sábado, 25 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 26 DE MARZO

 

SAN LIUDGERO (O LUDGERO). Nació en Frisia (al norte de Holanda) de familia noble hacia el año 742. Estudió en la escuela abacial de Utrecht, dirigida entonces por el abad san Gregorio, y luego, siendo ya diácono, en la escuela de Alcuino, con el que estuvo en total unos cinco años; se ordenó de sacerdote en Colonia el año 777. Evangelizó amplias regiones de Holanda, Dinamarca y Sajonia con gran provecho por sus cualidades personales, por la responsabilidad que le imponía el saberse portador del Evangelio y por su intensa vida interior. Peregrinó a Roma y estuvo algún tiempo en Montecasino, donde estudió la Regla de San Benito. Tras la conversión del jefe de los sajones, Carlomagno lo invitó a evangelizar Westfalia. Fundó el monasterio en torno al cual surgió la actual ciudad de Münster, de la que fue elegido primer obispo el 804. Fundó también otros monasterios, centros de propagación de la fe, entre ellos el de Werden (Sajonia, Alemania), en el que murió el año 809.



BEATA MAGDALENA CATALINA MORANO. Nació en Chieri (Piamonte, Italia) en 1847 de familia modesta. A los ocho años quedó huérfana de padre y se puso a trabajar en casa como tejedora. Con la ayuda de un pariente sacerdote, estudió magisterio y sacó el título de maestra. Durante doce años ejerció su carrera dando un magnífico ejemplo de piedad y responsabilidad. En 1878, cuando pudo dejar atendida a su madre viuda, ingresó en las Hijas de María Auxiliadora y recibió el hábito de manos de la fundadora, santa María Mazzarello. Destinada a Sicilia en 1881, desarrolló por toda la región una intensa actividad educativa con las niñas y las jóvenes de los ambientes populares. Abrió escuelas, oratorios, laboratorios, asilos. Cuando le confiaron el cargo de provincial, cuidó mucho la formación de las numerosas aspirantes. Su enorme actividad estaba impregnada de espíritu salesiano y sostenida por una intensa vida interior. Murió en Catania el año 1908.

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Santos Baroncio y Desiderio. Baroncio era un caballero de Berry que se hizo monje en el monasterio de Lonrey. Para vivir entregado de lleno a la contemplación, optó por llevar vida eremítica, y para ello emigró a Italia y se estableció en Montalbano, cerca de Pistoya (Toscana). Otro monje, de nombre Desiderio, se le unió y compartió con él su vida y su dedicación. Murieron en el siglo VII.

San Bercario. Fue el primer abad del monasterio de Hautvillers. Luego pasó a serlo del monasterio de Moutier-en-Der en la región de Campaña (Francia). Un monje, al que reprendía con frecuencia por su mala conducta, lo apuñaló el Jueves Santo del año 685, y murió el día de Pascua, después de perdonar a su agresor. Se le suele considerar como mártir.

San Cástulo. Mártir romano, enterrado en la Vía Labicana, en fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Eutiquio. Subdiácono de Alejandría en Egipto que, en tiempo del emperador Constanzo y siendo obispo el arriano Jorge, fue perseguido y martirizado por su fe católica y en particular por defender la divinidad de Jesucristo frente a las tesis del arrianismo.

Santos Manuel y compañeros mártires. Manuel, Sabino, Codrato y Teodosio sufrieron el martirio en Anatolia (en la actual Turquía) en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana, durante las persecuciones del Imperio Romano.

Santos Montano y Máxima. Montano era sacerdote y Máxima era su esposa. Durante la persecución decretada por el emperador Diocleciano, ambos, por haber manifestado su fe en Cristo, fueron arrojados a un río, en el que murieron ahogados, en Sirmio de Panonia (Srijem, Croacia) el año 304.

San Pedro de Sebaste. Era el hermano menor de san Basilio Magno. Fue obispo de Sivas (Sebaste, en la actual Turquía), insigne defensor de la fe católica contra la herejía arriana que negaba la divinidad de Jesucristo. Murió hacia el año 391.




PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Del profeta Jeremías: «Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto» (Jer 17,7-8).

Pensamiento franciscano:

Exhortación de san Francisco: «Hermanos todos, guardémonos mucho de perder o apartar del Señor nuestra mente y corazón so pretexto de alguna merced u obra o ayuda. Y en la santa caridad que es Dios, ruego a todos los hermanos que, removido todo impedimento y pospuesta toda preocupación y solicitud, del mejor modo que puedan, hagan servir, amar, honrar y adorar al Señor Dios con corazón limpio y mente pura, que es lo que él busca sobre todas las cosas; y hagámosle siempre allí habitación y morada a aquel que es Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo» (1 R 22,25-27).

Orar con la Iglesia:

Confiados en la intercesión de María, oremos a Dios nuestro Padre por las necesidades de la Iglesia y del mundo entero.

-Para que, por intercesión de María, la humanidad entera contemple en Cristo la encarnación de la misericordia y de la fidelidad de Dios.

-Para que, por mediación de María, todos los hombres reconozcan en Cristo la imagen y modelo del hombre nuevo.

-Para que, por intercesión de María, preparada para ser digna morada del Dios-con-nosotros, los creyentes sepamos encontrarle y servirle en nuestros prójimos.

-Para que, a imagen de María y por obra del Espíritu Santo, los cristianos recibamos gozosos al Verbo del Padre y vivamos como hijos de Dios.

Oración: Dios, Padre nuestro, ayúdanos a vivir según tu palabra y a serte fieles en el camino de la Cuaresma por el que estamos avanzando hacia la Pascua. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL MISTERIO QUE CONTEMPLAMOS
EN EL REZO DEL ÁNGELUS
Benedicto XVI, Ángelus del 25 de marzo de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

El 25 de marzo se celebra la solemnidad de la Anunciación de la Bienaventurada Virgen María. Este año coincide con un domingo de Cuaresma y por eso se celebrará mañana. De todas formas, quisiera reflexionar ahora sobre este estupendo misterio de la fe, que contemplamos todos los días en el rezo del Ángelus. La Anunciación, narrada al inicio del evangelio de san Lucas, es un acontecimiento humilde, oculto -nadie lo vio, nadie lo conoció, salvo María-, pero al mismo tiempo decisivo para la historia de la humanidad. Cuando la Virgen dijo su «sí» al anuncio del ángel, Jesús fue concebido y con él comenzó la nueva era de la historia, que se sellaría después en la Pascua como «nueva y eterna alianza».

En realidad, el «sí» de María es el reflejo perfecto del de Cristo mismo cuando entró en el mundo, como escribe la carta a los Hebreos interpretando el Salmo 39: «He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad» (Heb 10,7). La obediencia del Hijo se refleja en la obediencia de la Madre, y así, gracias al encuentro de estos dos «sí», Dios pudo asumir un rostro de hombre. Por eso la Anunciación es también una fiesta cristológica, porque celebra un misterio central de Cristo: su Encarnación.

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». La respuesta de María al ángel se prolonga en la Iglesia, llamada a manifestar a Cristo en la historia, ofreciendo su disponibilidad para que Dios pueda seguir visitando a la humanidad con su misericordia. De este modo, el «sí» de Jesús y de María se renueva en el «sí» de los santos, especialmente de los mártires, que son asesinados a causa del Evangelio. Lo subrayo recordando que ayer, 24 de marzo, aniversario del asesinato de monseñor Óscar Romero, arzobispo de San Salvador, se celebró la Jornada de oración y ayuno por los misioneros mártires: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos asesinados en el cumplimiento de su misión de evangelización y promoción humana.

Los misioneros mártires, como reza el tema de este año, son «esperanza para el mundo», porque testimonian que el amor de Cristo es más fuerte que la violencia y el odio. No buscaron el martirio, pero estuvieron dispuestos a dar la vida para permanecer fieles al Evangelio. El martirio cristiano solamente se justifica como acto supremo de amor a Dios y a los hermanos.

