿Qué significa, pues: Anda, y en adelante no peques más? Esto: Desde el momento en que Cristo te ha redimido, que la gracia corrija a la que la pena no conseguiría enmendar, sino sólo castigar.

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¡FRANCISCO, ENSÉÑANOS A ORAR!
Necesidad de un compromiso
por Francesco Saverio Toppi, OFMCap

El valor de la oración puede ser recobrado a condición de que la oración sea estimada como una relación personal con Jesucristo.

San Francisco concibió la oración y la practicó como expresión primaria de su vehemente anhelo de Dios. Después de la visión de Espoleto, que le hizo tan sólo barruntar la identidad del verdadero Señor, volvió a Asís y se consagró a una vida de oración prolongada, intensa, laboriosa, en una gruta solitaria, con el fin de conocer a fondo al Señor que le había llamado y de cumplir fielmente sus órdenes (1 Cel 6).

Nos parece que no se ha subrayado suficientemente esta fase, para nosotros importantísima, de la conversión de Francisco. Ciertamente, no se ha puesto bastante de relieve el momento del aprendizaje, de la fatiga, de la lucha, en la oración de san Francisco. Momento que no quedó reducido, ni podía quedarlo, al período inicial de la conversión. Los biógrafos, a pesar de su incorregible tendencia a acentuar los aspectos brillantes de la vida del Santo, dejan escapar algunos elementos que han sido desarrollados y tomados en consideración para conocer de modo realista la oración del Pobrecillo.

Celano habla de una tensión tal en la oración que lo dejaba enervado e irreconocible; refiere una larga lucha contra las distracciones en la oración, presentes incluso en los últimos años de su vida; describe una prueba tremenda que duró varios años (1 Cel 6; 2 Cel 115). Los Tres Compañeros atestiguan que Francisco llegó a una vida de oración incesante «con mucho esfuerzo en la oración y meditación» (cf. LP 77).

La misma búsqueda ansiosa de la soledad está motivada en Francisco, no sólo por una aspiración de su espíritu, sino también por la necesidad de una ascesis viril, empeñada duramente en una oración contemplativa.

El P. Koser observa que no existe una fórmula mágica para resolver las dificultades de la vida con Dios, y previene, sin ambages, que es necesario luchar, caminar, «forcejear para abrirse camino por la puerta estrecha», insistir con santa obstinación ante Dios (Koser 2).

Ahora bien, hemos de reconocer que fácilmente esquivamos la fatiga de aprender un arte -el arte capital de la oración-, refugiándonos con ligereza en la espontaneidad, en la libertad del espíritu, en el rechazo de los métodos de otro tiempo. Si bien nosotros los franciscanos no tenemos un método estructurado como el de los Jesuitas y el de otros religiosos que han surgido en estos cuatro últimos siglos, tenemos, sin embargo, una escuela que frecuentar, una escuela nuestra bien caracterizada, encabezada por el mismo san Francisco y al que siguen, entre otros, san Buenaventura y san Pedro de Alcántara, por citar sólo algún nombre.

Mientras no nos convenzamos de que la oración, además de ser un don de Dios, es también un arte que se ha de aprender, y no nos empeñemos seriamente en su aprendizaje, permanecerá siempre al vivo el problema de la oración, y la crisis de oración se hará cada vez más pavorosa. El Cardenal Lercaro no dudaba en afirmar que «la primera y más penosa laguna es la falta de una escuela de oración..., que hoy se tiende, con superficialidad e improvisación, a simplificar, pero que, como consecuencia de ello, las almas quedan abandonadas a sí mismas..., se exponen a perderse en el vacío... Un conocimiento de las leyes elementales de la psicología y de la Gracia debería dar nuevo impulso al estudio de los métodos o, al menos, crear otros nuevos, más adaptados a nuestra época».

El punto clave para la solución es dejarnos cautivar por la Persona de Jesús, como la Realidad única que cuenta. El día en que para nosotros, como para san Pablo y para san Francisco, nuestro vivir se identifique con el vivir a Cristo (cf. Flp 1,21), la oración brotará espontánea, vital, operante. La oración consistirá en entretenernos en dulce coloquio con Él, que nos ama y a quien amamos, en mirar y dejarnos mirar, transformar por Él.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, n. 19 (1978) 26-29]

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