En este tiempo cuaresmal contemplamos con mayor frecuencia a la Virgen, que en el Calvario sella el «sí» pronunciado en Nazaret. Unida a Jesús, el Testigo del amor del Padre, María vivió el martirio del alma. Invoquemos con confianza su intercesión, para que la Iglesia, fiel a su misión, dé al mundo entero testimonio valiente del amor de Dios.

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EN LOS OTROS ESTÁ LA GRACIA,
SOBRE TI VENDRÁ LA PLENITUD DE LA GRACIA
San Pedro Crisólogo, Sermón 140

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José. El evangelista designa el lugar, el tiempo y la persona, para que la verdad del relato pueda ser comprobada con los claros indicios de los mismos acontecimientos. El ángel -dice- fue enviado a una virgen desposada. Dios envía a la Virgen un alado mensajero: pues da las arras y recibe la dote el que es portador de la gracia, restablece la confianza, hace entrega de los dones de la virtud y tiene la misión de dar pronta resolución al consentimiento virginal. Vuela raudo a la esposa el veloz intérprete, para alejar y dejar en suspenso el afecto de la esposa de Dios hacia los esponsales humanos; de modo que sin separar a la Virgen de José, se la devuelva a Cristo a quien estaba destinada desde el vientre materno. Recibe Cristo a su esposa, no se apodera de la ajena; ni crea separación, cuando une consigo a toda su entera criatura en un solo cuerpo. Pero escuchemos lo que hizo el ángel.

Entrando en su presencia, dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. En estas palabras hay una oferta, la oferta de un don y no un mero cumplido de cortesía. Ave, es decir, recibe gracia; no tiembles ni te preocupes de la naturaleza. Llena, ya que en los otros está la gracia, sobre ti vendrá toda la plenitud de la gracia juntamente. El Señor está contigo. ¿Qué significa el Señor está en ti? Pues que no vino con el simple deseo de hacerte una visita, sino que viene a ti en el nuevo misterio de su nacimiento.

Por eso añadió muy oportunamente: Bendita tú entre las mujeres. Pues si en ellas la maldición de Eva castigaba las entrañas, ahora entre ellas se goza, es honrada y acogida la bendita María. Y de esta suerte ha venido realmente a ser por la gracia madre de los vivientes, la que antes era por naturaleza madre de los murientes.

Ella se turbó ante estas palabras. ¿Por qué se turba al escuchar unas palabras y no al ver una persona? Porque había venido un ángel amable en su presencia, fuerte en la batalla; suave en la apariencia, terrible en su palabra, pronuncia palabras humanas y promete cosas divinas. De aquí que la virgen a quien la visión apenas impresionara la turbó y mucho la audición, y a la que la presencia del enviado le conmoviera poco, la conturbó con todo su peso la autoridad del que le enviaba. ¿Y qué más? De pronto sintió que había recibido en sí al juez supremo, en quien al principio vio y contempló al mensajero celestial. Y aun cuando con gran suavidad y piadoso afecto Dios convirtió a la virgen en madre y a la esclava el Señor la transforma en Madre suya, sin embargo todas sus entrañas se conmovieron, el alma se resiste y la misma condición humana se estremeció, cuando Dios, a quien toda la creación es incapaz de contener, todo él se encerró y se formó dentro de un seno humano.

Y se preguntaba --dice-- qué saludo era aquél. Advierta vuestra caridad que -como hemos dicho- la Virgen no dio su consentimiento a las palabras del saludo, sino a la realidad, y que la voz no tenía el sentido de una acostumbrada cortesía, sino que era portadora de toda la eficacia de la suprema virtud. Reflexiona la Virgen: porque responder sin más es propio de la humana superficialidad, mientras que pensar la respuesta es señal de una gran ponderación y de un juicio muy maduro. Desconoce la grandeza de Dios quien no se espanta de la cordura de esta Virgen y no admira su fortaleza de ánimo. Teme el cielo, se estremecen los ángeles, la criatura no lo soporta, la naturaleza no se basta, y una muchachita de tal modo acoge a Dios dentro de su seno, lo recibe, lo regala con su hospedaje, que obtiene como pensión por la casa y como recompensa por el seno virginal paz para la tierra, gloria para los cielos, salvación para los perdidos, vida para los muertos, parentesco entre el cielo y la tierra y, para el mismo Dios, la participación de la naturaleza humana. Así se cumplió aquello del profeta: La herencia que da el Señor son los hijos; su salario, el fruto del vientre.

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¡FRANCISCO, ENSÉÑANOS A ORAR!
Introducción: Aprender a orar
por Francesco Saverio Toppi, OFMCap

Problema de siempre, problema que hoy se hace más agudo. En los célebres «Relatos de un peregrino ruso» se describe este problema con el realismo típico de quien sufre y quiere superar una dificultad de todos los días, de todo hombre. La Biblia prescribe que «es preciso orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1), que «se ha de orar en toda ocasión en el Espíritu» (Ef 6,18). Pero el cristiano que se dispone a hacerlo, tropieza inevitablemente con la dificultad de cómo aprender en la práctica a orar. El problema está sobre todo en encontrar un maestro sabio y experimentado. Es el problema que los apóstoles plantean a Jesús cuando le piden que les enseñe a orar (Lc 11,1-4).

El «peregrino ruso» intenta resolver la dificultad leyendo libros y escuchando predicaciones, pero en vano; lo consigue únicamente cuando encuentra a un maestro de espíritu -un «starets»- capaz de comunicarle una experiencia personal de oración.

El maestro que nosotros hemos encontrado y que intentamos seguir es Francisco de Asís, presentado por su primer biógrafo con esta frase lapidaria: «non tam orans, quam totus oratio factus», «no tanto un hombre que ora, cuanto la personificación misma de la oración» (2 Cel 95).

Con rápida pincelada queremos recorrer las líneas fundamentales de su enseñanza y profundizar en ella aplicándola a nuestra situación actual, que refleja problemas comunes a la vida religiosa en la Iglesia.

San Francisco enseña que la oración nace del encuentro personal con el Señor Jesús y que se hace una con el compromiso de conversión al Evangelio y de caridad operativa para con los hermanos. La fuente de donde brota es la palabra de Dios asimilada y vivida; la madre y maestra que lleva de la mano es María; los polos de atracción y las rampas de lanzamiento son la Cruz y la Eucaristía; la meta y fuente de la alegría es la comunión de vida con la Trinidad divina.

Es el contenido exacto de una pedagogía que se repite en las páginas del Concilio Vaticano II: Optatam totius, 8.

Vaya por delante un matiz que hace evidente un aspecto característico, específico de la oración de san Francisco. El «starets» enseña al «peregrino ruso» cómo ha de orar, sugiriéndole que repita indefinidamente, al ritmo de la respiración, la invocación «¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí!». San Francisco, en cambio, responde a los hermanos que le piden que les enseñe a orar: «Cuando oréis, decid: Padre nuestro..., y Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus demás iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo» (1 Cel 45).

La diversidad de enfoque es de un valor fundamental. Nuestro Santo pone el acento, no en la oración cuyo beneficiario es el hombre, sino en la alabanza del Señor. Francisco se lanza de inmediato a los brazos del Padre y se extiende, luego, a adorar y bendecir al Señor Jesucristo, que con amor infinito colma las esperanzas del hombre.

De este tipo de oración irradia una luz que lleva a reconocer que Dios «es el bien, todo bien, sumo bien» (AlD 3), y que a Él se deben «las alabanzas, la gloria y el honor, y toda bendición» (Cánt 1). Francisco recibe de Dios y reverbera después el fuego de la caridad con que impulsa a sus hermanos a creer en el Amor, a experimentar de manera sapiencial el Amor (cf. 1 Jn 4,16) y a responder al Amor con generosidad y gozo.

Con una vida proyectada por completo a alabar al Padre por medio del Hijo en el Espíritu Santo, la oración de Francisco se transforma en liturgia del cielo. Síntesis y eco de ella es la convincente y férvida invitación que sella el Cántico de las criaturas: «Load y bendecid a mi Señor, dadle gracias y servidle con gran humildad».

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, n. 19 (1978) 20-21]

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